Chapter 4: Methodological approach of the research
4.12. Validity – reliability issues
minimiza al máximo la ética, manipula las instituciones sin
ningún recato.
caudillismo de Correa. La explicación no puede
reducirse, como algunos insinúan, a una simple
conveniencia personal (que de hecho sí existe).
El autoritarismo genera referentes simbólicos que conectan con los imaginarios individuales o grupales que, en el caso concreto del proceso
ecuatoriano, pueden identificarse de manera
indistinta con posiciones de derecha o de izquierda.
El “proyecto” será interpretado de acuerdo con la
noción que cada uno se hace del paraíso soñado. El sustrato religioso que subyace al correísmo da cabida para visiones completamente disímiles, pero que convergen en un punto común: la fe. La única condición para que esa fe se renueve y se mantenga radica en la capacidad del caudillo para responder
a las múltiples expectativas de sus devotos. Ello explica por qué tan pocos cuadros abandonan el barco, pese a existir sobradas razones para hacerlo:
todos confían en que, en un determinado momento, la orientación del proyecto coincidirá con sus convicciones individuales; cada quien tiene la
confianza o la esperanza de que, tarde o temprano,
el caudillo se decidirá por la opción que, desde la perspectiva del subordinado, es la más correcta2.
El éxito de la propaganda arrolladora es que
su contenido, para los militantes y convencidos del partido de gobierno, deja de ser un tema objetivo sobre el cual se puede discutir y emitir opiniones,
para transformarse “en un elemento tan real e in-
tocable como las reglas de la aritmética” (Arendt, 1998: 295).
Los límites de la propaganda
En este punto es necesario hacer una preci-
sión. Las diferencias que existen entre un régimen
autoritario y uno totalitario son en muchos casos
profundas, lo cual no implica que no existan simi- litudes y coincidencias. Sobre todo en los procedi-
mientos. La propaganda oficial puede ser el nodo
donde convergen algunas lógicas de estos regíme-
nes, cuya característica más notable se manifiesta
en su necesidad imperiosa de controlar la sociedad.
2 Una interesante referencia puede hallarse en Žižek, Slavoj, El espinoso sujeto. El centro ausente de la ontología política, Pai- dós, Buenos Aires, 2001, pp. 191-192. Este autor analiza el
efecto que tuvo el concepto de “solidaridad” como fuerza
vinculante en la lucha de los más diversos sectores sociales y políticos polacos contra el régimen comunista.
La derrota electoral del 23 de febrero pasado (23F) destapó de manera descarnada y brutal el sentido de irrealidad con el cual ha venido operando el correís-
mo durante estos siete años, a tal extremo que el
mismo Correa reclamó a los dirigentes de AP por la
inexistencia de los comités electorales de base que
le habían ofrecido. Fue necesario un fracaso con- tundente e inocultable para que al simulacro se le vieran las costuras. Al velorio de la Shyris el día de las elecciones, señal inequívoca de la realidad con
la que se estrelló el oficialismo, le ha seguido una
sostenida estrategia publicitaria destinada a invertir los hechos y los resultados. Desde la propaganda se
pretende convertir al velorio en fiesta.
Pero esta angustiosa reacción poselectoral –que por la adversa condición en la que se produjo resulta particularmente impactante– no se reduce única- mente a un episodio puntual, sino que resume la tónica de lo ocurrido desde los primeros tiempos del Gobierno. El país que vemos en la publicidad
oficial dista mucho del país que vivimos a diario.
Basta con viajar por tierra por algunas provincias de la sierra para constatar, a simple vista, que la condición de las poblaciones indígenas no ha cam- biado mayormente; basta echar un vistazo a los in- formes anuales del rendimiento empresarial para constatar el incremento sin precedentes de la con- centración monopólica de la riqueza; basta transi-
tar por las calles de Quito para percatarse de que la
neurosis y la agresividad que acompañan el diario
ritual de la movilidad se ha exacerbado; basta con
visitar un proyecto hidroeléctrico en manos de los
chinos para confirmar que la subordinación del país
al capitalismo salvaje supera largamente al pasado.
Nada que apuntale el cliché del “cambio de época” ha experimentado una transformación sustancial (o
radical, para emplear el término al que son tan afec-
tos los voceros del oficialismo). Ni siquiera nos he- mos acercado al buen vivir en la versión pintoresca
del exministro de Cultura (menos pitos, menos bu- lla, menos piropos a las chicas).
Y aunque una considerable masa de ciudada- nos aún está convencida de la realidad que proyec-
tan tanto la publicidad oficial como las proclamas y declaraciones oficiales, existe una grieta inocul-
table que comenzó a expandirse a mediados de 2013… concretamente, desde el momento en que Correa anunció la explotación del Yasuní-ITT. En el cálculo del oficialismo probablemente no inclu- yeron un factor que pudo ser determinante en el
posterior proceso electoral: la multitud de niños a
quienes durante seis años se les vendió la ficción de
mantener el petróleo bajo tierra, y que ahora, como jóvenes con derecho a voto y con iniciativa política, rechazaron el engaño.
Los hechos posteriores a la decisión de in-
tervenir en el Yasuní configuran una seguidilla de
equivocaciones que sacan a la luz la ambigüedad en la que se desenvuelve el Régimen. Es el desdobla- miento en estado crudo: reactivación paranoica del 30S, cierre de la fundación Pachamama, falsas acu- saciones en contra de Jaime Guevara, prisión a los
waorani sin argumentos sólidos, recalificación atro- pellada de las universidades, hostigamiento judicial a los médicos, allanamientos contra Cléver Jiménez y Fernando Villavicencio, revisión antojadiza de los juicios contra los Diez de Luluncoto y los estudian-
tes del Colegio Central Técnico, descalificación de
Bonil. Si algo tienen en común estos episodios es el sentido de irrealidad que los rodea. Todos, indis- tintamente, carecen de una relación consistente con la realidad a la que supuestamente responden. No son montajes, sino algo peor: son diseños burdos de una realidad virtual; son la imposición de una
verdad oficial a través de la propaganda; son arti-
ficios tan forzados que perdieron su capacidad de
persuasión. Más que por el abuso que entrañan, la gente se indignó por esa sensación de falsedad que
proyectan. Más que injustificables, son hechos que no permiten una explicación racional.
Este divorcio entre retórica y realidad puede terminar pasándole al Régimen una factura más
onerosa que la del 23F. La descalificación sistemática
de sus opositores y críticos puede agotarse a conse- cuencia de la rutina. El estilo pendenciero impuesto
por Correa corre el riesgo de “curtir” a la población
a fuerza de volverse costumbre. La efectividad del recurso se desgasta porque en la mayoría de casos se queda solamente en el plano verbal. Amenazas y acusaciones no encuentran correspondencia en el plano de la realidad, por la sencilla razón de que si ello ocurriera implicaría un desborde demencial de la represión. Si a cada agresión verbal de Correa y de sus funcionarios correspondiera una medida
concreta, los damnificados se contarían por miles. Si aplicamos una escala de adhesión/rechazo a
este estilo camorrista de hacer política, es posible constatar que muchos electores se han desplazado del entusiasmo inicial a la indiferencia, e inclusive
al hartazgo. La “cantinización” del discurso podría
estar llegando a un callejón sin salida, porque la población empieza a percibirla como una hipérbole inocua, innecesaria y sobre todo injusta. Ante los
abusos y excesos develados por las evidencias, la
gente empieza a preguntarse si los agraviados por el poder serán en efecto tan malos como los pin- ta el Gobierno. No olvidemos que, desde cualquier lógica política, la invención reiterada de enemigos requiere de ejecuciones concretas: la cabeza del rey, el cadáver de Bin Laden, los judíos incinerados, los desaparecidos de las dictaduras. De otro modo, el discurso belicoso queda atrapado en los linderos del
alarde, de la retórica inoperante, de la ficción. ¿Está dispuesto el correísmo a ratificar su violencia verbal
con hechos?
El populismo, ese viejo conocido
La posibilidad de mantener un mínimo esque- ma de encantamiento social depende de la capacidad de restablecer un imaginario colectivo adscrito a la
condición de Correa como figura imprescindible del
proceso; dicho de otro modo, depende de la even- tual reconciliación de los electores con la verdad in-
ventada por la propaganda oficial. No se trata úni- camente de optimizar el clientelismo político, como
al parecer pretenden hacerlo en el próximo período;
se trata de recuperar masivamente la fe que se des- moronó como consecuencia de la ambivalencia del
Régimen. El objetivo próximo del correísmo apunta
a lograr que esos electores desencantados vuelvan
a creer en el discurso oficial. El problema es que
necesitan cambiar de estilo, porque una porción considerable de ecuatorianos parece estar cansada del autoritarismo. Pero en las actuales condiciones, cambiar el estilo probablemente implique cambiar de personaje. Tal vez por eso la aventura de la ree-
lección indefinida se ralentizó apenas fue lanzada.
A lo mejor el 23F es el termómetro incorruptible con el cual los estrategas correístas están midiendo las posibilidades electorales del caudillo. Allí, intra-
muros, no existe espacio para la ficción.
Recuperar la imagen paternal de Correa que se ha vendido durante un lustro no resulta sencillo.
Primero hay que preguntarse si al final los estra- tegas político-publicitarios lograron consolidar un
imaginario tutelar y patriarcal alrededor de su fi- gura, y si la gente sentirá algún desamparo ante su eventual ausencia. A la luz de las últimas eleccio-
nes, es posible suponer que la condición de imba- tible de Correa arrastró en su precipitada caída a su condición de insustituible. Y también es posible que la función de padre dadivoso levantada en es- tos años se vea afectada por las condiciones eco- nómicas adversas que se avecinan (no es casual el burdo intento de metida de mano al bolsillo de los ecuatorianos por parte del IESS con el tema de la
afiliación obligatoria, o la apropiación indebida de los fondos de pensiones, o la firma de un Tratado
de Libre Comercio con Europa, o la reconciliación
con las instituciones de crédito “imperialistas”).
Cuando los subsidios escaseen, las reprimendas serán intolerables.
Por ahora, la reacción moderada que muchos esperaban luego de la derrota electoral no pasa de
ser un artificio. La ambigüedad persiste: a la acti- tud aparentemente tolerante con los medios de co- municación no gubernamentales, insinuada por el Gobierno a pocas semanas del 23F, se contrapuso la grosera arremetida del titular de la Senacom con- tra esos mismos medios. Es el retorno al punto de irrealidad original. La población observa perpleja la
descalificación empecinada de unos medios de co- municación que, por contraste, están copados por los voceros de Gobierno para difundir su verdad. Al
final, ¿qué mismo representan esos medios frente
a un discurso y una práctica gubernamentales tan disímiles? ¿Dónde está la realidad?
La derrota de febrero deja al correísmo aún más atenazado por los cánones de la vieja política partidocrática. Las lógicas clientelares y paternalistas se acentuarán en relación directamente proporcional a la pérdida de control territorial. El toma y daca con las nuevas autoridades locales
tendrá que volverse más impúdico… o menos
recatado. La dualidad entre el discurso y la práctica requerirá de mayor ingenio publicitario para
hacerla digerible al electorado. ¿Cómo justificar,
por ejemplo, la retórica antiimperialista mientras se recibe con honores al gerente general de la Coca
Cola? ¿Cómo sostener la ficción revolucionaria
en medio de un retroceso abrupto a las prácticas políticas del pasado? Porque si algo quedó
confirmado en el último proceso electoral es que la política tradicional goza de excelente salud, y que ni siquiera los abanderados del “cambio de época”
pudieron aplicar otra forma de hacer política que no reeditara el mismo libreto populista del pasado:
empapelar ciudades y pueblos de verdeflex, saturar
al país de propaganda violando toda normativa, envilecer a las instituciones del Estado para evitar los controles electorales, utilizar descaradamente recursos públicos en la campaña, ofrecer ilusiones a diestra y siniestra, chantajear a los electores
más vulnerables… En Guayaquil, por ejemplo, la
estrategia electoral puesta en marcha por Alianza País se redujo a un arranche clientelar desaforado frente a Nebot. En síntesis, se trata del país real que
no empata con la ficción correísta. La demagogia, esa vieja conocida
De lo que se sabe, Aristóteles fue el primer
pensador político que propuso una definición del
concepto de demagogia. Según él, se trataba de una desviación de la forma de gobierno republicano, cuyo propósito era imponer el predominio de los
pobres excluyendo a los ricos. Por “pobres” enten- día a la multitud que asume la soberanía sobrepo- niéndose a la ley, condición de la cual sacan prove-
cho los aduladores del pueblo. “Los demagogos sólo aparecen allí donde la ley ha perdido soberanía”
(Aristóteles, 2010). Por eso la demagogia constituye una puerta abierta a la tiranía.
Como categoría de análisis político, la dema- gogia perdió peso al calor de teorías analíticas más estructuradas. En cierto sentido, quedó reducida a
un calificativo negativo de determinadas conductas,
sobre todo personales, más que como denominador de proyectos o estrategias de acceso al poder. No
obstante, autores como Hardt y Negri (2005) han recuperado su significado para cuestionar el funcio- namiento de las democracias occidentales basado en la manipulación mediática y el marketing polí- tico. Pero al circunscribir la crítica preferentemente a los regímenes liberales convencionales, se corre
el riesgo de exorcizar a los gobiernos autodenomi- nados progresistas o de izquierda del demonio de la demagogia. En efecto, dentro del universo de la retórica revolucionaria se supondría, entonces, que esta forma de hacer política no tiene cabida. Y esto puede inducirnos al error.
Si hacemos un breve repaso de la Historia, no es difícil constatar que muchos proyectos de transformación social –e inclusive de revolución– propiciados desde lógicas demagógicas han termi- nado en regímenes despóticos funcionales al cau- dillo de turno. El discurso revolucionario puede
encubrir un sistema de control político que ins-
trumentaliza a las masas en beneficio de agendas e intereses particulares. Al final, el demagogo se arroga la representación indiscutible e indefinida
de las mayorías para legitimar su autoritarismo. De ese modo, el sentido de la democracia como gobierno del pueblo es perversamente sustituido por la irrupción de masas sin conciencia ni iden- tidad (Polibio ya se refería a la oclocracia como gobierno de la muchedumbre).
La coincidencia de las características más comunes que se le atribuyen hoy a la demagogia con las formas de hacer política del correísmo es sorprendente. Las falacias, la manipulación de sig-
nificados, la omisión sistemática de información,
la tergiversación del lenguaje, el uso frecuente de cortinas de humo, la alteración de estadísticas, la
demonización de los adversarios, las definiciones
simplistas de la realidad, la falsa dicotomía (están conmigo o están contra mí) han sido insistentemen- te utilizados por el actual Gobierno como mecanis- mos subliminales de adhesión política. La activa- ción de prejuicios, emociones, temores e ilusiones
ha funcionado con indudable eficacia gracias a la
propaganda. Entre el milagro ecuatoriano y la cons-
piración internacional –como extremos favorable y
desfavorable del proyecto correísta– opera un cam- po de irrealidad que se alimenta y se consolida a
través de la publicidad oficial.
Las contradicciones son permanentes. Cuando Correa da un discurso haciendo una apología de las formas más subversivas de la libertad el mismo día que se emite la orden de captura en contra del asam- bleísta Jiménez, uno se pregunta si no habremos ingresado al cenagoso terreno de la esquizofrenia política. La pregunta de rigor, en tales condiciones, debe inquirir si estos actos tienen un sustrato de-
magógico absolutamente definido, predeterminado y planificado, o si responden a un convencimiento
enajenado de la realidad que, entre otras cosas, re-
flejaría una patética ignorancia sobre la filosofía de la democracia. Así como no existe tortura buena ni justificable, tampoco existe libertad discrecional. O
se cree en el derecho de todos, o simplemente no se cree en el derecho. Afanarse por perseguir, enjui- ciar y encarcelar a un opositor político refuta hasta el más elemental instinto libertario.