3.4 Practice theory
3.4.1 Understanding practices as structures
Hace poco leí un comentario cínico de Oscar Levant, quien dice respecto a Hollywood: "Desnúdenlo de sus falsos oropeles y encontra- rán los verdaderos oropeles que hay debajo". El aspecto psicológica- mente interesante de esta frase dicha como al descuido no es su pene- trante cinismo sino su introducción, o sea, el escepticismo que se niega a dejarse impresionar por el valor aparente de las cosas y desea espiar detrás de la fachada del fenómeno. Esta actitud prevalece en la men- talidad judía, se trate de ideas básicas o de cuestiones insignificantes.
Este escepticismo penetrante no es producto de los tiempos mo- dernos. Ya se observaba su presencia cuando Isaías describió al car- pintero pagano que se había tallado un dios propio en un bloque de madera, cuyas astillas utilizaba para preparar su comida. También esta-
ba presente cuando Oseas se burlaba de los idólatras que sacrificaban a los hombres y besaban a los becerros. Se manifestó en la escena amar- gamente jocosa del Monte Carmelo, cuando el profeta lsaías desafió a los sacerdotes de Baal: "Y aconteció al mediodía que Isaías se burlaba de ellos, diciendo: Gritad en alta voz, porque es un dios; quizá está ha- blando o está persiguiendo o está en viaje, o por azar duerme, y debéis despertarlo". (I Reyes, XVllI:27).
Esto ocurría en el siglo IX a. C. y el dios del que se hacía mofa era Baal. Pero este espíritu no se detiene ante Jehová ni ante la religión judía. Es evidente que vivimos el crepúsculo de la fe religiosa, y el des- tino futuro de esta ilusión, como Freud llamaba a la religión, ya no ins- pira dudas.
En incontables chistes judíos se toman en broma las enseñanzas del mosaísmo y el monoteísmo. Es digno de hacer resaltar que esta misma incredulidad se asusta de su propia audacia. Tenemos, por ejemplo, la historia de lánkele el remendón, ateo confeso que se reía de todas las prácticas religiosas. El Día del Perdón, lánkele aparece en la sinagoga, reza y se golpea el pecho en señal de arrepentimiento. El sorprendido rabino le dice: -Yo pensaba que no creías en Dios. ¿Por qué rezas? Sin inmutarse Iánkele le contesta: -Claro que soy ateo. ¿Pero cómo podría estar seguro de que no me equivoco?
Frecuentemente, estas manifestaciones de escepticismo son el temor a la tentación de trasgredir los severos mandamientos religiosos, a ser castigado por el Dios cuya misma existencia es puesta en duda. Uno de estos relatos cómicos refiere, por ejemplo, que ltzik, que cumple las veinticuatro horas de ayuno en el Día del Perdón, se siente torturado por el hambre, sale de la sinagoga y entra a un restaurante. Allí le pre- gunta a la camarera: -¿Cuánto cuesta un sandwich de queso? En ese preciso instante estalla una tormenta eléctrica que hace temblar el edifi- cio, y los relámpagos surcan el cielo. Itzik, aterrorizado, exclama: -Nu,
nu, ¿Acaso hay algo de malo en preguntar?
El espíritu escéptico, combinado con la avidez por la investigación, convirtió a los judíos en enemigos de todo tipo de superstición. Esto
empezó con un enérgico rechazo de todas las farsas y simulaciones, como medio de defensa contra cualquiera que intentase impresionarlos recurriendo a las ostentosas apariencias de los falsos valores. Un pro- verbio francés proclama que no se puede engañar a los escépticos.
II
En toda religión totalmente desarrollada aparecen herejías y blas- femias que desafían la tradición oficial y proclaman apasionadamente que poseen una verdad más sublime. En los primeros tiempos de la cristiandad, los cainitas afirmaban que la mortificación de la carne se lograba precipitándose a la orgía sexual. Otra secta cristiana glorificaba a Judas porque merced a su traición se hizo posible la salvación de la humanidad, y sus adictos lo reverenciaban como San Judas. El judaísmo conoce también herejías parecidas. Si hubiéramos de creer a ciertas dogmáticas autoridades cristianas, la misma existencia del judaísmo significa una herejía porque niega la divinidad de Jesucristo.
Algunos chistes judíos demuestran que la línea divisoria entre la fe y la blasfemia no está marcada con mucha precisión. Más aun, prueban que ocasionalmente se santifica la blasfemia o el sacrilegio y se repudia la creencia tradicional. A veces el diablo cita las Escrituras y tienta al devoto para que lo siga. En algunas oportunidades la misma duda es puesta al servicio de la fe religiosa.
La conclusión que quiero inferir a esta altura -conclusión apoyada por muchos chistes judíos- es la siguiente: en ciertas circunstancias el hombre que viola la ley sagrada merece mayor estima que aquellos que la observan fielmente. Tenemos, por ejemplo, la historia del rabino jasí- dico del que se cree que subió al cielo en día sábado y que es sorprendi- do mientras corta leña para una viuda pobre durante el día de descanso. Gracias a este acto sacrílego, según se dice, ascendió aún a mayores alturas. La caridad vence aquí a la Sagrada Torá.
Tenemos también la maravillosa anécdota del judío pobre al que le habría gustado asistir al servicio de la sinagoga, pero no podía pagar el
precio de un asiento para las Festividades Santas. Le pide al shames* que está en la puerta, que lo deje entrar porque tiene que entregarle un importante mensaje comercial al señor Eisenstein, quien se encuentra adentro. Pero el shames, que conoce a su gente, le niega terminante- mente la entrada con estas palabras: "Sé quién eres, ganev (ladrón, pí- caro). Sólo quieres entrar a dávenen (rezar)". En este caso se emplea un pretexto mundano y materialista como pantalla para que el judío pobre pueda entrar a rezar, lo que es su deber, amén de una necesidad emocional. Esta es, en realidad una mentira piadosa. Solo por medio del engaño podrá satisfacer sus exigencias espirituales.
El proverbio judío sabe que los violentos remordimientos por un pe- cado son inútiles y a veces incluso perniciosos, porque impulsan a la repetición del acto pecaminoso. El proverbio aconseja: "Cuando comas
jazer (carne de cerdo) cuida que sea gordo". Esto significa: si pecas,
cuando lo hagas, por lo menos disfruta. Un acto prohibido que se reali- za con remordimientos, vale por un doble pecado. Nietzsche ya co- mentó que el remordimiento es estúpido y comparó su inutilidad con la idiotez del perro que muerde una piedra.
Las anécdotas y los chistes judíos no son los únicos que justifican una ocasional infracción a la Torá; la misma tradición glorifica a veces tales violaciones a la Ley. El Talmud cuenta que Resh Lakish bendijo a Moisés por el coraje conque rompió las Tablas de la Ley. El gran con- ductor que vio cómo los israelitas bailaban alrededor del Becerro de Oro, no quería que las tablas sagradas cayesen en malas manos y previo que los hijos de Israel les darían un uso equivocado. "¡Alabado seas por haberlas roto!". En estas historias y anécdotas se oyen voces de todas clases que expresan duda, escepticismo e incertidumbre: a veces se trata incluso de la Voz de las Voces.