CHAPTER 2 (Mis) Representing Muslim Women: Methodological Issues
2.2 Implementing the Research Strategy
2.2.2 The research interviews and observation
Durante este recorrido, se evidencia que los requerimientos de la formación docente están dirigidos a que el docente domine ciertos aprendizajes en su formación inicial y que desarrolle a partir de estos, otros nuevos, acordes con su práctica laboral, asumiendo el rol de un docente reflexivo e investigador; no obstante, acogiendo las palabras de Davini (1995).
La falta de una definición política para la enseñanza media y para la formación de profesores unida a las sucesivas dictaduras, con su correlato de control ideológico y del saber, han retrasado la evolución de la formación de profesores tanto en los institutos terciarios como en las universidades (p. 31).
De manera que, como se menciona líneas arriba hay una necesidad de que la formación de docentes cuente con la construcción de una perspectiva política que dote de bases consistentes este quehacer que permea todos los esquemas sociales; esta cita, si bien se produjo en otro contexto3, aplica para el caso colombiano, ya que las condiciones generales de la
3 La profesora Argentina, María Cristina Davini, en el libro La formación docente en cuestión:
política y pedagogía, del cual se extrae la cita, presenta un recorrido por las principales
tradiciones pedagógicas que surgieron en Latinoamérica en las décadas de los años 80 y 90 y que incidieron en la formulación de las políticas en países de América del Sur, generando varias tensiones al interior de la escuela.
formación en cualquier nivel se encuentran sujetas a los gobiernos de turno y a su vez, a intereses particulares, estos constantes cambios a los que se ve avocada la institución escolar son tan duraderos como el gobierno que los instaura, no hay permanencia que permita reflexión y mejora de los mismos, únicamente, rupturas.
Entonces, se pierde la perspectiva teleológica de la función docente en términos políticos, al estar sujetos a determinaciones diferentes, que obligan a responder por evaluaciones a estudiantes, docentes, directivos, instituciones en general, que deslegitiman a su vez cualquier otra perspectiva dada al trabajo en aula o a nivel institucional; esta realidad inserta a algunos docentes en prácticas que persiguen otros fines y los aleja de la función primigenia de la formación; el crecimiento humano.
De manera que, no se debe dejar de lado la realidad social a la que se enfrentan hoy los docentes, las condiciones para ejercer su labor se han tornado difíciles en la medida en que el estatus del cual se servía en tiempos anteriores y que le daba una cierta autoridad sobre otras instituciones sociales como la familia, se ha perdido con el paso del tiempo, hasta llegar a la deslegitimación de la profesión, bien sea por su propia acción o por los discursos circulantes en el espacio público.
“Hoy la tradición académica circula no sólo en el discurso de los especialistas; ha sido incorporada en el discurso docente y de la sociedad, creando la ‘opinión pública’ mediante los medios de comunicación masiva y mostrando las ‘incompetencias’ de la escuela y, por ende, de los docentes” (Davini, 1995, p. 34)
Esta representación de docente, ha dificultado en la práctica, las condiciones laborales del profesor, quien en muchos casos, recibe las críticas y el irrespeto fomentado de padres a hijos y quién además tiene que cargar con las limitaciones propias del aprendizaje, la falta de atención de los padres en sus hogares, el consumo de sustancias ilícitas en las familias, la violencia intrafamiliar y la falta de recursos, entre otras. No obstante, es pertinente aclarar que no todas las condiciones son adversas, y el cambio en la situación actual requiere de reflexión y modificación de prácticas frente a las comunidades en las que el docente se convierta en un agente de transformación de su entorno.
Aunque las condiciones mencionadas refieren a situaciones extremas de quejas constantes de parte de las familias y en algunos casos, de amenazas a la vida de los docentes, es necesario pensarlas ya que son parte de esta realidad social colombiana, es innegable que detrás
de esta profesión hay un ser humano y que su formación, si bien le permite enfrentarse a diversas situaciones, algunas se desbordan; el sufrimiento, dolor o miedo, que maneja aquella población que en situaciones de precariedad y en una confusión extrema frente a lo que debe ser la educación y la vida para sus hijos, cree que lo único que hay por hacer es pelear sin razón aparente, con armas de segura rendición. Es así que se revela en la escuela un pequeño escenario de la realidad social de la ciudad y del país; la lucha constante entre semejantes, el hurto, la agresión, la intolerancia, el pueblo víctima de sus impensadas decisiones, se hace evidente la lucha contradictoria entre semejantes: el guerrillero/el soldado, el maestro/el acudiente, el funcionario público/el ciudadano, el doctor/el paciente, comerciante/cliente, adepto A/adepto B; por ausencia de visión política, de ciudadanía.
De forma que, tener una perspectiva política definida del para qué ser docente, posibilita la construcción de un principio que otorgue la coherencia que requiere esta práctica, que si bien, debe pensarse y reestructurarse constantemente, se mantendría hacia un horizonte de bienestar colectivo frente a cada propuesta nueva; además promoviendo desde esa coherencia una mejor elección de pensamientos cuyas vías de acción se unan a los principios de la formación docente.
Lo anterior es necesario, en primera medida para no perder lo que debe ser la función docente en aras del bien común, “en todas las ciencias y artes el fin es el bien; y el mayor y principal es el objeto de la suprema disciplina entre todas, que es la política” (Aristóteles); así pues, la formulación de políticas culturales acordes con el principio del bien común, debe estar conforme a la realidad social del entorno y la acción del docente en el aula no debe ser limitada por esas políticas, sino que debe primar su principio de bienestar común en la práctica diaria.
En segundo lugar, para que el docente sea lo que es, lo que construye a diario desde su pensamiento y su acción, no lo que le dicen que debe ser. Cada una de las tradiciones que se instauran en distintos paradigmas de la educación indican lo que debe ser el docente, una directriz que en palabras de Davini “en función del deber-ser-normativo se ha imposibilitado la visión de un enfoque integral, que permita entender lo que el docente efectivamente “es”, de los desafíos que enfrenta, de las condiciones de su práctica, de la naturaleza íntima del trabajo pedagógico.” (1995, p. 48).
Así, la visión política del docente se dirige a orientar los procesos y dar herramientas con las que deben contar los estudiantes para poder ejercer de forma crítica su ciudadanía y desarrollar su potencial (distinto de los demás) para ser cada día la mejor versión de sí mismo, no
de los otros, no del modelo, sino de lo que desea de sí y lo que reconoce como su bienestar y a su vez aporta al bienestar colectivo.