CHAPTER 4: STUDY ONE: FACE-TO-FACE INTERVIEWS
4.4 Analysis
4.4.1 Analysis Approach and Method
Al comenzar a dialogar con los signos o señales que se nos ofrecen cada día –esas flores de Dios que nacen a nuestros pies–, empezamos a descubrir que, al final, dependemos de ese jardinero de bondades, que es quien realmente teje nuestra biografía, y no de poderes humanos. Dicho de otro modo: gozamos del amparo de la ternura divina, y la sociedad tiene en nuestra vida un peso que dista de ser decisivo.
Ello supone un inmenso alivio porque, de hecho, estar sometido al mundo de los hombres significaría la posibilidad de ser víctima de grandes iniquidades, de las mayores injusticias. Por lo pronto, el amor nos enseña que es tan solo del amor del que dependemos, y que la vida en sociedad no derrota lo que somos profundamente ni, mucho menos, tiene poder alguno sobre quien nos ama. Por consiguiente, esa certeza de ser amados se convierte en la raíz de nuestra libertad.
Como ya he dicho, quien se pronuncia en favor del amor tiene un montón de cosas que realizar y que definen una vocación. Y esa vocación fluye a través de una serie de trabajos, todos los cuales, sin embargo, se desarrollarán en la inmensa libertad de ser hijos de alguien que nos ama. Lo cual no significa que tengamos menor dedicación ni que seamos descuidados. Al contrario: el amor nos obliga a ser cuidadosos y diligentes. No obstante, el rigor, el esfuerzo y la responsabilidad no tienen por qué significar esclavitud, sino tan solo ternura que se ofrece a los otros como un eco del amor que nos ha sido dado.
¿Acaso no se dejan esclavizar muchos de nosotros por las instituciones en las que trabajan? Estas se convierten en dioses tiránicos de nuestros días. El empleo adquiere el carácter de un ídolo al que debe sacrificarse todo, incluidas nuestra alegría y nuestra dignidad. Como nos consideramos no amados por el amor, procedemos de ese modo, juzgando que es sobre todo de las mencionadas instituciones de las que depende nuestra vida.
Y, curiosamente, tal actitud no nos convierte en mejores profesionales: Al contrario: nos hará ineficaces. Y ello por una sencilla razón: porque estamos dispuestos a transigir con todos los errores que a veces cometen las organizaciones. Mentiremos cuando
nuestra empresa mienta, aun cuando lo mejor, también para la empresa, habría sido no mentir. Defraudaremos cuando la institución en la que trabajamos defrauda, aun cuando lo mejor, también para esa institución, habría sido no defraudar. Un empleado fanático de una empresa acaba siendo un auténtico peligro, porque tiende a agravar los engaños e incluso los disparates que en esa empresa se cometen, en lugar de tener la independencia moral que permitiría enmendarlos.
Fue con empleados de este tipo como se ahondó el agujero de la crisis en que estamos sumidos. Muchos profesionales de la banca habían percibido el abismo que se abría bajo sus pies, al ver cómo las instituciones a las que pertenecían prestaban dinero de un modo claramente imprudente. Pero la mayoría de ellos cerraron los ojos, debido a esa esclavitud profesional a la que estamos refiriéndonos. Un profesional con sentido de su libertad y de la dignidad de su trabajo habría llamado la atención acerca de este deslizamiento financiero. Y, ciertamente, habría habido menos quiebras y menos desempleo.
Una persona que se ve a sí misma como servidora del Bien es mejor trabajadora que otra que mira a su patrón como si fuera su Moloch profesional. Y esta libertad en el trabajo que el amor proporciona se extiende al ámbito de las cosas materiales. Por eso, nuestra tarea consiste en hacer todo el bien que podamos, a través de nuestro esfuerzo laboral, y entonces nada nos faltará. Que no te preocupen los bienes ni el dinero ni los contratos blindados, sino tan solo que tu camino sea el apropiado. Si tus pasos van en la dirección correcta, cada uno de ellos te conducirá a un pequeño tesoro. La verdadera riqueza de tus días reside en la limpidez de lo que haces. El dinero irá a tu encuentro si tú vas al encuentro de la bondad. No hablo del dinero excesivo de los ricos, sino del que necesitas para ser feliz[4].
Todos tenemos pruebas suficientes de esta especie de «banco sobrenatural» que determina el aspecto económico de la vida de quienes creen en el amor. En algún momento, todos hemos visto cómo los problemas materiales se resuelven de un modo inesperado que revela la intervención de alguien que cuida con ternura de nuestra vida. Pero, aun cuando todos, de una manera o de otra, tengamos pruebas de lo que estoy diciendo, fácilmente volvemos a dudar. Al igual que el empleo, también el dinero nos intimida, y tendemos a dejarnos subyugar por él.
Es curioso, sin embargo, que quien se hace esclavo del dinero siempre sentirá que posee pocas riquezas, aun cuando tenga muchas. Vivirá con la sensación de que le falta de todo, aun cuando no carezca de nada; de que en cualquier momento puede desaparecerle cuanto ha acumulado. Por tanto, aun siendo rico, será pobre. Del mismo modo que el funcionario fanático de su trabajo acaba siendo un mal trabajador, así también quien se aferra a todo cuanto tiene vive en una inmensa pobreza, aunque disfrute de muchas cosas.
¡Qué triste es la vida humana cuando es mal vivida...! Y es que existir de un modo completamente equivocado tal vez sea peor que morir. Al describir esa «libertad por fuera», ese modo de vivir que nos libera de las esclavitudes del trabajo y de la obsesión por lo material, siento que se trata de algo realmente difícil. Y es difícil porque exige Fe y confianza en el amor: una Fe y una confianza de las que a menudo carecemos.
Por eso es natural que reaparezcan las servidumbres después de habernos liberado de ellas durante algún tiempo. Volvemos de nuevo a ser trabajadores aterrados y a hacer una y otra vez cálculos monetarios, como si nuestras cuentas fueran el aire que respiramos. Pero, aparte de estas miserias, existe otra no menos terrible: el modo en que algunas personas pueden convertirse para nosotros en señores de nuestra vida y de nuestra muerte.
Personas con las que establecemos la misma relación que los gladiadores mantenían con el emperador romano. Personas cuyo más mínimo gesto hace que nos estremezcamos por dentro y nos preguntemos si estarán o no contentas con nosotros, si hicimos debidamente lo que teníamos que hacer, si podemos intentar algo más por agradarles. ¡Qué tristes son esas relaciones que no tienen nada de abrazo humano, sino que consisten tan solo en un modo de ponernos en cuclillas!
Por lo demás, si el fanatismo en el trabajo arruina las labores que realizamos, si la avaricia destruye nuestra relación con las cosas, también este servilismo corrompe la vida en sociedad: nuestros amigos ya no son verdaderamente amigos nuestros, sino que se transforman en «contactos», es decir, en personas que se aprovechan de nosotros, para después aprovecharnos nosotros de ellas. Y todo ello debidamente anotado en un libro de contabilidad cuyo balance se refleja en las sonrisas y en los rostros.
Resulta fundamental, pues, construir esa libertad por fuera, esa manera de gozar de nuestro trabajo, de las cosas que tenemos y de las personas con las que nos relacionamos. ¿Es fácil? Por supuesto que no. Resulta incluso natural que a veces reculemos. Sin embargo, siempre que esto suceda, vendrá acompañado de la melancolía y percibiremos que tenemos que retornar al aprendizaje de nuestra libertad. Si insistimos en ese modo de ser libres, llegará un momento en que la alegría se instalará en nosotros de una vez por todas. Como si, estando aquí, tuviéramos ya un pie en la eternidad. Y esa alegría sentida por dentro nos hará ver que existe en nuestro interior algo que no muere. Y en ese momento comprenderemos que no nos hemos liberado tan solo de las esclavitudes institucionales, humanas o económicas, porque la propia muerte ya no tiene poder alguno sobre nosotros.