Chart 4. 15: Awareness of other projects (Teachers)
5. Findings (2) Phase 2 surveys
5.3 Progress and developments during 2003-
Para que una herramienta de evaluación ambiental de los edificios pueda ofrecer una idea coherente con la realidad del nivel de sostenibilidad ambiental de un edificio, es conveniente
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que los factores no estrictamente implicados en ella, como las condiciones de calidad ambiental interior (confort térmico, iluminación natural, acústica, calidad del aire, ventilación natural, aspectos relativos a la salud) se evalúen en forma paralela. Se trata de aspectos importantes, que, al igual que la repercusión económica de las mejoras ambientales, sin duda deberán ser tenidos en cuenta en una evaluación de proyecto, que pero deberían tener lugar en forma separada de la evaluación y calificación de sostenibilidad ambiental. No es que carezcan de importancia, sino que se considera que si su evaluación se realizara en forma conjunta con la sostenibilidad ambiental se quedaría distorsionada la calificación de ambas, ya que mezclando conceptos diferentes esta podría convertirse en un híbrido y esconder, detrás de aspectos económicos por ejemplo, una mala gestión de los flujos de los recursos (materiales, agua, suelo, residuos). Algunas herramientas, tal como es frecuentemente criticado, aceptan el uso masivo de recursos energéticos no renovables si con ello se obtiene una alta calidad ambiental interior. Esto puede desviar la evaluación del objetivo deseado: reducir el consumo de energía y promover las energías renovables, que además ofrecen los mejores niveles de calidad, como en el caso de la iluminación natural (ya que nuestros órganos visuales se han desarrollado en base a la luz solar y la luminancia de la bóveda celeste). ¿Qué justifica en última instancia el consumo de recursos no renovables? ¿Alcanzar el confort deseado mediante el uso de energía fósil en lugar de promover el máximo uso de iluminación natural, la captación de la radiación solar, el uso de la ventilación natural? Hay que tener en cuenta que el favorecer la inercia térmica, el control de la radiación solar, el aporte puntual de calor por medio de combustibles renovables, restringe el abanico de las posibles estrategias constructivas y funcionales. La herramienta, vista de esta forma, deliberadamente no es neutra respecto de la estrategia del proyectista en cuanto al tipo de recursos a emplear y a la eficiencia con la que se emplean. Y ello es positivo si se utiliza en el sentido de la reducción de los impactos ambientales del futuro edificio.
Se trata de un tema complejo, ya que las definiciones de sostenibilidad y las maneras de medirla son muchas y variadas. La herramienta será tanto más válida y realista cuanto más coherentes con la definición de sostenibilidad ambiental (en relación a esta investigación, se puede profundizar este concepto en el Apartado 3.6) sean sus contenidos.
Un primer nivel de calidad del ambiente interior o confort mínimo de los edificios está garantizada en primer lugar por la normativa (distintos documentos del Código Técnico de la Edificación, CTE, en el caso de España, y otras reglamentaciones de rango menor), aunque también por las exigencias del mercado. Este último, especialmente, determina calidades a veces difíciles de definir pero claramente reconocibles por los usuarios de los edificios, que
están dispuestos a pagar un precio extra por este servicio. La habitabilidad del edificio, y
también su calidad de ambiente interior, no sólo está garantizada sino también organizada en niveles reconocibles por el mercado.
Frente a lo anterior cabe preguntarse: ¿Qué es lo que realmente justifica el consumo de recursos? ¿Qué necesidades de habitabilidad tienen que ser satisfechas en la perspectiva del desarrollo sostenible? La elaboración de varios perfiles de calidad ambiental basados en parámetros fisiológicos ambientales y sus márgenes de confort pueden resultar ambientalmente muy onerosos.
La calidad (ambiental interior, funcional, de confort, etc.) no tiene que significar un aumento del consumo energético. Aunque la disponibilidad de mecanismos alimentados con energía suministrada a voluntad permite disponer de niveles de confort aceptados, nunca serán comparables con el acondicionamiento térmico, la iluminación y la ventilación naturales si el tema se evalúa desde la óptica de la sostenibilidad ambiental. El confort conseguido con medios artificiales no debería usarse para justificar cualquier consumo energético que lleve
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aparejado. Discusiones tales como cuáles son los parámetros de confort con los que se proyecta un espacio, si debe dotarse o no de sistemas de aire acondicionado a los ambientes donde esto podría evitarse, o cuáles temperaturas de consigna que deben emplearse para programar los sistemas de climatización, son de gran importancia, ya que tienen que ver significativamente con la magnitud de los impactos de los edificios en uso. Ignorar el control ambiental del edificio mediante el empleo de los sistemas naturales permite “liberar” la arquitectura de numerosas restricciones técnicas, generando tipos de habitabilidad impensables antes de la introducción de los sistemas mecánicos de climatización y la disposición de energía a voluntad. La actual generalización del uso de mecanismos alimentados con energía fósil o nuclear permite soluciones de habitabilidad que han reemplazado las tradicionales, a un coste ambiental muy elevado.
Otro tema importante a considerar son las emisiones de COV (compuestos orgánicos volátiles) y otros tipos de liberación de sustancias tóxicas en el aire interior que, juntamente con el síndrome del edificio “enfermo” o la presencia de la legionelosis, suponen problemas de salud de alcance público. Aunque estén indisolublemente ligados con la arquitectura, al menos con la forma contemporánea de materializarla mediante el uso masivo de unos tipos de materiales e instalaciones, en rigor no son problemas arquitectónicos. Deben, por tanto, ser tratados en forma separada mediante los estudios sanitarios correspondientes y ser resueltos con las decisiones normativas adecuadas, todo lo cual debería resolverse más allá de los conocimientos técnicos y de las responsabilidades de los técnicos que intervienen en el proceso de edificación. Un material o un sistema, tal como ocurre en la industria de la alimentación, por ejemplo, no deberían llegar al mercado si su uso comporta un problema de salud.
En relación a los problemas acústicos o de ruido, más allá de la consideración de la fuente energética que los hace posibles, su análisis no pertenece al ámbito de la sostenibilidad ambiental sino al del confort o de la calidad del ambiente interior. La generación y transmisión de ruido no supone necesariamente un consumo de recursos no renovables ni una emisión de residuos contaminantes, es decir, no supone un impacto ambiental. Prueba de ellos es que, si se detiene la emisión de ruido, tampoco hay un beneficio ambiental. El aislamiento acústico, en la fase de uso, no está relacionado con el consumo de recursos, como sí ocurre en los casos del confort lumínico y térmico (porque tienen relación directa con el consumo de energía). Existe una normativa obligatoria (el Documento Básico DB-HR: Protección frente al ruido del CTE) que regula el aislamiento acústico de los distintos cerramientos externos e internos del edificio. Y sobre ella naturalmente pueden agregarse nuevas exigencias, o bien incrementarse las existentes, si se lo desea o considera adecuado. Por estas razones los problemas acústicos o de ruido podrían ser resueltos directamente por la normativa o bien la herramienta podría certificarlos mediante un análisis separado de la sostenibilidad ambiental que obtenga una evaluación final también independiente de ella.