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5.13 Interviews as a data collection method

5.13.3 Selection of participants

Una de las causas de suicidio en la Edad Media estudiadas por Schmitt es la pérdida del ser amado.282Ése es el motivo por el que algu-

nos de los personajes de la obra se quitan la vida (Tarsina, Breño y la madre de los señores de las Islas Belleas) y otros desean la muerte (la infan- ta Tigliafa, Eleno).

Tanto Tarsina como Breño comparten su carácter de personajes nega- tivos. Tarsina se muestra extraordinariamente lujuriosa al engañar a un caballero para que la satisfaga sexualmente (usurpa la identidad de su señora para confundirlo). Su lascivia y sus maquinaciones acarrearán des- gracias y muertes, entre ellas la de su amado. Ante el cuerpo ajusticiado de aquel cuyo amor sensual la llevó a cometer tantos engaños, Tarsina no puede por menos que confesar sus culpas y suicidarse. Aunque parece demostrar arrepentimiento, antes de morir su amor la lleva a besar el cadá- ver del caballero. A pesar de su confesión, el lector sabe que irá condena- da al Infierno. Tarsina representa el caso más claro de suicidio reprobable en la obra. Su actitud es pecaminosa desde el principio, por lo que su final

282 Jean-Claude Schmitt, «Le suicide au Moyen Age», Annales: Économies, Sociétés,

no sorprende. Tarsina, si bien no es malvada, es un ejemplo de la flaqueza femenina, muy diferente al retrato que ofrecen otras doncellas y damas de la obra.

Por su parte, Breño es uno de los personajes cuyo comportamiento queda peor explicado en el texto: primero acepta agradado el amor de Lidia, luego la rechaza y, finalmente, una vez llega a sus oídos la muerte de la doncella, él mismo se quita la vida desesperado. Sin más explicacio- nes, el lector es testigo de esos cambios repentinos en el caballero, sin que pueda comprenderlos fácilmente. Lo que parece claro es que su suicidio se debe al dolor de conocer la muerte de su doncella.

Breño se muestra como cruel e inhumano al no reaccionar ante las muestras de amor de Lidia, ni ante su sufrimiento al ver que es rechazada y, todavía más, al abandonarla en una isla despoblada, sin importarle lo que pudiera sucederle. Pero su arrepentimiento y desesperación final tam- poco lo salva, más bien lo condena del todo y sume al lector en confusión, al no poderse comprender cuáles eran sus verdaderos sentimientos por Lidia. Cabe pensar que su situación final es la de un hombre que com- prende cuánto lo amaba su doncella; en esa situación se da cuenta de lo erróneo de su comportamiento, de lo cruel que ha sido y de que ha cau- sado la muerte de la dama, todo lo cual lo lleva a la desesperación, una des- esperación en un momento en el que su endurecido corazón parece volver a sentir. En cualquier caso, su muerte se encuadra dentro de las muertes provocadas por amor.283

La infanta Tigliafa también muestra deseos de morir ante la desapari- ción de su amado (el tártaro Zoílo). Sin embargo, promete a Zoílo que no se quitará la vida ni se dejará morir.

Al igual que Tigliafa, Eleno de Dacia desea la muerte tras ver fallecer a Lidia. En una de las escenas más conmovedoras de la obra, Eleno mues- tra una locura en la que sus pensamientos, confusos y desesperados, se

283 El suicidio de Breño implica que ama a Lidia; sólo así se comprende ese dolor insu- perable que le produce saber que Lidia ha muerto por su causa. Recordemos que, de tres causas de suicidio en la Edad Media, según Schmitt, Breño ha de enfrentarse a dos de ellas: «la perte de l’être aimé», así como «la certitude de l’avoir trahi». Cualquiera de esas dos razones por separado hubiera sido suficiente para llevar al caballero al suicidio, las dos hacen que el suicidio sea inevitable.

expresan en una cascada de exclamaciones doloridas. La idea recurrente en dichas exclamaciones es el deseo de seguir a Lidia tras su muerte, así como imprecaciones contra sí mismo por no morir de dolor ante la pérdida de su amada doncella:

¿Dónde estoy, pues tengo poder en mí para te dexar ir tan sola? Pues, ¿cómo, amada mía?, ¿tengo de perderte?, ¡y que tenga este cruel coraçón tan duro que no rebiente! ¡Ó, Eleno! ¿Y éste es el amor que a tu Lidia en vida mos- travas?284

Al igual que la infanta Tigliafa, Eleno de Dacia no se dejará morir para cumplir una promesa dada a Lidia en su lecho de muerte (entregar una carta al ingrato Breño). El deseo de complacer la última voluntad de su señora le dará fuerzas para seguir adelante:

¿Qué es esto, Eleno?, ¿tienes por ventura creído lamentando cobrar tu querida Lidia ni hazer lo que por ella te fue mandado? Más te conviene andar peregrinando hasta hallar lo que prometiste. ¡Esfuerça, esfuerça, hasta cumplir lo que deves a la que de tu coraçón siempre es señora!285

La historias de Eleno y Tigliafa coinciden en a) el deseo de morir junto con su amor, b) la última conversación con el ser amado y c) la promesa que hacen al moribundo, promesa que los lleva a seguir con vida. Ambos personajes comparten deseos suicidas que son superados por el amor.

También la pérdida de los hijos provoca el suicidio. Tal es el caso de la giganta madre de los señores de las Islas Belleas, quien, al ver muerto a su hijo a manos de Claridiano, «ase del agudo cuchillo y en un punto se lo lançó por el cuerpo, sin ser parte ninguno de los que allí estavan para lo poder estorvar».286 Pedro de la Sierra retoma el suicidio de la vieja que

engañó al héroe en el Lisuarte de Grecia, imitando también la forma de cometerlo.287Otro suicidio parecido encontramos en las Sergas de Esplan-

284 E. P. II, p. 122. 285 E. P. II, p. 123.

286 E. P. II, p. 206. Esta giganta es una de las «gigantas sin piedad», al igual que Gro- madaça, Andandona y Bandaguida en el Amadís de Gaula. Vid. R. M. Mérida Jiménez, «Tres gigantas sin piedad: Gromadaça, Andandona y Bandaguida», en R. Beltrán (ed.), Literatura de caballerías y orígenes de la novela, Valencia, Universitat de València, 1998, pp. 219-233.

287 No obstante, la sobrina de Armato en el Lisuarte no es una giganta, como en nues- tro texto.

dián, el de la giganta Arcabona.288Sin embargo, frente al uso de la daga

en el Espejo, en la obra de Montalvo la giganta se arroja desde una venta- na. Esa diferencia puede deberse al hecho de que, mientras Arcabona lo hace a causa de la ira (al no poder vengarse de Lisuarte), el personaje de Pedro de la Sierra (y el del Lisuarte de Grecia) lo hace por un motivo más lícito (la pérdida de un ser amado), lo que explicaría una forma de suici- dio más honrosa.

Mención aparte merece Melinda, cuyo suicidio se debe a la violación y muerte de su hermana. Puesto que el asesino y violador es su propio marido, se explica que la ira la moviera a intentar vengarse y, al no conse- guirlo, al suicidio. La reacción de Melinda se debe a tres razones: la pérdi- da de la castidad ajena, la desaparición de un ser amado y la ira por no conseguir vengarse. Su locura la lleva a matar a su propio hijo, pero esta crueldad también se debe a su propósito de eliminar la descendencia de su criminal marido («No haré yo tanto mal al mundo que dexe hijo de tan mal padre en él»).289Sin embargo, hay que tener en cuenta que en el sui-

cidio de Melinda se funden varios motivos, lo que le da un carácter un tanto atípico dentro de la obra.

3.5.

El suicidio por haber sido derrotado en combate:

Bramarante

Sólo dos personajes masculinos se suicidan en la obra de Pedro de la Sierra: Breño y Bramarante. Breño, como se ha dicho, se suicida por la muerte de su amada Lidia. Bramarante, sin embargo, presenta un caso completamente distinto: se da muerte «por la ravia de se ver vencido» (I, 1).290

Pero, en realidad, Bramarante no ha sido derrotado por Alfebo, su contendiente, sino que decidió marcharse antes, precisamente para evitar la victoria de su contrario. El guerrero pretende que nadie pueda jactarse de haberlo vencido («Yo haré de suerte que ni vosotros os venguéis de mí ni

288 Garci Rodríguez de Montalvo, Sergas de Esplandián, ed. de C. Sáinz de la Maza, Madrid, Castalia, 2003, pp.183-184.

289 E. P. II, p. 57.

290 Recordemos que la derrota deshonrosa es una de las causas de suicidio que Cam- pos García Rojas ha estudiado en los libros de caballerías españoles.

nadie pueda triunfar de aver vencido ni muerto a Bramarante»). Ése es su objetivo, evitar que sea otro quien lo derrote o mate. Se culpa por no haber conseguido la victoria en el combate que abandonó y, hablando a su espa- da, dice: «Covarde braço os rigió». Continúa dirigiéndose a «una pequeña daga que siempre acostumbrava a traer ceñida»: «Vós haréis lo que todo el cristianismo no fue bastante a hazer, pues me quitaréis la vida que tan bien merezco perder». Por otra parte, se culpa de no haber sido digno hijo de su padre y no haberlo podido vengar: «he sido para tan poco que delante mis ojos, sin lo poder vengar, me mataron a mi padre, que era más poderoso que Júpiter y más valeroso que Alcides ni Marte, y con mayores razones estimado que cuantos dioses en el cielo». Todas estas razones explican la situación emocional en que se halla Bramarante, furioso, frustrado y aver- gonzado. Estos motivos son los que lo llevan a pensar que debe morir («¡Ó, cómo mereces, Bramarante, la muerte por tu poco valor!»).

La forma de suicidio —atravesando «la daga por su indomado cora- çón»— resulta honrosa, propia del «más valiente y valeroso pagano que jamás en el mundo uvo». Como el lector sabe, el hecho de que Bramaran- te no derrote al Caballero del Febo no lo convierte en un mal guerrero. Muy al contrario, todo hace pensar en la gran valía del pagano: la larga duración del combate y la imposibilidad de decidir cuál de los dos com- batientes llevaba la mejor parte.

Bramarante se suicida no porque objetivamente merezca morir, sino porque él, en su arrogancia, cae en el error de desesperarse. Su carácter soberbio lo lleva a ser incapaz de aceptar una derrota o admitir que pueda haber otro que pueda derrotarlo. Si a eso añadimos que fue incapaz de vengar la muerte de su padre y que, por tanto, se considera indigno de su progenitor, la decisión de suicidarse parece lógica. La derrota, causa tópi- ca de suicidio en los libros de caballerías, se une a la situación personal de Bramarante y a su psicología para explicar perfectamente la decisión de quitarse la vida, sin que resulte forzado en exceso.

3.6.

Suicidio ejemplar y suicidio reprobable

Las amenazas de suicidio de Garrofilea ante el rechazo de Trebacio se consideran reprobables, si bien la fuerza del amor disculpa en cierta medi- da su actitud. Aun así, Garrofilea se presenta en franca oposición a su her- mana Arcalanda, cuya castidad se evidencia todavía más ante el carácter

apasionado de su hermana. De esta forma, mientras el suicidio de Arca- landa se propone como un ejemplo de castidad, las amenazas de suicidio de Garrofilea no pueden ser consideradas de forma positiva.

Sin embargo, el suicidio de Arcalanda (elogiable dentro del ámbito ideológico de la época) provoca el castigo de Bramidoro sobre sus vasallos, que sufren las sangrientas consecuencias de la acción de su reina. Frente a ella, Garrofilea actúa motivada por su amor a Trebacio en contra de su propia castidad, de forma impropia a su estado. Curiosamente, las conse- cuencias de sus actos (sus hijos Rosalvira y Polifebo) son muy beneficiosos para el reino, ya que estos niños poseen gran belleza y virtudes. Además, de esta forma el futuro heredero pertenece a un altísimo linaje, el de los emperadores de Grecia.

Nos hallamos así ante una paradoja, un acto elogiable provoca conse- cuencias terribles, mientras que otro censurable produce otras muy bene- ficiosas. Pero es cierto que el único culpable de los males posteriores a la muerte de Arcalanda es Bramidoro, quien parece olvidar que prometió a la doncella no maltratar a los tinacrios; por otra parte, fueron los tinacrios quienes forzaron a su señora a aceptar el matrimonio, sin atender a la cas- tidad que su reina había prometido a Diana. Sin embargo, hay que tener en cuenta que una reina, especialmente si era joven, no tomaba decisiones, sino que dejaba que los nobles del reino lo hicieran, de forma que se dedi- caba tan sólo a acatar la decisión de éstos. Esta situación la encontramos en el Libro del Caballero Zifar, donde la infanta Seringa excusa su deci- sión en asuntos del estado.291

Por otra parte, tal como Garrofilea expresa claramente en su disculpa, no puede evitar lo que hace, pues el amor todopoderoso la fuerza, sin que ella pueda luchar contra este sentimiento. Por tanto, no es dueña de sus actos y no debe ser culpada, ni siquiera cuando, desesperada ante el firme rechazo de Trebacio, intenta suicidarse con una espada, tal como (por motivos muy diferentes) había hecho su hermana. Los súbditos de Garro-

291 La infanta dice al conde: «mandat lo vos fazer, ca vos sabedes que quando mi padre morio en vuestra encomienda me dexo, ca yo muger so, e non he de fazer en ello nada, nin de meter las manos en ello; e commo vos touierdes por bien de lo ordenar, asy tengo yo por bien que se faga» (Libro del Caballero Zifar, ed. de C. González, Madrid, Cátedra, 1983, p. 358). Frente a ella, Arcalanda se limita a fingir aceptar porque, en realidad, pla- nea suicidarse.

filea, ante su confesión, dan muestras de lamentar la pérdida de la hones- tidad de su señora, pero se encuentran muy satisfechos de saber que se halla encinta de tal señor. De acuerdo con ellos, los hijos que espera son razón suficiente para disculpar su yerro y no dudan en pensar que quizá todo fuera ordenado por los dioses (Tinacria es un reino pagano):

Assí que, soberana señora, no mirando al yerro, pues assí devió de ser ordenado por los dioses, pues a tal coyuntura y sin pensar, para nos restaurar y defender nuestro reino, el emperador griego vino a este tuyo y para nos dexar tan buen sucessor como se espera saldrá de tu vientre, que será defensor d’es- tos tus reinos y amparador de los vassallos, te queremos suplicar quites seme- jante tristeza de tu pecho, cobrando nuevo gozo, haziendo sacrificio a los dio- ses para que esfuercen a tu persona para darnos tal fruto de tal vientre, a nosotros agradable.292

Se disculpan los actos de Garrofilea por dos motivos: la fuerza del amor que vence la razón y las consecuencias positivas que de dichos actos se suceden.

Por otra parte, existen antecedentes del motivo del señor que, arrepin- tiéndose de sus yerros, se confiesa ante sus súbditos y se pone en sus manos. Entre ellos, puede mencionarse el que se lee en el Libro del caba-

llero Zifar, donde en forma de exemplo se narra la historia de un rey que

«era contra sus pueblos, […] en desaforandolos e matandolos e desehere- dandolos cruamente e syn piedat ninguna, de guisa que todos andauan catando manera quel podiesen matar». A pesar de todo ello, sus vasallos lo perdonan cuando el rey se confiesa ante ellos y afirma: «pongome en la vuestra mesura, que fagades de mi lo que vos quesierdes».293

Garrofilea ha actuado correctamente: si bien ha sido incapaz de con- trolar sus sentimientos, ha sido honesta con sus vasallos al confesar su pecado; por todo ello se hace merecedora del perdón.

3.7.

La importancia del suicidio en la obra

En pocas obras de ficción postridentinas el tema del suicidio tiene un peso tan grande como en la nuestra. Además de todos los casos de suici- dio efectivo mencionados (Arcalanda, Felina, Melinda, Tarsina, Brama-

292 E. P. II, p. 109.

293 «Del exemplo quel infante Roboan dio al conde de Turbia sobre el mal que tenia con sus vassallos», en Libro del Caballero Zifar, pp. 393-395.

rante, Breño, la doncella de Garrofilea y la madre de los señores de las Islas Belleas), hay que añadir todas aquellas ocasiones en las que un personaje amenaza con suicidarse (Garrofilea) o da muestras de querer morir (Herea, ante las vejaciones del malvado Noraldino; Alpatrafio, ante su encanta- miento; la madre de Brandafidel, ante la muerte de su hijo y el temor de ver morir a su marido; Eleno, ante la muerte de Lidia; y, en una visión pro- fética de Arquisilora, Briana ante las muertes de sus hijos). Todos ellos suman ocho suicidios, cinco personajes que expresan deseos de morir, más las constantes amenazas de quitarse la vida por parte de Garrofilea. Aun- que los anhelos de muerte se explican como tópico del planto y de la temá- tica sentimental, tal cantidad de suicidios no puede ser considerada casual o tópica. Sin duda, el tema del suicidio —quizá en tanto que prohibido por el Concilio de Trento— había suscitado más interés en una época en que la ficción había sublimado el deseo de muerte como expresión de la pena de amor, uno de los temas fundamentales de la obra y tema recurren- te en la ficción del momento.

El tema del suicidio y de la muerte aparece vinculado a todos los aspectos de la obra: bélico (Bramarante), maravilloso (Alpatrafio y la madre de los señores de las Islas Belleas), sentimental (Breño, Garrofilea, etc.), así como propio de los relatos internos de carácter ejemplar (Arca- landa). Sierra ofrece en su texto toda una casuística de suicidios. Se trata casi de un repertorio de situaciones que llevan a desear quitarse la vida. Pero, como siempre, ese repertorio procede, principalmente, de fuentes literarias anteriores.