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Las tierras murcianas siempre condicionadas por unas circunstancias de clima mediterráneo y tierras áridas, nos presentan un panorama agrícola en la época bajomedieval con zonas de huertas cercanas a los cursos fluviales, y grandes extensiones incultas, utilizadas como pastizales, derivadas de las distancias entre los núcleos de población, y de los peligros de las incursiones propias de su situación fronteriza. Huerta reducida y debida al gran esfuerzo humano que, a pesar de su limitado

espacio se ha convertido según Martínez Carrillo en “el engañoso símbolo de la agricultura murciana.182

Consecuencia de estas características físicas de clima cálido y aridez, se derivan las sucesivas inundaciones fluviales. La acción de las aguas incontroladas anegaban cosechas y afectaban a los puentes y otras construcciones que destruían a su paso. La preocupación por solucionar los efectos de las crecidas fue una constante en la labor del concejo murciano, que se preocupó por mantener en las mejores condiciones las acequias y azarbes, el azud del rio y el buen estado de sus puentes, como es posible constatar en sus actas capitulares, donde el destino de las penas “... para la lavor de la açequia mayor de Alquibla...”, y “... para la obra del açud...”, 183 se mantienen como una constante.

Como contrapunto de las inundaciones, cuyos efectos hacen, según Piqueras García, que los verbos “atajar, reparar y limpiar” aparezcan de forma continua en la documentación concejil, estaban las épocas de sequía y las plagas, calificadas de

“calamidades públicas”, perjudicando de forma agobiante a la producción agraria.184

El estudio realizado sobre la huerta de Murcia en los siglos XII y XIII por Francisco Calvo y Pedro Olivares, nos da a conocer el regadío murciano, creado por los árabes al parecer no más allá del siglo X, siendo colonizada lentamente la huerta en los siglos XI y XII, creándose la presa o azud mayor, y una red de acequias que nos han llegado hasta la actualidad, diferenciándose en el paisaje agrario como rasgo original los “ortos”, - a manera de huerto-jardín con frutales, palmeras, hortalizas y legumbres -, y junto a ellos el resto de los terrenos de regadío, en el que crecían las higueras, olivos, palmeras y sectores de vid y cereales.

Característica de este regadío murciano de los siglos XII y XIII era el asegurar en el secano la cosecha anual, con una aportación artificial de agua, siendo pues los principales cultivos los clásicos de secano, es decir, la trilogía mediterránea, además de las higueras, a diferencia de los huertos en donde el cultivo estaba dedicado a frutales, hortalizas y plantas propias de jardín,

asociadas con frecuencia a viviendas y alquerías. Huertos y jardines murcianos que llamaban la atención a los viajeros árabes a su paso por esta tierra, a la que dedicaron sus recuerdos y añoranzas en narraciones y poemas.185

Esta huerta colonizada por los árabes, se extendería según los primeros libros del repartimiento sobre casi cinco mil hectáreas, 38.643 tahullas, ofreciendo un carácter discontínuo con espacios de almarjal.186

Era innegable la importancia socioeconómica que la huerta suponía para Murcia como fuente básica de su abastecimiento, pese a ello los sistemas de riego sufrieron un deterioro tras la ocupación cristiana, formándose unas áreas pantanosas que en el siglo XIV se designaron como “almarjal de Monteagudo” o “almarjales de la huerta”. El deterioro de estos sistemas de regadío, junto con la regresión demográfica, fueron las causas que produjeron para García Díaz la regresión de la tierra cultivada

185 Calvo, F. y Olivares, P. “La huerta de Murcia en los siglos XII y XII. Anales

de la Universidad de Murcia. Filosofía y Letras. Vol. XXVI, nº 4, curso 1967- 68, 1968, p. 424-425

186 Calvo, F. y Olivares, P. “La huerta de Murcia...”, Ob. cit., p. 424. Calvo, F.

en el siglo XIV murciano, transformándose los cultivos de los huertos antes citados, para dar paso a los productos alimenticios mas necesarios, obligando a sembrar cereales en áreas de la huerta, y regándose los productos tradicionalmente de secano.187

Las continuas avenidas, que no cesaron de repetirse, siendo de especial consideración las de los años 1452, 1456, 1459, 1465, 1472, 1477, 1479, 1481, 1483, 1484 y 1486, provocaron en estos años el peligroso abandono de los cultivos huertanos, que perdieron el atractivo frente a los revalorizados secanos del Campo de Cartagena, repoblados a costa de la huerta debido al aumento de población. Población que se vió obligada a buscar zonas mas propicias, 188poniéndose en cultivo tierras no

explotadas, o de explotación escasa, espoleados por el alza de la demanda de alimentos que el aumento demográfico provocaba.189

En los territorios de la Orden de Santiago el regadío, también de tradición árabe, se completó con nuevos regadíos cristianos a partir del siglo XV, sin que podamos hablar de

187 García Díaz, I. La huerta de Murcia en el siglo XIV : propiedad y

producción. Murcia, Universidad, 1990, p. 57-59-60-61

188 Torres Fontes, J. Estampas..., Ob. cit., p. 241

“grandes obras hidráulicas”, debido al poco desarrollo demográfico, y a la peligrosidad y escasos recursos económicos de aquellas tierras mas alejadas, cuyos huertos, generalmente cercados junto a las villas, con una producción hortofrutícola, constituyeron una característica del paisaje agrario en el que se cultivaban, junto a los frutales y alfalfa para el ganado, los cereales y la vid.190

La desecación de zonas pantanosas y una mayor seguridad territorial, junto con mano de obra abundante de moriscos granadinos y aragoneses, a lo que había que añadir las construcciones de las norias de La Ñora y Alcantarilla, propiciaron especialmente desde la segunda mitad del siglo XV una recuperación del sector agrícola, pudiendo cifrarse para Torres Fontes la extensión de la huerta murciana en 52.579 tahúllas.191

A través de la documentación podemos conocer las labores que se daban a las tierras, así como los salarios de quiénes se dedicaban a ellas y al mantenimiento de acequias y azarbes, lo

que a su vez es también fuente para conocimiento de los oficios propios del sector agrícola.

Así, podadores y escardadores, sarmentadores y catadores de uva entre otros, nos dan muestra del quehacer diario en las faenas agrícolas murcianas.192

Cuando el concejo de la capital del reino, en sesión de 14 de abril de 1459 estableció el modo y manera de santificar las fiestas, prohibió hasta albardar las bestias para traer o llevar la hierba, incluyendo en la prohibición el ir a segar para el propio ganado antes de misa mayor, haciendo extensivas las prohibiciones a las minorías religiosas, vedando a los moros labrar en domingo “... e en las tres pascuas mayores” las heredades de los cristianos.193

Siguiendo a Torres Fontes en su estudio sobre los cultivos murcianos en el siglo XV, el paisaje agrícola del reino en la Baja Edad Media, estaba formado principalmente por cereales, olivos, vid e higueras, a los que había que añadir frutales variados y productos hortícolas. Revestían también importancia las plantas

barrilleras para la obtención del jabón, así como la grana, muy necesaria para los tintes, no siendo muy relevante la riqueza forestal del reino.

Por otro lado, el cultivo de los cítricos, tan incardinado en el paisaje actual, no destacaba en este panorama agrícola, pudiéndose considerar mas bien como algo ornamental y complementario, 194 si bien su cultivo debió intensificarse en la

segunda mitad del siglo XV, puesto que ya en el siglo XVI se puede considerar el naranjo como un árbol propio del regadío murciano, 195 de igual forma que la morera, pues sin desempeñar

todavía el papel importante que la industria sedera le deparó, la encontramos en el siglo XV bordeando parcelas, caminos y acequias, 196 como un sustituto del nogal, 197 encontrando a fines

de la centuria referencias a mayores extensiones a las que alude la documentación, tales como “tierra moreral”.198

194 Torres Fontes, J. “Los cultivos murcianos en el siglo XV”, Murgetana,

XXXVII, año 1971. Murcia, Academia Alfonso X el sabio, 1971, p. 91

195 Calvo, F. Continuidad y cambio..., Ob. cit., p. 173 196 Calvo, F. Continuidad y cambio..., Ob. cit., ‘. 173

La existencia de miel y cera se debió a las abundantes plantas aromáticas de los extensos terrenos incultos, e incluso de las zonas hoy huertanas, cuya existencia en zonas limítrofes ocasionó disputas entre moros y cristianos ante las penetraciones furtivas de unos y otros.199