Este apartado estudia el impacto que los cambios demográficos han generado sobre la estructura de los hogares, determinada por su tamaño, nucleamiento, presencia de niños y de personas mayores, así como la edad y el sexo del jefe de hogar, lo cual puede generar condiciones sociodemográficas que colocan a los hogares en situación de vulnerabilidad.
De este modo, un rasgo fundamental de los mismos es la aportación económica de sus miembros a las necesidades de los demás y como institución social y núcleo de convivencia tiene entre sus funciones la de procurar el bienestar de sus componentes (Blasco, 2003).
Tipo y tamaño de los hogares.
En el Paraguay, el avance de la transición demográfica ha tenido impactos sobre el promedio de habitantes por hogar y sobre su tipología. Se evidencian hogares más reducidos y un aumento de la frecuencia de hogares unipersonales y de monoparentales
con jefatura35 femenina, además de la caída de otras formas de configuración como los hogares extendidos y compuestos entre 1992 y 2012 (DGEEC, 2016c), lo que puede dar la pauta de una tendencia hacia la nuclearización. En 2017, prevalecen los hogares nucleares36 (46,1%) seguido de los extendidos (31,4%), monoparentales (11,3%), unipersonales (9,2%) y compuestos (2%) (DGEEC, 2017a).
El promedio de miembros por hogar ha variado en los últimos 20 años, disminuyendo de 4,7 en 1997 a 3,9 en 2017. La mayor reducción se dio en hogares rurales, equiparándose en 2017 al número de miembros de hogares urbanos. En tanto, los hogares de menores ingresos, a pesar de haber reducido su número de miembros, siguen siendo más numerosos (4,8 miembros en promedio en el estrato más pobre) que los más rico (3,1 miembros en promedio) (DGEEC, 2017a). Los hogares con jefatura femenina son un tanto más reducidos que los de jefatura masculina (3,8 y 4 miembros en promedio respectivamente).
Jefatura de hogar según sexo.
En 2017, en todos los tipos de hogares predomina la jefatura masculina (66,9%), salvo en hogares nucleares incompletos (16,2%). Sin embargo, es importante notar algunos cambios que se han dado con el paso del tiempo: el porcentaje de hogares que tienen como jefa a una mujer ha pasado de 27,1% en el 1997 al 33,1% en el 2017, fenómeno registrado tanto en áreas urbanas como rurales (DGEEC, 2017a). Los hogares con jefaturas femeninas han aumentado en todas las clasificaciones de hogares, a excepción de los hogares unipersonales cuyo porcentaje decayó 4,3 puntos porcentuales en las dos décadas analizadas. Los hogares nucleares completos con jefatura femenina aumentaron de 8,1% a 15,8%, en los hogares extendidos de 38,6% a 40,5%, y en los hogares compuestos de 31,8% a 34,8%, respectivamente entre 1997 y 2017 (DGEEC, 35 En los censos y las encuestas de hogares se considera jefe de hogar a la persona reconocida como tal por los demás miembros del mismo, sin tener demasiado en cuenta el proceso real de toma de decisiones dentro del hogar o los aportes económicos a éste. No se acepta la jefatura compartida en esta definición. Esto implica un sesgo de género, puesto que, existiendo núcleo conyugal compuesto por hombre y mujer, se considera jefe al hombre. Solamente cuando no existe cónyuge, la mujer figura como jefa de hogar (García y Rojas 2001).
36 Cabe señalar que las encuestas de hogares en general no permiten distinguir a las familias nucleares reconstituidas, es decir, las que se forman a partir de parejas que se divorcian o se separan y constituyen nuevas uniones. De igual manera, tampoco es posible distinguir a las familias en las que alguno de sus miembros es un emigrante, y que pueden aparecer como familias monoparentales en la cual el jefe se declara casado/a o en unión.
2017a). La jefatura de la mujer está estrechamente asociada a la ausencia de pareja en particular a la soltería y en la vejez a la viudez (DGEEC, 2017a).
Chant (2002) explica que existe un amplio rango de procesos que llevan a la jefatura femenina, incluyendo el envejecimiento demográfico, las migraciones laborales, las crecientes tasas de soltería, y el aumento en los casos de divorcio. García y Rojas (2001) en contraposición agregan que existe un grupo de mujeres jefas de hogar que eligió esa situación, y que está en condiciones de sostener un hogar independiente.
Jefatura de hogar según edad.
Según grupos de edad de los jefes de hogar, en 2017, el 14,5% del total de hogares está encabezado por personas jóvenes (14 a 29 años de edad). En dichos hogares la jefatura femenina es mayor a la media nacional con el 36,4% (Tabla 2). En el otro extremo, el 22,5% de los hogares tiene como jefe de hogar a una persona mayor (60 años y más). En estos hogares la jefatura femenina asciende a 39,2% (Tabla 2) asociado posiblemente a su mayor condición de viudez a raíz de la sobre mortalidad masculina en edades adultas mayores, con lo cual se destaca que las mujeres llegan a ser jefas de hogares en mayor medida a edades avanzadas y al final del ciclo familiar.
Tabla 2. Distribución porcentual de jefatura de hogar por grupos de edad según sexo del jefe, Paraguay, 2017
Grupos de edad Jefatura de hogar (% col.) Jefatura de hogar (% fila) Total Masculina Femenina Total Masculina Femenina Total 100,0 100,0 100,0 100,0 66,9 33,1
De 14 a 29 años 14,5 13,8 16,0 100,0 63,6 36,4
De 30 a 59 años 63,0 65,8 57,4 100,0 69,9 30,1
De 60 años y más 22,5 20,5 26,7 100,0 60,8 39,2
Fuente: Elaboración propia a partir de DGEEC, Encuesta Permanente de Hogares 2017.
Relación de dependencia en los hogares.
Desde el punto de vista demográfico, es decir, teniendo en cuenta solamente las edades de los miembros del hogar, el 13,5% de los hogares tiene más personas dependientes (de 0 a 13 años y de 60 años y más) que activas (de 14 a 59 años), en tanto otro 6% carece de personas en edades activas. Los hogares con estas características se encuentran en mayor medida en zonas rurales (23,7%), en hogares con jefatura femenina (22,7%) y en situación de pobreza (30,4%) (DGEEC, 2017a). Los hogares sin activos corresponden en mayor medida a hogares con jefes de 60 años y más.
Por otra parte, si se considera la dependencia económica, entendida como la razón entre los no perceptores de ingreso y los perceptores de ingreso37, se tiene que el 19,8% de los hogares tiene en promedio más de 2,5 personas dependientes por cada perceptor en el hogar u hogares sin perceptores, lo cual puede considerarse una dependencia alta, teniendo en cuenta en promedio de habitantes por hogar. Dicha cifra se incrementa en zonas rurales (22,9%), en hogares encabezados por mujeres (23,8%) y especialmente en hogares de menores ingresos (43,5%) (DGEEC, 2017a), los cuales se consideran vulnerables.
Ciclo de vida familiar.
Una forma de sintetizar los cambios expuestos es evaluando el ciclo de vida familiar38 a lo largo del tiempo. Según DGEEC (2016c), en el año 1992, el mayor porcentaje de hogares se encontraba en la etapa de consolidación con el 17,7% de los hogares, que corresponde a hogares cuyo hijo mayor tiene entre 12 y 17 años de edad; en el año 2002 la mayoría seguía en la misma etapa, pero con un aumento considerable de aquellos hogares en la etapa de estabilización que son los hogares cuyo hijo mayor tiene 18 años o más y el menor 18 años o menos, representando ambas etapas el 17,4% y 17,1%, respectivamente. En el año 2012, la mayor participación porcentual representa la etapa de desmembramiento con el 18,2%, es decir, son los hogares cuyo hijo menor tiene 18 años o más de edad.
Lo anterior está muy relacionado al proceso de transición demográfica que atraviesa el Paraguay y los resultados parecieran confirmar el traslado de los hogares hacia etapas en la que los hijos van adquiriendo independencia e inician el desmembramiento del núcleo inicial.
De lo presentado en este apartado pueden resaltarse ciertas características que introducen factores de vulnerabilidad respecto del tipo de jefatura y tamaño de los hogares:
37 Se consideran perceptores a las personas de 10 años y más de edad que se encuentran ocupadas, o son pensionadas, jubiladas o rentistas, en tanto que los no perceptores son aquellas personas de 10 años y más desocupadas e inactivas (excluyendo a los pensionados, jubilados o rentistas) y los menores de 10 años. 38 El ciclo de vida familiar se refiere a las diversas fases o etapas por las que suelen pasar los arreglos familiares, desde la constitución de un núcleo inicial (pareja con o sin hijos), pasando por su crecimiento hasta la disolución de dicho núcleo o su dispersión en nuevos núcleos y arreglos familiares (DGEEC, 2016c).
• Los hogares pobres además de numerosos son más jovenes, extendidos y con mayor número de hijos dependientes y menor número de aportantes: el promedio de edades de sus habitantes ronda los 26,5 años, frente a los hogares de mayores ingresos que son mas pequeños y con personas mayores (la edad promedio de sus miembros es 36,3 años) (DGEEC, 2017a). Esto es así, dado que como se mostró en el apartado de fecundidad, en los estratos socioeconómicos más bajos las mujeres tienen más hijos. Los hogares más pobres se encuentran sobre- representados entre los hogares incompletos y extendidos. Por el contrario, los individuos solos se concentran en el estrato de más altos ingresos. De este modo, la posibilidad de vivir solo requiere de autonomía económica, y por lo tanto puede tornarse inaccesible para personas de bajos recursos.
Respecto a esta configuración, debe tenerse en cuenta que las diferentes formas de vivir en familia se vinculan de manera estrecha con los ingresos de la población. La vida cotidiana en familia se corresponde con la población de menores ingresos, mientras que entre quienes tienen más recursos económicos se expresa con mayor frecuencia la tendencia a la individuación (Wainerman y Geldstein 1996).
• Los jefes de hogares con mayor número de miembros presentan bajo nivel de instrucción, en particular en las jefas. La media de instrucción en la jefatura de hogares es 8,5 años de estudio, en tanto las jefas mujeres de 5 y más miembros presentan 7 años de estudio y en hogares pobres y numerosos 5,8 años en promedio (DGEEC, 2017a).
• Los hogares con jefatura femenina presentan mayores niveles de pobreza que los masculinos. El 24,2% de los hogares encabezados por mujeres se encuentran en situación de pobreza, frente al 20,2% de los masculinos, pero además el porcentaje de hogares pobres con jefas mujeres aumenta en la edad productiva y reproductiva (30 a 59 años), ascendiendo a 28% (DGEEC, 2017a). La jefatura femenina disminuye en el estrato de ingresos altos (Serafini, Zavattiero, 2018).
Acosta y Solís (1998) se basan en tres tipos de factores para explicar la mayor vulnerabilidad de los hogares con jefatura femenina: 1) en los hogares con jefas mujeres, aunque el tamaño puede ser menor, la tasa de dependencia puede ser mayor, dándose en
muchos casos la situación de que toda la responsabilidad del sostenimiento económico del hogar caiga sobre la jefa, 2) la condición de mujer implica por lo general menos acceso a recursos productivos, y por ende menores ingresos laborales y 3) al tener la responsabilidad doméstica muchas veces las mujeres jefas de hogar deben tomar empleos que les permitan cumplir su doble jornada, lo que suele implicar trabajos peor remunerados y/o más precarios.
Por otro lado, según Chant (2002), los patrones de asignación de recursos dentro del hogar están a menudo mejor equilibrados en hogares con jefa mujer, y que el ingreso generado o controlado por mujeres tiende a beneficiar a otros miembros más que el generado por hombres. En general se reconoce que las jefas de hogar tienen, comparadas con los jefes, una mayor preferencia por invertir en los hijos, pero que las condiciones sociales que enfrentan estos hogares a menudo les impiden llevar a cabo estas preferencias (Acosta y Solís 1998).
• La jefatura de hogar femenina monoparental implica una doble demanda para las mujeres, como proveedoras económicas del sustento de sus hijos y como madres y trabajadoras domésticas (CEPAL, 2005). El 28,5% de las jefas de hogares encabezan hogares monoparentales. Dentro de este grupo predominan las mujeres viudas, separadas y divorciadas (39,9%) (DGEEC, 2017a) que a su vez pueden estar un tanto más protegidas que las solteras si cuentan con el posible patrimonio que dejó su cónyuge y, en ocasiones, con una pensión por viudez, y porque los ex cónyuges están obligados a compartir los costes económicos de los hijos comunes. Así, dentro de estos grupos, las madres solteras son las más desprotegidas, cobrando mayor volumen en la adolescencia y juventud (14 a 29 años) y en hogares en situación de pobreza, quienes dependen de redes sociales y familiares.