• No results found

Se entiende al mundo humano, a la cultura objetiva, como una objetividad creada exclusivamente por las capacidades humanas, que se compone por igual, y en

50Tomado de: AGOGLIA, Rodolfo Mario, “La cultura como facticidad y reclamo”, Seaparata de cultura 5, revista del Banco Central del Ecuador.

81

consecuencia, de elementos teóricos y prácticos, y que permite definir al ser humano como un “animal cultural”, en el sentido de que sólo adviene a su ser a través de la cultura y, también, de que se hace y se forma por sí mismo. El ambiente del animal se reduce al hábitat, y el del ser humano congrega este dominio natural y el entorno objetivo construido por él mismo, inédito y cualitativamente diverso del primero. Por esto se entiende que el medio geográfico no determina las culturas, opera sobre ellas condicionando su desarrollo. Toda cultura no sólo configura un estilo de vida en lo social y lo personal, también expresa cada una de sus dimensiones objetivas, la formación vital dentro de la cual están sólidamente integradas. Se la entiende en el marco de que un artefacto, un código, una obra de arte, una tradición, una creencia, remiten siempre a una vivencia y a una forma de actividad humanas y, a la vez, son vivos porque han operado u operan dentro de un modo de vivir del ser humano, dentro del complejo constituido por su determinada situación en el mundo.

Todos los actos del ser humano (fabricación, acción intencionada o dirigida, conocimiento, discriminación, previsión) son siempre, en mayor o menor grado, transcendentales, y el mundo de la cultura es la externalización u objetivación real de esta transcendentalidad. Así, la cultura es subjetivamente una función global de la vida personal, y objetivamente condensa y encierra una experiencia pasada o presente.

Es importante también señalar que la cultura es de carácter colectivo. Todas las culturas son supraindividuales, los seres humanos las crean como miembros de una determinada comunidad, y se forman también absorbiendo los elementos comunes que las componen en un proceso de inculturación compartida. La cultura posee una función comunicativa. No hay relación social entre los seres humanos sin la comunicación de las conciencias (la recíproca aprehensión del otro como otro), la cual es intersubjetiva en toda la gama de sus modalidades (coexistencia, participación, solidaridad, entendimiento, cooperación, comunicación y simpatía), y define la naturaleza esencial de la sociedad humana.

Esta comunidad de las conciencias, puede ser teórica, práctica o productiva, puede verificarse en el saber, el obrar, o en el trabajo, en una comunidad de conocimiento o de acción, pero siempre es creada por el ser humano, es instituida por la cultura, y su instrumento es el simbolismo, o el sistema de signos convencionales del lenguaje en

82

cualquiera de sus formas cognitivas o expresivas. De esta manera, la cultura introduce el elemento específico de la relación social humana y otorga peculiaridad a la comunicación de las conciencias que esta relación implica, haciéndolas convencionales y simbólicas.

La cultura, vista como una totalidad objetiva, posee ciertos componentes, que son los artefactos, las costumbres (modos sedimentados de comportamiento, o cristalizaciones de experiencias colectivas), y el cuerpo de bienes (que, junto con las costumbres, se consideran realizaciones e instituciones de un sistema de valores) constituido por el arte, la ciencia, la religión, la filosofía, la organización social, el derecho y el lenguaje. Dichos elementos se relacionan estrechamente, pero se distinguen en la totalidad los medios y los principios que la integran. Los medios son el cuerpo de artefactos y los principios son el sistema de valores; así se diferencia la cultura dependiendo de estos elementos, siendo cultura material para los primeros, y cultura espiritual para los segundos.

La estructura interna y la organicidad de las culturas, como mundos objetivos, se desprende de su reconocida totalidad. Las culturas son vistas como sistemas de vida integrados cuyos componentes reciben del todo, o por lo menos en él, su sentido propio, y sólo son susceptibles de comprensión e interpretación a partir de, y en conexión con la unidad y solidaridad del conjunto. Esta cerrada articulación de las totalidades que configuran determina la individualidad de las culturas. El principio que les da cohesión las dota de peculiaridad, porque se traduce en relaciones de forma, valor y significado, particulares y típicas en cada una de ellas. De esta manera se entiende a las culturas humanas como mundos objetivos cuya variedad estructural no admite su universalización en un modelo único de cultura, ni tampoco su jerarquización ascensional, con criterio racionalista, hacia una civilización mundial. Debido a esta peculiaridad cultural, las culturas forjan subjetivamente las personalidades de los seres humanos que a ellas pertenecen y sintetizan objetivamente, de un modo propio y característico, los elementos que a ellas se incorporan en el curso del tiempo. La unidad orgánica interna de las culturas, su peculiaridad estructural se define, se verifica y se expresa a través de una doble relación con las conciencias individuales, o subjetividad de los agentes y portadores culturales, y con los contenidos, las fases y el ritmo de su desarrollo histórico.

83

Las culturas son dinámicas; como mundos objetivos no se reducen a su mera facticidad, pues el universo que componen y representan no es ajeno ni independiente de la conciencia de los seres humanos que a ella están integrados. Toda facticidad cultural es operante, un fenómeno eminentemente activo que influye poderosamente y tiende a imponerse sobre los individuos sujetos a ella, pudiendo incluso llegar a ser coercitiva o limitativa para los mismos. Pero esta coercitividad es la que despierta o desata la oposición de los espíritus subjetivos; así, el ámbito cultural objetivo, lejos de coartar y someter, inspira e incita, desencadena la tensión dialéctica entre objeto y sujeto, entre ser y conciencia, que renueva las culturas, y anima el proceso de sus realizaciones históricas.

Una cultura no es por esencia necesariamente nacional; la cultura objetivamente considerada como facticidad solo es colectiva y su peculiaridad está dada por las notas que individualizan ese sujeto social anónimo que la produce y sustenta; todo grupo humano ostenta rasgos culturales. En este contexto, el Derecho del Estado es necesario para la constitución de una cultura nacional, pues para que la sustancia ética de un pueblo se sostenga en el tiempo, se requiere no solo de la autoafirmación de su voluntad, sino también de la razón, hace falta un ordenamiento jurídico que las legitime. La cultura sin la forma del Derecho se corrompe, se desarticula y acaba por disolverse, e incluso la voluntad política que la respalda y afianza, se enerva y se disipa. Sólo un país libre, o liberado, tiene cultura propia; quien no posee esa libertad tiende a liberarse y elaborar para ello un arte, una literatura, una filosofía y modos de vida que sirvan a esa liberación.