• No results found

Research methodology

3.20 Validity, reliability and trustworthiness

El Jumash Shemot comienza narrando la primera diáspora del Pueblo de Israel (en Egipto, de 210 años de duración), la dura esclavitud y el mandato de un nuevo rey (Faraón-Paró), el cual no conoció a Yosef (Shemot 1:8), y hay quien dice que no quiso recordarlo.

Hashem habla a Moshé en la zarza ardiente (Sné, Shemot 3:4) diciendo:  “He  escuchado  la aflicción del Pueblo de Israel y la dura esclavitud que están sufriendo; ve  y  dile  a  Paró  que  los  deje  salir” (Shemot 3:10).

Moshé,  al  escuchar  estas  palabras,  responde:  “No soy hombre de palabras”  (“Lo Ish Debarim Anoji”, Shemot 4:10), a lo que D-os cuestiona:  “¿Quién dio la boca al hombre?”  (Shemot  4:11).

Los Mefarshim como el Eben Ezra y el Rambán señalan que Hashem dijo a Moshé que Él guiaría su boca.

Maayaná Shel Torá pregunta por qué El Eterno escogió especialmente a un tartamudo para sacar al Pueblo de Israel de Egipto, y el Ran (Rabenu Nissim) contesta que Hashem no quería que el pueblo dijera que Moshé convenció al Faraón por ser un gran orador, sino que la historia tenía que ser escrita así: aun con todas las dificultades de su habla (“No soy hombre de palabras”), fue el Eterno quien guió su boca, llevó a cabo todos los milagros y sacó a su hijo Israel de la esclavitud hacia la libertad.

Al principio   del   Jumash   Devarim   está   escrito:   “Éstas   son   las   palabras que habló Moshé ante todo el Pueblo de  Israel”  (Devarim   1).

Séfer Shemot Parashat Shemot

106

Cabe verificar: por un lado, Moshé dice no ser hombre de palabras, y por el otro se nos menciona que éstas son las palabras que habló Moshé frente a todo el Pueblo de Israel, lo cual parece una contradicción. ¿Es o no hombre de palabras? (Midrash Devarim 1:1 y Yalkut Shimoní 57:172).

Antes de Matán Torá, Moshé no era hombre de palabras, como él mismo dijo; pero sabemos que cuando el hombre recibe el yugo de la Torá sobre él, ya es hombre de palabras. Y esto ocurre porque, como ya sabemos, antes de Matán Torá no había cura para muchas enfermedades, pero en la entrega de las Sagradas Escrituras todos se curaron: el ciego vio, el mudo habló y el sordo oyó. Y de esta misma manera, Moshé Rabenu, que era tartamudo, pudo hablar fluidamente.

Sobre   lo   anterior   está   dicho:   “Y   éstas   son   las   palabras   que   habló Moshé ante todo el Pueblo de   Israel”   (Ele   Hadebarim   Asher   Diber Moshé El Kol Israel).

Hashem  contestó   a  Moshé:  “¿Quién dio la boca al hombre?”. Lo mismo ocurre con todo aquel que recibe el yugo de la Torá: Hashem  “da  boca  al  hombre”.

Cuentan que en Polonia, alrededor del año 1920, Bartel, el Ministro de Educación, impuso un nuevo decreto por medio del cual obligaba a las Yeshivot a impartir todas las materias que se enseñaban en las escuelas polacas. Al escuchar esto, el Jafetz Jaim (Rab Israel Meir Keigan, 1838-1933), Z.Tz”L.,   pidió una cita para presentarse en el Ministerio de Educación. Aunque le habían puesto un traductor (Yidish-polaco), el ministro, al verlo y oírlo hablar un poco en Yidish, dijo:

—Al contemplar a este hombre, no necesito entender sus palabras. Entiendo el mensaje de su corazón. Anulo el decreto de las materias polacas a las Yeshibot.

Séfer Shemot Parashat Shemot

107

La Guemará (en Maséjet Jaguigá 3a) nos narra la historia de dos hermanos mudos (“No soy hombre de palabras”) que con gran consistencia y ahínco diariamente asistían al Midrash de Rabí Yehudá Hanasí. Su presencia reflejaba amor y pasión por la Torá.

Se adivinaba en sus ojos que, a pesar de su carencia, soñaban con preguntar, con participar en todas las cuestiones que alumbraban el Midrash. Rabí Yehudá Hanasí pidió al Todopoderoso por estos dos mudos y Hashem escuchó su plegaria.

A la mañana siguiente empezaron a hablar y resultó que sabían todas las Mishnayot, la Guemará y toda la Torá de memoria.

“¿Quién dio la boca al hombre?”

De aquí también debemos tomar una reflexión: si Hashem es el que nos da la boca, la fuerza de la palabra, tenemos que saber cómo y cuándo utilizarla, y tratar de hacer con ella siempre la voluntad de nuestro Creador.

Cuando nuestro patriarca Abraham Avinu, junto con su esposa Sarai y su sobrino Lot, llegaron de Ur Kasdim a Israel, no había qué comer. Bajaron a Egipto y allí pidió Abram a Sarai que dijera que era su hermana, ya que por su belleza los egipcios podrían matarlo para robársela (Bereshit 12:14). Lot guardó silencio y no reveló el secreto.

Más tarde, cuando Hashem destruyó Sodoma y Gomorra, dice el Pasuk que D-os recordó a Abraham y salvó a Lot (Bereshit 19:29). Explica Rashí que recordó ese silencio de Lot en Egipto y por ese mérito lo salvó.

“No soy hombre de palabras.”

El Jumash de Vaikrá (10:3) nos cuenta el desgarrador suceso de la muerte de los dos hijos de Aharón, Nadav y Avihú. Murieron (que nadie sepa) al llevar un fuego impropio (Esh Zará) ante el Eterno. La Torá atestigua que, cuando escuchó Aharón la terrible noticia: “Vaidom  Aharón”  (“quedó callado”;; “No soy hombre de palabras”).

Séfer Shemot Parashat Shemot

108

La palabra Vaidom tiene un valor numérico (Guematría) de 60. Esto nos insinúa que, por su grandeza de quedarse callado, tuvo el mérito de las 60 letras que componen la bendición de los Cohanim, que recibimos diariamente desde entonces hasta nuestros días (Bamidbar 6:24).

Que no se nos olvide quién da la boca al hombre (Hashem), para qué debemos usarla (Dibré Torá) y qué no debemos hablar (Lashón Hará).

Como todos sabemos, las bendiciones del Jafetz Jaim (1838- 1933), Z.Tz”L.,   se cumplían. ¿Cuál era la razón? Porque pensaba 10 veces antes de hablar. En una ocasión, un muchacho barría el piso en la Yeshivá de Radín y, al verlo, Rab Israel Meir Keigan le dijo:  “Que  estés  muy  bien”, y este hombre vivió 100 años.

Hablar es plata y callar es oro cuando uno debe guardar silencio. Dice un proverbio que el hombre cava su tumba con su boca. Pero pensar en lo que vamos a decir es Mundo Venidero.

Séfer Shemot Haftarat Shemot

109

PARASHAT SHEMOT

Sefaradim: HAFTARAT YIRMIYAHU I, 1-2:3; Ashkenazim: YESHAYAHU 27:6, 28:13, 22-23

En esta Parashá comienza la vida de nuestro pueblo en el exilio (210 años en Egipto). La lectura de la Haftará cambia en cuanto a las costumbres Ashkenazí y Sefaradí, como se aprecia en el título. Hay una tercera costumbre, entre pocos Sefaradim, de leer Yejezkel 16.

Siguiendo con la costumbre Sefaradí más extendida, al principio Hashem infunde fuerzas al profeta Yirmiyahu y le dice que no es un joven, sino todo un hombre. También le declara que del Tzafón (norte) empezará el mal. Rashí explica: “Babel está en esa dirección”.

Continúa la palabra de Hashem diciéndonos: "He recordado para ti la bondad de tu juventud, el amor de tus esponsales, el marchar  tuyo  en  pos  de  Mí  en  los  desiertos,  en  tierra  no  sembrada”   (Yirmiyahu I, 2:2). Lo anterior se refiere al Pueblo de Israel que, aun siendo un pueblo joven, fue durante 40 años detrás de Hashem (guiados por una nube) y con la fe ciega en el Todopoderoso. D-os recuerda ese acto haciéndonos favores a lo largo de toda nuestra historia, a todas las generaciones (Taná Debé Eliyahu Rabá 17).

Por otro lado, dice el Midrash Zuta (Cantar de los Cantares 1:15) que los favores que se hacen los Yehudim en este mundo los salvaguardan y traen la Gueulá. De la misma manera que Hashem nos hace favores todos los días, nosotros debemos aprender y hacerlos a nuestros semejantes (Yehudim) diariamente.

Cuentan de Rab Moshé Fainstein (1895-1986),  Z.Tz.”L,  que  cuando   era rabino de la ciudad de Luvan, en Rusia, a principios de los años veinte, los comunistas decretaron el cierre de todas las sinagogas

Séfer Shemot Haftarat Shemot

110

de la ciudad, exceptuando una, la de Rab Moshé. Asimismo, todas las Mikvaot fueron cerradas sin excepción, ya que eran consideradas como aguas impuras para el régimen.

La situación era caótica. Todos sabemos de la gravedad para una esposa judía no ir a la Tevilá. Sin embargo, Rab Moshé se percató de que los rusos habían abierto una alberca olímpica para fomentar el deporte.

El encargado del lugar era un verdadero ruso ejemplar: alto, malo, serio, sin corazón y sin expresión en el rostro. Fue contactado por un miembro de la comunidad e invitado a casa de Rab Moshé. Una vez allí, se le ofreció una fuerte cantidad mensual para que permitiera hacer los ductos necesarios que llevaran el agua de lluvia del depósito a la alberca, así como para que permitiera el uso de la alberca a las mujeres, con suma discreción.

Desde luego, el ruso aceptó gustoso.

Rab Moshé, a pesar del toque de queda y a sabiendas de que quien fuera encontrado circulando en la calle después de que oscureciera sería fusilado, iba personalmente a supervisar la instalación de los ductos para que fueran Kesherim.

Transcurrieron muchos años de aquella historia legendaria de Mesirut Néfesh en la Rusia comunista.

En 1982, Rab Moshé Fainstein vivía en su casita en el Lower East Side de Nueva York. Fue llevado de emergencia al hospital en Manhattan. El diagnóstico era muy delicado. De hecho, los médicos no esperaban que pasara la noche. Sin embargo, y contra los pronósticos médicos, Rab Moshé salió al día siguiente del hospital.

Ese mismo día, el nieto de Rab Moshé (Rab Tendler) recibió una extraña llamada de un amigo íntimo.

Séfer Shemot Haftarat Shemot

111

—Mucho mejor —contestó Rab Tendler—. ¿Cómo sabes que estuvo delicado?

—Te voy a contar: soñé que llevaban a tu abuelito arriba, al Bet Din Shel Mala. Decidían que Rab Moshé ya había cumplido con su vida. Pero de repente llegó un ángel expresando:   “No   le   han   pagado los intereses de la Mitzvá de la Mikvé en   Rusia”,   e   inmediatamente lo bajaron. ¿Tú sabes cuál es esa Mitzvá?

Rab Tendler le respondió que no sabía, que se lo preguntaría a su abuela.

Sobre esto puede decirse: “He recordado para ti la bondad de  tu  juventud…”.

Rab Pesaj Krohn narra en su libro que un soldado israelí patrullaba en su jeep la ciudad de Ramala, en Israel. De repente, recibió un impacto en la cabeza. La bala de alto calibre penetró e hizo manar sangre abundantemente. El francotirador se acercó y disparó por segunda vez a quemarropa; después se retiró, seguro de haber matado al soldado.

A los pocos minutos, otro jeep israelí pasó por el lugar y encontró al soldado moribundo. No sabiendo si vivía o no, llamaron de emergencia al hospital más cercano. Recogieron al soldado herido, lo montaron al vehículo y partieron a toda velocidad.

Llegaron al hospital, donde ya era esperado en la puerta por los médicos, quienes recogieron al herido mientras el conductor del otro jeep se retiró sin dar su nombre.

Milagrosamente, el soldado sobrevivió y, después de muchos tratamientos, volvió sano y salvo a su casa.

Sus padres, emocionados, querían agradecer a aquel soldado heroico que salvó la vida de su hijo. Sin embargo, no había a quién agradecer. Decidieron anunciar el suceso y pedir que, si alguien sabía de aquel soldado milagroso, les informara.

Séfer Shemot Haftarat Shemot

112

Nada pasó… Transcurrió el tiempo y no hubo respuesta.

Casi un año después, una mañana llegó la llamada esperada. Una mujer dijo a la madre del muchacho que había sido herido que era la madre del heroico soldado, y preguntó si podía pasar a saludarla.

—Por supuesto, con mucho gusto —exclamó la señora.

Ese día se reunieron ambas madres y la mujer que estaba de visita, mamá del soldado que había salvado al otro, le preguntó:

—¿No me recuerdas?

—No —contestó la otra sorprendida. —¿Verdad que tu hijo tiene 21 años? —¡Sí! ¿Cómo lo sabes?

—Te voy a contar —le respondió—. Hace poco más de 21 años fui al ginecólogo para abortar. Estaba embarazada y no quería a la criatura. Salí del consultorio y platiqué a la amiga que me acompañaba que un día después me harían el legrado. Tú estabas esperando entrar y me escuchaste. Exclamaste: “¡No lo hagas! ¡Es una vida judía, es una generación del Pueblo de Israel, no lo permite nuestra fe!”. Tus palabras cambiaron mi destino. Llegaron a lo más profundo de mi ser y decidí no acabar con ese hijo que llevaba en mis entrañas. Justamente ese hijo fue el que recogió al tuyo, malherido, en Ramala. Tú salvaste a mi hijo y D-os hizo que mi hijo salvara al tuyo.

Séfer Shemot Parashat Vaerá

113