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Solamente en vos puse mi esperanza...'

ASÍ

FINALIZA el Roman de la rose de Guillaume de Lorris que ha llegado hasta nosotros. La falta de conclusión, sin em- bargo, no impide ver en ella una obra terminada. La razón ha de buscarse en que el final abrupto no necesariamente obliga a echar de menos una continuación. Es más, puede pensarse que la falta de un final en forma tiene un buen efecto cuando se trata de cantar un amor desgraciado.

El Roman de Guillaume de Lorris es una ingeniosa alegoría construida mediante la personificación de las pasiones huma- nas, masculinas y femeninas, que describe cómo el hombre (Amador) no sólo voluntaria, sino impelido por una fuerza mayor Amor, que lo hiere para hacerlo su vasallo (Guillaume de Lorris, Roman de la rose, vv. 1681 ss.) — busca alcanzar a la

1. GUILLAUME DE Loaras, Roman de la rose, versión de Juan Victorio, Cátedra, Madrid, 1987, vv. 4055-4058.

Rosa que es la imagen virginal del sexo femenino.' Sin embar- go, la intención del hombre es vana. La dama, en tanto que Rosa, le está vedada: si la alcanza, la degrada y destruye; si no la alcanza, el amor es sólo insatisfacción.

Lorris es heredero cultural de una tradición, la del amor cortés, que críticos e historiadores coinciden en señalar como «inventora» del sentimiento de amor.3 Y lo hace en un mo-

mento peculiar, justo cuando se ha iniciado una amplia y vigo- rosa movilización social orientada a restituir y fortalecer las costumbres morales y religiosas. El movimiento cátaro, al que se ha ligado siempre el amor cortés4

y poderoso entonces en el

sur de Francia, impulsa una metafísica y, en consecuencia, una ética dualista, en la que se condena todo acto sexual, incluyen- do el destinado a la procreación.' Paralelamente, la iglesia ca- tólica, que ha emprendido una campaña para moralizar el ma- trimonio, discute a su vez en qué condiciones puede permitirse el acto sexual y no faltan, por supuesto, aquellos que se incli- nen por censurar como pecado mortal incluso el realizado bajo el sacramento del matrimonio.'

En uno y otro caso, la disputa acerca del carácter pecamino- so del acto sexual se centra, no tanto en el acto mismo sino en su naturaleza placentera. Cátaros y católicos consideran que el placer es connatural al coito, en la medida en que se trata de un

2. Cf.. JoHAN HUIZINGA, El otoño de la Edad Media, trad. José Gaos, Alianza, Madrid, 1982, pp. 161 ss.

3. Por ejemplo OcTAVio PAZ en La llama doble, ed. cit.; GEORGES DUBY en El amor en la Edad Media y otros ensayos, 2.a ed., Alianza, Madrid, 1992, y por supuesto, DENIS DE RoUGEMONT en El amor y Occidente, trad. Antoni Vicens,

Kairós, Barcelona, 1987.

4. Cf. DENIS DE ROUGEMONT, op. cit., p. 77. 5. Ibid., pp. 81-82.

6. GEORGES DUBY, El caballero, la mujery el cura, trad. Mauro Armiño,Taurus,

acto de la carne y, por ello, bajo el dominio del mal. La iglesia católica, sin embargo, llegará a la conclusión que la condena al coito no debe ser tan radical, puesto que sería equivalente a condenar en definitiva el único medio conocido de reproduc- ción del hombre. Decidirá, en consecuencia, que el placer ex- perimentado en la cópula puede no ser pecado mortal, sino venial y por tanto exculpable, cuando se realice siempre con la misma mujer, con la que no se tenga parentesco, dentro del matrimonio y siempre y cuando esté orientado hacia la pro- creación y no hacia el placer.7

En el contexto de esta amplia discusión sobre las relaciones entre el hombre y la mujer, centrada alrededor del placer, se desarrolla de modo paralelo el amor cortés. En un sentido, el amor cortés o fiñamor es una codificación de la conducta de hombres y mujeres, que persigue el desarrollo de un sentimiento mutuo concebido como trascendente al sólo goce erótico. Sin excluir el placer, el finamorse construye sobre cuatro característi- cas básicas: humildad, cortesía, adulterio y feudalismo de amor.$

El centro del amor cortés es la concepción del amante como

siervo de su dama, cuyas virtudes son la obediencia y la acepta-

ción. Se transmitirán, entonces, los rituales del pacto vasallático a la relación entre hombres y mujeres: el homenaje, la fidelidad y el beso como confirmación de las obligaciones son símbolos de la rendición del hombre frente a la mujer. Pero a pesar de que en este nuevo juego para las relaciones, la mujer aparece como idealizada, puede ser alcanzada. Se ha subrayado mucho que en los grados de amor el drut (amigo, amante) correspon- de al momento en que la dama acepta a su amigo en el lecho.

7. Ibfd., pp. 29-30. Es decir, que el acto no sea realizado por lujuria y que el contenido placentero en el mismo sea el mínimo.

En otro sentido, el fin'amor es también un proceso de edu- cación que distinguirá al cortesano del villano, al miembro de la corte del habitante de la villa. A través de él, los jóvenes caba- lleros, y hay que subrayar su carácter juvenil, como lo hace el

Roman de Lorris, aprendían a conducir su deseo hasta que éste

se expresaba dentro de los cauces de la cortesía. A través de esta última el deseo cobraba legitimidad y el joven se preparaba para el matrimonio.

En efecto, el amor cortés, aunque no es posible en el matri- monio porque no existe libertad,` no se opone a éste; es decir, no lo excluye. Se trata en realidad de un proceso a través del cual se va dando forma al deseo para llegar al matrimonio. Es cierto que, más adelante, con el arribo del petrarquismo la imposibilidad de amor en el matrimonio se convertirá en una verdadera oposición. Pero en el inicio el amor es sólo un paso previo al matrimonio, una iniciación en el ámbito del deseo. Como puede verse en la obra de Lorris, el amor es propio de los jóvenes y es a través de él que se preparan para las rigideces de la vida conyugal.

La alegoría del Roman, que narra la lucha entre Celos, que mantiene cautiva a Rosa, y el vasallo de amor que es Amador, puede leerse como un proceso de iniciación por el cual el joven que ha penetrado en el jardín donde está la corte de amor, y ha osado besar a la rosa, aprende a dirigir su deseo de posesión y ansias de placer, a través de la búsqueda de la comunión espiri- tual con Rosa —adúltera o libre, qué más da- donde recibirá los consuelos de amor que se explican por sí mismos: Esperan- za, Dulce Pensar, Dulce Palabra, Dulce Mirar (Guillaume de Lorris, Roman de la rose, vv. 2618 ss.). Se trata de sentimientos y acciones encaminados a construir sobre el deseo erótico un

sentimiento de comunión, que prepara para la madurez sexual que se expresa en el matrimonio.