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Este “viejo individualismo” de corte economicista tuvo una versión americana original de

carácter romántico bajo la forma del llamado “pionerismo”. No quiero decir con ello, desde luego, que los llamados “pioneros” fuesen defensores de un liberalismo al estilo laissez faire. Lo que prima en el pionero no es la búsqueda a ultranza de la riqueza o la autoafirmación abstracta de un individuo liberado de relaciones y responsabilidades sociales, sino, más bien, el afán romántico de construir un mundo a la medida de sus sueños y posibilidades.

La existencia de una inmensa cantidad de tierras vírgenes, y el propio deseo de aventura, que llevó a muchos norteamericanos a la conquista de su propio país, dieron lugar, además, a toda una mitología social (desarrollada luego por los propios norteamericanos en la literatura y en el cine) en la que lo que se destacaba por encima de todo era la iniciativa, el coraje y el espíritu de empresa de una serie de individuos que resolvían de forma oportuna y sagaz los múltiples retos que les ofrecía una tierra inculta. Hay, pues, algo que resulta tremendamente admirable para Dewey (y para cualquiera que se dedique a estudiarlo) en el espíritu pionero norteamericano, aunque, desde luego, hay también algo profundamente chocante en toda esa mitología social que, al exaltar al pionero, lo que hace es

28En muy diversas partes de su obra hace Dewey una crítica demoledora de este “individualismo del laissez faire”. Creo,

sin embargo, que en donde mayor altura filosófica alcanza su crítica es en su libro Liberalism and Social Action, especialmente en los dos primeros capítulos, dedicados a la historia y a la crisis del liberalismo. Tendré que volver más adelante sobre este asunto, pues resulta primordial para la comprensión de la idea deweyana de democracia.

reivindicar precisamente aquellos factores que resultan menos democráticos en la vida norteamericana. Su juicio más completo sobre el significado del individualismo pionero nos lo ofrece Dewey en el siguiente texto:

El verdadero individualismo de dicha época se ha visto eclipsado porque ha sido mal interpretado. Se le ha considerado muy a menudo como si fuera una exaltación de unos individuos liberados por completo de relaciones y responsabilidades sociales. […] La esencia de nuestro primitivo individualismo pionero no era su carácter no-social, y mucho menos anti-social, pues no implicaba ningún tipo de indiferencia ante las exigencias de la sociedad. Los ideales que efectivamente funcionaban allí eran los de la buena vecindad y el servicio mutuo. En esta forma de individualismo no se niegan las exigencias del gobierno y de la ley, pero se las subordina a las necesidades de una sociedad de individuos que está en continuo cambio y desarrollo. Las relaciones comunitarias debían poner a los individuos en condiciones de alcanzar una más plena manifestación de sus propias capacidades, y este desarrollo debía convertirse, a su vez, en un factor orientado a la modificación del orden civil y político organizado y establecido, de tal manera que más individuos estuviesen en capacidad de participar de forma efectiva en el autogobierno y el automovimiento de la sociedad; así, en síntesis, más individuos podían entrar en posesión de esa libertad a la que tienen derecho por nacimiento. La pérdida de valor de nuestro primitivo individualismo pionero no es más que el aspecto negativo de nuestra renuncia a la idea original de una subordinación del Estado y el gobierno a la comunidad social y de nuestra aproximación a la vieja idea europea de que el Estado es un fin en sí mismo (James Marsh and American Philosophy, LW 5: 193-194).

Aunque hay muchas cosas admirables en el espíritu pionero- nadie pretende negarlo, y menos Dewey, como resulta evidente en el texto previo-, nuestro filósofo tiene sus reservas ante la exaltación del pionerismo, sobre todo cuando se le usa como una especie de ideología autojustificatoria del

“espíritu emprendedor” del norteamericano. Para Dewey, se trató de un fenómeno pasajero, fruto de

una peculiar combinación de circunstancias que tuvo su lugar y su momento, pero que de ninguna forma debe tomarse por el modelo a tener en cuenta en la construcción de una sociedad democrática y, mucho menos, a la hora de pensar las condiciones de surgimiento de un individualismo democrático29. No sin un cierto grado de ironía, se permite, en el pasaje que citaremos a continuación, mostrar que precisamente detrás de esta añoranza del pionerismo lo que se revela en la vida norteamericana es la más tremenda confusión mental y moral que resulta de la pérdida de la propia individualidad. Dice Dewey a este respecto en un texto escrito en febrero de 1930:

¿Dónde están ahora esas tierras vírgenes que nos invitan a desarrollar la energía creativa y que nos ofrecen oportunidades fabulosas para la iniciativa y el vigor? ¿Dónde está el pionero que, incluso en medio de la privación, avanza con regocijo hacia su conquista? Las tierras vírgenes ya no existen más que en el cine y las novelas; y los hijos de los pioneros, que viven en entornos artificiales construidos por máquinas, ya

29 En el discurso escrito para la celebración de sus ochenta años de vida, en donde hace un recuento breve de lo que ha sido

la historia de los Estados Unidos, Dewey reclama de sus compatriotas que, en vez de mirar hacia el pasado y glorificar la época pionera, hagan acopio de toda la creatividad posible para enfrentar los retos más complejos de la vida del momento con algo más que la exaltación romántica de su propia historia. Cfr. Creative Democracy - The Task Before Us, LW 14: 224-225.

sólo disfrutan de la vida pionera de forma indirecta cuando, cruzados de brazos, contemplan una película. No veo por ninguna parte ese descontento social que, se supone, sería la fuente de donde saldría la energía para transformar las ideas en acción; lo que veo, más bien, es, por una parte, una protesta impotente contra el debilitamiento de ese vigor legendario y un decaimiento progresivo de la energía que surge como resultado de la ausencia de oportunidades constructivas; y, por la otra, esa confusión que es expresión de la incapacidad para encontrar un lugar seguro y moralmente gratificante en medio de una escena económica tan problemática y enredada (Individualism Old and New, LW 5: 80).

Tanto el individualismo economicista del laissez-faire como el individualismo pionero de los norteamericanos tienen, sin duda, causas históricas que permiten explicarlos. No se sigue de allí, sin embargo, que deban aceptarse sin más como modos de vida social válidos en todo tiempo y lugar, es decir, que se deban considerar autojustificados porque fueron, en su momento, formas legítimas de respuesta a demandas sociales específicas, entre otras cosas porque muchos de los argumentos y hechos en que se fundaban (la necesidad de liberarse de una serie de ataduras legales propias del mundo feudal, la exigencia de acumulación de capital o la simple aceptación de la pobreza como una especie

de “condición natural”) pierden todo su sentido en una sociedad en la que se lucha por la libertad y la

igualdad de oportunidades para todos.