La función ejecutiva constituye un conjunto de habilidades cognoscitivas que permiten la anticipación y el establecimiento de metas, el diseño de planes y programas, el inicio de las actividades y de las operaciones mentales, la autorregulación y la monitorización de tareas, la selección precisa en el tiempo y en el espacio. Tales funciones, como indicáramos previamente, también se encuentran dañadas en pacientes con esquizofrenia.
Más concretamente, las funciones ejecutivas se relacionan con cuatro aspectos: 1) Planificación, o capacidad de elaborar y poner en marcha un plan estratégicamente organizado; 2) Flexibilidad, esto es, capacidad de alternar entre diferentes criterios de actuación que pueden ser necesarios para responder a las demandas cambiantes de una tarea o situación; 3) Memoria de trabajo, que permite mantener activada una cantidad de información necesaria para guiar la conducta durante el transcurso de la acción; y 4) Monitorización, o supervisión necesaria para la ejecución adecuada y eficaz de los procedimientos en curso. Permite corregir errores antes de finalizar la tarea.
Varios aspectos de la función ejecutiva se ven afectados en pacientes con esquizofrenia grave en su funcionamiento general. De hecho parecen ser un componente esencial de la esquizofrenia más que un efecto de una desorganización psicótica aguda (Reed, Harrow, Herbener y Martin, 2002). Además estos déficits en las funciones ejecutivas parecen estar especialmente relacionados con la duración de la enfermedad que puede a su vez reflejar las características crónicas neuropatológicas de la esquizofrenia, el efecto de los antipsicóticos o la interacción entre ambos factores (Sullivan, Shear, Zipursky, Sagar, et al., 1995).
Los resultados de diversos estudios confirman los déficit en la función ejecutiva tanto en enfermos como en familiares no psicóticos de estos enfermos (Bertisch, Mesen‐Fainardi, Martin, Pérez‐Vargas, et al., 2009). Por ejemplo, en un estudio que empleó el test MSET se encontró que estos pacientes puntuaban más bajo y utilizaban
estrategias diferentes a las del grupo control. Este uso de estrategias diferentes está relacionado con daños en el funcionamiento cognitivo, que a su vez podrían explicar el empleo de estrategias compensatorias o bien, el modo particular de comprender las instrucciones del test (Van Beilen, Withaar, Van Zomeren, Van den Bosch y Bouma, 2006).
Sin embargo, los estudios no son concluyentes y así, en otros trabajos con esta población no se ha encontrado una relación entre memoria de trabajo y disfunción ejecutiva, en cambio sí entre ésta y la recuperación de la memoria episódica (Boeker, Kleiser, Lehman, Jaenke, Bogerts y Northoff, 2006).
También se han encontraron modestas relaciones entre el índice u onda P300 y las puntuaciones en los test neurológicos destinados a para evaluar aspectos del funcionamiento cognitivo (Dichter, Van der Stelt, Boch y Belger, 2006; Jeon y Polich, 2003). Respecto a este índice P300, cabe destacar que aunque la caracterización biológica de la esquizofrenia se encuentra bien establecida, no existen índices claros para su diagnóstico. Sin embargo, existe un marcador por lo general reconocido como fiable, como es la onda P300, cuya amplitud se halla reducida en estos paciente (Jeon y Polich, 2003). La onda P300 es un componente de los potenciales evocados, que representan el desplazamiento temporal de la actividad eléctrica del cerebro durante el tratamiento de la información sensorial. Dicha onda está asociada al tratamiento cognitivo de esta información y en consecuencia a los trastornos cognitivos observados con otros métodos.
Además, la reducción de la amplitud de la P300 es mayor en presencia de síntomas negativos que de síntomas positivos. Esta reducción también es sensible a los tratamientos neurolépticos, ya que la amplitud de la P300 tiende a normalizarse con la mejoría clínica del paciente. Por último, dicha onda correlaciona con ciertos factores hereditarios de la esquizofrenia, pues se ha observado una reducción de su amplitud en familias de pacientes. Pese a estas evidencias, los autores advierten que la P300 no se puede considerar un instrumento de diagnóstico, ya que otras enfermedades también implican una reducción de su amplitud (Jeon y Polich, 2003).
Por su parte, Levander et al., (2001) sugieren que cada episodio de esquizofrenia causa daños agudos a un conjunto de estructuras generadoras de patrones cognitivos, que son las encargadas de traducir las intenciones a los patrones de logística y que cuando se dañan se produce un deterioro en las funciones ejecutivas (Levander, Jensen, Grawe y Tuninger, 2001). En esta línea, en otros estudios se ha observado que los pacientes con esquizofrenia tienden a disponer de escasos recursos y a funcionar de manera simplista cuando atienden a los detalles del campo del estímulo. Incluso en el primer episodio de esquizofrenia, algunos no son capaces de lograr sus objetivos debido al deterioro de sus funciones ejecutivas, esto es, de sus recursos para una planificación eficaz, la puesta en marcha de la conducta o un desempeño eficiente (Ilonen, Taiminen, Lauerma, et al., 2000).
Cabe recordar aquí que ya Kraepelin pensaba que la demencia constituía principalmente un trastorno de la voluntad, que afectaba a la capacidad de tomar y
llevar a cabo decisiones conscientes. De hecho, el autor describió los déficits en la función ejecutiva, y consideró que éstos podrían ser en gran parte responsables de la demencia y de la cronicidad de la esquizofrenia (Zec, 1995).
También parece existir una relación entre potencial de aprendizaje, como medida alternativa a la tradicional evaluación de la inteligencia, y algunos aspectos del funcionamiento ejecutivo (Vaskinn, Sundent, Friis, Ueland, Simonsen, Birkenaes, Engh, Jonsdottir, Opjordsmoen, Ringen y Andreassen, 2009).
De todas formas respecto al funcionamiento ejecutivo se podría concluir que es necesario desarrollar un enfoque más específico y unas medidas más selectivas para poder extraer conclusiones claras acerca de su relación con los síntomas clínicos (Donohoe y Robertson, 2003).