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7. APPLICATION ON AS/RS

7.2 Storage System

E

n noviembre de 2002 profetizó Giusti que “si Pdvsa va al

paro el país colapsa en una semana”. Quien colapsó fue la autotitulada meritocracia. Venezuela se sobrepuso a un esce- nario apocalíptico que hubiera acabado en el mismo tiempo con cualquiera de los países desarrollados. Señalamos que el pueblo resistió con disciplina ejemplar la escasez de combus- tible. En los barrios se compartieron las escasas bombonas de gas para cocinar en ollas colectivas. El gobierno importó ga- solina, y las organizaciones populares derrotaron todo intento de destruir los vehículos que la distribuían, y apoyaron a los trabajadores patrióticos que restablecieron en marzo de 2003 el nivel de producción de 3.251.000 barriles diarios. De ellos se exportan desde entonces unos 2.397.000 barriles cada día, y se refinan 1.104.000 diarios. Entre diciembre y julio de 2003 ingre- saron por tal concepto 9.297.000 dólares.

La recuperación fue completa. No solo eso: la nueva ad- ministración redujo en 2,59 dólares el costo de producción de cada barril. Ello significó, en general, un ahorro de 40%. El mito de la meritocracia implotó tan deplorablemente como el de los viejos partidos del status. Los gerentes de la nómina mayor de- mostraron no sólo que no podían paralizar la producción, sino que además no eran necesarios para obtenerla. Unos 18.000 empleados perdieron los trabajos que abandonaron. Según me comunicó Alí Rodríguez, era justamente la cifra que exigía un gociar con Chávez con seriedad y sin presiones, y 53% cree que

el “el paro empresarial de diciembre de 2002 y enero de 2003 fue un error” (Últimas Noticias; 3/2/2004, p.1 4). También aquí, una pequeña cúpula confiscó la voluntad de la mayoría y llevó a todos al desastre.

Dictadura mediática en Venezuela Luis Britto García

los AsesInos confIscAn

lAs víctImAs

L

os dirigentes opositores convocan a recibir el Año Nuevo en

la plaza Altamira. Siguiendo la costumbre de abandonar a sus masas, el presidente de Fedecámaras deserta del país en avión privado con destino a instalaciones turísticas en Aruba. Los me- dios privados encubren sus merecidos placeres, de los cuales sólo informa el canal del Estado. El cierre patronal desmaya ine- vitablemente. Cansados de soportar pérdidas, los patronos que le prestaron su complicidad reabren sus establecimientos. Para disfrazar el fracaso, una vez más se propician manifestaciones hacia las cercanías de instalaciones estratégicas, que indefecti- blemente culminan en exhortaciones para la toma de ellas, y en víctimas para reanimar la combatividad decaída.

Así, el día viernes 3 de enero de 2003 la oposición convoca una marcha cuyo permiso se extiende hasta las instalaciones de la Procuraduría General de la República en el Paseo Los Pró- ceres. De nuevo los medios masivamente divulgan propaganda de guerra: todas las televisoras privadas presentan cuñas en las cuales llaman a la concentración “La Gran Batalla”. En su “par- te de guerra” Carlos Ortega amenaza con infligir al gobierno legítimo “una aplastante derrota”.

Una vez más, los dirigentes azuzan a sus seguidores a avanzar hacia una zona de seguridad: las instalaciones milita- res del Círculo Militar y Fuerte Tiuna.

El sabotaje y la consiguiente baja de producción, auna- dos al cierre patronal, causan a la República daños que el ase- sor económico de la Asamblea Nacional, Francisco Rodríguez, estima en 7.367 millones de dólares (Oscar Perdomo Marín, “Algo oscuro se mueve detrás de la deuda”, Últimas Noticias, 29/6/2003, p. 11). Otros analistas calculan cifras mayores. Or- lando Castillo, coordinador nacional de Autonomía Sindical, denuncia que “sobre las espaldas de Carlos Ortega existe una inmensa responsabilidad que significaron 700 mil puestos de trabajo, cerca de 10 mil empresas cerradas y una pérdida para la nación de 20 mil millones de dólares” (Maira Ponce, “Carlos Ortega, prófugo de la moral”, Diario Vea, 3/3/2005, p. 2).

Y en efecto, bajo la consigna de que “el sacrificio debe ser compartido”, los patronos que convocaron el cierre no sólo se desentienden de los trabajadores petroleros que abandonaron sus puestos: además inician una masiva cadena de despidos que, según cálculos de la Unión Nacional de Trabajadores, con- cluye arrojando una cifra cercana al millón de trabajadores a la calle. Los medios despiden medio millar de comunicadores, entre ellos muchos fervientes defensores de las políticas de sus patronos. Los canales de televisión cesantean a los suyos en emotiva ceremonia teledifundida, a la cual los sacrificados asis- ten como homenajeados.

El desvanecimiento del plan de privatizar Pdvsa trae otra ominosa consecuencia. Bush se cansa de esperar por la oposi- ción vernácula y apenas se restablece la producción venezola- na desencadena la invasión de Irak. La guerra por la energía fósil cambia temporalmente de campo de batalla. Los primeros muertos de la guerra de Irak son los últimos del golpe mediáti- co de Venezuela.

Dictadura mediática en Venezuela Luis Britto García

Poco después, el paro agoniza definitivamente. Nadie asume la responsabilidad de suspenderlo; sus promotores re- huyen la de haberlo convocado. “Este paro no es nuestro, se nos escapó de las manos”, declara Carlos Ortega en uno de sus últimos “partes de guerra” difundidos por todos los me- dios privados. Es la primera gota de un chaparrón de discul- pas y arrepentimientos.

De nuevo, la oposición acomete respaldada por la Poli-

cía Metropolitana del alcalde opositor Peña, cuyos efectivos son una vez más filmados y teledifundidos por Venezolana de Televisión disparando armas largas. Otra vez, los boli- varianos intentan que la manifestación desbordada no so- brepase el perímetro de seguridad. La Guardia Nacional se interpone entre ambos grupos para evitar un enfrentamien- to directo.

En la primera página de su edición del sábado 4, El Nacio-

nal titula: “Dos muertos durante emboscada a marcha de opo-

sición. La Policía Militar y chavistas atacaron a los manifestan- tes”. Por la televisión los dirigentes opositores ratifican la tesis de la “emboscada”. No se informa sobre la filiación política de los muertos. Se induce capciosamente al público a inferir que las víctimas de una “emboscada” de “la Policía Militar y los chavistas” han de ser opositores.

En realidad sucede exactamente lo contrario. Las vícti- mas Oscar Gómez y Jairo Gregorio Morán eran simpatizantes del movimiento bolivariano, cosa que apenas aparece refleja- da de manera tardía y tangencial, a través de las declaraciones de sus deudos –y no en los titulares- en la edición de El Na-

cional del domingo 5. Una hermana de Jairo Gregorio Morán,

según la misma noticia, “le preguntaba a los periodistas para qué medio trabajaban y dijo: a ustedes no les voy a declarar, porque después escriben lo que no es” (p. B-14). A pesar de ello, durante más de 24 horas, las víctimas bolivarianas son utilizadas para el macabro propósito de alimentar la indigna- ción de los opositores y ocultar la posible responsabilidad de éstos. La mejor manera de escribir lo que no es consiste en no escribir lo que es.

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