natural del Reino de Nápóles en el obispado de Salerno quien se dijo que fue militar109, y al capitán Juan Pablo Parodi110
La riqueza de los enclaves mineros era uno de los mayores factores de atracción al país. Si bien hemos encontrado algunos importantes mineros como el genovés Alejandro Pelero y Ruiloba, “minero y azoguero de su magestad”, establecido en Tarma, quien, desde Lima, abrió una información genealógica conducente a ser familiar y alguacil mayor del Santo Oficio en esa jurisdicción en 1763
. Quizá, el más encumbrado fuera Miguel Salvim, coronel retirado al que hicimos alusión líneas arriba.
4. 3. Los segadores de las mieses: mineros, hacendados y comerciantes
4.3.1. Los mineros
111, o al también genovés y soltero Antonio Bruno,
extractor de agua en las minas…112. Sin embargo, en los distintos “minerales” se establecían comerciantes del interior, que surtían a estos mineros, los aviaban y en algunos casos terminaban diversificándose en el negocio minero. Eran comerciantes de esta suerte el genovés Francisco Pino quien hacía sus viajes a las minas de Yauli con efectos de mercadería y dinero113, y su paisano Esteban Borro quien circulaba entre los minerales de Yauricocha y Pasco, quien casó con una lugareña en 1789. Serían testigos en la localidad sus paisanos Ramón Restaciado y Domingo Canival114
Juan José Rovarotti era cafetero y manejaba el café de la calle de San Agustín. Al parecer, tuvo tan buenos dividendos que después pasó a ser hacendado y finalmente azoguero en la ribera de Recuay. José Rovarotti actuaba como abastecedor de la hacienda de Manuela
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108 A.A.L., 1784, sept, # 20.
109 A.A.L., Expediente Matrimonial, 1783, nov # 26. 110 Ibid.
111 Leg 2209, expediente 18, dirigido al Consejo. Citado por Guibovich, 1998, p 72.
112 A.G.N., R.T.C., Leg 10, C. 126 “Razón de los extranjeros que ... se hallan en las interioridades del reino...” 113 A.G.N., R.T.C., Leg 252, expediente 1-10, 1762.
Iyáñez, dueña de la hacienda Santa Gertrudis de Ticapampa (Ticabamba Recuay115) en la provincia de Huaylas. Al parecer, la relación se volvió más cercana entre la hacendada y el abastecedor y este se dio maña para convencer a un amigo, Mariano Sánchez, dueño de un cajón de Ribera, para que abasteciera a la hacienda con su productos a cambio de ser nombrado administrador de esta con un salario primero de 300 pesos y luego de 500. Él confiaba en Rovarotti, a quien conocía de su café de la calle de San Agustín, pero cuando las deudas superaron los mil pesos, les entabló juicio. Rovarotti terminó escapando de esa relación y se convirtió en minero y azoguero en la ribera de Recuay116
Vicente Candiotti fue otro de estos comerciantes de minas; había venido por la vía de Buenos Aires y vendía en el cerro mineral de Yauricocha. Nos ha llegado abundante información sobre sus actividades. Sabemos que se había obligado a pagar 9 538 pesos, importe en efectos de Castilla que le compró a Rafael Gómez. Llevaba un pagaré de 518 pesos de Cayetano Bacareza. Además, tenía 12 317 pesos de deuda que seguía aumentando durante el proceso. Lleva botellas de vino carlón, jabón, mercerías, combas, azadones, piscos, cristales, suelas, pescado, pasas, nueces, acero, fierro, clavazón, arroz, garbanzos y
otros chismes de corto valor. Le debe a una serie de otros mineros quienes querían apropiarse de sus bienes y se peleaban por los insumos que están en manos del tenedor de bienes de difuntos. Entre sus propiedades tenía, una docena medias de mujer de calidad superior, otra docena de medias de mujer de cuatro cuchillas, tres piezas de encaje, cinco piezas de tintas de agua en 3 guardillas, seis piezas de cinta de glasé, un cordón de oro, un cordón de plata, galones de oro, galones antiguos de oro, cinta número ocho amarilla, azul y nácar, pita torcida, terciopelo celeste, listas, seis sombreros de castor blancos y dos negros, ochenta varas de melindre de oro y ochenta de plata, dos sahumerios, incienso de Castilla, pastillas de olor, botones de oro, treinta y seis zapatos picados blancos de mujer, una docena de zapatos bordados, un alisador de balletas, lo que obraba en poder del tenedor de bienes de difuntos. El demandante Rafael Gómez señalaba que a esta lista faltaba agregar una serie de sombreros de castor y sevillanos, tafetanes, terciopelos, filetes de nácar amarillo, carmesí, verde y azul, pitilla de Panamá, esmaltes de última moda, bayetas, barras
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115 Stiglich, Diccionario Geográfico del Perú, 1048.
116 A.G.N., Real Audiencia, Causas Civiles, l 327, año 1794, c. 2977, 88 hojas. “Autos seguidos pro Mariano
de lacre, zapatos de mujer bordados de oro, vinos de Locumba, aguardiente de Ica, pita larga, pañuelos y lacre inglés117
Si la minería ofrecía las promesas de enormes riquezas conseguidas en relativamente poco tiempo, las haciendas ofrecían en cambio una riqueza lenta pero continua sin los terribles altibajos que jalonaban a la actividad minera. Dotada de un considerable prestigio, la vida de hacienda se había convertido con el tiempo en lo más cercano a la vida señorial de los extintos encomenderos y, en cierta forma, era la aspiración de un una parte de la sociedad, en especial de mineros y en menor medida de comerciantes. En realidad fueron pocos los italianos que llegaron a ser hacendados en este período. Uno de ellos fue Francisco Viscentelli casado con María Tapia, madre de dos infantes que poseían las tierras y de los cuales ella y su nuevo marido tenían (o así pretendían) la tutoría y curadoría que les permitía administrar la hacienda. Así, juntos declaraban ser dueños de la Hacienda Tambo Grande avaluada en 32,000 pesos. Poseía, asimismo, una casa en el Cuzco que valía 8 000 pesos, una tienda que costaba 5 600 pesos, plata piña por valor de 7 500 pesos, bienes y especies que alcanzaban un valor de 2 200 pesos, tres legítimas que llegaban a los 2 400 pesos, una dote de 17 547 pesos y libros y cuentas por 41 761 pesos. Estas cifras aparecen en un documento en el que se le niega a José Lino Urbicaín el derecho a cuidar de los codiciados niños, acaso sus cercanos parientes
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