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Chapter 5 : Within Case Analysis – Case B

5.4.2 Project Selection Indicators

1. Situación paradójica

El primer plano del diálogo ecuménico lo ocupa hoy la cuestión de las estructuras de la Iglesia y, en especial, la cuestión del ministerio petrino. Que aquí reside la principal dificultad para un diálogo ecuménico entre la Iglesia católica de Roma y todas las demás Iglesias reunidas en el Consejo Mundial de Iglesias lo ha afirmado recientemente en Odessa la comisión ejecutiva de dicha organización. Hans Küng tiene, pues, razón cuando afirma: «En el ministerio petrino desembocan y tienen su fundamento todas las dificultades tanto teológico-dogmáticas como práctico-existenciales que entorpecen la reunificación de los cristianos separados».

Para el católico, esta situación no puede ser sino alarmante. Pues el ministerio petrino es para él el centrum unitatis de la Iglesia. Está convencido de que le ha sido dado a la Iglesia en aras de la unidad. Pero ahora resulta que justo este centrum unitatis se ha convertido en el scandalum dissensionis y en el mayor obstáculo para la unidad.

No deberíamos ignorar la dificultad de esta situación. En modo alguno es tan solo una cuestión de reforma de la Iglesia. Aunque quienes han ejercido el ministerio petrino a lo largo de los últimos cien años largos han sido sin excepción personas de gran altura, totalmente al contrario de lo que ocurrió en el papado del Renacimiento, tal como Lutero lo vivió, hoy la dificultad es más fundamental y el foso que separa a evangélicos y católicos más profundo que entonces. El problema del ministerio petrino se ha convertido entretanto, a raíz del concilio Vaticano I, en una cuestión de fe. Aunque muchas objeciones de los reformadores carecen en la actualidad de objeto, la oposición de hecho se ha convertido en una oposición de principio. Pese a la apertura ecuménica iniciada por Juan XXIII, la desconfianza no ha disminuido. Paradójicamente, da pie a nuevas preocupaciones. Si a las manifestaciones realizadas por el papa sobre el movimiento ecuménico en 1948 y 1949 aún se les podía reprochar que con ellas la Iglesia católica se cerraba desdeñosa en sí misma, las acciones de Juan XXIII y Pablo VI suscitan con no poca frecuencia la sospecha de que el papado intenta ahora hacerse con la dirección del movimiento ecuménico; y ello, justo en virtud de su autocomprensión como centro de la unidad en la Iglesia. En opinión de nuestros hermanos protestantes, semejante intento dificultaría en considerable medida el diálogo ecuménico.

Este carácter paradójico de la situación de diálogo en modo alguno es tan solo expresión de necios o incluso malévolos malentendidos. Estos podrían ser superados con mucha paciencia. El estado de cosas que acabamos de presentar evidencia más bien que aquí existen dificultades de principio.

2. Dos ideas diferentes de unidad

En la cuestión del ministerio petrino y su lugar en la Iglesia se concreta y agudiza la pregunta, mucho más fundamental, de en qué consiste concretamente la unidad de la Iglesia. Lo turbador del diálogo interconfesional radica en que no resulta posible ponerse de acuerdo en cuál es la meta a perseguir. Frente a este hecho, todas las cuestiones de detalle palidecen convirtiéndose en cuestiones de segundo orden. Pero esto muestra también cuán capital es la cuestión del ministerio petrino; no cabe tratarla aisladamente. En este problema se decide la pregunta central de qué significa la unidad de la Iglesia.

La tradicional respuesta católica parece de entrada bastante inequívoca en este punto. Es verdad que no existe ningún dogma formal sobre la esencia de la unidad

eclesial, pero la doctrina del magisterio eclesiástico ordinario no deja lugar a duda de que la Iglesia católica considera que en ella se realiza ya esta unidad (si bien de manera más o menos incompleta) a través de la unidad en la fe y en los sacramentos y de la unidad con el ministerio petrino. Si se considera esta doctrina de manera algo más detenida, cabe constatar que podría ofrecer espacio suficiente para una gran diversidad de Iglesias episcopales. Así, al menos hoy se acepta en gran medida la opinión de que la comunión con el ministerio petrino es necesaria por principio, pero que esta unidad no tiene por qué significar necesariamente uniformidad. Según todos los indicios, en el futuro podrá haber y de hecho habrá numerosas Iglesias relativamente autónomas, una suerte de nuevas Iglesias patriarcales, pero que siempre deben preservar el vínculo de la unidad y mantenerse en comunión con el ministerio petrino. La unidad existe ya (al menos en lo esencial) y tiene un centro común en el obispo de Roma.

Muy distinta es la idea de unidad de las Iglesias no unidas con Roma, que se han asociado en el Consejo Mundial de Iglesias. Pese a todas las diferencias fundamentales que aún las separan, en sus declaraciones resuena sin cesar una concepción común: se consideran solamente en camino hacia la unidad visible. La unidad interior en un solo Señor Jesucristo y en un solo Espíritu Santo pueden confesarla de buen grado junto con nosotros; la unidad exterior, sin embargo, piensan que todavía tiene que ser buscada. En la última asamblea plenaria del Consejo Mundial de Iglesias, celebrada en Nueva Delhi en 1961, se consiguió además elaborar por primera vez algunos enunciados concretos sobre qué aspecto debería tener tal unidad. Se parte de las distintas Iglesias locales (téngase en cuenta que «Iglesia local» puede designar también unidades geográficas mayores como Estados, provincias o naciones), para a continuación afirmar: «Creemos que la unidad, que es a la vez voluntad de Dios y don suyo a su Iglesia, se visibiliza en la medida en que todos aquellos que en un lugar concreto han sido bautizados en el nombre de Jesucristo y lo confiesan como Señor y Salvador son conducidos por el Espíritu Santo a una comunión enteramente comprometedora que profesa la única fe apostólica, anuncia el único Evangelio, parte el único pan, se une en oración compartida, lleva una vida en común y se dirige a todos en testimonio y servicio».

A esta descripción de la unidad nada podría objetar en realidad un teólogo católico. Tan solo añadiría que a la Iglesia local le es inherente el ministerio episcopal, punto este sobre el cual las opiniones en el Consejo Mundial de Iglesias divergen en considerable

medida, y preguntaría además cuál debe ser el contenido de la única confesión de fe. Podría sentirse contento de que en este documento todas las Iglesias reconocen la necesidad de una unidad visible. Más importante en nuestro contexto es, sin embargo, la afirmación sobre qué aspecto debería tener la unidad entre las distintas Iglesias locales. Significativamente, la declaración no habla aquí siquiera de la Iglesia una, sino del cristianismo en conjunto: «[Las Iglesias locales] están simultáneamente unidas con todo el cristianismo en todos los lugares y en todas las épocas, de suerte que ministerio y miembros son reconocidos por todos».

¿En qué consiste la diferencia con la concepción católica? En dos puntos: 1. La unidad no existe todavía, tiene que ser buscada. Radica, por supuesto, en la fe en el único Señor y en la participación en un único Espíritu, pero no es visible todavía. 2. La unidad a perseguir consiste en el reconocimiento mutuo de las Iglesias y sus ministerios, como ya ha tenido lugar, por ejemplo, en la Iglesia del sur de la India. Esta noción de unidad parece inconciliable por principio con el reconocimiento de un primado, pues no conoce ningún centro común, sino tan solo un conjunto de distintas Iglesias «en pie de igualdad», que están en comunión entre sí.

3. ¿Una posible salida de este punto muerto?

La diametral oposición en este importante punto parece conllevar de momento que los argumentos de una y otra parte casi se neutralicen entre sí. La Iglesia católica no puede asumir sin más la concepción del Consejo Mundial de Iglesias, pues eso significaría exigirle que se convierta por entero al protestantismo. A la inversa, tampoco se puede compeler a las Iglesias no católicas a que busquen la unidad de antemano por el camino que sugiere la concepción católica de unidad y unificación.

Pero ¿no es esta más bien una disyuntiva erróneamente planteada? Errónea ya solo por el hecho de que aquí se sugiere, al menos de modo inconsciente, que el concepto de Iglesia y, con él, la idea de unidad eclesial están fijados sin más. Pero ese no es el caso para ninguno de ambos interlocutores. Aquí todas las partes deberían pensar de manera dinámica, no estática.

A esto se suma un segundo punto: si hoy podemos hablar unos con otros sobre la doctrina de la justificación con alguna perspectiva fundada de llegar a un acuerdo en lo relativo al contenido, ello no se debe a que una de las dos partes pretenda imponer a la

otra su visión, sino a que ambas han intentado ahondar en su respectiva posición –e iluminarla con nueva luz– desde la fuente común, el único Evangelio, tal como se nos atestigua en la Sagrada Escritura. No se puede contraponer confesión de fe a confesión de fe (dogma), ni tampoco puede renunciar una de las Iglesias a contenidos esenciales de su fe (sí, en cambio, a algunas formulaciones). Pero cada una de las dos Iglesias debe intentar escuchar de modo nuevo, desde su posición y su tradición, el único Evangelio, que une a ambas y que tampoco según la comprensión católica se agota y, menos aún, es realizado nunca de manera suficiente en ningún dogma. Todas las demás formas de debate implicarían que una de las dos Iglesias se autoeleva a la condición de criterio último, cuando «creer» significa en realidad apartar la mirada de uno mismo para confesar y reconocer a Dios en Cristo, confiándonos a su juicio y su gracia.

Debemos pedir sin cesar a nuestros hermanos evangélicos, por lo menos en la medida en que caminan con nosotros, que reconozcan que en esta cuestión no nos guía más que la obediencia al Evangelio y que como mínimo traten de escuchar junto con nosotros aquellos pasajes de la Escritura en los que creemos encontrar un testimonio del ministerio petrino. A la inversa, tal intento de escuchar el Evangelio en modo alguno implica que esperemos ser confirmados sin más en la concepción del ministerio petrino dominante hasta ahora y en su forma actual. La Escritura no debe ser para nosotros –ni siquiera en la catequesis– una mera «cantera» de pruebas escriturísticas. Nosotros le preguntamos a ella, pero también ella nos pregunta a nosotros; amén de confirmarnos en nuestras posiciones, debe introducirnos más profundamente en la unidad. También la familiarización con la Escritura en la catequesis forma parte de la incesante escucha del Evangelio por la Iglesia.