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En los párrafos siguientes cito el humor de dos hombres que influye- ron más que cualquier otro sabio sobre el pensamiento y la Weltans-

chauung de nuestro tiempo. Me refiero a Albert Einstein y Sigmund

Freud. Mi contacto personal con Einstein estuvo restringido a unas po- cas oportunidades durante los treinta años que fui discípulo y amigo de Freud. Ambos genios podían resultar divertidos durante la conversación aunque por lo que sé, pocas veces hacían intervenir el humor en sus escritos. Ambos hombres disfrutaban de los chistes judíos y eran capa- ces de reír a carcajadas al oírlos. Durante una conferencia, Einstein dis- cutió en una oportunidad el procedimiento matemático de Verjüngung (rejuvenecimiento) empleado en el cálculo tensorial y agregó: "He tra- tado el tema del rejuvenecimiento con tanta frecuencia que muchas ve- ces se me ha confundido con Steinach". (Se refería al biólogo vienés Steinach, cuyo método de rejuvenecimiento causó gran sensación en tiempos pasados), En otra oportunidad, cuando Einstein ya había llega- do a una edad avanzada, le preguntaron por qué nunca visitaba a Israel. El dio una buena explicación y agregó: "Cuando era joven, quería ir allá para observar a la gente, y ahora temo que allá la gente quiera obser-

varme a mi". En esta humorada, que utiliza la técnica de la inversión, resulta palpable que la fama no fue siempre una fuente de satisfacciones para el grande hombre. En su ancianidad se refería a veces a sí mismo como a alguien "que fue".

Podría repetir muchos ejemplos de los chistes de Freud, pero por razones de simetría sólo mencionaré aquí dos de ellos. Los primeros discípulos de Freud eran en su mayoría judíos y a él mismo le gustaba contar chistes judíos. (Recuerdo algunas reuniones de la Sociedad Psi- coanalítica de Viena que se efectuaron hace cuarenta años, y en las cuales a veces Ernest Jones aparecía como huésped. El doctor Eduard Hitschmann, que estaba sentado a mi lado, acostumbraba murmurar:

"Boruj ató Adonoi (aquí viene el honorable Goy)".

Cuando el doctor Dorian Feigenbaum, el psicoanalista neoyorquino, dio una conferencia como invitado en la Sociedad Psicoanalítica de Viena, se refirió al lenguaje aparentemente desatinado de los pacientes esquizofrénicos y demostró que, si se lo examina con métodos psicoa- nalíticos, incluso esta "ensalada de palabras" tiene algún sentido. Al finalizar el debate que se entabló a continuación, Freud comentó que las frases absurdas que algunas personas murmuran mientras juegan a las cartas también tiene algún sentido, si se las psicoanaliza. Y agregó: "En general parece muy difícil producir conscientemente un disparate total, en tanto que los libros de muchos estudiosos alemanes están llenos de disparates inconscientes que no exigieron ningún esfuerzo".

En otra oportunidad, Freud nos dijo a sus discípulos que para con- vencerse de la veracidad de muchas revelaciones psicoanalíticas es ne- cesario luchar con ellas y vencer las propias resistencias. "Las convic- ciones y las mujeres fáciles de conquistar no nos merecen un concepto elevado".

Los triunfos de estos dos grandes hombres pertenecen al mundo, pero sus comentarios humorísticos, hechos en el círculo de sus parien- tes o amigos, contribuirán a dibujar el retrato de sus personalidades, que tenían un perceptible sabor judío.

No se pueden comprender los chistes judíos como fenómeno aisla- do; hay que verlos en su contexto social e histórico. Incluso la situación geográfica puede alcanzar importancia en este problema.

En cierta oportunidad Jonathan Swift comentó que un determinado chiste podía ser muy ingenioso, pero que al trasplantárselo solía perder toda la gracia. Hay chistes, agregó, que no deben trasponer el área de Covent Garden, y hay otros que sólo son comprensibles en la esquina de Hyde Park.

El humorismo, dice Freud en su libro ya citado, es, por así decir, "la contribución a lo cómico desde la esfera del inconsciente". Sus mejores indagaciones en la dinámica del humorismo las logró a través de la comparación con la técnica de la elaboración de los sueños, pero no dejó de señalar las diferencias radicales que hay entre ambas. En algu- nos aspectos, el humorismo está emparentado con las ideas obsesivas en las últimas fases de su desarrollo, cuando los pensamientos e impulsos prohibidos quiebran por fin el muro de la censura consciente.

Es imposible entender muchas ideas obsesivas si no se sigue su pista hasta su origen infantil. En forma similar, sólo es posible entender y apreciar en su significado más profundo algunos excelentes chistes ju- díos cuando uno explora sus antecedentes históricos o aun prehistóri- cos.

Este ensayo y los dos siguientes presentan algunos ejemplos de este tipo de cuento judío como material ilustrativo. Los introducimos aquí para demostrar la forma en que la interpretación psicoanalítica llega a la médula del humorismo judío atravesando su superficie y reconstruyendo sus ocultas bases históricas y prehistóricas. Espero que las tres inter- pretaciones analíticas presentadas en los capítulos siguientes demostra- rán también que la psicología profunda, que difiere de otros tipos de exploración, puede lograr un género de comprensión inaccesible por otros métodos.

II

El cliente que estaba delante de mí en una rotisería dijo: -Déme una libra de fiambre kosher-. Sin decir palabra, el empleado le pesó una libra

de pastrome. Esta humorada muy inocente servirá como primera nota para la melodía de la cocina judía, de las preferencias de su pueblo en materia de alimentos y de las especialidades de la maison d'lsrael.

Las preferencias judías en materia de comidas han sido blanco de chistes durante varios siglos. Heinrich Heine les dedicó muchos versos y párrafos ingeniosos de su prosa. En su libro sobre Boerne, publicado en 1840, Heine hace aparecer a Boerne deplorando que la iglesia cristiana, que se apropió de tantas cosas buenas del antiguo judaísmo, no haya adoptado también el cholent. Sospecha que reservó esta apropiación para el futuro. "Cuando las cosas anden mal, cuando sus símbolos más sagrados, incluida la cruz, hayan perdido su fuerza, entonces la iglesia cristiana deberá volver al cholent, y aquéllos que se hubiesen alejado de ella volverán a su seno con renovado apetito. Los judíos, por lo menos, se adherirían entonces a la cristiandad con convicción... porque tal co- mo lo percibo con claridad, es sólo el cholent lo que los mantiene uni- dos en su Antiguo Testamento". Boerne llegó a asegurarle a Heine "que los apóstatas que se pasaron al Nuevo Testamento sólo necesitaban el

cholent para experimentar cierta nostalgia por la sinagoga. El cholent

es, por así decir, el mensaje hogareño de los judíos".

Heine comparte este entusiasmo por el plato y parodia los primeros versos del himno de Beethoven diciendo:

"Cholent, schoener Goetterfunken,

Tochter aus Elysium".

Cholent, hermosa chispa divina,

Hija del Elíseo.

En la novela histórica Der Rabbi von Bacherach, Heine hace apare- cer a un renegado, el caballero Don Isaac Abarbanel, de una antigua familia judía española. En este relato de la Alemania medieval, Don Abarbanel hace las veces de representante de Heine. El caballero con- fiesa que es la fragancia del mesón judío lo que lo atrae una y otra vez al ghetto. Ha abandonado la religión de sus padres, pero "mi nariz con-

servó la fe". No siente "especial simpatía por la compañia del pueblo de Dios, y en realidad visita la calle judía no para oir, sino para comer".

También fueron "sabrosos recuerdos infantiles" los que se des- pertaron en el poeta cuando en 1844 visitó a su madre en Hamburgo. Esta es la descripción de lo que su madre le dio para comer:

Es stand auf dem Tische eine Gans, Ein stilles, gemütliches Wesen. Sie hat vielleicht mich einst geliebt Als wir beide noch jung gewesen.

Había sobre la mesa una gansa, Un ser tranquilo y cómodo.

Quizá me había amado en días lejanos Cuando ambos éramos jóvenes45.

El ganso era un plato favorito no sólo de la Alemania septentrional sino también de los judíos vieneses antes de Hitler. Siempre se lo comía con ciertas verduras. Durante mi infancia en Viena, se contaba la anéc- dota de un señor Feigenbaum, quien entra a un restaurante para cenar, como todas las noches. No está de buen humor.

-Tráigame pechuga de gansa- le pide a la camarera. Esta pregunta: - ¿Con repollo colorado, señor Feigenbaum? -No- responde el cliente-, con un prendedor. La sarcástica respuesta expresa más de lo que dicen las palabras. La pregunta le parece al cliente no sólo necia y superflua, pues la pechuga de gansa siempre se sirve con repollo colorado, sino que como en los versos de Heine citados más arriba, por una fracción de segundo el ave revive y se transforma en mujer. La respuesta del malhumorado señor Feigenbaum significa: "Usted es una gansa estúpi- da". Es como si por medio de una serie de libres asociaciones de ideas hubiese llegado a la imagen de un pecho de mujer y después a la idea de un prendedor. La tendencia de la frase es obvia: está agresivamente

45 Deutschland, ein Wintermärchen, versión inglesa de Herman Salinger, Nueva York, 1941.

dirigida contra la camarera que le hizo una pregunta tonta. ¿Qué hay de específicamente judío en este chiste? Se origina en una combinación tradicional de ciertos platos que muy bien pueden ser designados como platos tradicionales o religiosos.

Al llegar a este punto queda al descubierto una nueva visión general y nos vemos enfrentados con un interrogante que casi nunca fue plan- teado. ¿El efecto cómico, la risa que provoca, son los únicos elementos para medir las excelencias de un chiste? Hay una cantidad considerable de chistes judíos cuyo efecto es menos intenso que duradero, chistes que flotan en nuestra mente y que no sólo provocan risa, sino que ade- más alimentan los pensamientos. La risa no es más que la reacción más ruidosa y conspicua ante un buen chiste, pero no es necesariamente la única. Algunas de las mejores humoradas judías son aquéllas en las cuales otras reacciones emocionales o mentales siguen a la risa y que producen un prolongado efecto posterior.

III

Para mantenernos dentro de los límites del problema que nos ocupa, he aquí otro chiste judío. El señor Knoepfelmacher, que ha sido bauti- zado poco tiempo atrás, vuelve una vez más al restaurante donde sabo- rea la pechuga picada de ganso y suspira melancólicamente: "¡Y pensar que uno debe abandonar semejante religión!" Al principio esta frase parece extraña o absurda, pero si uno se detiene a analizarla le en- cuentra sentido. Nos recuerda también la figura de Don Abarbanel de Heine quien visita el ghetto "no para orar sino para comer".

¿Hay aquí verdaderamente un contraste y un conflicto? ¿Tiene algún sentido la lamentación del señor Knoepfelmacher por haber abandonado "semejante religión"? La respuesta es evidente: aquí están en discusión no sólo los simples problemas culinarios de importancia secundaria, sino cuestiones que en una época tuvieron gran impacto religioso y na- cional. Un eco de las antiguas disposiciones y prohibiciones alimenta- rias, de todo aquello que en otros tiempos formó la unidad y la comuni- dad de las tribus hebreas, penetra aquí en el mundo de la judería eman- cipada de Occidente. En última instancia, los tabús alimentarios espe-

ciales nos retrotraen a la religión primitiva y organización tribal que conocemos como totemismo. Gran cantidad de factores climáticos y sociales han transformado el carácter sagrado originario del totemismo. Pero en las preferencias y rechazos culinarios se mantiene un residuo, una supervivencia de la antigua y primitiva religión totémica.

Todavía se encuentran rastros de ese enfoque atávico en la ca- ricatura que presenta al alemán comiendo salchichas con chucrut, y al inglés como un devorador de bifes, en tanto que al húngaro se lo pinta como adicto al tocino con pimienta. La vieja religión totémica sobrevive en este desplazamiento hacia el detalle de los gustos alimentarios reco- nocibles aún en su carácter originario. Las predilecciones alimentarias nos recuerdan los festejos en común en los que se preferían ciertos pla- tos y combinaciones de los mismos. En forma similar, la gente recorda- ba sus festines totémicos originarios, en los cuales las tribus establecían y renovaban su comunidad. Robertson W. Smith dice en su libro

Kinship and Marriage, publicado en 1885, que "las identificaciones que

yacen en la raíz del sentimiento de clan descansan sobre el reconoci- miento de una sustancia común, y por lo tanto pueden manifestarse incluso a través de una comida en común". Sí, en la primitiva infancia de la humanidad esta comida totémica en común era el único rito reli- gioso y social.

Las huellas de la evolución primitiva son indelebles. Penetran inclu- so hasta un estrato tan profundo como lo son los gestos del pueblo. Cuando aquel judío convertido al catolicismo come pechuga de ganso en el restaurante y dice con tono de lamentación; "Y pensar que uno debe abandonar semejante religión", dice mucho más de lo que cree. Por una fracción de segundo, regresa a una etapa primitiva en la cual las comidas en común y la religión eran casi la misma cosa.