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Siguiendo el encuadre enunciado más arriba, y puesto que, generalmente, los procesos de planificación suelen llevar disímiles nomenclaturas (planeamien- to, plan de negocios, proyecto de Inversión, y el no menos paradójico estableci- miento en los procesos de planificación, de nombrar el estadio de praxis de éste, con el mismo término con el que se hace referencia al proceso) pero, sin embar- go, no abandonan su condición de ser, o mejor dicho, por lo anteriormente expli- cado, su encarnación como procesos de intervención destinados a la transforma- ción, de ahora en más me referiré todo el tiempo a la intervención, para no obtu- rar el campo de lo que me propongo indagar en estas líneas, por alguna clase de obstrucción y/o confusión de aplicación terminológica.

Teniendo en cuenta lo dicho, y más allá de la explicación ya dada, hace falta circunscribir un poco más la instancia en estudio, para llegar a un claro acuerdo sobre qué es lo que trataremos a continuación. Así se puede precisar que una Intervención, por lo menos en el sentido que le aplicaremos, y por lo tanto, aquel objeto sobre el que recaerán los conceptos que se trabajarán, es aquella que resulta de la aplicación de cierta racionalidad o economía de acciones, que

bajo cierta coherencia, jerarquización, dirección y gobierno (de objetos y comportamientos de sujetos), se propone alcanzar una transformación en el devenir de la vida institucional de las organizaciones (Ander-Egg, 1995: 25).

Ahora bien, la presente definición resulta vaga para los fines analíticos que se llevarán a cabo aquí. Por lo tanto, buscando mayor precisión expositiva, debe decirse que: a) hablar de racionalidad o economía de acciones implica nece- sariamente referirse a relaciones o ejercicios de poder (Foucault, 1999: 112-125), que atraviesan dichas acciones para b) mediante una estrategia, introducir cohe- rencia, jerarquización, dirección y gobierno (pensados estos como métodos para que ciertas acciones puedan estructurar el campo de otras acciones) sobre objetos y comportamientos de sujetos (Cf. Foucault, 1983), con lo cual: c) se pretende

alcanzar una transformación, emprendiendo entonces un proceso metabólico2 en

el que una forma-significada en función significante agotada, resulta, en una forma-significada en función significante eficaz, para: d) canalizar, o mejor di- cho, darle cierta clase de entidad al devenir ininterrumpido de una organización, esto es, generar, a través del estadio de transformación, una semiosis disponible, reconocida y aceptada como eficaz, para explicar una realidad-enunciado dada (en tanto ya expresada) y proyectar una nueva realidad-enunciado satisfactoria (en tanto nuevas posibilidades de expresión) (Magariños, 2008: 187-193).

2 En este trabajo la operatividad del concepto de metabolismo para explicar el modo en

que son transformadas las formas significantes, funciona metafóricamente, pero refor- zándose expositiva al respetar el concepto biológico del mismo, que incluye tomar de éste las definiciones de los procesos anabólicos y catabólicos.

En este sentido es preciso manifestar que El metabolismo tiene dos propósitos fundamen- tales: la generación de energía para poder realizar funciones vitales para el organismo y la síntesis de moléculas biológicas. Para conseguirlo, el metabolismo consiste en dos proce- sos diferenciados que no son exclusivos, el anabolismo y el catabolismo. Los procesos anabólicos son los que por regla general requieren el aporte de energía mientras que los procesos catabólicos son los procesos que aportan energía.

El catabolismo es la degradación oxidativa de moléculas nutrientes complejas (carbohidra- tos, lípidos, proteínas) obtenida del ambiente o de las reservas celulares. La rotura de estas moléculas en el metabolismo resulta en la formación de moléculas más sencillas tales como el lactato, el etanol, el CO2, la urea, el amoniaco, etc. Las reacciones catabóli- cas son normalmente exoergónicas y normalmente la energía liberada se recoge en forma de ATP. Ya que también es oxidación, otros tipos de moléculas donde se conserva la ener- gía son moléculas reducidas, es decir, NADH o NADPH. Estas moléculas tienen dos funcio- nes distintas. Mientras que el NAD+ participa en reacciones catabólicas, el NADP+ partici- pa en reacciones anabólicas. La energía del NADH está acoplada a la formación de ATP en células aeróbicas, mientras que el NADPH es la fuente de poder reductor para las reaccio- nes biosintéticas.

El anabolismo es un proceso sintético en el que las biomoléculas son ensambladas a partir de sus precursores. Tales biosíntesis envuelven la formación de enlaces de tipo covalente y por lo tanto se necesita energía para poder realizar este tipo de biosíntesis. Esta energía proviene del ATP formado durante el catabolismo. A pesar de sus papeles divergentes, el anabolismo y el catabolismo comparten muchos intermediarios entre ellos.

De esta manera, es decir, conservando, en términos de funcionamiento, las definiciones conceptuales de tales procesos, es como debe comprenderse la lectura de las etapas ana- bólicas y catabólicas en la transformación y formación de significados sociales, según los he trabajado aquí.

A su vez, de esto también se desprende que si bien aquí se plantea el tér- mino organizaciones más cerca de lo institucional, propio de sectores guberna- mentales, privados y organizaciones no gubernamentales (ONG’s), no obstante, a pesar de versar más sobre esta perspectiva, lo que permite la empatía entre los procesos de intervención y lo que sucede en la sociedad, en los modos ya explici- tados, indica que comprendo una organización, como lo hacen Maturana y Vare- la, esto es, como un conjunto de relaciones que tienen que existir o tiene que darse para que algo sea, esto es, ciertos modos de estructuración de ese algo que lo constituye, integra, cohesiona, establece, gobierna y define, en cuanto tal, fren- te a un entorno, al cual, otorgándole significados, lo convierten en el mundo que les es propio, diferencial e identificatorio (Cf. Maturana y Varela, 2003).

A partir de lo mencionado surge un par que cobra referencia y relevancia con el de entorno-mundo: La realidad-enunciado. En este sentido, Varela (2003) retoma la precisión, para iluminar la concepción que permite pensar la realidad como ese entorno entrópico en el cual las cosas no son diferenciales ni identifi- cables, y solo a través de asignarle significados, de particularizar ese entorno caótico, extraño, regular, en segmentos independientes, al enunciar en definitiva esa realidad-entorno, se concreta ese enunciado-mundo, que es, a la vez, la pro- puesta que llega ante todo proceso de intervención.

De igual modo, el proceso de transformación descripto que se concretiza en la fórmula forma-significada en función significante agotada, resulta, en una forma-significada en función significante eficaz, que no se aleja de la formula- ción percepción-texto-discurso (Magariños, 2008: 410), sino que, más bien, re- presenta una forma más fiel de expresar lo metabólico de los modos en los que se produce la transformación, según lo que aquí se propone.

Así, mediante un proceso inherentemente creacional, una forma- significada, que lo es desde el momento en que se enuncia, que trabaja en fun- ción significante, desde el instante en que es percibida, y a través de la constric- ción de ciertos significados y sentidos para que sea comprendida (y en lo posible aceptada) según fue enunciada, propone las instancias en la que las semiosis dis- ponibles, durante el transcurso de su vigencia, son impelidas constantemente por

fuerzas catabólicas que degradan su eficacia explicativa, agotando su capacidad para conferir entidad e identidad a un fenómeno o a un concepto mundo (dicho de otro modo, ya no son creíbles, aceptables, para hablar de los fenómenos y del mundo que configuran), liberando a su vez ciertas partículas de significado y significación que actúan de base y suministro para la construcción y emergencia anabólica de una nueva forma-significada en función significante con capacidad para conferir entidad e identidad a un fenómeno o a un concepto mundo (dicho de otro modo, es una forma poseedora de credibilidad, aceptabilidad, para hablar de los fenómenos y del mundo que están constituyendo).

Entonces, a partir del proceso explicado, con la consecuente emergencia de nuevas formas, que construyen nuevos significados y significaciones, apare- cen las enunciaciones que configurarán, formularán y ordenarán el pensamiento en torno al mundo y sus fenómenos, hasta que nuevamente surja un nuevo trato transformador metabólico.

Insisto, no se trata aquí de un discurso naturalista, biologicista, ni un planteo hacia una superación del triduo percepción-texto-discurso, pues es, indu- dablemente, un explicación leal (y se prefiere metafórica, para su mejor asimila- ción), de los modos en que se puede comprender, parafraseando a Michel Fou- cault (1992), una microfísica de los procesos de transformación, esto es, de aque- llos que dan lugar a la aparición de nuevos significados y significaciones.

2. Acerca de los modos de Intervención

Teniendo en cuenta lo anteriormente analizado se hace menester leer a la luz de la disciplina semiótica, los modelos y las concepciones que existen sobre la intervención organizacional. Entendiendo, entonces, a la semiótica como me- todología (Magariños, 2008: 38-44) adecuada y pertinente para analizar el cam- bio iremos viendo cómo se ha construido, teórica y metodológicamente, como herramienta, sus procesos de intervención, para, deteniéndonos en sus transfor- maciones, alcanzar, finalmente una propuesta de intervención organizacional con metodología semiótica.

El primero de ellos es la Intervención Normativa. Sus pilares teóricos y metodológicos entienden la aplicación de un criterio de verdad objetiva, basada en el conocimiento científico positivista, que pretendía descubrir las leyes objeti- vas que rigen el fenómeno de estudio. Se trata de una mirada tecnócrata que solo tiene en cuenta a los actores político-jerárquicos como los únicos legitimados para enunciar al mundo, y subestima a cualquier otro actor que participe del mismo entorno y se encuentre capacitado para definir al mismo.

De igual modo, no tiene en cuenta posibles oposiciones al proyecto, y, bajo la aplicación de un método economicista-racionalista, plagado de criterios mensurables, pretende una aceptación universal de lo que propone, entendiendo que lo que se realiza mediante esta clase de intervención es la aplicación de for- mulaciones objetivas que, a priori, poseen la solución, al reconocer las leyes cau- sales que explican los movimientos del o de los fenómenos implicados en la in- tervención. Por esta misma causa, ésta se halla sobrepreocupada por el cumpli- miento de los procesos pautados en la intervención, radicando en este cumpli- miento el potencial transformador de la misma (Ander-Egg, 1995: 52-55).

Por su parte, como proceso sustituyente, en cuanto nueva forma signifi- cada en función significante, que se asienta sobre los espacios agotados de su predecesor, aparece la Intervención Estratégica. Sus puntos de inflexión surgen de subvertir, en algunos casos, y revertir, en otros, los lineamientos centrales de Intervención Normativa, que se habían agotado como forma-herramienta con validez y eficacia intervencional. De este modo, esta corriente admite que hay más de una explicación verdadera del o de los fenómenos involucrados en la intervención, por lo cual, acepta que hay explicaciones situacionales que depen- den de la dispersión de los sujetos, esto es, de los lugares que ocupan en el siste- ma (Foucault, 2001: 82-90).

Por esto mismo, entiende que debe comprender como válido todas las enunciaciones que surgen como explicación de lo que sucede en la organización, y no subestimar las semiosis expositivas que provienen de los espacios no jerár- quicos. Asimismo, relativiza el valor absoluto del saber científico, aunque lo considera preponderante frente a otros conocimientos dentro de la organización.

A su vez reconoce que los objetivos programados en la intervención responden a quien gobierna, renunciando por lo tanto a creerlos objetivos, y abandona así una postura tecnócrata, para asumirse un tecnopolítico, que comprende su mediación en el proceso de intervención, el cual siempre es conflictivo y plantea una pugna de visiones e intereses.

De igual modo entiende que su posición es central en la intervención, pe- ro subordinado al gobierno político. Por último vale manifestar que este tipo de intervención se trabaja desde una mirada interdisciplinaria, construida desde la complementariedad de conocimientos, y que se aplica contemplando el valor táctico-operacional de la intervención, esto es, la eficacia de las operaciones pau- tadas para producir transformación en la organización, evaluando el impacto de estas más allá del cumplimiento de todos y cada uno de los procesos establecidos (Ander-Egg, 1995: 52-55).

En tercer lugar encontramos a la Intervención Diagnóstica, que se pue- de entender como una versión más bien de “reajuste” de concepción, pues resulta de una particular revisión de la intervención Estratégica. La propuesta Diagnósti- ca, de esta manera, expone que la verdad está en las relaciones mismas, y que el saber científico, lejos de ser omnipotente o preponderante, es un conocimiento más, en un conjunto de saberes necesarios para intervenir, por lo cual, por sí mismo, no garantiza el éxito del trabajo que se emprende. Por esta misma causa, el conocimiento científico se pone al servicio de la articulación de las diferentes percepciones, enunciaciones y saberes que tienen lugar en la organización de los diferentes grupos que en ella conviven y de lo que estos construyen acerca de la misma.

En este mismo sentido, este modelo de intervención precisa que el abor- daje en el terreno se hace a través de una mirada transdisciplinar, que requiere el manejo teórico y metodológico de las disciplinas con la que se construye saber. Además, esta postura entiende como necesario la evaluación permanente de los impactos y procesos que se dan a lo largo de la intervención, y posee o adopta un criterio de acción flexible, para contener el devenir caótico e imprevisto de la realidad (que según lo propuesto aquí la hemos referido como entorno). Final-

mente, desde este método de abordaje se contempla que la intervención es la oportunidad para desarrollar un proceso pedagógico tendiente a la emancipación de los sujetos integrantes de una organización, a través del desarrollo de capaci- dades individuales y grupales de los mismos, implicando así un proyecto partici- pativo e integrador (Cf. Uranga y Bruno, 2007).

Con los elementos mencionados aquí, estamos entonces capacitados para analizar estos modelos, de acuerdo a sus componentes, reajustes y transforma- ciones, en clave, se entiende, de la mirada semiótica que este trabajo posee.

Para comenzar este recorrido es pertinente explicitar la primera de nues- tras diferenciaciones que no se restringe a una de estas herramientas de acción, ni a distinciones entre ellas, sino un elemento común que discurre entre los tres procesos considerados. Tanto en la intervención Normativa, así como en la Estra- tégica, y en la Diagnóstica, tiene lugar una conceptualización de la realidad como una entidad dada, un existente per se, positiva, aunque en el caso de las dos últi- mas se entiende que la verdad emerge de la producción de los sujetos que la enuncian y desde qué espacios la plantean. Sin embargo ello no significa que no la comprendan como algo que está allí, existiendo, capaz de ser percibida ónti- camente (Magariños, 2008: 417-419).

Es claro que en la propuesta Normativa se prosigue el descubrimiento, la revelación de la realidad objetiva; no obstante, las otras dos mecánicas la entien- den como un existente sobre el que se forman diferentes puntos de vista o pujas de poder y resistencias y de allí la diferenciación. Hay hechos y, sobre ellos, perspectivas y pujas tras su significación. Este es el discernimiento que impera en estas dos clases de intervención (Cf. Uranga y Bruno, 2007). Sin embargo, aun- que esto se halla cercano a lo que se plantea aquí, hace falta un giro más profun- do. Lo que subyace en el planteo de este trabajo es que no hay hechos, ni fenó- menos que los contengan, ni realidad que los agrupe; en tanto, justamente, son hechos, puede decirse que son creados. Todo acto enunciativo encierra, mejor dicho, posee una potencia creadora, que se ejerce al momento de designar algo, construirlo, darle características, singularidades, en otras palabras, en el instante

en que se diferencia a ese algo de otra casa. Recién en esa instancia, puede decir- se que las cosas existen (Magariños, 2008: 413-419).

Y aunque se crea que las cosas, en este caso la realidad, existe indepen- dientemente de quien la construya, ella resulta imperceptible para la raza huma- na, y solo es inteligible en el momento en el cual un humano se la comunica a otro, por lo tanto, la nombra, construye y deferencia. En sí, no existe más reali- dad que aquella que los hombres constituyan, signifiquen y validen colectiva- mente, de acuerdo a cierto momento histórico (teniendo en cuenta en esta cons- trucción, claro está, los acuerdos, las desavenencias, las imposiciones, las pujas, los choques, las luchas de poder, etc.) (Foucault, 1992: 7-31).

Siguiendo adelante con el presente análisis, podemos decir que el modo de intervención Normativa propone una construcción unidimensional y unidirec- cional acerca de la enunciación y la construcción de la realidad que concreta en mundo que, como se dijo, desde esta perspectiva Normativa se entienden como una misma cosa. Desde esta concepción no se tiene en cuenta las diversas elabo- raciones de aquel que hacen todos los sujetos que integran la organización, y mucho menos, la de aquellos que la construyen desde afuera de la misma, por lo tanto, se empobrece la intervención, al coercionar la dirección de la intervención de acuerdo a una mirada, y encerrar ésta, conforme a una construcción de mundo posible (Magariños, 2008: 161-169), es decir, aquella de quien la ejerce y/o apli- ca a través de los lineamientos jerárquicos.

Asimismo se privilegia una clase de lenguaje simbólico, el del universo numérico mensurable, que marca la preeminencia de resultados y quita la obser- vación de las construcciones de significado y significación que los pueden hacer posible. En otras palabras se desconoce que una específica semiosis no alcanza para abordar un fenómeno ni para explicar todo lo referente a él, ni siquiera en gran parte, y que solo de la conjunción de dos o más se puede pensar en un análi- sis y un proceso intervencional que consiga la transformación que persigue. A su vez, toda pretensión cientificista de la Intervención es un síntoma del mismo problema (Magariños, 2008: 54-61).

Desde este enfoque, entonces, la transformación es casi nula, porque no atiende al modo en el cual se desarrolla la misma. Como ya se ha dicho, todo proceso de transformación se inicia con el agotamiento de ciertos significados y significaciones que no alcanzan para explicar el mundo que se construye, esto es, no son creíbles ni suficientes las formas con las que se lo diferencia e identifica. Allí surge la contradicción o crisis de ciertas formas. Las nuevas asignaciones de significación que nutren las nuevas semiosis con las que se construye el mundo están inscriptas, incipientes, en las formas viejas, ya agotadas. Parafraseando a Magariños (2008: 405-412), en los bordes, en los límites, en las fronteras de las formas antiguas, están embrionarias, las posibilidades nuevas de diferenciación e identificación del mundo. De allí la riqueza que se debe atender de la liberación de ciertos elementos en los procesos catafórico, para que, en el anafórico, se pue- dan construir nuevas significaciones, a partir de las posibilidades que el primero abre.

Así, la intervención Normativa no solo no re-construye adecuadamente la(s) forma(s) agotada(s), sino que incluso, al no respetar ni buscar en sus bordes las posibles nuevas asignaciones superadoras, y, por lo tanto, transformadoras, termina por imponer una nueva forma desvinculada, parcial o totalmente (según el mayor o menor tino a la hora de significar el mundo en el que está actuando

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