3. Structural Reliability Analyses for Predictions in Energy Pipelines
3.2 Physical Model
3.2.4 Time-dependent Reliability Evaluation for Pipe Segment with Multiple Defects
Decía Eric Hobsbawn que el siglo XX ha sido uno de los más cortos de la historia: comienza en 1914 y termina en 1991. Los acontecimientos que caben dentro de este periodo son asombrosos, des- garradores e inauditos para una socie- dad occidental que, habiendo alcanzado grandes progresos científicos y tecnoló- gicos mostraba una condición que había tocado límites impensables e inhuma- nos: La guerra fría iniciada en 1945 pa- recía dar una tregua al derramamiento de sangre producto de dos guerras mun- diales, el fascismo y el estalinismo. En el campo del pensamiento, filósofos, historiadores, sociólogos, escritores y artistas han dejado una marca reflexi- va y condenatoria. Uno de los ejemplos más ilustrativos aparece en las prime- ras páginas de Dialéctica de la Ilus- tración de Max Horkheimer y Adorno escrita en 1947 en Estados Unidos en condiciones de exilio. Se preguntan por qué la humanidad, en lugar de asumir
una condición verdaderamente huma- na, se hunde en una nueva suerte de barbarie? (Horkheimer y Adorno, 1994) ¿Qué podían decir la filosofía y las cien- cias sociales? ¿Cuáles fueron las res- puestas del marxismo?
En 1848 Marx había dicho que el fan- tasma del capitalismo recorría Europa y que las contradicciones que este sis- tema social estaba produciendo y pro- duciría en el futuro acarrearían gran destrucción. Diez y nueve años después (1867) se publica el primer volumen de El capital. Crítica a la economía po- lítica. La expresión “economía política” da cuenta de una posición distinta a la postura positivista que supone la exis- tencia de una ciencia de lo económico (la economía) separada de la políti- ca. La economía, ciencia empírica cuyo ideal es establecer las leyes constantes de sus fenómenos, es una de las for- mas del saber de la episteme moderna, propia del capitalismo.
La crítica a la economía política impli- có la crítica a la noción de economía de
los economistas. En 1859 Marx llegó a la conclusión de que las ciencias posi- tivas (la ciencia de lo económico y la ciencia de lo político) separaron e inde- pendizaron lo económico de lo político, por ello propuso la teoría de modo de producción como el que condiciona el proceso de la vida social política e inte- lectual (1976, pp. 516-520).
Recordemos brevísimamente los ante- cedentes inmediatos del surgimiento de la economía como ciencia moderna, que se remontan al siglo XVII (1615) con- cebida como la ciencia de la administra- ción de la riqueza común al Estado y a la familia (Antonio de Montcheretien). Casi dos siglos después, en 1776, Adam Smith, padre de la economía política, publica La riqueza de las na- ciones. En su teorización sobre el li- beralismo apoyado en el dispositivo del laissez faire, para dar cabida a su tesis de la “mano invisible”, sostiene la aparente separación de lo econó- mico y lo político. Un siglo después, en 1890, Alfred Marshall publica sus Princi-
pios de economía, cortando el término política. A partir de entonces se habla de la economía a secas y con ello —y esto es lo más importante—, se identi- fica a un campo neutral definido como el conjunto de leyes y normas median- te las cuales se administran los bienes. Con Marshall lo relativo a lo económico deja de ser una relación social en la que hay desigualdad entre “los administra- dores y los administrados” y se presen- ta hipostasiada como una ciencia que tiene por objeto la obtención y uso de los requisitos materiales de bienestar. La línea de influencia (Marx, Gramsci, Althusser, Adorno), que reconocen los fundadores de los estudios culturales, no suscribe esta historia despolitiza- da de la economía. La separación de lo económico y lo político funciona como una ficción operativa. Este poder dis- ciplinario, por decirlo en términos de Foucault, no es ejercicio del poder nada más en el sentido de la imposición de la docilidad, sino también en el senti- do de disciplina académica, que em- pieza a tomar vuelo en Europa en el
siglo XVII, como una forma de poder gubernamentalizado, que va ejercien- do paulatinamente el dominio sobre el conjunto de la vida incluida la vida co- tidiana. En términos de una analítica del poder este proceso gubernamenta- lizó valores, creencias, estilos de vida, reglas de comportamiento y formas de pensar. Estos elementos se pusie- ron en juego de manera velada bajo el término genérico y aséptico de cultura, junto con las formas de subjetividad moldeadas por ella.
La dimensión económica es determinan- te en última instancia sobre los aspec- tos superestructurales de la sociedad a condición de implicar algo diferente que una relación de jerarquía (lo económi- co abajo, lo cultural arriba). Lo econó- mico y lo cultural están imbricados en una relación de nudo. La determinación en última instancia de la dimensión de lo económico sobre la superestructura política ideológica no quiere decir que este determinación, (lo económico) sea una instancia generadora de lo político ideológico; es una instancia ordenadora
porque es determinación de los términos y de los límites. Cuando se habla de de- terminismo, casi siempre se piensa en reduccionismo, pero en el determinismo lo que se implica es un sentido de ex- terioridad en tanto que lo determinado es ajeno al deseo o a la voluntad de los agentes. Por ejemplo, esta determina- ción también funciona en la física como “condiciones determinadas”. Por otra parte, Kant, justamente habla del deter- minismo como indicación de relaciones de naturaleza causal y/o condicional. En este sentido podemos hablar de una economía política de la cultura. La des- afortunada metáfora del edificio, en la que lo económico está en la base y todo lo demás en la parte de arriba, me pa- rece que es eso, una desafortunada me- táfora. Lo rescatable es el señalamiento de lo que implica pensar estas dimen- siones como si fueran autónomas.
Algunos pensadores, aún estando en una posición crítica, se enredaron en esta cuestión. La preponderancia de lo cultu- ral fuera de la lógica que lo anuda a lo
económico político fue la consecuencia de un problema mal planteado, o si se quiere un falso problema en torno a las relaciones entre la estructura y la su- perestructura abriendo la puerta a las corrientes revisionistas que cedieron a los encantos del positivismo. Antes de discutir si lo económico está en la base (abajo) y lo político, jurídico, ideológico, religioso y cultural arriba (en la super- estructura) habría que dejar en claro la diferencia conceptual de sus contenidos. Hay una diferencia sustancial entre lo económico como actividad neutral por medio de la cual los hombres satisfacen sus necesidades económicas y lo eco- nómico como relación social estructu- ralmente desigual. Hay una diferencia sustancial entre lo político como acti- vidad parlamentaria y lo político como una relación en la que se juega la fuer- za y el consenso. Es llamativo que se denomine con el epíteto incluso des- pectivo de “activistas” a aquellos que se expresan fuera de los canales insti- tucionalizados, previamente diseñados para ello. Hay una diferencia sustancial entre lo cultural como esparcimiento o
entretenimiento y lo cultural como es- pacio de hegemonía.
Otra crítica a la ciencia de la “econo- mía a secas” tiene que ver con su mé- todo. La economía eterniza lo abstracto dejando en suspenso la comprensión de la particularidad del hecho empíri- co, mediante el mecanismo de eterni- zar, naturalizando, este hecho empírico. Ahora bien, eternizar el hecho empírico mediante el mal uso de la abstracción produce efectos, en primera instancia, invisibles, puesto que, no es sencillo detectar que “toda noción ideológica universal siempre está hegemonizada por algún contenido particular, que se presenta como universal y explica su eficacia” (Žižek, 1998, p. 137).
Voy a poner el ejemplo con los razona- mientos de emplean los conservadores para oponerse al aborto. Argumentan- do, mediante la postulación de un su- puesto grupo de mujeres profesionistas sexualmente promiscuas, que valoran su carrera por encima de su misión na- tural, que son ellas y sólo ellas quienes
demandan el aborto, como una salida individualista a sus necesidades muy concretas, hacen de este caso particu- lar (si es que esencialmente lo hubiera), el caso universal. Esta coartada oculta el drama que documentan las estadís- ticas, desconociendo la singularidad del caso: que los abortos ocurren en mayor porcentaje en familias de clase media baja con varios hijos.
El contenido particular es elevado (y divulgado) como contenido univer- sal. El universal adquiere existencia concreta cuando algún contenido par- ticular comienza a funcionar como su sustituto. Es aquí donde se juega la batalla política por la hegemonía ideo- lógica (Žižek, 1998, p. 137).
Antonio Gramsci, destituido de su cargo como diputado por Venecia y encerrado en la cárcel por Mussolini hasta un poco antes de su muerte acaecida en 1937, planteó la necesidad de la construcción de un nuevo “bloque histórico” econó- mico-social en cuanto a su contenido y ético-político en cuanto a su forma,
para despertar a los grupos subalter- nos a trascender sus intereses propia- mente reivindicativos y poder enfrentar a la hegemonía capitalista. En Los inte- lectuales y la organización de la cultural, Gramsci despliega la tesis que sostiene que, dado que no existe una conciencia espontánea ni preconstituida, el papel de la cultura viene a ser central en los movimientos tendientes hacia el cambio social. Si en la connotación de la hege- monía político-militar la fuerza juega un papel preponderante; en su connotación político-cultural es la articulación de la fuerza más el consenso lo que se pone en juego. Lo que Gramsci va a dejar cla- ro es que la sociedad capitalista no es una esfera de libertad sino de hegemo- nía; podemos decir que la hegemonía se basa en el consenso o el consentimien- to, como lo aparentemente opuesto a la coacción, pero este consentimiento no es el resultado de la “libre elección”. La tesis teórica de Marx respecto a la determinación en última instancia de lo económico sobre lo superestructural no fue para Gramsci un obstáculo para el
pensamiento. Sabía muy bien acerca del impasse revisionista que la tergiversa- ción de esta tesis había provocado. En un breve artículo llamado “Algunos aspec- tos teóricos y prácticos del economicis- mo” (Gramcsi, 1975, pp. 53-62) al que define como movimiento teórico por el libre cambio, deja en claro que, el sindi- calismo teórico es la otra cara de la mo- neda del liberalismo. El liberalismo “acto de voluntad consciente de los propios fines y no la expresión espontánea au- tomática del hecho económico”, impulsó a su vez al sindicalismo teórico de los grupos subordinados. De tal suerte que, la hegemonía liberal no les permite pa- sar de la fase reivindicativa, bloqueando el acceso a una fase ético-política. Po- demos decirlo de manera más sencilla: la ideología funciona porque es invisible. El asidero gramsciano es un buen faro al interior del pensamiento crítico para ponernos a distancia del revisionismo en sus diferentes formas: economicista, evolucionista, humanista y tecnócrata. Una tercera fuente que influyó en los ESTUDIOS CULTURALES fue la teoría
crítica de la Escuela de Frankfurt. Theo- dor Adorno hace de la cultura su objeto y su crítica. Siendo congruente con su crítica a las sociologías de corte analíti- co y positivista evita a toda costa cerrar en falso las contradicciones teóricas, es decir escapa lo más posible a las ideo- logías que se apresuran por las solucio- nes ya que estos movimientos obedecen en última instancia a razones políticas. Esta negación al apresuramiento es ya de entrada su crítica a las formas de do- minio y es también la forma que asume la crítica a la autoridad, como crítica al “discurso autorizado”.
La manera en que Adorno aborda la cul- tura en tanto espacio correspondiente a la superestructura, no es del orden del epifenómeno, es decir, no se abandona la determinación en última instancia de la estructura económica, porque la cul- tura no es algo autónomo, evitando caer en su fetichización (el recurso más soco- rrido de toda forma de idealismo). En un texto de 1960, “Cultura y admi- nistración” (1966, pp. 69-97) Adorno
sostiene que la cultura, ubicada por la tradición marxista en el lugar de los fe- nómenos superestructurales, había que- dado confinada, igual que lo hicieran las teorías positivistas, al ámbito de la mer- cancía. Ya sea como “bienes culturales” para la revolución, premisa del realismo socialista; ya sea como “bienes cultura- les” para el entretenimiento y la diver- sión. La economía política de la cultura es la “cultura administrada”. Constando la tendencia de expansión cualitativa y cuantitativa de la administración, le in- teresa determinar específicamente el mecanismo por el cual la racionalidad administrativa se independiza y logra quedar colocada por encima de la cul- tura que quiere administrar. Este me- canismo es un dispositivo de poder que persigue fines particulares de control y dominación. En este sentido dice Ador- no “la administración es extrínseca a lo administrado, lo subsume en lugar de comprenderlo. Y ésta es la esencia de la racionalidad administrativa.
En cuarto lugar, pero no por eso menos importante, en la década de 1970 los
estudios culturales, por intermedio de Stuart Hall, se acercan a las tesis del filósofo marxista Louis Althusser dan- do lugar al llamado “giro estructuralis- ta” de los estudios culturales. Aunque no es este el momento de discutir las implicaciones del estructuralismo en el pensamiento social, quisiera solamen- te anotar que la etiqueta estructuralis- ta puede ser un distractor que a veces no permite ver la línea de continuidad problemática entre Marx – Gramsci – Adorno – Althusser.
Stuart Hall lleva la teoría de la hege- monía y las tesis de la ideología al campo de investigación de los medios de comunicación.
La hegemonía, había dicho Gramsci, es el resultado de la difusión de cierta concepción del mundo por parte de un grupo social y de su aceptación por el resto de la sociedad. Se trata de una aceptación no forzada en la que inter- viene la creencia: de ahí que es nece- sario establecer una diferencia entre la dominación política directa en la que se
transparenta la violencia (represión) y la hegemonía que introduce el mecanis- mo de reconocimiento/desconocimien- to, como fue trabajado por Althusser en el breve texto sobre los aparatos ideo- lógicos de estado.
¿Qué implica que la ideología funcione bajo este mecanismo? El término re- conocimiento no se refiere al proceso de conocimiento. El objetivo del cono- cimiento es el control epistemológico del proceso real, que tiene su corolario en la manera como la ciencia introduce una medida en lo real.
Aunque el reconocimiento consiste en la compresión práctica de algunos pro- blemas, sobre todo quiere decir identifi- cación del individuo con valores, creen- cias, representaciones que determinan su comportamiento social. Mediante el mecanismo de reconocimiento se ajus- ta el comportamiento de los individuos a determinadas necesidades histórico- sociales. El sujeto actúa sujetado a una ideología. Su constitución como sujeto es precisamente el efecto de este re-
conocimiento ideológico. Nos recono- cemos como sujetos libres descono- ciendo las determinaciones sociales de nuestro comportamiento.
El análisis de las ideologías discursivas de los agentes de las instituciones uni- versitarias nos implica plantear porqué y cómo estos discursos vienen a justifi- car, es decir a permitir el reconocimiento discursivo que refuerza el reconocimien- to práctico, por ejemplo sobre el papel de la ciencia. Cuando el agente universi- tario se reconoce en su función de agen- te universitario, desconociendo la de- terminación material de su práctica, se posibilita el ajuste de este agente a una realidad necesaria que no estableció él mismo, pero que creyó establecer.
El binomio se completa en virtud de que el reconocimiento requiere del des- conocimiento de aquellos factores que ponen en peligro este reconocimiento. Por ejemplo el aparato ideológico esco- lar, organizado en torno a un conjunto de saberes, se instala en la repetición teórica de las evidencias prácticas de
las ideologías propias de los aparatos ideológicos escolares y del resto de los llamados aparatos ideológicos de esta- do (político, informático, deportivo reli- gioso, familiar y cultural). Creemos en la separación entre lo público y lo pri- vado, así como en la independencia de los aparatos que recién he nombrado, pero esto es así en apariencia. El esta- do no es ni público ni privado, el estado es la condición de toda distinción en- tre lo público y lo privado. Es por esa condición que Althusser pudo poner en evidencia que las instituciones priva- das pueden funcionar como aparatos ideológicos del estado (AIE).
2. Distancia epistemológica entre