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3.4 Practice theory

3.4.2 Practice as a performance

Una investigación sobre el humorismo judío no sería completa si no se tomase en cuenta el grupo de chistes que se refieren a los procesos de la evacuación intestinal y del acto sexual. Estos chistes judíos se va- len frecuentemente de estas necesidades físicas para contrastarlas con las reglas de la civilización occidental. Ciertos deseos físicos elementa- les y vitales, que no están restringidos en el ghetto, aparecen en con- flicto con las delicadezas y convenciones de otro mundo. En los chistes judíos de este tipo no se hallará nada similar a las obscenidades de Sha- kespeare o a la lascivia de Rabelais. Por otra parte, tampoco tienen los rasgos de sutileza y sofisticación propios del humor francés moderno.

Para que la diferencia resulte inconfundiblemente clara, he aquí un ejemplo. En la novela de Anatole France, La Rebelión de los Angeles, Arcade y Gastón visitan a su amigo, el joven aristócrata Maurice, que está enfermo. Los caballeros conversan sobre diversos problemas de religión y filosofía. En el curso de la conversación se intercalan algunos

comentarios obscenos que habrían hecho ruborizar, no sólo a un sar- gento, "sino también a una mujer parisiense". En beneficio de un ex- perimento intelectual traslademos la situación al ambiente de un ghetto. En ese medio resultaría inconcebible hacer una comparación tan inge- niosa como la de Anatole France y decir que los comentarios eran tan escabrosos que habrían hecho ruborizar no sólo a un sargento, sino incluso a una mujer judía de Tarnopol. La modestia y castidad de la mujer del ghetto excluye una posibilidad que es muy fácil de imaginar en la atmósfera mundana de la sociedad parisiense.

Los descarnados chistes judíos enfrentan a los hombres del ghetto con las convenciones de la civilización occidental, especialmente en aquellas oportunidades en las que se experimenta la necesidad de un desahogo físico en forma de evacuación. Por ejemplo, un judío acude a consultar a un médico y se queja: -Doctor, no puedo orinar. El médico le ofrece una bacinilla y le pide que trate de orinar. El paciente lo hace sin ninguna dificultad y el médico se manifiesta sorprendido de lo que el hombre le había dicho. El judío explica: -Claro que puedo, si me dejan. En los callejones del ghetto podía satisfacer esta necesidad sin restric- ciones, pero ello resulta imposible en las calles de la gran ciudad.

Pertenecen a la misma esfera, o a otra muy próxima a ella, chistes como el siguiente: El médico le pregunta al paciente: -¿Usted sufre de flatos, señor Eisenstein? -¿Sufrir? ¿Por qué tienen que hacerme sufrir, doctor? -pregunta el paciente, que evidentemente siente un gran alivio cuando puede expeler ventosidades.

Estos son chistes que sólo se repiten en presencia de hombres. Me contó uno de ellos el difunto doctor Hans Sachs. ''Cuando uno tiene seis años, piensa que el miembro sirve sólo para orinar. Cuando tiene se- senta, está seguro de ello". Este chiste no pertenece, en términos es- trictos, al grupo de las humoradas propias de un pueblo, pero no titubeo en insertarlo aquí, porque es de un tipo similar. Una observación que me hizo un hombre de edad avanzada tiene el mismo carácter: "Cuando uno se pone viejo, se olvida de abrocharse la bragueta; cuando se pone aun más viejo, se olvida de abrirla".

Chistes como estos últimos marcan ya la transición de la región uri- naria al área sexual. También aquí hay una marcada diferencia entre los chistes judíos cuyo origen está en el mundo del ghetto y los originados entre los judíos que viven en las grandes ciudades. Comparemos los ejemplos siguientes con los más modernos. Durante un pogrom, la es- posa de un rabino es violada por un cosaco delante de los ojos de su marido. Después, implora ella humildemente a su esposo que la perdo- ne, asegurándole que estaba inerme y no podía impedir la violación. El rabino reconoce que el violador era más fuerte que ella, pero pregunta: -Sin embargo, ¿por qué meneabas el trasero?

He aquí una ingeniosa comparación tomada de la comedia Die

glücklichste Zeit, de Raoul Auernheimer. La obra, que presencié en el

Burgtheater de Viena, transcurre a comienzos de este siglo, cuando los automóviles fueron introducidos en la sociedad austriaca. Un hombre le dice a su amigo: -Verás, con las mujeres ocurre lo mismo que con los coches. No tener auto es incómodo, tener auto es costoso y a veces arriesgado. Lo mejor es tener un amigo que tenga auto. Está el cuento del viudo judío que ya ha pasado los setenta, y que decide casarse sin atender las objeciones de sus hijos adultos. Consulta a un médico que le certifica su buen estado de salud. El hijo mayor le pregunta entonces qué ha dicho el médico acerca de las relaciones sexuales y el anciano responde: -El doctor recomienda un contacto semestral-, y agrega ¿Cuántas veces por semana es eso? El diálogo siguiente refleja ya la vida en la América actual: -¿Tú realizas viajes de negocios a París? ¿Cuánto gastas allí por semana? La respuesta es: -Eso depende: Cuando llevo a mi esposa, me cuesta unos cuantos cientos de dólares. Cuando voy solo, unos cuantos miles.

En el Fausto de Goethe, Mefistófeles dice: "Junto a los castos oídos uno no se atreve a mencionar aquello sin lo cual los castos corazones no puedan pasarse". El humorismo judío se atreve a decir estas cosas chocantes, a veces en estilo culto y a veces en forma grosera.