CHAPTER 4: RESULTS
4.2 Quantitative Analysis Results
4.2.4 Tests of the Study’s Hypotheses
La violencia, en sus distintas manifestaciones, afecta la salud física y emocional de las mujeres y su entorno, así como sus relaciones sociales. Esta conclusión se hace evidente en cada una de las historias analizadas y en el conjunto de ellas. El impacto biopsicosocial de las distintas formas de violencia machista se hace más patente, aunque no siempre llegue a la conciencia de las mujeres víctimas de manera nítida, cuando los hechos no son puntuales. Salvo alguna excepción, las historias que se recogieron dan cuenta de vivencias continuadas de violencia, algunas desde la infancia de las narradoras, por lo que es posible que sus consecuencias se integren en la vida sin poder distinguirlas de otras vivencias igualmente difíciles como pobreza, abandono, desplazamiento o rechazo.
Los impactos y secuelas físicas de la violencia van desde síntomas que las víctimas reconocen por presentarse inmediatamente después de un hecho (dolores de cabeza de manera frecuente) hasta patologías más graves que en algunos casos se vinculan con la violencia vivida o con el hecho de no tener oportunidad de ser atendidas y/o cuidadas de las secuelas de algún maltrato físico, lo que en algunos casos da como resultado un deterioro más general de la salud.
En el terreno de la salud física, el embarazo, ya sea como consecuencia de una relación consentida o de una violación, es un riesgo en la vida de las mujeres. En algunos casos porque es la propia narradora quien no desea ese embarazo, pero no tiene la posibilidad de interrumpirlo en condiciones seguras o ni siquiera se le permite contemplar esa opción; en otros, porque es la pareja la que la obliga a abortar en malas condiciones. En esos casos, seguramente la salud sexual y reproductiva de las mujeres ha quedado comprometida, aunque en sus historias no se aborden a profundidad estos aspectos.
En el terreno de la salud mental, la ansiedad es el síntoma que más frecuentemente se distingue en las narraciones: ansiedad ante acontecimientos en los que las víctimas se ven sin salidas posibles y que en algunos casos se convierten en depresiones clínicas, la mayoría de las veces no diagnosticadas por falta de atención en este terreno. Algunas de estas depresiones se traducen en intentos de suicidio fallidos o se convierten en adicciones que alivian el dolor profundo producido por la violencia y/o por la falta de apoyos e incluso de esperanza de que alguna vez puedan cambiar esas condiciones de vida.
No hay datos de que la medicación esté presente como auxilio en la atención a la ansiedad y la depresión. Hay algunos casos en los que hay atención psicológica y más frecuentemente, es el sostén de otras mujeres pertenecientes a entidades feministas o de apoyo a las mujeres víctimas de violencia el que ayuda a enfrentar las secuelas psíquicas de las violencias vividas. En el terreno de lo social, se observa como una de las consecuencias más frecuentes de la violencia es el aislamiento social: sea por la vergüenza que les ocasiona la violencia, por las amenazas del agresor, por el desplazamiento como único recurso, por el rechazo del entorno o por las características mismas de la situación vivida, la gran mayoría de las mujeres tienen miedo y callan, por lo que es casi imposible ventilar emocionalmente la experiencia y asimilarla desde una perspectiva que no sea la culpabilización y la depresión.
Las estrategias de las mujeres para enfrentar la violencia y sus consecuencias son diversas, pues dependen de la forma de violencia vivida, su relación con el agresor, el apoyo con el que cuentan y otros factores. Aunque en todos los casos el miedo está presente, cuando hay una relación afectiva con el agresor, ya sea como resultado de una convivencia de pareja o laboral (como en el caso de las empleadas de hogar y su empleadora agresora), es frecuente que se minimice la violencia o se empleen la sumisión y obediencia como estrategias de afrontamiento que con el tiempo muestran su ineficacia.
Las mujeres que se amparan en sus creencias religiosas para enfrentar su difícil situación, en algunos casos con condenas de cárcel por muchos años, no tienen un perfil claro: son de distintos países, no tienen una edad determinada y han vivido diversas formas de violencia. La militancia en la causa, propia y en otras semejantes, es la estrategia que muchas de las narradoras han abrazado para poder seguir adelante. En algunos casos, estas militancias eran previas a las experiencias de violencia y/o fueron precisamente el motivo de su persecución y tortura, si bien en todos ellos la violencia tiene otro cauce además de la depresión. Aun así, parece que la rabia ante la injusticia vivida y, en algunos casos, la empatía hacia otras víctimas no alcanzan a paliar los síntomas depresivos.
Así es como la rabia, en muchas ocasiones, se manifiesta de manera contenida, silenciada o impotente; seguramente en estas maneras de expresarla influyen también las experiencias de violencia institucional que han sufrido la mayoría de las mujeres. Ya sea que denuncien y/o acudan o no a pedir apoyo a las instituciones públicas, las experiencias en este sentido son mayoritariamente negativas. En estas 28 historias hay apenas dos que se consideran apoyadas sin cortapisas por las instituciones a las que han recurrido y eso habla del abandono en el que la mayoría de las víctimas se encuentra.
Los estados depresivos de las mujeres son aceptados por su entorno y por la sociedad en su conjunto de mejor manera que la rabia, una rabia (tanto la individual como la colectiva) que genera rechazo y que, tal como señala Dio Bleichmar (1999), su represión es convertida en un mecanismo más que utilizan las distintas sociedades para reforzar la sumisión y subordinación de las mujeres. Coincidiendo con ella, señalaría que, además, la depresión contribuye al deterioro emocional de las víctimas que no se atreven a manifestar su rabia porque intuyen o saben que no encontrarán apoyo; es verdad que tampoco lo encuentran cuando los estados depresivos se apoderan de ellas, pero las víctimas silenciosas son mucho menos incómodas que aquellas que convierten su dolor en denuncia.
Para lograr esta transformación no son suficientes recursos personales de resistencia y resiliencia, se requiere también de comprensión y apoyo, mismos que no existen en las historias analizadas, muchas veces ni siquiera de las propias familias y el entorno, menos aún de las instituciones. No tenemos suficiente información en las narraciones sobre la atención sanitaria a esos estados depresivos, es probable que en muchos casos las mujeres no hayan acudido a recibir ayuda médica y que, en otros casos, se hayan paliado los síntomas sin que las causas reciban la misma atención.
Las entidades sanitarias y sus profesionales son claves en el proceso de evitar la cronificación del malestar de las mujeres derivado de la violencia vivida y no solamente de factores
personales, y por eso es necesario revisar la concepción de salud en su sentido amplio que guía las intervenciones sanitarias con las víctimas de las violencias machistas.
Ante la carencia de estos recursos institucionales en la mayoría de los casos, las organizaciones de mujeres se han convertido en importantes portavoces de estas historias, cuyas protagonistas han visto su energía vital profundamente dañada y en algunos casos, destruida como consecuencia de la violencia, por lo que requieren de la energía de otras mujeres para poder alimentar su resistencia e incluso generar un atisbo de esperanza. La justicia es un concepto ajeno a muchas de las mujeres que han contado su historia, porque han visto cómo las instituciones encargadas de impartirla se ponen abiertamente del lado del agresor y porque si han vivido la incomprensión, la desconfianza y la burocracia, poca reparación esperan de este ámbito. Esta reparación, no obstante, sería muy importante para su recuperación emocional, para la elaboración de duelos, para derrotar la vergüenza y superar la culpa que las ata a las visiones patriarcales de la violencia machista.
Las consecuencias físicas, psicológicas y sociales de las violencias machistas no están en todos los casos directamente relacionadas con las formas que esta adquiere; es decir, aunque las agresiones sexuales causan de manera más evidente un daño físico, son otras variables las que pueden convertir estas lesiones en secuelas que impregnen el cuerpo. Una de las más importantes es el apoyo con el que cuenten las mujeres; y para que este apoyo sea reparador, romper el silencio es fundamental. Hay que considerar, sin embargo, que este silencio solo puede romperse efectivamente cuando ellas y su entorno visibilicen a los únicos responsables de la agresión. Nunca una acción de las víctimas es la causa de la violencia, sino la acción de quien agrede; y la violencia se multiplica cuando la persona agresora es amparada por la institución a la que pertenece (cuando es el caso) o por la displicencia o complicidad burocrática, y actúa a sabiendas de que cuenta con una impunidad social que justifica y no condena sus actos.
Las historias analizadas son un ejemplo de la necesidad de convertir el dolor y sufrimiento de las mujeres en gritos por la justicia y la reparación de la violación de sus derechos humanos, los suyos y los de tantas otras que ni siquiera tienen a su alcance la posibilidad de la palabra para resarcir en alguna medida las consecuencias de la violencia vivida.
Lo que hasta ahora han venido haciendo las organizaciones feministas (apoyar a las mujeres, darles voz, visibilizar sus historias, ofrecer alternativas de interpretación que no las culpabilicen, etc.) debería ser una obligación de las instituciones. Debería ser también una obligación social el apoyar incondicionalmente a una mujer que ha sido violentada, de la manera que sea, con apoyo inmediato y también de largo plazo, pues no basta solo con una llamada que ponga en marcha el apoyo profesional, cuando lo hay. Las mujeres víctimas necesitan calidez de sus familias, comprensión de sus entornos, justicia y condena de los culpables para recuperar la confianza.
Solo con esas condiciones las consecuencias de la violencia en sus cuerpos podrán ir adquiriendo forma en su conciencia y solo desde esa conciencia se podrán ir encontrando caminos adecuados de reparación y sanación.