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En otra época, ya fuera en los buenos tiempos o en los malos tiem- pos pasados, el rabino era no sólo el sacerdote y dirigente espiritual de la congregación, sino también la autoridad que arbitraba en todos los asuntos civiles y en las crisis familiares de importancia. Esto ha cambia- do: su posición y sus funciones se han visto reducidas. Hay numerosos ejemplos de este descenso social, entre ellos esta queja del rabino de una congregación muy pequeña -Primero fui rabino en Mannheim... allí había judíos, pero no dinero. Después fui rabino en Londres... allí había dinero, pero no judíos. Ahora, en esta congregación, no hay ni dinero ni

judíos. He aquí otro chiste, que también se refiere al problema financie- ro: -¿Qué honorarios percibe? -le pregunta un amigo al rabino de una pequeña congregación. -Tres florines por semana- responde el rabino, quien se apresura a especificar con mayor precisión -Lo que significa, tres florines la semana en que recibo algo. El rabino se convirtió en una figura patética y graciosa incluso cuando de vez en cuando se burlaba de sí mismo. Durante su sermón, un rabino cuenta una anécdota jocosa. Todos los presentes se ríen. Sólo un judío permanece imperturbable- mente serio. -¿Qué le sucede? -le pregunta el judío que ocupa el asiento vecino en la sinagoga. -¿Se siente enfermo? A lo que el otro hombre contesta: -No, Dios no lo permita. Pero no pertenezco a esta congrega- ción.

TlPOS DE DEFECTOS

El humorismo judío toma a broma una variedad de "debilidades" y defectos de su pueblo, pero la mayoría de los chistes de esta categoría se refiere al mal comportamiento de los judíos en los lugares públicos, a su falta de aseo, a la presunta tendencia a eludir la higiene y los baños. El tema de la falta de limpieza personal, y aun de la indiferencia ante las sabandijas, chinches y piojos, se agrega a los blancos favoritos del hu- morismo judío en su sentido más restringido.

Cuando se examina esta categoría de chistes judíos se siente uno se- riamente tentado a pensar que la falta de asco linda con la santidad, porque las personas zaheridas en ellos preferentemente son los judíos más devotos y ortodoxos. Pero no es éste el caso. Estos chistes se refie- ren en especial a los judíos que vivían en los ghettos de la Europa Oriental, en la más absoluta indigencia y hacinados como sardinas en lata. No se los describe en su propio ambiente, sino en contraste con la civilización occidental y con sus exigencias de aseo corporal. En esta confrontación que toma a veces la forma de un conflicto, el judío apare- ce como un ser atrasado, sucio -"judío sucio" era casi una expresión familiar- y despreciable. Con frecuencia se describe a esta pobre gente como tan inculta y poco educada que a veces no entiende siquiera lo que quieren decir los demás cuando hablan de bañarse. He aquí dos

ejemplos de estos chistes: Teitelbaum pide una habitación en un hotel. El conserje le pregunta: -¿Con baño? Y Teitelbaum le responde indig- nado: -¿Qué quiere significar con eso? ¿acaso soy una trucha? En un centro turístico, un caballero le pregunta a su vecino de mesa: -¿Usted tomó un baño esta mañana?- Cohn inquiere boquiabierto: -¿Por qué? ¿Falta uno?

En su obra antedicha, la doctora Landman se inclina a suponer que los chistes sobre el baño no son de origen judío, sino que fueron idea- dos por los antisemitas. Entonces los tomaron los escarnecidos judíos y los modificaron como elementos de autoironía. (¿Pero por qué habrían de hacer eso? Este es el obstáculo, o mejor dicho el abismo, con que se tropieza. Aquí el problema psicológico aflora como el aspecto más im- portante. La mayoría de los autores evitan responder a esta pregunta, muchos ni siquiera la plantean, en tanto que algunos la reclaman).

La doctora Landman señala que los principios religiosos, que pres- criben el frecuente lavado de las manos y los baños en determinadas ocasiones, impedían ya un descuido total del cuerpo humano. La indi- ferencia por el aseo de la persona fue introducida por la primitiva cris- tiandad junto con el rechazo de lo corporal y mundano. La inquisición española veía en el hecho de que los judíos o musulmanes recién bauti- zados tuviesen una bañera, una prueba de reincidencia y herejía, que debía ser castigada con la muerte en la hoguera.

Simpatizamos con estas argumentaciones, pero seguimos conside- rando que los chistes sobre el baño son auténticamente judíos. Podría- mos responder que la purificación ritual, tal como la prescribe el ju- daísmo, así como el Islam y el hinduismo, no excluye la posibilidad de que los fieles permanezcan sucios. El argumento histórico, especial- mente la referencia a la antigua cristiandad, no es exacto. La burla se originó en una época en que la atmósfera del ghetto contrastaba con la civilización occidental que invadía el mundo del judío ortodoxo.

El significado de todos estos chistes consiste sencillamente en que el desaseo y la suciedad de los judíos del ghetto entran en contraposición con las costumbres del mundo exterior, e incluso con la nueva conducta

de la judeidad emancipada. Creo que el efecto cómico de esas humora- das deriva simplemente de ese contraste y de ese conflicto, intensificado por la actitud conservadora y reaccionaria de los judíos del ghetto.

Es más acertado comparar la repugnancia y el rechazo ante las exi- gencias del aseo, orden y medidas higiénicas, con la actitud de los niños que las rehuyen y deben ser educados para que sean limpios y prolijos.

Me contaron no hace mucho que mientras observaba a la abuela que quitaba el polvo de los cuadros colgados en la pared, un niño le pre- guntó: ¿Por qué no me haces lo mismo por la mañana? ¿Qué necesidad tengo de lavarme? Este mismo espíritu es el que late en los chistes ju- díos, y se pierde la esencia de los mismos si se pasa por alto el hecho de que la decidida resistencia contra las exigencias del aseo impuestas por la civilización occidental, es similar a la enunciada por las criaturas que no quieren ser lavadas por la madre. Los judíos del ghetto, que vivían en los confines de la civilización occidental, se rebelaron contra esas reglas de higiene como si ellas amenazasen la continuidad del viejo or- den y la supervivencia misma del judaismo.

Los defectos que el humorismo judío atribuye a su pueblo son de distintos tipos. Tenemos, por ejemplo, la informalidad, la desaprensión y la torpeza en las reuniones sociales. Un caso de esta deplorable falla en el comportamiento son los malos modales en la mesa. El humorismo judío establece, por ejemplo, un contraste revelador en la diferencia entre un restaurante judío y otro no judío. En el restaurante no judío se ve comer a la gente y se la oye hablar; en el restorán judío se ve hablar a la gente y se la oye comer.

Entre paréntesis, hay muchos chistes que ponen de relieve la inso- lencia de los mozos de los restaurantes judíos. He aquí un ejemplo. Un comensal llama al mozo, después de haber sido servido, y le dice -Oiga, ¿qué le pasa al pollo que me trajo? Tiene una pata mucho más corta que la otra. Y el mozo le contesta: -¿Usted pidió el pollo para comerlo o para bailar con él?

Varios factores sociológicos y psicológicos aparecen como causas determinantes del origen y subsistencia de estos tipos de defectos sati-

rizados por los chistes judíos. Además de los que pueden ser compren- didos con facilidad, hay otros que son inconscientes y pasan poco me- nos que inadvertidos. No dudo de que en muchos ejemplos de esta ca- tegoría se manifiesta una especie de bravata o desafío rebelde. Natural- mente, esta obstinación desesperada y esta continua oposición están dirigidas contra el mundo hostil que rodea al ghetto, en el mismo sen- tido que Shakespeare da a la frase: "Sea Kent grosero, cuando Lear está loco".