Chapter 4: Methods and Materials
5.5. Atlantic Cod δ 18 O and δ 13 C
6.1.1 Pacific Cod δ 13 C Comparative Analysis
Por lo demás, en el proceso de enseñanza de la prosodia, una de las principales dudas que asalta al docente de E/LE es de orden normativo: ¿qué norma prosódica debe enseñarse? ¿Debemos limitarnos a la norma prosódica sin introducir la enseñanza de lo que esta pueda tener de pragmático, es decir, de uso en contexto?
La descripción entonativa debería abarcar, además de la entonación general, las entonaciones particulares, dialectales e, incluso, personales, y una multitud de variantes melódicas que dependen de factores tan diversos como la personalidad del hablante, su estado de ánimo, su actitud, etc. Obviamente, todo ello puede confundir al estudiante a la hora de seleccionar el patrón melódico más apropiado para expresar un contenido determinado, pero la labor del profesor debe ser enseñar al estudiante a reconocer las diferencias que tienen relevancia específica en cada caso desde el punto de vista del contenido (Carcedo 1994).
Otra cuestión importante es determinar en qué momento iniciar la enseñanza de la entonación en E/LE. No hay que olvidar que el método básico empleado por el niño en la adquisición de la pronunciación en su lengua materna es la imitación de sus interlocutores (madre, padre, hermanos, etc.)4. Ahora bien, no es suficiente con que el niño oiga hablar su
2 Por ejemplo, el de Briz y Grupo Val.Es.Co (2002).
3 Uno de los problemas que presentan alumnos de E/LE (sobre todo, de origen asiático) es que sus emisiones pretenden ser
perfectas desde un punto de vista gramatical y, de ese modo, su articulación se vuelve lenta, azarosa y, por tanto, poco funcional para una adecuada solvencia comunicativa. Hay que cambiar, por esa razón, la perspectiva docente, puesto que el alumno tiende a imitar aquello que observa en la clase de E/LE. Los textos escritos deben dejar paso a textos orales, o a sus correspondientes transcripciones.
4 En los trabajos más extendidos se viene afirmando que la entonación es el primer componente lingüístico que adquieren los
niños (Gibson 1972, p. 10; Crystal 1981, p. 137; Konopczynski 1991, p. 174; Lyons 1981, p. 254; Neppert y Pétursson 1992, p. 133).
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lengua nativa. Es preciso que interactúe verbalmente con otros miembros de su comunidad lingüística, que le pedirán y ofrecerán las correspondientes aclaraciones lingüísticas.
En definitiva, la entonación representa el subcomponente más íntimo para el estudiante, dada la estrecha relación existente entre el componente entonativo y el afectivo (Cortés 2002a, 2002b). La entonación suministra información sumamente personal relativa a la actitud, el estado de ánimo, los sentimientos, etc. Y no menos importante es la capacidad desambiguadora de la entonación; conocer bien las entretelas de la entonación (y de la prosodia en general) es más importante que una articulación precisa de los sonidos para garantizar la inteligibilidad del mensaje, aunque se cometan errores de índole léxica, gramatical, etc. Y es que la entonación es responsable de múltiples mecanismos expresivos: todo acto de habla conlleva una peculiar entonación. Por ejemplo, para la expresión de «cortesía» solemos emplear tonos agudos, velocidad de habla lenta, alargamientos vocálicos, etc. En cambio, para la «descortesía» se emplean más bien tonos graves, rapidez elocutiva, sílabas abreviadas y cortantes, etc. Del mismo modo, la entonación comporta una evidente «función distintiva»: una misma emisión puede tener diferentes valores comunicativos básicos en función de la entonación empleada (aseveración: descenso final/ interrogación: ascenso final); y qué decir de su «función
demarcativa-integradora» relativa a la organización estructural del discurso: la entonación
marca al oyente cuándo debe prestar atención (información importante, énfasis acentual) y cuándo la información es menos relevante (paréntesis entonativo, en tonos graves), inferencias contextuales (entonación suspendida). Otra de sus manifestaciones fundamentales es la «función
interactivo-dialógica», que nos permite marcar prosódicamente el final de los turnos, regular su
alternancia, las intervenciones de paso, la lucha por el turno de habla, etc.
Tal es la importancia pragmática de la entonación, que las deficiencias prosódicas suelen dificultar la comprensión de la lengua por parte de un potencial oyente en mayor medida que las deficiencias segmentales mismas (Cauneau 1992, p. 23) y causan malentendidos mayores que los debidos a errores en los segmentos (Celce-Murcia 1996, p. 131).
Así pues, en la medida en que los elementos fónicos, segmentales, suprasegmentales y paralingüísticos participan en la construcción específica del sentido del discurso y desarrollan valores comunicativos contextuales (es decir, valores determinados por los interlocutores y/ o por la situación comunicativa), parece razonable proponer para su estudio y análisis un ámbito disciplinar específico, que hemos dado en llamar «fonopragmática» (Hidalgo 2002a, 2002b).
Uno de los ámbitos específicos donde se ve más claramente la variación fonopragmática es en la manifestación de efectos (des)corteses mediante el uso del componente fónico, de ahí que introduzcamos el término fonocortesía. Entendemos con ello que el componente fónico de la lengua española desarrolla en situaciones discursivas coloquiales una clara capacidad contextual para expresar sentidos comunicativos (des)corteses, entre los que destacan, por su rentabilidad pragmática, la «intensificación» (en la expresión de cortesía valorizante) y la «atenuación» (en la expresión de cortesía mitigadora). A estos efectos hay que añadir otros matices relacionados con fórmulas de cortesía social o protocolaria (saludos, agradecimientos o disculpas) y otras formas de cortesía estratégica de carácter contextual vinculadas con la expresión del humor, la ironía positiva (o cómplice) y la ironía negativa (o sarcasmo).
Por razones obvias de espacio limitaremos nuestro interés en este trabajo a la revisión de fenómenos de cortesía expresados por medios prosódicos (especialmente los entonativos), y prescindiremos por ello de toda alusión a la enorme riqueza de matices (des)corteses que puedan expresarse por medios segmentales y/o paralingüísticos.
Todo hace pensar, pues, que la entonación es un componente lingüístico complejo que el extranjero debe aprender necesariamente, igual que aprende las conjugaciones verbales, el significado y la pronunciación de cada palabra, etc. En este sentido, los errores prosódicos derivados de la transferencia de rasgos de la primera lengua (L1) a la LE por parte del estudiante contribuyen de un modo decisivo a la caracterización del acento extranjero5 (O'Connor y Arnold 1961, p. 1; Payrató 1985, p. 111; Hermes 1998, p. 64).
5 En el aprendizaje de una LE, el individuo intenta relacionar la nueva información con sus conocimientos previos y, de este
modo, facilitar la tarea de adquisición. Al recurrir a los conocimientos de la L1 (y de otras lenguas) en la formulación de hipótesis sobre la LE en cuestión pueden producirse procesos de transferencia.
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