3.4 Results
3.4.2 Session-level Behavioral Analysis
Una anécdota muy conocida cuenta que cuando Jacques Derrida invitó a Gilbert Simondon a unirse al Colegio Internacional de Filosofía éste le respondió con una carta en la cual le decía que un hombre no podía hacer filosofía sino sabía cómo funcionaba el motor de un Jaguar. Si bien este hecho no sucedió precisamente así, que se haya popularizado de ese modo pone sobre el tapete la problemática relación que desde siempre han tenido los saberes técnicos y la filosofía.
Si tomamos el caso de la filosofía de la tecnología y nos remontamos a sus orígenes, podemos decir que, en parte, esta disciplina se debe a una disputa por el significado de la tecnología entre los ingenieros que devinieron filósofos y los
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filósofos que devinieron tecnólogos. Carl Mitchan juega con la doble interpretación de la expresión “Filosofía de la tecnología”.
Cuando “de la tecnología” se toma como un genitivo subjetivo indicando cual es el sujeto o agente, la filosofía de la tecnología es un intento de los tecnólogos o ingenieros por elaborar una filosofía de la tecnología. Cuando “de la tecnología” se toma como un genitivo objetivo, indicando el objeto sobre el que trata, entonces la filosofía de la tecnología alude a un esfuerzo por parte de los filósofos por tomar seriamente la tecnología como un tema de reflexión sistemática. La primera tiende a ser más benévola con la tecnología, la segunda más crítica. (Mitcham: 20)
Como polos más distantes en este cruce cultural podemos tomar a la Sociedad de Ingenieros Alemanes que, a principio de la década de 1950 llevó adelante sistemáticamente trabajos de reflexión filosófica sobre la tecnología en diferentes foros, e incluso llegó a organizar eventos propios con el objetivo de pensar su actividad, sus prácticas y sus conocimientos. Casi por la misma fecha (1954) Martin Heidegger dictaba su conferencia denominada “La pregunta por la técnica” que, si bien es un eslabón en una cadena de pensamientos que Heidegger ha realizado sobre la técnica en su obra desde Ser y Tiempo, marca un punto de referencia en la “cultura filosófica” sobre el tema. Heidegger no le concede nada a la técnica moderna en ese trabajo, su visión crítica y pesimista sobre el camino que la técnica ha tomado fue el contrapunto de la tradición ingenieril con respecto a la tecnología y marcó desde entonces el tono grave con el que los filósofos abordan el fenómeno de la tecnología.
Si pensamos en el conocimiento científico esta tensión se ha hecho presente innumerable cantidad de veces. Por ejemplo, durante la década de 1990 se produjo un fuerte intercambio entre científicos, sobre todos físicos, e intelectuales de diversos ámbitos humanísticos, sobre todo filósofos y sociólogos. Este intercambio, que no siempre se llevó a cabo en buenos términos, se conoció como “La guerra de las ciencias” y tuvo como frutilla del postre lo que pasó a la historia como “la broma Sokal” o “la estafa Sokal”.
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Uno de los ejes que dirigían el debate era el concepto de “construcción social” (Hacking: 22). Desde hacía al menos dos décadas las humanidades insistían en poner entre paréntesis a los conocimientos de las ciencias naturales, considerándolos creencias sin ningún estatus especial y con cierto grado de contingencia. Desde la década de 1970, la sociología del conocimiento (Bloor) ha propuesto el principio de simetría que, básicamente, consiste en que si las teorías falsas encuentran su explicación en razones sociales, las teorías verdaderas también deben hacerlo. Las creencias científicas son un tipo de creencias entre otros, sin ninguna relación especial con La Realidad. Este primer paso envalentonó a los intelectuales de las humanidades que desde entonces poblaron sistemáticamente a los círculos académicos para discutir de igual a igual con los científicos naturales sobre las teorías científicas. Generalmente la postura del intelectual de las humanidades es crítica hacia las creencias más básicas del científico medio atravesado por un realismo al que se suele catalogar de ingenuo. Mientras que el científico busca teorías que describan la realidad, el humanista suele afirmar que la teorías científicas son evitables y contingentes. Los más críticos afirman incluso que son malas y otras veces que el mundo estaría mejor sin ellas (Hacking 45).
El investigador en filosofía de la ciencia y de la tecnología se encuentra en este punto en una disyuntiva interesante. La materia prima de su investigación procede de tanto de los trabajos de los ingenieros y científicos como de los de los sociólogos, historiadores, antropólogos y otros filósofos. ¿Qué hacer frente a estas tensiones? ¿Por quién decidirse? No se trata solamente de quien tiene la razón y presenta una visión más verosímil del fenómeno tecnológico y científico. Los tiempos del investigador son acotados y por cada libro que se lea, cada autor que se indague o cada corriente de pensamiento que se investigue hay otras tantas que se dejarán de lado. ¿Cómo elegir previamente teniendo en cuenta que ambas concepciones no sólo no colaboran sino que además parecen desconfiar una de la otra? Y sobre todo, siendo que nuestra formación generalmente es específica, como
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hacernos de un criterio para evaluar disciplinas y saberes que desconocemos en profundidad.