• No results found

Chapter 2: Theoretical Framework

2.3 The Context of Maps and Participatory Mapping

2.3.4 Sketch Mapping

un cambio real, un cambio en la base de la existencia de todos y en la forma en que cada persona se define a sí misma. La mujer tiene la necesidad y la motivación de introducir cambios signi­ ficativos en su forma de vida. A medida que inicie los cambios necesarios para satisfacer sus propias necesidades creará el estímulo para una revisión general en la sociedad entera.

Maldad femenina y sentido de fracaso de la mujer

Hasta el momento sólo hemos enumerado algunas de las cualidades femeninas que deberían considerarse como fuerzas. Antes de intentar integrarlas en una imagen más ordenada, es importante analizar con más detalle el motivo por el que estas cualidades, que pueden parecer muy obvias, pueden resultar tan confusas y opacas. Es necesario preguntarse: si las mujeres son tan buenas, ¿por qué se sienten tan mal?

Tal como hemos sugerido, las mujeres están continuamente haciendo frente a los hombres con sus problemas no resueltos o sus potencialidades no realizadas. Si traspasan los límites asig­ nados, no pueden evitar enfrentarse con ellos. Pero incluso en sus papeles tradicionales, las mujeres, por su misma existencia, se enfrentan al hombre porque se las ha convertido en la

encarnación de los problemas no resueltos por la cultura domi­ nante. Es más, aunque la mujer actúe de forma sincera y

auténtica en base a su propia experiencia en el único ámbito que se les asigna, aun así incomodará al hombre.

Este enfrentamiento podría incluso constituir un encuentro que fomentara el aprendizaje y el crecimiento continuo de ambas partes. Pero tal como se ha estructurado la situación, de momento esta posibilidad es difícil de llevar a cabo. Dado que las mujeres han tenido que vivir intentando complacer al hombre, han sido condicionadas para evitar que no se sienta ni siquiera incómodo. Es más, cuando la mujer sospecha que ha hecho que el hombre se sienta infeliz o enfadado, muestra una marcada tendencia a asumir que la equivocada es ella.

Es diferente producir incomodidad o malestar cuando se tiene la convicción de que hay una razón válida para ello, o si se puede identificar el derecho a hacerlo. Más aún, si uno tiene alguna forma de conceptualizar y comprender los hechos -aun­ que no siempre esté seguro- puede estar psicológicamente pre­ parado para arriesgarse a causar incomodidad. Sin embargo, cuando sólo podemos pensar en función de la cultura dominan­ te, y cuando esa cultura no sólo no presta atención a nuestras propias experiencias sino que las niega y devalúa específica­ mente, no nos deja alternativa para conceptualizar nuestras vidas. Bajo tales circunstancias, una mujer casi siempre se ha de enfrentar al sentimiento global indeterminado de que debe de estar equivocada. Ruth, por ejemplo, cuyo marido empezaba un nuevo trabajo, estaba en esa posición.

Todos estos mecanismos, y más, ocultan la situación real de desigualdad que afecta a la mujer. El «y más» se deriva del hecho de que ninguna persona puede experimentar semejante cuestionamiento y negación de su propia experiencia sin reac­ cionar ante él simultáneamente. Uno se siente herido o, peor aún, siente la amenaza de la aniquilación de su ser completo. También se encoleriza, pero no tiene dónde verter esta cólera ni cómo entenderla. La rabia añade más elementos al sentimiento de estar equivocado. Uno levanta una montaña de emociones negativas, y se siente no sólo equivocado sino -lo que resulta más aterrador- malo y malvado.

La cultura masculina ha creado una mitología sorprenden­ temente desarrollada alrededor de la idea de la maldad feme­ nina; Eva, la caja de Pandora, etc. Toda esta mitología parece estar claramente ligada a los problemas no resueltos de los

hombres, las cosas que ellos temen encontrar si abren la caja

de Pandora. Las mujeres, mientras tanto, han estado prepara­ das para mantenerse firmes y dispuestas a aceptar esta mal­ dad. Se encuentran así atrapadas sin ningún poder, en una situación que conduce al fracaso. No sólo se sienten fracasadas sino que llegan a creer que el fracaso confirma su maldad más aún. (En nuestra sociedad, especialmente, tendemos a incor­

porar la noción de que el éxito confirma la bondad.)

Es probable que las propias mujeres sientan, a su vez, los efectos directos de los problemas más profundos de nuestra sociedad. Por ejemplo, si hablamos de un área de cierta impor­ tancia, nuestra cultura tiende a «cosificar» a la gente, es decir, a tratar a las personas como si fueran cosas; a las mujeres las trata casi totalmente de esta forma. Ser considerado un objeto puede llevar al sentimiento interno profundo de que debe de haber algo erróneo y malo en uno mismo. Los trabajadores de una línea de montaje sentían esta deshumanización, y los estudian­ tes se han manifestado en su contra durante toda la década de los sesenta. La mujer no sólo lo siente porque es algo omnipre­ sente en la sociedad dominante, sino porque lo traslada a sus relaciones más íntimas. Ser tratado como un objeto es ser amenazado de aniquilación psíquica. Es una experiencia real­ mente terrible. Varios autores han popularizado recientemente el rol que ello desempeña en los problemas psicológicos graves (como R. D. Laing), pero la mayoría no han acentuado que este factor es algo intrínseco en la relación más fundamental, la relación varón-hembra. Lo acentúo aquí porque puede contri­ buir a la creencia de las mujeres de que debe de haber algo terriblemente malvado en ellas. Esto debe de ser cierto dado que los demás, importantes y valiosos como son, parecen pen­ sar que ellas merecen ser tratadas como objetos. La cosificación añade un motivo profundo y directo a la disposición de la mujer a aceptar la maldad que se le asigna.

Una de las dimensiones de la cosificación, la experiencia de ser convertido en objeto sexual, resulta especialmente des­ tructiva. Muchas autoras han descrito su profunda humilla­ ción en dicha situación y el hecho de que, al final, se las ha hecho sentir malvadas y equivocadas. Sólo acentuaré una face­ ta: cuando uno es objeto, y no sujeto, se supone que no tiene impulsos ni intereses sexuales independientes. Sólo aparecen por y para otros; controlados, definidos y utilizados. En una chica o mujer adulta, cualquier manifestación de sensualidad o sexualidad no hara más que confirmar su estado malévolo.

Este es uno de los ejemplos más sorprendentes y trágicos de cómo la desigualdad aprovecha algunos de los sentimientos y cualidades más maravillosos de la mujer al servicio de su esclavización y degradación.2 (¡Y luego se acuñan términos tales como «masoquismo inherente»!)

2. Clara Thompson y Frieda Fromm-Reichmann dieron ejemplos de ello hace