QUESTION NO:
A. UDP, 554 B TCP,
Ni la juventud, ni la vejez han tenido el mismo peso demográfico, ni la misma importancia social a lo largo de la historia. Incluso también los modos de entenderlos han ido variando según las épocas. Así, la naturaleza social del hombre ha primado unos ciclos vitales en detrimento de otros; por lo que, además del peso demográfico de los grupos de edad en cada momento, han sido decisivos el papel social y cultural que se les ha atribuido, generando una expectativas, en función de la cuales se estimaba si su comportamiento era adecuado a ese determinado contexto social.
Consiguientemente, el envejeciendo no se reduce a una mera acumulación de años. Es un proceso multidimensional, en el que interactúan factores fisiológicos, culturales y sociales. Si se quiere entender el proceso de envejecimiento, no se puede caer en el reduccionismo de la edad cronológica o fisiológica. La terminología utilizada para referirse a los mayores ha ido también cambiando, en función del paradigma de vejez del que surgieron. Los cambios en las personas y en la sociedad deben de servir para evitar caer en estereotipos sobre las personas mayores. Así, las connotaciones de cada término conllevan unas expectativas de comportamiento diferentes. Además, este carácter multidimensional y heterogéneo (cada individuo envejece de una forma diferente al otro) hace que el proceso de envejecimiento sea objeto de estudio por parte de distintas disciplinas, que generan sus propias perspectivas desde las cuales intentan formular sus propias teorías.
Por otra parte, aunque la presencia social de las personas mayores de 65 años es cada vez mayor, sin embargo su participación política e influencia social es todavía escasa. Se espera un cambio considerable en las próximas generaciones más formadas, con mayor cultura participativa y con mayor presencia femenina en las diversas actividades laborales.
La participación social de las personas mayores depende, como ya se ha apuntado, de factores como la seguridad económica, la salud e, incluso, las diferencias de género. Además, también las actividades de ocio y altruistas están relacionadas con la nueva conceptualización sobre el envejecimiento activo.
3.1. La percepción social del envejecimiento.
Tener una postura o una actitud sobre el proceso de envejecimiento positiva (como una oportunidad de continuar o hacer nuevas cosas) o negativa (asociada con la decadencia y la enfermedad) no es algo reciente. Estos planteamientos tan contrapuestos ya se daban entre los filósofos clásicos griegos: frente a la concepción positivista de Platón, se tiene la antagónica de Aristóteles. Durante de la Edad Media estos estereotipos siguen transmitiéndose. “Destaca, por
una parte San Agustín que dignifica la visión cristiana y la liberación de las ataduras de los deleites humanos; y por otra, Santo Tomás de Aquino que afianza el estereotipo aristotélico de la vejez como período decadente, física y moralmente, en el que las personas mayores están marcadas por comportamientos de interés únicamente personal” (Carbajo Vélez, 2008: 242).
Siguiendo las cuatro fases que Philippe Ariès (1983) estableció en relación a la muerte y la vejez, Gil Calvo (2003: 56 y ss.) habla también de cuatro fases por las que considera ha ido evolucionando la consideración social sobre el envejecimiento. En una primera fase, aparece la vejez gerontocrática (familiar o patriarcal), cuyo proceso de envejecimiento se vivía en el ámbito familiar, en compañía de los familiares descendientes y allegados de todas las edades. En esta fase los ancianos, ricos o pobres, son tratados como los patriarcas de la casa familiar.
Posteriormente, se encuentra una segunda fase de regulación de la vejez, despojada ya de la familiaridad que había tenido durante la Edad Media anterior. “La Europa de la Reforma, la
Contrarreforma y la Caza de Brujas no sólo judicializa la vida exigiendo responsabilidad personal por su ejecutoria individual, sino que además la desritualiza, desnudándola de todo sostén familiar y comunitario. Es la vejez autista, que encierra a cada anciano en la cárcel de su cuerpo a la espera de su juicio final” (Gil Calvo: 2003: 57). En definitiva, según Gil Calvo
surge la personalización de la vejez individual, que pasa a vivirse como una experiencia progresivamente menos familiar y más ensimismada.
Con la crisis de la modernidad temprana entre 1648 (Paz de Westfalia como clímax del barroco) y 1789 (Revolución francesa como clímax del romanticismo), se produce una tercera fase de regulación de la vejez que Gil Calvo denomina la vejez colectiva. “Las autoridades
civiles –del despotismo ilustrado primero y del jacobinismo estatal después – toman a su cargo el control social de la vejez, encerrando a los pobres viejos en asilos de ancianos e internando a los más indómitos en manicomios a perpetuidad, acusados de demencia senil o locura incurable” (Gil Calvo: 2003: 57).
Durante los siglos XVIII y XIX se realizaron una serie de trabajos sobre la vejez desde una perspectiva médico social. Precisamente Nascher (1863-1944) fue el primero que dio importancia a este aspecto, acuñando el término geriatría. Según la doctora Mª. Carmen Carbajo Vélez (2008: 244), “la fase de desarrollo en la investigación sobre el envejecimiento
está formada principalmente por las aportaciones de autores como Quetelet, Galton, Paulov, e incluso, en cierta medida, Hall”.
En el pasado siglo XX, entre ambas guerras mundiales, la investigación psicogerontológica de la vejez se dirige a las aptitudes mentales: funcionamiento de la memoria, las habilidades, estrategias de aprendizaje, etc.“A partir de los años sesenta se produce una reconceptualización
aglutina todas las perspectivas posibles, biológicas, sociales y psicológicas. Esta perspectiva es acorde con la definición de la salud humana establecida en 1946 por la Organización Mundial de la Salud (O.M.S.) como un estado de bienestar físico, mental y social, y no simplemente como ausencia de enfermedades” (Carbajo Vélez, 2008: 251).
Sin embargo, Gil Calvo (2003: 58) opina que estamos, en nuestros tiempos actuales, ante la cuarta fase de regulación de la vejez, en la que la alta dependencia del sistema sanitario convierte la vejez en enfermedad, desbordando todas las previsiones de gasto público y la convierte en un problema social ante la opinión pública: “el fantasma del envejecimiento de la
población”.
Los estudios económicos tienen en cuenta índices de dependencia, número de personas que conviven en el mismo hogar, renta de las personas mayores, así como su capacidad de ahorro, patrimonio, consumo, y ocio. Empiezan a publicarse cada vez más estudios sobre la participación social de estas personas en su entorno próximo, en asociaciones recreativas y en organizaciones altruista como miembros activos. Por todo ello María Teresa Bazo (1992b) postula una Sociología de la Vejez o una Sociología de la Ancianidad (Bazo, 1996). También Miguel S. Valles (2001: 461) afirma que una “sociología de la vejez ha sabido ajustarse a una
disciplina con vocación centrada en los problemas sociales. La investigación social sobre el envejecimiento de las poblaciones y sus consecuencias ha estado influida por la demografía”.
En este trabajo, la nomenclatura que se utilizara será la de sociología de las personas
mayores, por ser la que se está usando en los estudios realizados a partir de 1992 para referirse a
las personas que ya han cumplido los 65 años. Pero más que el nombre, lo que realmente importa es que, cada vez más, “los estudios sociológicos sobre el tema se van generalizando y
se realizan encuestas sobre temas de ancianidad, llevadas a cabo por investigadores particulares, organismos y centros de estudios privados y públicos. Cada vez son más las Universidades que ofertan Masters en Gerontología, en Servicios Sociales o Programas de Doctorado donde los temas relativos a la ancianidad aparecen como un nuevo atractivo”
(Bazo, 1992b: 76).
Esta serie de consideraciones positivas sobre los mayores no siempre se hallan explícitas cuando nos referimos a estas personas. Todo lo contrario, se han visto envueltas en una serie de estereotipos negativos que les acompañan socialmente. El fenómeno de viejismo16, como prejuicio incorporado socialmente y transmitido a través de la cultura, está presente en las sociedades. El perjuicio de viejismo vendría dado por el conjunto de actitudes negativas, de rechazo, de tendencias marginales, etc. que se ve reforzado por los estereotipos asignados a las personas mayores, como personas enfermas, improductivas, carga social, tradicionales,
asexuadas, etc. “Las personas mayores son el reflejo del paso del tiempo, hecho totalmente
contrario a los modelos de belleza y juventud impuestos en las actuales sociedades, a las que se asocia el proceso de envejecimiento con la muerte, lo que viene a incrementar las actitudes negativas hacia el fenómeno” (IMSERSO, 2008c: 24). En este sentido, Butler (1975) ha
identificado seis mitos17 sobre la vejez, bajo las connotaciones negativas que se asocian a este concepto.
a) La vejez es una enfermedad y es patológica.
b) La vejez es un estado estúpido en el que los procesos cognitivos disminuyen, el aprendizaje cesa y la llamada senilidad es inevitable.
c) La vejez es asexual, sin la capacidad o la necesidad de intimidad y amor. d) La vejez es inútil, con actividades obsoletas y una experiencia irrelevante.
e) La vejez es un estado de impotencia con creciente dependencia y desgana por las actividades o los compromisos sociales.
d) Todos los viejos son iguales, una población homogénea, una clase en sí misma, sin diversidad ni intereses externos.
Los estereotipos están extendidos socialmente (Fernández-Ballesteros, 1992). A pesar de las realidades de capacidad mentar y autonomía personal demostradas por los mayores norteamericanos, “los estereotipos negativos de edad todavía están fuertemente arraigados en
nuestra sociedad. Las personas mayores como un grupo total del que son a menudo considerados como pobres, aislado, enfermo, triste, desolado, un indigente” Neugarten (1982:
44-43). También Rocío Fernández-Ballesteros (2014: 102), tras analizar algunos estudios18 realizados en España, diferencia entre estereotipo cultural (el que los individuos mayores perciben en la población), el estereotipo sobre el grupo (la imagen que el individuo mayor tiene del grupo de mayores) y la imagen de sí mismo, como persona mayor. En definitiva, lo que plantea la autora es la posibilidad de que la persona mayor se ajuste a las expectativas estereotipadas, interiorizando así la imagen que impera en un determinado contexto social, lo que ha denominado como la amenaza del estereotipo.
Los estereotipos negativos acerca de la vejez llevan a esperar de las personas ancianas que tengan peor imagen de sí misma y menor autoestima que los jóvenes. Pero los estereotipos no suelen corresponderse con la realidad, puesto que abusan de la generalización y no tienen en
17 Los primeros estudios consultados suelen hablar de mitos sobre las personas mayores, mientras que los
más recientes suelen hablar de estereotipos creados en contextos sociales. Aquí se van a considerar como sinónimos, respetando así la denominación dada por los propios autores, aunque la segunda acepción parece más ajustada al estudio y evita la confusión que puede conllevar la palabra mito.
18
Los estudios a que hace referencia son CIMOP (2002), encargado por el IMSERSO, y el Informe 2008 también del IMSERSO.
cuenta la complejidad de las interacciones sociales y la variabilidad de percepciones que producen. Por lo que en las investigaciones gerontológicas, “se observa que las personas
ancianas en su mayoría no se perciben como enfermas ni aisladas, ni deprimidas, ni viejas, ni marginadas, aunque quienes más se sienten solas son más proclives a asumir los estereotipos negativos a la vejez” (Bazo, 1990: 153-198).
El interés por el tema de los estereotipos negativos se hace evidente en el II Plan Internacional de Acción sobre el Envejecimiento de Madrid (Naciones Unidas, 2002), que establece, en su Dirección Prioritaria 3, la lucha contra los estereotipos e imágenes negativas y estimular la creación de ambientes propicios durante los mayores. Así mismo, la Organización Mundial de la Salud (1989, 2002) considera la importancia de resaltar imágenes no edadistas19 entre los profesionales de la salud y los cuidadores formales e informales de las personas mayores.
Desde la sociología, se enfatiza el envejecimiento satisfactorio poniendo el foco de atención en la colectividad, en la red de apoyos y relaciones sociales. Gloria Pérez Serrano (2004: 62) enumera un decálogo de diez mitos20 relacionados con las personas mayores con la finalidad de dejarlos en evidencia. Viene a reafirmar una concepción activa de las personas mayores, coincidente con la ya expresada anteriormente por María Teresa Bazo (2001) y, prácticamente, con la mayoría de los autores consultados (Medina y Ruiz, 2000; De Miguel, 2001; Gil Calvo, 2003; Pérez Díaz, 2002; Amorós et al., 2006; IMSERSO, 2002; IMSERSO, 2008c)
El primer mito se basa en que la ancianidad comienza a los 65 años, cuando, realmente, la ancianidad no comienza a una edad uniforme, sino variable e individualizada. “El
envejecimiento es un proceso múltiple y complejo (…) En él están implicados numerosos factores, tanto propios del individuo (intrínsecos) como del ambiente que le rodea (extrínsecos)” (Cruz Jentoft, 2001: 64).
El segundo considera que la persona mayor ha pasado a una fase de improductividad. La improductividad puede interpretarse de muy diversas maneras, dependiendo de las circunstancias de las personas. Existen personas que hubieran deseado seguir trabajando más tiempo. Este deseo conecta con el concepto de vejez productiva, que supuso el inicio del envejecimiento activo en Estados Unidos en los años ochenta. Con anterioridad a la crisis económica de 2008 y prácticamente por unanimidad, los autores citados (Medina y Ruiz, 2000;
19
El concepto edadista hace referencia al trato discriminatorio hacia los individuos de un grupo de edad determinada. (Fernández-Ballesteros, 2014: 102).
20
Este mismo decálogo de Gloria Pérez Serrano también se puede encontrar en IMSERSO (2008c: 25) y en AMORÓS, P. et al. (2006: 41). Supone toda una declaración de principios sobre los que se asienta el paradigma del envejecimiento activo.
Bazo, 2001; De Miguel, 2001; Gil Calvo, 2003; Pérez Díaz, 2002; Amorós et al., 2006) abogan por una flexibilidad de la edad de jubilación. Arguyen que ello supone una discriminación por razón de edad que hace perder a la sociedad personas altamente cualificadas o porque consideran esta flexibilidad un elemento inevitable para evitar la quiebra del sistema público de pensiones.
Tercer mito se centra en considerar que existe un progresivo alejamiento de los intereses de
la vida. A muchas personas no sólo le siguen interesando los diversos planos sociales y
familiares, sino que, además, en esta etapa de la vida aún participan más. Dedican mucho tiempo a actividades no remuneradas. Ya se ha comentado, y se profundizará más al tratar el asociacionismo, que estas personas aprovechan el disfrute de su tiempo libre para participar, dedicando más días y tiempo a sus organizaciones. El grueso de este colectivo suele participar fundamentalmente en organizaciones de tipo recreativo; sin embargo, aquellos de menos edad y con más tradición asociativa anterior a su jubilación pueden verse como voluntarios en diversos tipos de asociaciones de servicios sociales.21
El cuarto mito hace referencia a que las personas mayores se hallan muy limitadas en sus
aptitudes. Ya se ha comentado que su situación de dependencia no supera entre el 10 al 15%.
Suelen llegar a la edad de jubilación en buenas condiciones de salud y con unos niveles de ahorro económico mayor que cohortes más jóvenes y, en muchos casos, con la vivienda en propiedad sin hipoteca o heredada.
El quinto considera a los mayores como inflexibles e incapaces de cambiar y adaptarse a nuevas situaciones. Muchas de ellas no sólo son capaces de adaptarse continuamente a nuevas situaciones, sino que nos enseñan a través del ejemplo, realizando un apoyo de cuidados hacia los miembros más jóvenes de su familia. Aquí se abordará la experiencia de las personas mayores como voluntarios en asociaciones de acción social, en las que prestan su ayuda y trasmiten sus conocimientos y experiencias vitales a otros ciudadanos de diversas edades. Pero, también, en campos en los que se les consideraba menos capaces, como son las nuevas tecnologías. Hay ejemplos de voluntarios en aulas de informática,22 en el que las personas mayores constituían el grupo más numeroso.
El sexto reseña que la ancianidad suele venir acompañada de pérdida de memoria, obviando que la pérdida de memoria puede acaecer en cualquier edad. Cincuenta y cinco
21
Se puede encontrar una mayor presencia de personas mayores en asociaciones de matriz religiosa. También, aunque algo menos, en algunas asociaciones comunitarias, de mujeres y de carácter valencianistas. Sin embargo, su presencia es muy escasa en organizaciones relacionadas con ayuda al desarrollo, al medioambiente, pacifismo, derechos humanos o derechos sobre homosexualidad (Ariño, Castelló y Llopis, 2001: 107-115).
22
En relación al desarrollo del Programa de Personas Mayores llevado a cabo por la Fundación La Caixa, un 54,9 % de los voluntarios de las ciberaulas tenían entre 66 y 75 años; un 31,5% tenías 65 ó menos; y el resto (13,4%) , más de 76 años. (Amorós et al., 2006: 201).
universidades tienen planes específicos de formación23 de tres cursos de duración para personas mayores, con asignaturas variadas de las áreas de historia, economía, políticas, sociología, etc. (IMSERSO, 2008c: 35). Incluso algunos aprovechan para realizar los estudios universitarios, que hacía tiempo deseaban cursar.
El séptimo mito ve a la persona anciana como una figura que vive en un contexto feliz, lleno de afecto, pero la realidad es compleja y existen muchas y variadas situaciones. Como ya se ha comentado, el proceso de envejecimiento es multidimensional24 y heterogéneo25 (Bazo, 2001: 46; Cruz Jentoft, 2001: 62 Amorós et al., 2006: 45 y 48). En estos momentos de crisis económica y donde el trabajo de calidad escasea, los mayores, en ocasiones, tienen que hacerse cargo de las difíciles situaciones personales o laborales de sus hijos, contribuyendo económicamente para que no pierdan su vivienda, apoyándoles en su negocio, readmitiéndoles en su casa, cuidando de los nietos, etc.
El octavo considera la ancianidad como una etapa totalmente negativa. Simplemente es una etapa vital diferente, donde lo que ha cambiado es que no tienen que trabajar por obligación; en todo caso, por su libre decisión. Las tasas de dependencia de las personas mayores son bajas, gozan de gran autonomía económica y personal. En definitiva, un envejecimiento saludable, exitoso y activo son las claves predominantes.
El noveno muestra a la persona mayor como conservadora y depositaria de la tradición. Necesariamente no tiene por qué ser así, el envejecimiento, como fenómeno heterogéneo, impide esta severa generalización: las personas mayores aprovechan la jubilación, mostrando tanto conducta de continuidad como la posibilidad de poder hacer aquellas cosa que les fue imposible por la crianza de su familia o la falta de tiempo. Las mujeres, cuando enviudan, tienen que asumir nuevos roles y hacerse cargo del control económico de su hogar (IMSERSO, 2008b: 53). Por otra parte, los hombres asumen roles tradicionalmente considerados femeninos en su época (IMSERSO, 2008b: 138 y 139). Ahora bien, el porcentaje de personas mayores
23 El Aula de Mayores de la Universidad de Murcia tiene una oferta de estudios de para mayores de 50
años, con un claro dominio de las alumnas en una relación de 4 a 1 y la edad máxima es de 78 años; y la formación previa con la que los alumnos llegan es heterogénea: 5% no ha cursado ningún tipo de estudios o tiene estudios primarios, el 45% cursó el bachiller y el 28% tiene estudios universitarios; según Pérez Ruzafa (2000).
Y la Universidad de Extremadura también cuenta con programas formativos para mayores de 55 años, en el que han participado más de 400 personas, siendo casi el mismo número de hombres que de mujeres con una edad media de matriculados situada en 62 años, siendo la máxima de 83 años. La formación previa era: un 40% con estudios primarios, el 31% con bachiller y el 14% con grado medio, cuando estos estudios no se cursaban en la universidad; según Blázquez Entonado (2000).
24 El envejecimiento, como fenómeno multidimensional, implica las diversas dimensiones en que se
puede considerar el proceso de envejecimiento: médico-biológica, psicológica, cultural, demográfica, social, económica, etc.
25
Las personas mayores representan una población heterogénea de acuerdo con la forma de enfrentarse a