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Como ya sabemos el sedentarismo se ha convertido en un serio problema de salud pública y se encuentra entre los principales factores de riesgo relacionados con padecer enfermedad coronaria, esta también conocida como cardiopatía coronaria o arteriopatía coronaria, consiste en un estrechamiento de los vasos sanguíneos encargados del suministro de sangre y oxígeno al corazón. El efecto de este estilo de vida sedentario sobre las ECV o enfermedades cardiovasculares, es comparable al que pueden desencadenar otro tipo de enfermedades que son las principales causantes de las (ECV) como pueden ser la hipercolesterolemia, el tabaquismo o la hipertensión arterial. Como ejemplos de este tipo de ECV encontramos: enfermedades cerebrovasculares, arteriopatías periféricas, cardiopatías coronarias, cardiopatías congénitas y trombosis, cardiopatía reumática, venosas profundas y embolias pulmonares. Diremos atendiendo a Boraita (2008) que la práctica regular de ejercicio físico bajo un rango de intensidad considerado como leve y moderado, conlleva adaptaciones que benefician a la salud.

Encontramos diversas investigaciones que obtienen correlaciones inversas y significativas entre la práctica de ejercicio físico con el riesgo de padecer una cardiopatía isquémica y muerte derivada de esta, en mujeres y hombres de diferentes países y etnias (Sesso et al., 2000; Lee et al., 2001; Laukkamen et al., 2001; Lee et al., 2003 y Masson et al., 2003). Además también encontramos una correlación negativa entre la práctica de actividad física con las lipoproteínas de baja densidad (LDL) y los triglicéridos; sin embargo, encontramos una correlación positiva entre la práctica de actividad física y niveles de lipoproteínas de alta densidad (HDL), que conlleva a su vez una composición corporal y capacidad aeróbica dentro de los niveles saludables, y beneficia la hemostasia (conjunto de mecanismos fisiológicos o naturales del organismo para la prevención de hemorragias, disminuyendo el riesgo de trombosis) (Lee et al., 2001; Hu, et al., 2001;Wessel et al., 2004; Myers et al., 2004). Los hábitos regulares de realización de actividad física mejoran el control de glucemia en sangre y la sensibilidad a la insulina, previniendo con esto la aparición de diabetes mellitus tipo 2 en personas con riesgo de padecerlo (Weinstein et al. (2004). Este mismo autor nos indica que no hay un consenso en función a la cantidad e intensidad que se tiene que realizar de actividad física en la prevención, aunque

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según Boraita (2008) realizar actividad de moderada intensidad tiene beneficios similares a los obtenidos en programas estructurados. Sesso et al. (2000) durante en una investigación llevada a cabo durante 16 años en una población de 12516 varones de 57,7 ± 9 años de edad, en la que se pretendía comprobar el efecto de la práctica de actividad física sobre el riesgo cardiovascular, llegaron a la conclusión de que la práctica de actividad física intensa, se correlacionó de manera negativa con el riesgo de padecer patologías cardiovasculares (ECV), en cambio, las actividades de ligera y moderada intensidad, no se asocian positivamente de manera tan clara con la reducción de sufrir ECV.

López-Jaramillo (2009) indican que las patologías cardiometabólicas como el ECV y la diabetes mellitus tipo 2, provocan un elevado porcentaje muertes, representado el doble de muertes que han causado los diferentes tipos de cáncer de venezolanos mayores de 45 años de edad. Siendo la obesidad la enfermedad cardiometabólica más prevalente del mundo.

Vemos entonces que para prevenir las ECV, principal causa de muerte a nivel mundial (WHO, 2010), es importante adquirir hábitos correctos de práctica de actividad física que cumplan ciertos parámetros como pueden ser la intensidad, duración o frecuencia. Las ECV estarían dentro del grupo de enfermedades no transmisibles (ENT) o enfermedades crónicas (enfermedades que no se transmiten de persona a persona), y donde encontramos que hay cuatro tipos principales dentro de este grupo que son las ECV (ataques cardíacos, accidentes cerebrovasculares, etc.), enfermedades respiratorias crónicas (asma, enfermedad pulmonar obstructiva crónica: EPOC, rinitis alérgica, enfermedades pulmonares de origen laboral, la hipertensión pulmonar, etc.), cáncer y diabetes, perteneciendo el sobrepeso y la obesidad al grupo de enfermedades crónicas.

Podemos definir la actividad física como todo movimiento realizado por el sistema músculo-esquelético del que, en función del tipo de práctica motriz (intensidad, duración y frecuencia), lleva consigo un determinado gasto energético (Martínez-Gómez et al. 2009). Debido a las innumerables evidencias que tiene la práctica de actividad física regular sobre la salud, (prevención de ECV (Boraita, 2008) y de otras enfermedades crónicas como la obesidad y síndrome metabólico (WHO, 2003)) uno de los objetivos principales propuestos por la mayoría de instituciones públicas de diferentes países, es la promoción de actividad física en la población. Centrándonos en España, el Ministerio de Sanidad y Consumo, puso en marcha en 2005 la Estrategia NAOS (Ballesteros et al., 2007), una plataforma para promover iniciativas que tengan como fin la promoción de alimentación saludable y prevenir el sedentarismo desde retos específicos en diferentes ámbitos de actuación en todos aquellos sectores de la sociedad que tienen un papel relevante en la prevención de la obesidad. En la pirámide NAOS se pueden

39 observar estilos de vida saludables y dentro de estos, asocia recomendaciones de alimentación saludable y práctica de actividad física, ambos elementos dentro de una misma realidad, nunca separados.

Tras lo expuesto, se justifica que debamos realizar trabajos orientados a valorar la actividad física en los grupos de población de interés (en nuestro caso, población de Educación Primaria que realizan actividades deportivas regladas) para comprobar con las recomendaciones establecidas por distintos organismos. Sin embargo, encontramos que algunos de los instrumentos de medición que se usan para recoger información al respecto tienen escasa validación y por tanto lleva conclusiones erróneas, lo que ha llevado a realizar procedimientos de desarrollo y validación de instrumentos para poder recoger información sobre la actividad física en escolares de Educación Primaria. Según Lamonte y Ainsworth (2001), los métodos para la valoración de la actividad física y el gasto energético en escolares de 6 a 12 años (Educación Primaria), se clasifican en: métodos directos (método del agua doblemente marcada; sensores de movimiento y vectores de aceleración; observación directa; registros de actividad física, diarios y recuerdos) e indirectos (valoración del consumo de oxígeno; monitorización de la frecuencia cardíaca; cuestionarios de actividad física por entrevistas o autoinformes: cuestionarios de recuerdo y cuestionarios históricos cuantitativos); dentro de estos los más precisos para acometer la medición de la actividad física son el método de agua doblemente marcada, observación directa, calorimetría indirecta, entre otros, pero es inviable por el coste económico que conlleva, y otros métodos ya señalados como los sensores de movimiento (acelerómetros), monitorización de frecuencia cardíaca, etc., tienen un coste inferior a los anteriormente señalados, aunque también son de difícil aplicación en un elevado número de participantes.

I.1.2. RECOMENDACIONES DE ACTIVIDAD FÍSICA EN