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Simulating a Register Machine

In document Networks of relations (Page 147-153)

3.4 Chemical Reaction Networks: Decidability ⇐⇒ No Probabilities

3.4.2 Probabilities = ⇒ Undecidable

3.4.2.1 Simulating a Register Machine

En Bogotá existen algunas respuestas directas e indirectas al acoso sexual callejero. Una de las respuestas directas es la manifestación ciudadana conocida como la Marcha de las Putas. Las personas que manifestaron en la Marcha de las Putas de este año se reunieron en el monumento de Rafael Uribe Uribe del Parque Nacional Enrique Olaya Herrera a las diez de la mañana el 6 de abril. Mar Candela Castilla, la organizadora de la marcha en Colombia, calcula que la participación de ese sábado fue de 1500 a 2000 personas.

La Marcha de las Putas realmente se originó en Toronto donde se le conoce como SlutWalk. La razón fue que en enero 24 de 2011 el policía Michael Sanguinetti en una conferencia que dictaba sobre prevención de crímenes en la Universidad de York, dijo respecto al tema de violaciones dentro del campus universitario: “me han dicho que no convendría decir esto; sin embargo, las mujeres deberían evitar vestirse como putas para no ser victimizadas”. Dos estudiantes, Sonya Barnett y Heather Jarvis, cansadas de estos patrones de culpabilizar a las víctimas de abusos sexuales, de la insistencia en el control de la sexualidad de una mujer y hastiadas con la vigilancia y juicios hechos al cuerpo y la moral de una mujer, decidieron organizar la protesta. La primera marcha se realizó el 3 de abril de 2011 y asistieron alrededor de 3000 mujeres. Desde entonces se ha llevado a más de 30 países.

Mar Candela Castilla descubrió por internet acerca de la existencia de la marcha, mientras buscaba información sobre cómo la vida sexual de una mujer se usaba de excusa para violentarla, y decidió que se debería realizar en Colombia. La primera versión se realizó el 25 de febrero de 2012 en Bogotá. “La primera fue el boom, la moda, la indignación internacional. Asistieron unas 5000 personas. Pero no hubo una cobertura de medios poderosa. Este año fue el contrario; hubo una buena acogida mediática, fue noticia y llegamos a todas las esquinas del país. Pero no marchamos tantas personas”, asevera Mar Candela.

De cualquier manera Castilla destaca del evento de este año que: “todas las personas que marcharon son nuevas. ¿Qué hacemos marchando los mismos todos los años? Qué bueno que llegue cada vez gente más nueva y del común. Esto significa que se les da la oportunidad a mujeres, hombres y familias de empoderarse de su cuerpo. Este año marchó una señora de 70 años y una niña de 10. Cada mujer debe representaste a sí misma. Muchas mujeres nacieron feministas pero no lo saben”.

De hecho los gritos de la Marcha se han vuelto muy populares por su forma desparpajada de contestar a las agresiones: “en falda o pantalón, respétame cabrón”; “no quiero tu piropo, quiero tu respeto”; “ni puta, ni loca, mi cuerpo no se toca”; “Colombia necesita saber: puta o

no, yo decido”; “¿Si digo no? Es no. ¿Y si digo no? Es no. ¿Y qué pasa si vuelvo a decir que no? Es no”; “¡ALERTA! ¡ALERTA! ¿Quién camina? La marcha de las putas por América Latina”; y “Putamente libres. Putamente libres. Putamente libres”.

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El 3 de mayo de este año Carolina Castro se dirigía a su casa en un bus de TransMilenio cuando “un señor sacó su pene, se masturbó y eyaculó encima de mí” (“Fiscalía indaga presunta agresión sexual en un bus de TransMilenio”, El Tiempo, 2013). El hombre estaba detrás suyo cuando ocurrió la agresión, cerca de la estación de Transmilenio Marsella en Bogotá y fue detenido en la estación Banderas. Eventualmente fue trasladado a la URI de Kennedy donde Castro interpuso la denuncia. El pasado 8 de julio las partes tenían la audiencia de conciliación en la Fiscalía pero la única que asistió fue la demandante. Castro afirmó en una entrevista a la emisora Vibra Bogotá que la fiscal 193, encargada de su caso, le dijo en la audiencia al ver que no llegaba el agresor: “le cierro el caso o mire a ver qué hace con él” (“Hablamos con víctima de abuso sexual en TransMilenio”, Vibra Bogotá, 2013). Carolina Castro, madre de dos hijas, también confiesa que la vida íntima con su esposo se ha visto afectada por el suceso y que no puede montar en transporte público sintiéndose tranquila. A pesar de que la familia del hombre le ofreció una indemnización económica para cerrar el caso, Castro la rechazó esperando que la justicia se encargue del proceso. La víctima lamenta además que la Fiscalía no corrobore los datos de las personas involucradas en una denuncia, puesto que es posible que el demandado haya dado una dirección falsa y por eso no pudieron contactarlo de nuevo cuando no se presentó a la audiencia (“Hablamos con víctima de abuso sexual en TransMilenio”, Vibra Bogotá, 2013).

El caso de Carolina Castro no es único. El acoso sexual en espacios públicos se ha vuelto una nueva tendencia criminal. En el Boletín de Prensa No. 17 de la Secretaría Distrital de la Mujer se informa que en una encuesta realizada en conjunto con la Secretaría de Movilidad a un total de 17.399 mujeres de Bogotá:

“el 14.09 % de mujeres encuestadas (2443 mujeres) afirmó haber sido afectada por algún tipo

de violencia o agresión al acceder al servicio de transporte público. De estas 2443 mujeres, el 64.20% (1391 mujeres) recibieron agresiones de tipo sexual y el 88.74% (2168 mujeres) fueron víctimas de agresión o violencia en medios de transporte, de las cuales el 80% sufren agresiones en articulados, buses y busetas y el 2.86% en taxis. Las mujeres de las localidades

de Bosa, Kennedy, Rafael Uribe y Engativá reportaron mayor incidencia de esta problemática”

(2013).

Por otra parte, hasta julio de este año la Policía reportó que se habían capturado a 60 hombres acusados de manosear mujeres en TransMilenio. El año pasado 81 personas fueron

judicializadas por el mismo comportamiento. La policía de TransMilenio atribuye este aumento de capturas en el 2013 a que hay un mayor número de agentes dentro de las estaciones (“Policía ha detenido a 60 personas por acoso sexual en TransMilenio”, El Tiempo, 2013). Pero lo cierto es que a diario en Bogotá hay cerca de 700 mil mujeres, entre los 20 y los 34 años, que usan el sistema de transporte público. El sistema de TransMilenio moviliza a 688.450 de esas usuarias. Asimismo un 75% de las mujeres que se movilizan por la ciudad deben usar algún tipo de transporte público (“Las mujeres son las que corren más riesgo en el transporte público”, Diario ADN, 2013) y todas ellas son posibles víctimas de acoso sexual.

Ahora bien, una vez ocurre el crimen de acoso sexual en un espacio público el procedimiento que corresponde es poner una denuncia de injuria por vía de hecho en una URI. El proceso que suena sencillo, precisamente porque las Unidades de Respuesta Inmediata fueron creadas por la Fiscalía para facilitarles a los ciudadanos el trámite de presentar una denuncia, se complica en su ejecución. Para que cualquier investigación de denuncia hecha ante la Fiscalía tenga esperanza de progresar, la víctima debe tener identificado al agresor (por lo menos nombre y cédula de ciudadanía). Si no se tiene esta información es poco probable que se lleve a cabo el proceso, puesto que localizar al agresor es casi imposible. Es decir que en el caso hipotético de que una persona toque inapropiadamente a una mujer en la calle, la víctima tendrá dificultades para poner la denuncia en una URI puesto que su agresor es anónimo y el ataque ocurrió en un lugar de donde podría escabullirse fácilmente.

En el caso que no se pueda identificar al agresor ¿qué se puede hacer? ¿Cómo identificar a este tipo de personas? Y en el caso improbable de que se lo encuentre, de igual manera toca seguir con el proceso de probar que sí ocurrió una agresión. La forma de presentar la denuncia puede ser verbal o escrita, pero se tienen que anexar documentos o elementos que prueben el delito. En la gran mayoría de los casos no los habrá. Por otra parte, los delitos sexuales se deben denuncian específicamente en los Centros de Atención a las Víctimas de Abuso Sexual (Caivas), pero como no se considera que el acoso sexual callejero es un tipo de violencia sexual el delito por el cual se presenta la denuncia es “injuria por vía de hecho”. Es decir, que otra persona a través de una acción le dio un mal nombre a la víctima. Cuando a Carolina Castro se le eyaculó un hombre encima en el TransMilenio eso no fue una violencia sexual. Fue injuria porque la hizo quedar mal ante otros.

La abogada penalista Lina Buchely explica que lo que sucede es que las “vías legales están agotadas, el estado es precario y el derecho también. El acoso es esa agresión que tiene dos adjetivos: es cotidiano y frecuente. Y hay una cadena de violencias sofisticada que no nace con el golpe o la violación, sino que se va construyendo con lo diario. El acoso sexual callejero hace parte de esa cadena”. Según ella parte del problema también es que no se considera que ser deseable sea un daño. Se acepta socialmente que un hombre desee una

mujer y para que otros acepten el acoso como violencia tiene que haber una acción directa, con un efecto claro. No hay un consenso en que esa acción fue dañina y eso hace que los procesos sean aún más lentos e ineficaces, porque ¿cómo se prueba una agresión?

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La organización sin ánimo de lucro Not Me!, que promueve el aprendizaje de técnicas de defensa personal para las mujeres a través de internet, define el acoso sexual callejero como cualquier “comportamiento que sea irrespetuoso, inapropiado o amenazante hacia alguna mujer en el espacio público” (“Postcard: Street Harassment”, 2010). Es considerado un comportamiento peligroso pues conduce a más violencias sexistas en otros ámbitos, como el laboral o el privado en donde puede materializarse. El proceso completo implica pasar de acciones que vuelven a la mujer un objeto sexual, -como agresiones verbales de contenido sexual explícito-, a comportamientos más agresivos que la degradan, -como manosearla o masturbarse en público-, hasta que por último se convierte en un ataque sexual materializado. El bienestar de la mujer solo disminuye progresivamente con cada acción que se permite.

Dentro de las pocas cifras que se pueden encontrar del fenómeno está la Encuesta Distrital de Demografía y Salud de Profamilia realizada en 2011, en la cual el 23% de las mujeres bogotanas respondió que sí había sido tocada o manoseada sin su consentimiento en algún momento. Esto hace que Bogotá se encuentre a 6 puntos por encima del promedio nacional, que es de 18%, en este problema. En la encuesta distrital 40% de las mujeres encuestadas fueron manoseadas en la calle y el 27% en un bus. Y en un problema de género que no discrimina edades: el 10% de las adolescentes (entre los 15 y los 19 años) dijeron haber sido manoseadas y un 15% declaran que les ocurrió en el colegio. Las localidades donde más ocurre el fenómeno son: Antonio Nariño (35 por ciento); Barrios Unidos (30 por ciento), y La Candelaria (28 por ciento).

Ahora bien, en la Encuesta Nacional de Demografía y Salud realizada por Profamilia en el año 2010 una de cada cinco mujeres (o 18% de las entrevistadas) reportó haber sido manoseada sin su consentimiento. El porcentaje dominante de este tipo de agresiones se encuentra entre mujeres de 20 a 39 años de edad, de los niveles alto y más alto de riqueza, en zonas urbanas de Bogotá y las regiones Central y Pacífica. Y tiene una incidencia en la calle del 35%. Bogotá, Meta, Valle, Tolima y Guaviare son los departamentos en donde más se presenta este tipo de agresión.

Por otra parte, de las mujeres en Bogotá que asistieron a establecimientos de salud para tratar alguna lesión como resultado de ser víctimas de violencia psicológica, física o sexual solo el 17% recibió información sobre qué entidades le permitían denunciar la agresión o

solicitar protección. Ese porcentaje está dos puntos por encima del promedio nacional. Teusaquillo, Sumapaz, Santa Fe y Suba fueron las localidades en la que las mujeres han recibido más información; mientras que Barrios Unidos, Fontibón y Usaquén fueron los porcentajes menores. Y como si la falta de respuesta institucional no fuera suficiente Tunjuelito, Usaquén, Chapinero, Bosa, Fontibón y Engativá son las localidades en donde sucede más frecuentemente que las mujeres violentadas no acuden a un médico o centro de salud.

En Colombia la Ley 1257, aprobada en 2008, busca que se desarrollen programas y normas de sensibilización, prevención y sanción a las formas de violencia y discriminación contra las mujeres. Fue una ley totalmente pensada en el bienestar de las mujeres, en donde se incluye también que el Estado debe garantizar una vida libre de violencias tanto en ámbitos públicos como privados. Y la violencia sexual está además consignada como todo acto que obligue a la persona a mantener contacto sexualizado físico o verbal. Es por esta legislación que desde entonces se espera de todos los proyectos del Estado incluyan dentro de sus consideraciones el género como factor. Con eso en mente la primera pregunta que surge es: ¿por qué no se ha tipificado como un crimen el acoso sexual callejero? ¿Por qué existe el acoso sexual laboral, el abuso sexual, el acceso carnal violento y la violación en el código penal, pero no esto que concierne a un comportamiento de agresión sexual en el espacio público? ¿Por qué no se penaliza si es tan dañino y la administración debe estar comprometida con la prevención de la violencia contra la mujer?

Lina Buchely, abogada graduada de los Andes, responde que hay movimientos que esperan lógicas punitivas dentro del derecho, es decir que se impongan más penas y así disuadir el crimen. Pero este tipo de lógica no funciona para el acoso sexual callejero porque “no se persiguen efectivamente los fenómenos y se celebran las conductas. Las penas además son muy altas y no se ejecutan. Entonces el aparato judicial no se encarga y queda en el nivel simbólico del derecho”.

Por otra parte, según Buchely en las cárceles de Colombia sacan primero a las personas que cometen crímenes de violencia intrafamiliar y pensión alimentaria. En tales casos no se considera la gravedad de la pena porque al existir un problema de sobre ocupación carcelaria grande esos criminales quedan libres sin tener que cumplir con la responsabilidad o la sanción de su crimen. Además, “el derecho penal no es la vía; puedes sacar una ley permeada del estudio de género pero el derecho tiene complejidades dentro de su funcionamiento. La letra puede ser ambigua, los que informan la ley pueden estar permeados por algo que no les permita ejercerla, puede ser insuficiente. Se trata de cambiar comportamientos micro-sociales concretos”.

Según la abogada la mejor opción para enfrentar este problema es la regulación de las conductas sociales a través de ejercicios de sensibilización, creación de burocracias callejeras y mayor presencia policial como representación del estado en el espacio público, entre otros. La política pública, -ya sea de intervención y capacitación sobre el tema, de educación sexual, campañas en los medios o de penas no privadoras de la libertad-, busca finalmente una visibilización del fenómeno que lleve a una sanción social a ese tipo de comportamientos.

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Es difícil enfrentar una clase de violencia en particular si tanto hombres como mujeres no saben qué es. ¿Qué actos constituyen el acoso sexual? Y, ¿por qué es sexual? Según el grupo Not Me! en su apartado sobre acoso sexual publicado en 2010 hay tres tipos de acciones que hacen parte del acoso en el espacio público y que tienen niveles progresivos de afectación en la víctima. El primero tiene como consecuencia volver a la víctima un objeto, en vez de tratarla como persona e incluye: miradas o lascivas o de reojo, silbar, tocar la bocina, lanzarles piropos y comentarios vulgares o propositivos y abuchearlas, entre otras. El segundo nivel son comportamientos degradantes para la mujer, entre los cuales están: avergonzarlas, humillarlas, exponer partes privadas del cuerpo, masturbarse en público, tocarlas o manosearlas y amenazarlas Por último, está la instancia final que constituye lo que mayoría entiende por violencia sexual: acechar, atacar y violar. El problema con creer que se trata de violencia sexual solamente cuando sucede el peor de los casos, es que se ignora por completo todos los actos previos que han creado la estructura cultural que permite la violación. Silbarle a una mujer como si fuera un perro, gritarle un piropo, manosearla por la calle son todos actos que si no se enfrentan, eventualmente cohonestan con la impunidad ante la violación. No se puede legitimar ningún acto violento asumiéndolo como natural o inofensivo.

De la misma forma que hay tipos de agresiones hacia la mujer, hay tipos de agresores. Not me! los identifica a partir de sus objetivos: tener una fantasía visual (miradas lascivas, seguir a las mujeres por la calle con la mirada); llamar la atención (pitar desde un carro, intenta ser encantador o impresionar a la mujer a pesar de que se aclare que no hay interés); provocar reacciones (al hacer comentarios vulgares, piropear mientras se trabaja, o cuando se está borracho); auto complacerse (expone los genitales en público, masturbarse en público, manosear a una mujer o invadir su espacio personal); y realizar intentos predatorios (seguir a las mujeres, buscar víctimas). El acoso sexual callejero no es un asunto de sexualidad, sino de poder. Se trata de controlar a la víctima y bajo esta teoría hay diferentes motivaciones que existen para que una vez se conozcan las intenciones del agresor se pueda actuar.

Not Me! le recomienda a las mujeres seguir un plan de acción de tres pasos si en algún momento se ven enfrentadas a la situación; reconocer cuando uno mismo u otra persona está

siendo víctima de violencia. Después, evaluar qué tipo de acosador está involucrado y qué intenciones tiene, si obtendrá apoyo de otras personas o fuerza pública y si resulta realista pensar que podrán confrontarse, o si lo más probable es que se saldrá lastimada. El último paso es actuar; si no hay una amenaza inmediata para la seguridad personal, se debe actuar contra el agresor. La acción debe decir que su comportamiento es inaceptable y que no será tolerado. Frases cortas, pero dichas con fuerza, que pueden servir son: “no me toque” o “deje de acosar mujeres”.

La organización I Hollaback ofrece una forma de actuar que evidencia las agresiones de manera más evidente. Este movimiento internacional empezó en 2005 en la ciudad de Nueva York con un grupo de siete personas, tres hombres y cuatro mujeres. Uno de los integrantes se dio cuenta a partir de las historias de acoso sexual callejero que contaban sus amigas que vivían en una ciudad muy diferente a la de él por su condición de mujeres, a pesar de ocupar el mismo espacio. Por casualidad durante la misma época la historia de una mujer llamada Thao Nygen que se enfrentó a su agresor fue muy popular. Mientras estaba tomando el tren en Nuevo York este hombre se masturbó mientras la miraba, así que Nygen tomó una foto con su cámara e intentó denunciar el crimen a la policía pero ellos la ignoraron. Decidió subirla a su flickr y se popularizó tanto por internet que eventualmente llegó a la primera página del New York Daily News causando que la gente hablara de acoso sexual callejero. Siguiendo su modelo de acción, que le permitía a la víctima defenderse de manera segura, los integrantes del grupo fundador decidieron usar internet para contar y compartir todas las

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