Methodological issues
8. Work Experience and Part-Time Work
9.6 Recommendations
2.2.1.
2.2.2. El ofrecimiento del vicario
El joven y el vicario están al momento de su encuentro en un punto en el que podríamos decir se necesitan mutuamente. El joven necesita no sólo de un benefactor económico que le satisfaga las necesidades básicas de su vida sino también de una persona que lo ayude a recobrar la senda que había perdido en su trasegar diario y que lo tenía al borde de la indigencia y la conducta propia de una vida sin moral. El vicario por su parte necesita de una persona que escuche su lamento, su queja, su reproche. El vicario necesita una persona
178Ibíd, p. 394. 179Ibíd.
a la cual instruir, una persona digna de su confesión, un joven susceptible de cambio por medio de la apertura de su corazón. El vicario necesita ser escuchado y no hay persona más propicia que el mismo joven hambriento y a punto de caer en la inmoralidad. Pero yendo más allá, el vicario necesita de alguien a quien transmitirle las enseñanzas que sólo de un corazón humilde como el suyo pueden brotar. El vicario necesita enseñar su visión de la vida. El joven necesita una vida que merezca ser vivida. Los dos, son el complemento ideal de una necesidad general que los desborda: la necesidad que tiene el hombre de contestarse a sí mismo ciertas preguntas que en ningún otro lugar distinto de sí puede responderse. El vicario tiene claro esto y el joven está dispuesto a seguirlo, por eso desde el principio no hay pretensión distinta a la de examinar sus propios corazones. Será allí donde ambos, indagando, hallarán las respuestas que están buscando. Ayudados, claro está, por la mediación que la razón sabe brindar en estas búsquedas. Sabiendo esto, el vicario no hace desde el principio su profesión, sino que prefiere, antes que nada, recuperar algo que siente perdido en el joven por haber estado sometido a las inclemencias propias de una vida que conoce del dolor, el hambre y el desprecio. “Hay un grado tal de embrutecimiento que priva de vida al alma, y en el que la voz interior no sabe hacerse oír en quien sólo piensa en nutrirse. Para proteger al joven infortunado de esta muerte moral de la que tan cerca estaba, comenzó por despertar en él el amor propio y la estima de sí mismo”180.
Mediante el relato de bellas acciones realizadas por otros, buscaba hacer renacer en el joven el deseo de realizar semejantes acciones por sus propios medios. Para alejarlo de la vida vagabunda y ociosa le pedía resúmenes de libros muy bien escogidos por el vicario que conocía de los movimientos en el alma que tales libros podrían generar; le hacía recuperar una opinión de sí mismo lo bastante buena para que con ello dejara de creerse un inútil para todo y evitara el querer volverse despreciable a sus propios ojos. La pretensión del vicario no era otra que avivar en el interior del joven el deseo de vivir, de llevar una vida buena, amándose a sí mismo y cultivando el buen uso de la razón. Pronto, el vicario lograba que el
joven apartara de sí la imagen despreciable que tenía de los hombres y que antepusiera la compasión de la que carecía. “Movido a compasión hacia las debilidades humanas por el profundo sentimiento de las suyas, veía a los hombres por doquier víctimas de sus propios vicios y de los vicios de los demás; veía a los pobres gemir bajo el yugo de los ricos, y a los ricos bajo el yugo de los prejuicios”181. El joven comprendía que todos los hombres, ricos y pobres como él, tienen vicios que son infringidos por sí mismos y por los demás, y que antes de juzgarlos, odiarlos y atacarlos, el camino correcto consiste en deplorar los errores de sus semejantes para no caer en ellos mismos, y compadecerlos en sus miserias antes que aborrecerlos por las mismas. El joven iría entendiendo con el pasar de los días y el relato del vicario que “la paz del alma consiste en el desprecio de cuanto puede turbarla; el hombre que más caso hace de la vida es el que menos sabe gozarla, y el que aspira con mayor avidez a la dicha es siempre el más miserable”182.
El camino que se vislumbra es difícil de recorrer más cuando se tiene la impresión que para acceder a él hace falta negarse de todo como exclamaba con quejidos el joven. ¿De qué nos ha servido nacer? ¿Quién puede ser dichoso? Cuando el camino que se propone seguir pareciera ir contra natura, ¿qué queda por hacer? Será el vicario quien enseñe al joven que sí se puede ser dichoso y que a pesar de la poca fortuna, de la pobreza, del exilio y de la persecución, hay algo en el corazón humano que conlleva la felicidad interna aún por encima de la aparente insatisfacción externa. Será a través de la apertura de su propio corazón como el vicario mostrará al joven que él es un hombre dichoso y si el joven está dispuesto a oírle y, aún más, a seguirle en su recorrido, podrá alcanzar la misma dicha que éste afirma poseer.
181Ibíd, p. 395. 182Ibíd.
En medio de la naturaleza, en lo alto de una colina bajo la cual corría el Po, se ofrecía el escenario ideal para el diálogo de estos dos personajes. “Fue entonces cuando, tras haber contemplado algún tiempo aquellos objetos en silencio, el hombre de paz me habló así”183.