Finalmente, deberemos mencionar un último elemento que juega un importante papel en la guerra subversiva: la no resistencia al comunismo. No se trata aquí de determinar la responsabilidad de los que practican esta no resistencia. Hay, entre ellos, hombres cuyas intenciones son rectas y que, lite ralmente, no saben lo que hacen. Hay otros que, en cambio, lo saben perfectamente bien, y que, como Pierre Cot, decla ran: «No soy comunista, pero considero que el comunismo
es un movimiento irresistible (Paris-Presse, 16 de junio
de 1951). Se trata de poner en evidencia que, en período de guerra subversiva, ciertas actitudes, inocentes o culpables, de no resistencia al comunismo, juegan un indudable papel de debilitación de la moral de las retaguardias, y, por tanto, contribuyen, de hecho, a la «podredumbre» psicológica de una nación. Aquí simplemente señalaremos algunas de las características de la no resistencia al comunismo que, tam-
(3) Es necesario leer el atroz e irrefutable testimonio del Padre Dries Van Coillie: Yo he sufrido el lavado de cerebro.
EL COMUNISMO FRENTE A DIOS
bién hoy, hay que deplorar en cierto número de periódicos, revistas, conversaciones...
a) El primer peligro es el de adaptación al marxismo.
Esta es la actitud de quienes, aunque se declaran anticomu nistas, sostienen que «algo hay de positivo en el marxismo». Por lo demás, no distinguen entre el pensamiento de Marx, al que a veces han leído sin comprender su malicia, y el aparato revolucionario marxista-leninista, cuya existencia ig noran. Objetivamente, no por eso dejan de hacer el juego a los comunistas.
b) El segundo peligro es la difusión del escepticismo
en materias en las que ese escepticismo es culpable. Para algunos, ya no hay nada seguro: ni la autoridad del Papa para los católicos, ni la familia como célula social para los esposos y los hijos, ni la escuela Ubre como condición de una educación cristiana, ni la patria para el ciudadano, ni la disciplina para el soldado. Sin poner todos estos valores en el mismo plano, lo cual es evidente, deberemos señalarlos como aquellos que más a menudo ponen en duda los que practican la no resistencia al comunismo.
c) El Papa Pío XI, en la encíclica Divini Redemptoris,
pone en guardia a los cristianos: «Con diversos nombres
que carecen de todo significado comunista, fundan asocia ciones y publican periódicos cuya única finalidad es la de hacer posible la penetración de sus ideas en medios sociales que de otro modo no les serían fácilmente accesibles; más todavía, procuran infiltrarse insensiblemente hasta en las mismas asociaciones abiertamente católicas o religiosas.»
(N.° 59.) Es un hecho que, desde que Pío XI escribió estas líneas, hemos visto también difundirse la idea de que, en cualquier caso, la solución del problema social debiera pre ceder al apostolado. Y como esta solución al problema so cial reposa sobre la colectivización de los bienes y la sociali zación de la economía, estas medidas resulta que tienen que ser previas a todo apostolado de los laicos.
c) Entre las actitudes de no resistencia al comunismo
es necesario destacar la preocupación unilateral por la «adap tación al medio», o por la «presencia» en el seno de organiza ciones evidentemente inspiradas por los marxistas-leninistas. Así, algunos han afirmado que, para no separarse de las ma sas, era preferible que los católicos abandonasen los sindi catos cristianos y se adhiriesen a la CGT, de la que todo el mundo sabe que obedece las consignas del partido co munista.
d) Aquellos a quienes seduce la no resistencia al comu
nismo tienen a menudo un vivísimo sentimiento de culpa bilidad, pero en ellos este sentimiento no es el de una cul pabilidad personal, sino el de una culpabilidad del grupo al 102
¿QUE ES EL MAOISMO?
que pertenecen. Por otra parte, actúan de forma unilateral, ya que solamente deploran las faltas cometidas por su pa tria, por su clase social, y las que atribuyen a la propiedad privada o al colonialismo como tales. Pero, simultáneamente, jamás hablan de los crímenes cometidos por los comunistas en Moscú, en Varsovia, en Praga, en Cuba, en Pekín, en Sai- gón y en otros muchos sitios.
Volvamos de nuevo sobre un punto: los que adoptan esta actitud pueden no saber lo que hacen. Pero, si son cristia nos, no por eso debemos dejar de deplorar su trágica im prudencia, pues el Papa Pío XI, en su encíclica Divini Re
demptoris, que no ha dejado de ser actual, decía lo siguiente: «En otras partes, los comunistas, sin renunciar en nada a sus principios, invitan a los católicos a colaborar amistosa mente con ellos en el campo del humanitarismo y de la caridad, proponiendo a veces, con estos fines, proyectos completamente conformes al espíritu cristiano y a la doc trina de la Iglesia. En otras partes acentúan su hipocresía hasta él punto de hacer creer que él comunismo en los países de mayor civilización y de fe más profunda adoptará una forma más mitigada, concediendo a todos los ciudadanos la libertad de cultos y la libertad de conciencia. Hay incluso quienes, apoyándose en algunas ligeras modificaciones in troducidas recientemente en la legislación soviética, pien san que él comunismo está a punto de abandonar su progra ma de lucha abierta contra Dios.»
«Procurad, venerables hermanos, con sumo cuidado que
LOS FIELES NO SE DEJEN ENGAÑAR. El comunismo es intrínsecamente malo, y NO SE PUEDE ADMITIR QUE CO LABOREN CON EL COMUNISMO EN TERRENO ALGUNO los que quieren salvar de la ruina la civilización cristiana.»
(N.° 60.)
Actualmente, la guerra subversiva hace furor en el mundo entero, principalmente en los países en donde la civiliza ción cristiana está implantada desde hace mil o más años, y es, en dichos países, en donde, muy especialmente, hay que meditar —y APLICAR— la consigna de la Iglesia.
Ca p ít u l o V I I I
La conquista del poder: LA GUERRA REVOLUCIONARIA
¿Qué diferencia hay entre guerra subversiva y guerra re volucionaria? En primer lugar, el fin perseguido. El objetivo de la guerra subversiva es aislar psicológicamente a una población de su gobierno para debilitar a este gobierno y condicionar así su política. Rusia sostiene este tipo de guerra, en diversos grados, en todos los países libres.
El fin de la guerra revolucionaria es mucho más radical. Como su nombre indica, busca derrocar en un país el orden establecido, y sustituir el antiguo gobierno por uno nuevo, de tendencia ideológica opuesta.
Esta diferencia de objetivos implica diferencia de medios. En la guerra subversiva, las armas principales son de orden psicológico. Mediante informaciones, prensa, carteles, folle tos y, si es posible, radio, e, incluso, cine y televisión, se busca influenciar a la opinión pública, recurriendo a sus ins tintos, para, finalmente, condicionar sus reacciones psicoló gicas. Todas estas técnicas se utilizan también en la guerra revolucionaria, pero combinadas con un empleo metódico de la infiltración, del terrorismo, y, lateralmente, con una escenificación militar, política y diplomática.
La característica esencial de la guerra revolucionaria es su carácter totalmente artificial. Los habitantes de un país sometido a esta clase de guerra asisten a una asombrosa evolución de las ideas. En algunos meses, o en algunos años, llegan a hacerse enemigos de la organización social dentro de la cual viven en paz, y amigos de los que, culpables del desorden, practican el terrorismo, a la vez que fanatizan la población buscando el triunfo de una ideología cualquiera. Como indica Mao-Tsé-Tung: «Una revolución o una guerra
revolucionaria parte de la nada para llegar a la existencia, va de poco a mucho, del nacimiento al desarrollo, de la falta de poder político a la toma del poder político, de la ausencia de ejército rojo a su creación, y de la ausencia de región do minada por los comunistas a su establecimiento.»
Según la pura doctrina leninista, el objetivo estratégico de la guerra revolucionaria es la captura del poder o, en otras
EL COMUNISMO FRENTE A DIOS
palabras, la dictadura del proletariado. Sin embargo, la con quista del mundo por los marxistas-leninistas se efectúa, ora a cara descubierta como ocurrió, por ejemplo, en el caso de Alemania Oriental, Hungría, China e Indochina del Norte, ora bajo el disfraz de una máscara, lo más frecuentemente de una máscara nacionalista, como sucedió en el caso del FLN de Argelia desde 1954, y de Sekhou Touré en Guinea a partir de 1958. Efectivamente, el comunismo internacional puede sacar provecho de que la guerra revolucionaria aunque se haga en beneficio, provisional, de nacionalismos, verdaderos o aparentes, ya que esto causa confusión en el espíritu de los gobernantes de los países libres. Tentativas de este tipo se han hecho, por otra parte sin gran éxito, en Vietnam del Sur, en donde todo el mundo conoce la realidad comunista del Vietcong.
El objetivo táctico de la guerra revolucionaria es el con trol psicológico de la población, o sea, el objetivo estratégico de la guerra subversiva. También en este punto Mao-Tsé-Tung es preciso: «Cuanto más ampliamente preparadas estén las
masas populares, tanto más rápidamente se efectuará el proceso histórico, tanto más poderoso será el ritmo de su desarrollo, y tanto más importantes serán los resultados.»
Después de señalar estos caracteres generales de la gue rra revolucionaria, examinaremos las cinco fases de la misma. Estas cinco fases se deducen de la lectura de Mao-Tsé-Tung y de la confrontación de dicha lectura con las diversas gue rras revolucionarias, intentadas o logradas desde hace quin ce años. Estas guerras explican el pasado, pero no es cierto que expliquen el porvenir, pues las aplicaciones de la estra tegia stalinista son multiformes, y el espíritu de mentira que las anima se puede renovar. Con esta reserva, examinemos ahora esas cinco fases.