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Me produce una gran satisfacción que Freud haya valorado una obrita titulada Nachdenkliche Heiterkeit53 (publicada en 1933, no tra- ducida al inglés), como un valioso complemento para sus teorías sobre el humorismo. No sólo una carta que me escribió54, sino también una conversación que recuerdo vívidamente, probaron que Freud había ha- llado en este pequeño volumen algunas ideas originales que prolonga- ban y complementaban sus propios conceptos.

En un capítulo anterior de este libro se analiza extensamente la re- veladora historia del judío que exclama "¡Azoy!" Nos enteramos de que Arthur Schnitzler, al referirse a este cuento, encontraba su esencia en la falta de respeto que impregna los contactos sociales entre judíos. La anécdota demuestra efectivamente que al descubrirse que la otra per- sona también es judía, uno no necesita "esmerarse" y puede echar por la borda todas las convenciones y explayarse. Es muy posible que esta historia describa los contactos de los judíos entre sí, ¿pero es lo bas- tante representativa como para reflejar el carácter general del humoris- mo judío como noción específica? Uno se inclina a negar que en este cuento en particular haya alguna característica representativa. Según parece, el cuento ejemplifica un grupo de chistes judíos, que ilustra las relaciones dentro de la comunidad judía, pero hay muchas humoradas judías que se ocupan de otros temas; tal es el caso de los cuentos que enfocan las relaciones con otros sectores o los que presentan y con fre- cuencia denuncian peculiaridades de la vida religiosa y profesional de los judíos. Una investigación que se oriente a determinar las ca- racterísticas psicológicas del humorismo judío, se esforzará por recono- cer los rasgos particulares que sean válidos para todos los grupos de chistes, o que por lo menos se repitan en la investigación del mayor número posible de ejemplos.

53 Internationaler Psychoanalytischer Verlag, Viena.

Yo me inclino a aprovechar el contenido latente de esta historia ("¡Azoy!'') en una forma que excede el significado de este ejemplo par- ticular. A mi juicio, este chiste, tomado al azar, contiene en su médula uno de los rasgos distintivos más significativos; me refiero a una cate- goría de intimidad que es común a todos los tipos de chistes judíos. Es cierto que la noción de intimidad es ambigua y nuestra tarea consiste en definir lo que significa aquí. Cuando se habla de intimidad, refiérese uno por lo general a la proximidad y el calor humano de una relación. Pero esta cualidad también existe, por ejemplo, entre el creyente y su padre confesor, entre el paciente y su psicoanalista, a veces incluso entre el alumno y su maestro. No, ésta no es la intimidad a la que nos referimos y que desearíamos definir como una peculiaridad del humorismo judío.

Al personaje de Schnitzler le oímos decir que el tipo especial de in- timidad propio del contacto social entre judíos excluye el sentimiento de respeto. No debemos rendirnos incondicionalmente ante este punto de vista, pero admitiremos que esta afirmación es el resultado de una ob- servación exacta. La relación íntima entre el creyente y el sacerdote, en- tre el alumno y el maestro, incluye cierta dosis de respeto. Más aun, diríase que es casi imposible imaginarla sin ella. La intimidad que se atribuye al humorismo judío es decididamente de otra índole.

Ahora, si tratamos de hallar en el chiste judío el sello del pensa- miento democrático, no hay duda de que podremos reunir muchos ejemplos, pero este carácter general no es el rasgo distintivo y decisivo que identifica los chistes judíos. El humorismo de los norteamericanos también es democrático en su ambiente y su carácter, pero nadie diría que es precisamente esta forma de pensar democrática lo que constituye su rasgo esencial, descollante.

Quizá nos acercaremos más a la naturaleza de esta intimidad cuando la comparemos con el género de confianza y cordialidad que existe en- tre los miembros de una familia. Se ha observado con frecuencia el sen- timiento de comunidad y de cohesión entre los miembros de una familia judía. ¿Es esta atmósfera de familiaridad, esta percepción del origen común y de la identidad de destino lo que otorga su sello distintivo al

humorismo judío? Tenemos la impresión de que en esta sugerencia hay algo de correcto, pero estamos dispuestos a hacer frente a las objecio- nes que habrán de formularse contra ella.

El humorismo judío se caracteriza por una burla despiadada de las debilidades, defectos y fallas de los judíos. A veces parece apuntar es- pecialmente a la revelación de sus facetas más débiles, a la indagación de todas las imperfecciones de su carácter. ¿En qué familia tratará una persona incesantemente de someter a las otras a una crítica cruel y hará grandes esfuerzos para rebajar a los seres más próximos y queridos? Es cierto que la variedad y la complicación de los lazos familiares hacen posible que de vez en cuando se produzcan casos semejantes, pero coincidiremos en que éstos no representan las manifestaciones comunes de la vida familiar. Ya habíamos pensado que podría definirse el carác- ter de la intimidad en el humorismo judío como producto de la atmós- fera familiar, pero el factor de agresión persistente que le es propio hace que esta suposición se torne muy dudosa.

Sólo subsiste la posibilidad de buscar las características de esta inti- midad precisamente donde está más conspicuamente desubicada, por- que es evidente que se trata de una circunstancia paradójica: nos referi- mos al área de la agresividad. Freud ha hecho hincapié en que hay pocas personas que se ridiculicen a sí mismas en una forma tan intolerante y despiadada como suelen hacerlo los judíos. Lo que llama la atención es este tipo de burla dirigida al propio pueblo. Se trata de una exhibición de defectos y fallas asociada con cierto orgullo "familiar". Nos asom- brará que esta agresión pueda conjugar la crítica permanente y cruel con un inconfundible afecto hacia el objeto vapuleado, hasta el punto de formar una expresión única. Este tipo de agresión es doloroso. Sin em- bargo, no afloja los lazos de unión con la otra persona y no debilita la sensación de comunidad. lncluso reconoce la existencia de estos lazos por la misma naturaleza del ataque y la caricatura.

Sería mejor no discutir este problema en abstracto, sino someterlo a prueba por medio de una selección de chistes de este género. El primer ejemplo de una humorada que representa a este grupo es una anécdota

de dos periodistas que conocí. Egon Erwin Kisch, que se ha trasladado hace algunos años de su anterior domicilio en Viena a otro en Berlín, se encuentra con su amigo Anton Kuh, quien ha llegado a Berlín hace muy poco tiempo. Los dos periodistas discuten la posibilidad de concertar una cita en breve. Ergon Erwin Kisch dice:

-Espera un momento; el jueves tengo un compromiso, el viernes hay una reunión de editores en la oficina, ¿quizá el Sonnabend?...

-¿Sonnabend? -lo interrumpe sorprendido Anton Kuh-, ¿Sonna-

bend? Yo te conozco cuando ni siquiera lo llamabas sábado...

En Alemania, la gente solía denominar al sábado Sonnabend, voca- blo que los oídos austriacos encontraban afectado. En Viena, donde ambos periodistas habían vivido durante muchos años, solía llamarse al sábado Samstag. Naturalmente, el comentario mordaz de Anton Kuh zahería la asimilación demasiado rápida y artificial de Kisch a la capital berlinesa y a sus modismos, y lo logró en forma efectiva al escoger este modismo idiomático para utilizarlo como proyectil. La observación lingüistica de Kuh significaba, en realidad: "Amigo mío, en el lugar de donde ambos venimos ese día de la semana tenía un nombre más próxi- mo a su origen hebreo. No pretendas pasar por nativo de Berlín, tú, nacido y criado en Rusia". No hay duda de que la intención agresiva, la tendencia a desenmascarar y humillar al amigo, están presentes en la frase; a pesar de ello no aspira ésta a alejar al interlocutor sino, aunque parezca extraño, desea acercarlo más íntimamente a su crítico.

Nos aproximamos así al meollo de esta interioridad cuyo carácter tratábamos de definir. Sin embargo, no podemos captar su peculiaridad. En la anécdota queda claramente expuesto que la expresión sarcástica no implica hostilidad y rechazo, sino confianza e intimidad. Más aun: si podemos confiar en nuestra impresión, es esta familiaridad precisamente la que da el coraje para criticar, para atacar. ¿Pero qué significa esto? ¿La intimidad como premisa de la agresión? Esto es psicológicamente difícil de asimilar. La vaga comprensión que parecía aflorar a la superfi- cie amenaza con sumergirse nuevamente.