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3.4 Practice theory

3.4.3 Practices and regulation

Es muy significativo que los chistes judíos eludan ciertos temas de mofa. El descubrir la ausencia de estos temas ayudará a veces, más que cualquier otro enfoque, al observador que trata de comparar los rasgos distintivos de los judíos con los de otros grupos. Los chistes judíos casi nunca hacen burla, por ejemplo, de los defectos o fallas físicas, casi nunca se mofan de las deformidades corporales, ni de la fealdad. La belleza está en los ojos de quien contempla, y otro tanto ocurre con la fealdad. Este pueblo no tiene chistes crueles o enfermizos. Permítaseme comparar, por ejemplo, este humor con el de los bonachones vieneses, quienes se ríen a veces de los dolores físicos utilizando frases humorís- ticas judías. Tomemos la anécdota de los dos mozos de cordel que de- ben trasportar un piano. En la escalera, el piano resbala y cae sobre el pie de uno de los hombres, que lanza un grito de dolor. El otro le pre- gunta: -¿Desde cuándo eres tan delicado? (En la jerga vienesa original:

¿Seit wann bist'denn so haklig?).

Es muy poco probable que uno encuentre chistes parecidos entre los judíos, ni siquiera entre los estibadores judíos del puerto de Salónica.

Pero aun los mismos temas que proveen motivos para los chistes y las burlas universales son tratados en forma distinta por el humor judío. Se ha dicho que nada es tan resistente como un hecho, ni tan tenaz o difícil de rebatir. El humorismo hace lo aparentemente imposible cuando pone en duda la naturaleza de la verdad y demuestra su relatividad.

Sin embargo, aun en esta duda audaz hay sutiles diferencias entre los chistes de los judíos y los de otros grupos. Tomemos la siguiente anécdota francesa: En un salón de París varias damas discuten la edad del autor teatral Alfred Capus. Pocos días después del estreno de una de sus comedias, una dama comenta: -Tiene el aspecto de un hombre de cuarenta años. -No -exclama otra con vivacidad-, ya tiene cuarenta y cinco. Y una tercera dice: -Ustedes están bromeando; apenas tiene treinta y siete. En ese preciso instante entra al salón el autor de La Vei-

ne y una de las damas decide interrogarlo directamente. Después de

haber presentado sus saludos a la anfitriona, el comediógrafo se acerca al grupo y le plantean la pregunta: -Le pareceremos muy indiscretas,

Monsieur, pero acabamos de hacer una apuesta. ¿Que edad tiene usted?

Capus las mira y les contesta amablemente: -Mesdames, eso depende de vuestras intenciones.

Naturalmente, en un primer momento esta respuesta parece tonta, porque la edad o la cantidad de años constituye un hecho objetivo. La contestación del escritor resulta totalmente inesperada, pero suponemos que lleva implícito que la curiosidad de las mujeres tiene un oculto ca- rácter sexual. La frase tiene las propiedades específicas de los chistes parisienses y está acuñada al estilo francés. Es legítimo dudar seria- mente de que los chistes de este tipo pudieran florecer en el ambiente del ghetto judío.

Cuando llega el momento de tener que hacer frente a la verdad, ¿es la verdad la que enfrentamos? Este es el problema que surge aquí, y el humorismo judío lo plantea una y otra vez. En cierta oportunidad vi una ilustración en la que un hombre le decía impacientemente a su amante: -¡Deja de mentir! ¡Ya te creo! Sabemos que los mortales no estamos hechos para aceptar la verdad íntegra cuando la reconocemos como tal; sin embargo, ¿podemos aceptar y admitir una mentira, aunque veamos claramente que se trata de una tergiversación? Esto es precisamente lo que hace el hombre cuando le pide a la muchacha que no siga mintiendo porque él ya cree sus embustes. Según esta frase, uno puede aceptar sin discusión una mentira siempre que desee fervientemente creer en ella.

La verdad tiene muchas caras; ocurre otro tanto con la mentira. Ocasionalmente la verdad puede disfrazarse de embuste, como ocurre en la anécdota de los dos judíos que se encuentran en una estación de ferrocarril, en Galitzia. Uno pregunta: -¿A dónde viajas? -A Cracovia - responde el otro. ¡Un momento, grandísimo mentiroso! -exclama el primero con tono indignado. -Cuando dices que viajas a Cracovia, en realidad quieres que yo crea que estás viajando a Lemberg. Bien, pero estoy seguro de que viajas verdaderamente a Cracovia; ¿qué necesidad tienes pues de andar con embustes? Freud, que analizó la técnica de esta "preciosa historia" en su libro sobre el humorismo, señala que el chiste demuestra la inestabilidad de una de nuestras ideas más arraiga-

das. No basta decir la verdad si no se tiene en cuenta la mente del in- terlocutor. Uno debe preocuparse también por la forma en que el es- cucha interpretaría las palabras que se le dicen y por la forma en que reaccionará ante ellas. Este grupo de chistes no ataca a una persona o a una institución, sino a la certidumbre de nuestro conocimiento, a la na- turaleza de la verdad misma.

Pero si es así, ¿las dudas no se extinguirán nunca? Si todas las afir- maciones de los otros seres humanos se tornan inciertas, el escepticismo extremo no se detendrá ante la palabra de Dios, y la veracidad de Su revelación podrá ser discutida.