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5 PRESENTATION AND DISCUSSION OF FINDINGS

5.5 RESEARCH OBJECTIVE NUMBER 1

5.5.3 RESEACRH OBJECTIVE NO 3: FACTORS AFFECTING SUCCESSFUL IMPLEMENTATION OF

Pocas cosas se nos escapan, y esto, aunque a veces puede cansar y agobiar, como ya hemos visto, es una bendición.

Por ejemplo, casi siempre sabemos dónde están las cosas. Mis hijos son bastante despistados. Cuántas veces les he oído gritar por la mañana: ¡mis llaves! ¿Quién ha visto mis llaves? Pues bien, yo las había visto. De los altamente sensibles se puede decir que «saben dónde se encuentran las salidas de emergencia». Y eso, ¿qué importancia tiene?, te preguntarás. Cierto, tiene muy poca… hasta el momento en que ocurre algo. Llegado ese caso, todo el mundo se puede aprovechar si hay alguien que sabe localizarlas.

¡Menos mal que en el mundo existen personas que tienen ojo para los detalles! Ese mismo «ojo para el detalle» te permite localizar, por ejemplo,

una bella flor que a otros se les escapa, y la contemplación de esa bella flor te puede causar una inmensa alegría, un estado cercano a la euforia que una no PAS no llegará a experimentar. Experiencias de este tipo constituyen para mí una gran parte del «don» de la alta sensibilidad y las vivo con asombro y gratitud por el regalo que suponen.

Sobre el perfeccionismo se ha escrito mucho, y la verdad es que el afán de querer hacerlo todo mejor que bien y de exigirte logros inalcanzables, con todos los detallitos en orden, puede llegar a ser una trampa agotadora. Y no solo eso: cada vez que no llegas al objetivo que te has puesto, el mensaje que recibes es: «No vales. Eres débil». Y eso quizá afecte a tu nivel de autoestima.

Conviene tomar conciencia de nuestra tendencia a compararnos con los demás, y preferiblemente con aquellos que no son PAS, o sea, los que no reciben la exagerada cantidad de estímulos que tenemos que asimilar los altamente sensibles, y por lo tanto no se estresan ni se sobresaturan tan rápido como nosotros.

¿De dónde viene ese afán de ser perfectos? En las PAS muchas veces es el resultado del deseo de agradar, de causar buena impresión. Si no somos perfectos tenemos la sensación de defraudarnos a nosotros mismos y a los que esperan de nosotros que seamos... perfectos. No sé si te ha pasado a ti, pero pienso en mi infancia y en la reacción de mis padres cuando les contaba orgullosamente que había sacado un ocho en el examen de matemáticas: «¿Un ocho? ¿Solo un ocho? ¿Con tu inteligencia? ¡Puedes hacerlo mucho mejor! ¡A ver si la próxima vez sacas una nota mejor! Ay, ay, ay...». Comentarios aparentemente inocentes, incluso acaso dichos en broma (como era el caso de mi padre) hacen un daño inmenso. El mensaje que el niño recibe es: no valgo, no soy suficiente, no me quieres. Tengo que hacer un esfuerzo mayor para valer, para que me aprecien. Tengo que agradar; hacer lo que esperan de mí. Y este mensaje sienta las bases de una faceta de nuestra personalidad que tiene una estrecha relación con la vulnerabilidad: el perfeccionismo.

Muchas veces nos avergonzamos por volver a casa con una nota inferior al 10. Es vergonzoso no dar la talla, ¿verdad? No importa si esa «talla» está inventada por otras personas que no se pueden imaginar cómo funcionamos

por dentro, ni que, con los mejores deseos, nos la impongan porque creen que, como adultos, hay que «animar» al niño para que siempre dé lo mejor de sí.

Brené Brown, investigadora y docente de la Universidad de Houston, ha escrito un trabajo impresionante sobre el tema de la vergüenza y la vulnerabilidad. Aunque en ningún momento habla de la alta sensibilidad, creo que toda PAS debería leer sus libros, empezando por Frágil. Si no queremos ser perfeccionistas, tendríamos que ser capaces de soltar ese objetivo inalcanzable que nos impide ser quienes somos, cazando un ideal que no existe y que nos mantiene encerrados en un bucle marcado por el estrés, las actitudes críticas —sobre todo, hacia nosotros mismos—, la amargura, la vergüenza y la baja autoestima.

¿Cómo podemos salir de la trampa?

En primer lugar, puedes reflexionar sobre cómo ese afán de llegar a un listón situado a un nivel inalcanzable hace que nunca descanses en tu verdadero yo, en la persona que de verdad eres. ¿Serías capaz de parar, de respirar y de disfrutar de ese ser tan bello y maravillosamente sensible que eres?

En segundo lugar piensa en el miedo que sientes por lo que las otras personas opinen sobre ti. Te cuento un secreto: hagas lo que hagas, pensarán algo sobre ti. O nada. Esto es quizá lo más importante: en la mayoría de los casos no pensarán nada sobre ti, porque no tienen tiempo, porque tienen muchas otras cosas en que pensar, como en sus propias preocupaciones, y no les pareces lo suficientemente interesante. No lo digo por quitarte importancia, sería la última en hacerlo, pero lo digo para que te des de cuenta de que realmente no importa lo que digan o piensen. La gente tiene su propia vida y dentro de ella hay (muchas) otras personas. En el mejor de los casos, eres una más de ellas. Punto. ¿En qué medida te importa a ti lo que otra persona hace, o lo que opina sobre el mundo en general? ¿Pierdes el sueño por el hecho de que la casa de tu amiga no esté del todo limpia? Ni siquiera lo habías notado porque la ibas a ver a ella, y no a su casa. Bueno, siendo PAS y teniendo ese ojo para el detalle, a lo mejor lo habías notado, pero no te importa; es solo una de las muchas cosas que has percibido y no acaparan toda tu atención. ¿Te das cuenta de que esa tendencia a preocuparte de forma

continua por la opinión ajena te impide estar en tu centro, disfrutar de la vida, aceptarte tal como eres, ser auténtico en lugar de intentar ser lo que crees que la otra persona, que el entorno, espera de ti? ¡Es agotador! ¿Crees que podrías fijarte un poco más en quién eres, en lo que hay y en lo que tienes, en lugar de estar pendiente de todo aquello que no eres y que no tienes? Te digo y te garantizo que eres suficiente. Siempre eres suficiente. Lo que hay y lo que tienes es suficiente.

Es importante el deseo de mejorar y de crecer, claro que sí. Pero, de verdad, lo que en este momento eres es suficiente. Has llegado hasta aquí, y por tanto ya es bastante; si no, no hubieras llegado. La felicidad no se encuentra en esa búsqueda frenética de la perfección, sino en valorar lo que tienes, apreciar lo que eres. Y sentir gratitud por ello, que no es poco, de verdad.

La búsqueda de la perfección genera estrés, y este es el peor enemigo de la persona altamente sensible. Por lo tanto, busca momentos para disfrutar de todo lo que eres, de todo lo que tienes, para centrarte en ti mismo, olvidándote del «más, más y todavía más». Deja de compararte con los otros. Ellos son ellos y tú eres tú. Además, ni siquiera sabes a ciencia cierta cómo es esa otra persona, solo te estás comparando con la parte visible de ella, con la punta del iceberg...

Antes era una terrible perfeccionista, en especial en lo que a mi casa se refería, mejor dicho, en lo que se refería a mi casa en relación con las personas que me visitaban. Limpiaba con exageración, miraba cada detalle. Realmente era demasiado y fuera de contexto. Y cuando las visitas venían a comer, mucho peor aún. Todo tenía que ser... perfecto. Con el tiempo he cambiado, principalmente aplicándome estos consejos que os cabo de dar. Al final, para superar aquella obsesión fue importante observar a los invitados para ver qué parte de la visita les importaba, o sea, por qué les gustaba venir a mi casa. Resultó que no venían porque todo estuviera reluciente. Tampoco les interesaba la elegancia de la mesa o la calidad de la comida, de los postres (aunque mi tarta de manzana es un éxito siempre). No. Nada de todo eso importaba demasiado. Los invitados venían para verme a mí, para hablar y estar con las otras personas que invitaba, venían a pasar un buen rato y punto. La verdad es que este descubrimiento me ha ayudado mucho para

desprenderme de ese afán de que todo esté perfecto. Pero... Siempre hay un pero, y por esto os contaba todo esto: cuando estoy estresada, cuando tengo poco tiempo para organizar una cena, cuando hay escaso margen entre el fin del trabajo y la llegada de los invitados... el perfeccionismo vuelve, me sobreviene y me atrapa, transformándome en una especie de vendaval insoportable para mí misma y para mi entorno. Quería compartir esto con vosotros para dejar claro, una vez más, el peligro del estrés en su fase inicial. Puede manifestarse como una fuerza tóxica que nos saca de nuestro centro y, como un auténtico okupa, se adueña de nosotros y empieza a mandar… y no exactamente de una manera agradable.