“La proliferación de enclaves de ocio y complejos residenciales donde se percibe una extraña ambigüedad entre ficción y realidad, donde la gravedad parece suspendida y la perspectiva desaparece, es el resultado de una traducción literal de la iconografía promocional como criterio para la implantación y la construcción de la promoción urbanística. La ausencia de las habituales pautas de integración, adaptación y articulación contextual crea lugares sin sombra donde reina la felicidad ficticia. Lugares donde se
Imagen 15 y 16 : La expansión de la urbanización dispersa de baja densidad con tipologías unifamiliares, ha ido devorando los espacios hacia el interior escalando incluso las sierras litorales (imagen superior e inferior). Fuente: C.Cabrerizo
Imagen 17 y 18 : La proliferación de campos de golf asociados a urbanizaciones por la costa mediterránea, modelo disfrazado con el discurso de la calidad, la sostenibilidad y también la exclusividad, ha tenido impactos negativos sobre el medioambiente y el paisaje (imagen superior). La planificación urbanística se ha puesto al servicio de las ambiciones de para atender ambiciones de promotores y políticos, en muchas oca- siones, bajo lógicas corruptas (imagen inferior).Fuente: C.Cabrerizo
puede vivir de vacaciones todo el año ¿es esto lo que quieren decir con calidad de vida?” (De la exposición Spain mon amour/Ruinas Modernas,
Museo ICO, Madrid, marzo de 2013).
Generalizados desde los años 90 y consustanciales al denominado turismo residencial, representan el urbanismo de la dispersión, la privatización, el encierro y la distinción, la cultura del despilfarro y el desprecio por el patrimonio natural y cultural.
Son los grandes consumidores de recursos como el suelo, el agua y la energía, multiplican las necesidades de movilidad, fragmentan hábitats y acaban con las actividades agrícolas tradicionales que se ven incapaces para no sucumbir a las plusvalías de la reclasificación (Rodríguez Chumillas, 2008).
Es la idea que manejan Méndez y Rodríguez de “reconquista inmobiliaria” (Méndez y Rodríguez, 2007) la que mejor ilustra la imagen que se observa desde las autovías y autopistas de la costa mediterránea: un mar de urbanizaciones que comienza a desarrollarse en torno a los núcleos de turismo masivo y denso pero que, rápidamente, han ido expandiéndose y devorando los huecos posibles, desde la costa hacia el espacio interior. Es el modelo de la segunda residencia vinculada con actividades como el golf y los deportes náuticos y que se ha disfrazado con el discurso de la calidad y la sostenibilidad, pero que en realidad ha tenido un impacto extremadamente negativo sobre el medioambiente y el paisaje (Hof y Blázquez-Salom, 2013)40. Al igual que la producción
de paisajes densos y masivos se encuadra en un contexto político y económico concreto (el paso de la autarquía a la globalidad capitalista), la aparición y extensión de estos nuevos paisajes debe situarse en su especificidad histórica. En este caso, coincide su aparición con la entrada de España en la Unión Europea y el incremento de los flujos de capital internacional acumulado, que supone para el país aumentar su dependencia de sectores como la construcción y del turismo (Hof y Blázquez-Salom, 2013), actividades que, en las zonas costeras, se funden (y confunden) en el inmobiliario-residencial. Los avances tecnológicos aplicados a la movilidad, la construcción y a la gestión de recursos como el agua contribuyen a su expansión, así como a manejar e infundir la creencia de que nos encontramos ante un modelo sostenible y respetuoso con el medioambiente.
40 Como se señalaba al hablar de los paisajes del fordismo, estos nuevos paisajes se asocian más directamente
Estos paisajes residenciales se enmarcan dentro de las nuevas formas globalizadas de habitar, lejos de los tradicionales modos mediterráneos41. Se relacionan con la cultura
del miedo y la seguridad que el aumento progresivo de las desigualdades sociales ha provocado, y por eso se encierran en espacios privados de segregación socio- económica. Junto al miedo y la seguridad, el anhelo social de la exclusividad, modulado por el marketing publicitario, han convertido estas tipologías en productos de éxito. Sus propietarios o inquilinos se protegen en ellos de aquel que no es similar económicamente, y mediante la compra o la ocupación temporal de una de estas viviendas, se garantiza la diferenciación del otro y se cumplen los deseos de distinción, aunque sea sólo durante el tiempo vacacional. Así, y como señala el sociólogo francés Pierre Bourdieu, son las capacidades adquisitivas y las subjetividades dirigidas las que van ordenando el tejido urbano.
Los tipos arquitectónicos, la localización, el tamaño y la calidad de los jardines y zonas comunes, sus elementos decorativos y vegetales, o la presencia o no de campo de golf señalan diferencias internas de las capacidades monetarias de sus moradores. De hecho, este producto inmobiliario se ha normalizado tanto -y no sólo en las zonas turísticas, también en prácticamente todas las periferias urbanas- que está disponible no sólo para los ricos, sino también para las clases medias e incluso las más humildes, por supuesto, adaptadas en forma, calidades constructivas y tamaño al tipo de cliente al que se dirigen.
Aunque estos paisajes aparecen en un momento de mayor extensión de las políticas de ordenación territorial y urbanística, éstas no han sido capaces ni suficientes para frenar la tendencia. La gran proliferación de estas urbanizaciones, auténticas mini-ciudades de ocio y consumo, ha sido posible gracias a una planeamiento al servicio de los intereses privados, realizado desde la representación gráfica de sus cartografías y no desde la realidad territorial, y apoyada por figuras desvirtuadas en su esencia como el convenio urbanístico, usado de forma indiscriminada, que ha contribuido a crear una imagen de esta política pública relacionada con la corrupción. Las modificaciones de los planes
41 El proceso continuo de extensión de la ciudad que ha supuesto la dispersión y la fuerte especialización
de los lugares (de trabajo, de residencia, de ocio) ha conllevado nuevas formas de habitar que contrastan con las maneras de la ciudad tradicional o “metrópoli de primera generación” (Nel.lo y Muñoz, 2007). Mientras que inicialmente, la mezcla de usos y la compacidad permitía vivir en la ciudad, es decir, realizar todas las actividades en un espacio relativamente reducido, los nuevos tipos de habitantes habitan diferentes espacios según la hora del día o según se trate de días laborables o festivos. Es el denominado commuter o población flotante. El turista que se desplaza durante un período de tiempo al año a habitar en las urbanizaciones o villas de vacaciones, donde realiza un uso intensivo de estos lugares específicos, estaría englobado dentro de los nuevos habitantes ocasionales o flotantes (Nel.lo y Muñoz, 2007). Por otro lado, los nuevos paisajes de la ciudad dispersa y especializada, tendentes al encierro, se alejan de las tipologías edificaciones abiertas y mixtas de la ciudad mediterránea, donde las relaciones vecinales se dan de forma más directas y la mezcla sociodemográfica es mayor (tanto por edad, capacidad adquisitiva u origen).
para realizar reclasificaciones de suelo han sido masivas (en un supuesto contexto de rigidez del urbanismo español), llevadas a cabo sin aplicar criterios básicos de prudencia y sostenibilidad42 y sólo para atender las ambiciones de promotores y políticos. Venden
sueños e ilusiones, ficción, paraísos en la tierra que la sociedad en general ha aceptado y creído. Pero mientras, han dejado tras de sí un desastre medioambiental, paisajístico y, ahora sabemos, que también económico. Lo único que nos queda del patrimonio común que han destruido son, en muchas ocasiones, los nombres de las urbanizaciones, que suelen aludir a los biotopos existentes en el lugar antes de su construcción.