Diciendo todo tal como se lo escribiría, no se hace más que leer hablando.134
[…] más se multiplican las consonantes y los acentos desaparecen […], son remplazados por combinaciones gramaticales y nuevas articulaciones. […] el lenguaje
cambia de carácter; se torna más ajustado y menos apasionado, sustituye los sentimientos por las ideas,ya no se dirige al corazón sino a la razón. Debido a ello, el acento se extingue, la articulación se multiplica, la lengua se vuelve más exacta, más clara, pero también más monótona, más insensible y fría, progreso que me parece muy
natural. (Ensayo, V, 55; cursivas nuestras)
Así las cosas, resulta indudable que conforme las lenguas van estandarizándose y ciñéndose a criterios cada vez más formales, pierden su viveza y expresividad y, en términos de Rousseau, se vuelven “monótonas y frías”. Esto se debe a que aquello que el acento oral o la inflexión de la voz logra transmitir no es sustituible en caracteres escritos. Rousseau se detiene a analizar el progreso de las lenguas en relación con la escritura (Ensayo, V, 55-62) y señala precisamente que, cuando
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El tema de fondo aquí es que el habla no depende de la escritura (pero la escritura tiene su origen en el habla), son dos fenómenos asociados pero distintos: el habla surge de una necesidad de nuestras pasiones; la escritura es una cuestión de convención (es una necesidad social). Así como es necesario contar ya con palabras o nombres (que indican
134Ensayo , V, 62.
135 “Pero esos cambios se producen con el tiempo” y esto se puede notar observando el desarrollo de la escritura “[…] en relación inversa a su perfección” (Ensayo, V, 55; cursivas nuestras). Rousseau va a proponer tres estadios en el desarrollo de la escritura; nosotros nos ocuparemos solo del último (el estadio actual, el de los pueblos civilizados), pero mencionamos aquí los dos primeros. El primer estadio corresponde a los pueblos salvajes: “La primera forma de escribir no es representar los sonidos sino los objetos mismos […]. Esta forma corresponde a la lengua apasionada y supone una cierta sociedad y necesidades nacidas de las pasiones” (Ensayo, V, 56). El segundo corresponde a los pueblos bárbaros: “La segunda forma es representar las palabras y las oraciones por medio de caracteres convencionales, lo que sólo puede hacerse cuando la lengua está totalmente formada y cuando todo un pueblo está unido por leyes comunes […]” (Ensayo, V, 56). Aclara Rousseau luego que esta periodización no es “lineal”, “cronológica” o estrictamente “histórica” (los pueblos salvajes pueden convivir con pueblos civilizados;
o designan lo particular) para poder producir –por medio de un proceso intelectual– ideas generales, es necesario primero hablar para que luego –debido a un proceso de cambios y transformaciones en nuestras necesidades y condiciones de vida– se desarrolle la escritura. Habla y escritura, aunque estén asociados, responden a dos funciones distintas: la primera, dice Rousseau (y esto queda además confirmado por lo desarrollado en el acápite anterior), “expresa sentimientos”; la segunda, comunica “ideas”. En ese sentido, cuando una lengua hablada es absorbida por su posterior función escrita, inevitablemente cambia, y de manera drástica, su carácter. Esto se debe a que la escritura, al fijar la lengua,
[…] sustituye la exactitud por la expresión. Se expresa los sentimientos cuando se habla y las ideas cuando se escribe. Al escribir, uno está obligado a tomar todas las palabras
en su acepción común. Pero el que habla varía las acepciones por medio de los tonos, las determina como gusta. Menos preocupado por ser claro, da más importancia a la fuerza, y es imposible que una lengua que se escribe conserve durante largo tiempo la
vivacidad de aquella que sólo es hablada. Se escriben las voces y no los sonidos. (Ensayo, V, 61; cursivas nuestras)
Rousseau concibe este proceso como un “progreso natural” (de ahí que, como veamos en breve, en este proceso tampoco haya retroceso posible) y extrae de él el carácter de las lenguas modernas de nuestros pueblos civilizados: “Nuestra lenguas valen más escritas que habladas y el placer con que se nos lee es mayor que el placer con que se nos escucha” (Ensayo, XI, 95-96; cursivas nuestras). Como su función escrita ha absorbido –incluso, casi suplantado– su función oral, es imposible que ahora conserven su vivacidad original. Como nos hemos habituado a concebir la lengua en términos escritos –claros y distintos–, prestamos más atención a su corrección gramatical que ha su capacidad expresiva, tratamos a la voz hablante como si fuese escrita. Prácticamente hemos olvidamos su origen expresivo, de modo que descomponemos “[…] la voz hablante en un cierto número de partes elementales, ya sean vocales, ya sean articuladas, con las cuales se puede formar todas las palabras y todas las sílabas imaginables. [En] Esta manera de escribir, que es la nuestra, […] ya no se trata precisamente de representar la palabra sino de analizarla” (Ensayo, V, 56). Nos concentramos en la sintaxis y en la gramática y dejamos de lado el acento oral, las inflexiones o modulaciones de la voz, todo aquello que brindaba energía a la lengua y que la hacía expresiva. Con este método, dice Rousseau, “uno se engaña”, porque “[…] cree suplir el acento por los acentos. Sólo se inventan los acentos cuando el acento ya se perdió” (Ensayo, VII, 65).
Algo de esto ya lo habíamos visto en relación con la distinción entre música ejecutada y música escrita que plantea Rousseau en la Carta sobre música francesa; recordemos brevemente lo que decía allí Rousseau: “Sea cual sea la armonía que puedan formar conjuntamente varias partes […], en cuanto se hacen oír a la vez, se desvanece el efecto de esos bellos cantos y sólo permanece el efecto de una serie de acordes, que, por mucho que se diga, siempre resulta fría cuando no la anima la melodía” (Carta sobre música francesa, 193; cursivas nuestras). Ahí, el asunto tenía que ver con que, al otorgar prioridad a la parte escrita (a las “instituciones armónicas”), perdemos de vista que la música debe ser ejecutada, que –por decirlo en nuestros propios términos– la música escrita no tiene valor en sí misma en tanto no se la piense o componga teniendo como propósito su ejecución y su efecto en el oyente (ese había sido, precisamente, el malentendido de los franceses). Tenemos ahora, en relación con el lenguaje, una situación análoga: si la armonía no es animada por la melodía, su efecto es frío e intrascendente; si el discurso no es animado por las entonaciones que el sentimiento inserta en la voz, tenemos una lengua fría y monótona (una lengua consonántica o articulada, como la llamaba Rousseau en la Carta sobre música francesa) que, a pesar de toda su claridad, no permite una comunicación espontánea y realmente auténtica. Este es el estado al que han llegado las lenguas modernas:
Las lenguas modernas de Europa están todas más o menos en la misma situación, aun hasta la italiana. La lengua italiana, en la misma medida que la francesa, no es por sí
misma una lengua musical. La diferencia reside en que una se presta a la música y la otra no136
Todo esto confirma el principio que, por un progreso natural, todas las lenguas escritas deben cambiar de carácter y perder fuerza para ganar claridad; que cuanto más empeño
se pone en perfeccionar la gramática y la lógica, más se acelera ese progreso
.
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Así pues, “Mientras que la palabra viva y con entonación constituye una expresión directa de la personalidad, la lengua escrita exige largos rodeos e interminables paráfrasis para construir artificialmente el equivalente aproximado de la energía y de la
y que para obtener pronto una lengua fría y monótona sólo es preciso establecer academias en el pueblo que la habla. (Ensayo, VII, 68; cursivas nuestras)
136 Tomemos nota de que, con estas afirmaciones, Rousseau corrige o, en todo caso, matiza las excesivas conclusiones de la Carta sobre música francesa, 185, que tan mal cayeron en la sociedad parisina de la época y que tantos problemas generaron a su autor.
137 Notemos también aquí el empleo del término “perfeccionar”, noción compleja y ambigua en Rousseau que ya examinamos en el capítulo anterior. Agreguemos, además, que es precisamente esta facultad de perfeccionarse, inherente al ser humano, la que explica por qué Rousseau habla de este proceso de pérdida de energía de las lenguas como de un “progreso natural”.
pasión desplegadas en la lengua oral. […] [Pero] Tampoco en este caso se puede retroceder” (Starobinski 1983: 184; cursivas nuestras). La lengua ha sido absorbida por su función escrita, vivimos en sociedades donde se acostumbra más a leer y escribir que a escuchar, hemos forjado Academias, etc. En suma, hemos instrumentalizado el lenguaje. Pero lo que es permisible para la lengua no lo es para la música como expresión de lo propiamente humano.
Al reforzar una consonancia y no las otras, rompéis la proporción. Queriendo proceder mejor que la naturaleza, lo hacéis mucho peor. Vuestros oídos y vuestro gusto están estropeados por un arte mal entendido.