De acuerdo a lo revelado por los egipcios, los atenienses los aventajan en mil años en el establecimiento de un orden político adecuado. El orden (e)nqa/de diakosmh/sewj) que en los egipcios impera hasta ese momento data de hace unos ocho mil años. Cerca de nueve mil años atrás, entonces, tuvo lugar el evento central que articula el relato, la gran hazaña de los atenienses (23e).
El sacerdote pasa a exponer, en primer lugar, las leyes (no/moi) del antiguo pueblo ateniense. Pero en lugar de hacer referencia directa a estas, toma como ejemplo (paradei/gmata) las leyes de los egipcios. Es, decir, se sugiere que los egipcios mantienen todavía una organización política similar a la que imperaba entre los atenienses hace nueve mil años. Es más, uno podría conjeturar que ellos (los egipcios) mantienen la misma estructura política desde hace ocho mil años cuando, imitando presumiblemente a la polis ateniense con la que se sienten emparentados, instauraron las medidas que se listarán a continuación. Así, Egipto se revela no como una mera civilización conocedora de su pasado sino, en este caso, como una fuerza que mantiene viva esa tradición milenaria.
Al listar las características centrales de los egipcios, se hace énfasis, principalmente, en (i) la separación de la casta sacerdotal (i(ere/wn ge/noj) de las demás; (ii) en el principio de especialización del trabajo aplicado a los diferentes productores (pastores, cazadores y agricultores); (iii) en la separación del estamento guerrero (ma/ximon) y la dedicación exclusiva de sus miembros; y (iv) en la preocupación (e)pime/leian) por la sabiduría (fronh/sewj). Este último punto se expresa en la “búsqueda de saber acerca del universo (peri/ te to\n ko/smon), buscando la salud (u(gi/eian) del ámbito humano y no del divino, y cultivando diversos conocimientos (maqh/mata)” (24a-24c). Las medidas egipcias tienen un parecido de familia evidente con las medidas de la polis ideal que Sócrates ha enunciado en palabras y que revisamos en la sección precedente. Acaso la única diferencia central sea la concerniente a un estamento sacerdotal claramente diferenciado, pero eso se debe (creemos) en parte a un hecho histórico (la ausencia fáctica, en el
118 mundo griego, de una casta sacerdotal a dedicación exclusiva)224 y una concepción filosófica (la búsqueda de saber es en Platón ya un servicio al dios y un estudio de lo divino)225. Nótese también que hay un añadido vinculado al cosmos, donde se deja en claro que la indagación acerca de la totalidad está orientada a la salud del ser humano. Se entiende aquí que no es posible buscar la salud del ámbito divino, dada su perfección. Pero, además, se subraya que la búsqueda cosmológica no es un fin en sí mismo sino que su valor viene dada por su relación con la humanidad y su mejoría.
Siguiendo el patrón usual de las historias de fundación política en el mundo griego, el origen de Atenas propuesto por el sacerdote egipcio supone una intervención divina. La diosa Atenea, de acuerdo al relato, impuso (diakosmh/sasa kat%/kisen) el orden y la disposición (th\n diako/smhsin kai\ su/ntacin) y fundó la ciudad tras elegir la región ateniense (e)klecame/nh to\n to/pon) por su buena mezcla de estaciones (24c). Pensó, en efecto, que ahí podrían surgir los hombres más prudentes (fronimwta/touj a)/ndraj). La diosa Atenea, al ser filopo/lemo/j y filo/sofoj (24d), buscó las condiciones para crear individuos más adecuados a ella, individuos a la vez belicosos y sabios.
Nos parece que la acción de la diosa sintetiza varios de los elementos que hemos venido mencionando hasta ahora. De hecho, en cuanto a la economía del diálogo, ella aparece (por el lugar en el conjunto del diálogo en el que se hace alusión a ella) como mediadora entre los legisladores humanos que han fundado la ciudad en palabras y la acción demiúrgica divina que crea el cosmos. No es casual, por ello, que sea presentada como una diosa ordenadora, que selecciona con miras a fines y que busca la creación de una ciudad y de individuos afines a su propia naturaleza. Es decir, que de alguna manera busca instaurar hombres cercanos a ella, que la imiten. Constitución de orden, capacidad anticipativa, exhortación a la mímesis: todo ello está presente en la acción de la diosa. Prospectivamente, volveremos a encontrar esto en la acción del demiurgo. Retrospectivamente ya estaba en la creación de la polis. En efecto, como se discutió, los creadores de la polis ordenaban una comunidad, buscaban anticiparse a ciertos eventos posibles y de alguna manera que luego se los imite226. Y hemos sugerido también que Sócrates instaura una determinada organización discursiva, de cara a las capacidades de los
224“Greek religión might almost be called a religion without priests: there is no priestly castes as a
closed group with fixed tradition, education, initiation, and hierarchy, and even in the permanently established cults there is no disciplina, but only usage, nomos” (Burkert, W., op. cit., p. 95).
225 Sobre la concepción platónica de lo divino y su relación con las Ideas, véase supra, nota 48. 226 Por ejemplo, los creadores a nivel del discurso de la ciudad, a la vez políticos y filósofos, buscan
crear a su vez ciudadanos en los que se combinen tales cualidades. Por su parte, uno podría añadir también, siguiendo lo observado en la República, que la unidad armónica del alma del filósofo busca ampliarse para producir una unidad armónica de otro orden en la ciudad misma.
119 interlocutores, buscando que otros tomen la posta dejada por él al final de su discurso y busquen asemejarse a él227.
Bien vista, la propuesta de Platón no se diferencia en este contexto de los relatos homéricos y, en general, de la tradición oral épica, que se refería a acciones pasadas, transcurridas en épocas remotas, y en las que participaban hombres extraordinarios, cercanos a los dioses. Es sabido que los pueblos construyen su propia identidad a través de una serie de relatos y tradiciones. El acta de fundación de la sociedad ateniense, emparentada aquí con la sociedad ideal, sería así una acción inmensa, gigantesca. Así, nos dice el relato, los antiguos atenienses vivían (%)kei=te) bajo esas leyes y las respetaban (eu)nomou/menoi) y por ello superaban (u(perbeblhko/tej) en excelencia a todos, como es lógico o razonable (ei)ko\j) en tanto hijos y alumnos de los dioses. Tal era la excelencia ateniense, que los egipcios admiran muchas y grandes hazañas de la ciudad (e)/rga th=j po/lewj), pero una en especial por su importancia y excelencia (24d).