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Snakes in polygon generalization

5.4 Experiments

5.4.4 Snakes in polygon generalization

Históricamente el concepto de cultura popular se ha manejado correctamente como parte del discurso tanto de la izquierda como de la derecha (Brantlinger, 1983).

Para la izquierda dos posiciones se han mantenido en diferen- tes instancias de la teoría marxista: en la primera, la cultura po- pular carece de auténticas formas de expresión creativas y pro- ductivas. Desde este punto de vista, la cultura popular simple- mente representa una visión de la ideología y de las formas cul- turales impuestas por la cultura industrial de masas, para inte- grarlas dentro del orden social existente. En este discurso, la cul- tura popular se convierte en objeto de consumo, y produce sujetos a semejanza de su propia lógica, una lógica caracterizada por la estandarización, la uniformidad y la pasividad.

El eje estructurante en esta perspectiva de la cultura popular es de total dominio y absoluta resignación. Los sujetos se convier- ten en seres incapaces de mediar, resistir o rechazar los impera- tivos de la cultura dominante.

El paradigma de esta posición viene de Horkheimer y Ador-

no, 1944/1947. Dentro de este discurso, la cultura popular fue equiparada con la cultura de masas. Esto fue visto como una for- ma de psicoanálisis al revés, ya que las neurosis en vez de ser producto de la sociedad, eran producidas por la cultura de masas. De la misma manera, las manifestaciones populares y los medios masivos, tales como la televisión, radio y horóscopos, fueron vis- tos como una forma de taquigrafía para aquellas relaciones socia- les que reproducían el sistema social como una fatalidad. Para Adorno (1967-1981), en particular, la cultura popular era simple- mente una forma de cultura de masas, cuyos efectos carecían de posibilidades políticas de salvación. "El populacho", en esta vi- sión, carecía de cultura a través de la cual pudieran ofrecer resis- tencia a una visión alternativa del mundo. Las posiciones de Adorno y Horkheimer (1944/1947) representan una de las tesis paradójicas centrales de la Escuela de Frankfurt. La razón no sólo está decayendo en la actualidad, sino que también es causa de crisis y decadencia. El progreso significa la reificación, raciona- lización y estandarización de la reflexión y del pensamiento mis- mo, y la industria de la cultura juega un papel clave que transfor- ma la razón en lo contrario.

Dentro de esta perspectiva, se conserva la diferenciación entre la "alta cultura" y la "cultura de masas". La "alta cultura" llega a ser una esfera de trascendente influencia, uno de los pocos cam- pos de batalla que quedan; en ella la autonomía, la creatividad y la oposición pueden ser pensadas y practicadas. Mientras se argu- menta que la cultura de masas es una vía del deslizamiento hacia el barbarismo, los teóricos de Frankfurt, tales como Adorno y Horkheimer coincidieron en regresar a una desafortunada legiti- mación de la alta cultura, en la cual manifestaciones particulares del arte, música, literatura y tradiciones filosóficas, llegan a ser un refugio utópico para resistir el nuevo barbarismo'.

4. Si bien esta posición es ampliamente conocida, merece ser repetida porque representa una forma de elitismo que tiene un fuerte potencial que degenera en una política y pedagogía característica de su contraparte conservadora, lo cual también se suscribe a tal distinción. Lo (continúa)

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La segunda perspectiva de la cultura popular a la cual da pre- dominio la teoría marxista, es desarrollada principalmente por los historiadores y sociólogos, quienes enfocan varios aspectos de la historia de la humanidad, o las costumbres de los grupos subcul- turalcs. Desde este punto de vista, la cultura popular llega a ser una visión de !as tradiciones populares y su variante contemporá- nea. Es decir, como objeto de análisis histórico, la cultura de la clase trabajadora se aborda como una nueva expresión de resis- tencia popular. Dentro de esta forma de análisis, la política y la pedagogía emergen corno un proyecto tentativo de reconstruir una "radical y popular tradición para que el pueblo pueda apren- der y tomar de ejemplo las luchas de sus antepasados" (Bennett

1986h: 15) o se presenta como un intento de convencer al pueblo de que son el soporte de una "gran cultura y con el tiempo pudie- ron apropiarse de esa cultura corno propia" (Bennett, 1986b: 15).

Una versión similar y más reciente de este discurso enfrenta la cultura alta o dominante a la cultura alternativa de la clase tra- bajadora o de varios grupos subculturales. Esta es la cultura de la autenticidad, que, supuestamente, no está maleada por la lógica y la práctica de la cultura industrial del modo de vida dominante. Se está trabajando una visión romántica de la experiencia popu- lar, que cree que algunos logran escapar de las contradicciones

(continuación) que se pierde aquí no es solamente el potencial subversivo

de la cultura popular, sino también la posibilidad de comprender cómo la existencia subjetiva y presión ideológica interactúan como parte de una dinámica pedagógica construida y mediada entre los espacios discursivo y social, que constituyen el campo de lo popular, y esos espacios y repre- sentaciones, hechos disponibles por los discursos hegemónicos. Esto no sugiere que los análisis de Adorno y Horkheimer de la industria cultural, sean simplemente descartados.

Compartimos el punto de vista de Jameson (1979) a la crítica que la Escuela de Frankfurt hace a la utilización extensa como objeto de consu- mo y reificación de su forma y contenido. Esto representa un punto de vista teórico importante de la producción cultural bajo el capitalismo tardío, y las explicaciones complejas de este tipo de análisis todavía deben ser totalmente trabajadas.

que se dan en la sociedad. Esta variante cae dentro de una inter- pretación esencialista de la cultura popular con un cabal menos- precio por la característica de poder cultural del siglo XX. Al de- jar de reconocer la cultura popular corno una esfera dentro de un campo complejo de dominio y subordinación, esta perspectiva desconoce la necesidad de tratar de entender la forma en la cual se producen diferentes niveles de relaciones culturales, experien- cias y valores que articulan las prácticas sociales y las ideologías multiestratificadas de cualquier sociedad (Jameson, 1979; Hall,

1981; Fisk, 1986).

Estas dos tradiciones de izquierda han jugado un rol poderoso en la delimitación de la cultura popular, dentro de un marco que ayudó a explicar por qué el pueblo se ha revelado en contra de las desigualdades e injusticias del capitalismo. Irónicamente, la derecha no ha ignorado la lógica subyacente a esta posición y, de hecho, se ha apropiado de ella para sus propios intereses ideoló- gicos. Por ejemplo, como señala Patrick Brantlinger (1983), la categoría de cultura popular ha sido igualmente útil para ayudar a explicar y condenar los fracasos de las escuelas igualitarias e instituciones de cultura de masas, corno la televisión y la prensa para educar a "las masas" en su responsabilidad política (1983: 23). Las críticas a conservadores tales como Arnold Toynbee, José Ortega y Gasset, Ezra Pound y T. S. Eliot han visto la cultu- ra popular como una amenaza a la existencia misma de la civili- zación, así como una expresión de la vulgarización y decadencia de las masas.

En el ataque conservador a la cultura de masas y popular, la categoría de cultura verdadera es considerada como un almacén lleno de mercancías antiguas, que están esperando pacientemente ser distribuidas nuevamente en cada generación. El conocimiento, desde esta perspectiva, se convierte en algo sagrado, venerado y ajeno a las demandas de crítica social e intereses ideológicos (Aronowitz y Giroux, s/f; Scholes, 1986). Los principios pedagó- gicos que están trabajando aquí son similares a aquellos que es- tán presentes en la concepción izquierdista de la alta cultura. En ambos casos, la retórica de la reestructuración cultural y crisis,

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legitima una transmisión pedagógica que consiste en una pers- pectiva de la cultura como un artefacto, y a los estudiantes como simples receptores de conocimiento. Aunque provienen de posi- ciones políticas diferentes, los defensores de derecha e izquierda de la alta cultura generalmente argumentan que la cultura del pueblo tiene que ser reemplazada por formas de conocimiento y valores que estén alineados a la cultura dominante. Desde estas perspectivas, las modalidades de luchas revolucionarias y de los conservadores parecen converger alrededor de una visión de cul- tura popular: como una forma de barbarismo, una noción del pueblo incauto, pasivo, y una disposición de esclarecimiento que reduce la producción cultural y su significado a los confines de la alta cultura. Los cuestionamientos respecto de la naturaleza multidimensional de las luchas contradictorias reestructurantes, que describen los diferentes aspectos del perfil histórico de las formas de cultura popular, son totalmente pasados por alto, tanto por las posiciones conservadoras como por las dominantes radica- les.

Las perspectivas de la cultura popular dominante de izquierda no han provisto de un discurso adecuado para desarrollar una teoría del análisis cultural, que empiece con la cuestión de cómo entra el poder en las luchas sobre el dominio del sentido común y la vida cotidiana. Tampoco se provee de suficiente comprensión teórica acerca de cómo las opciones de consentimiento, resisten- cia y la producción de subjetividad están formadas por procesos pedagógicos cuyos principios estructurales son profundamente po- líticos.

Por supuesto, en las exageradas caracterizaciones de la cultura popular, como una cultura impuesta desde arriba o como una cul- tura generada espontáneamente desde abajo, se sugiere la reali- dad política del poder cultural como una fuerza de dominación, y como una condición de afirmación y lucha colectiva. Lo impor- tante no es separar estos diferentes elementos de poder cultural unos de otros, como oposición binaria, sino captar al pueblo den- tro de situaciones y formas sociales que dan significado a las re- laciones de cultura popular.