• No results found

CHAPTER 4: STUDY ONE: FACE-TO-FACE INTERVIEWS

4.5 Results

4.5.5 Theme One | People

De hecho, si no nos resulta fácil liberarnos de las prisiones, tanto interiores como exteriores, todo se vuelve aún más difícil cuando nos encontramos con el sufrimiento y la muerte. El dolor, al que parecemos fatalmente destinados por nuestro progresivo envejecimiento, constituye uno de los grandes problemas de nuestra existencia. Y la evidencia de una vida que, a partir de un determinado punto, constituye todo un muestrario de decadencias no parece compatible con la idea de que el amor rige el mundo. ¿Cómo podría alguien que nos amara haber inventado este convoy que rueda imparablemente hacia nuestra desaparición, pasando por tantas etapas de ocaso?

Convencidos de que el sufrimiento humano representa un puro absurdo, muchos contemporáneos huyen de él como de la peste. Y esa huida, en algunos casos, se concreta en un rechazo absoluto de todo cuanto pueda doler. Nos referimos a individuos que tratan de permanecer siempre en una dulce esfera de gozo, rechazando hasta la más mínima sombra de sufrimiento. Pero lo sorprendente es que quien así procede ve cómo su existencia acaba siendo devorada por los tormentos que trataba de evitar.

Un ejemplo apropiado lo constituye la persona tóxicodependiente: alguien que vive hipnotizado por el planeta de placeres que prometen las sustancias que consume. Nada hay para él más valioso que eso. Los deleites momentáneos de su vicio le insinúan que tal delicia podría ser eterna: bastaría para ello una nueva dosis. Y entonces se sumerge en un modo de vida que, como todos sabemos, constituye una interminable pesadilla. Y el dolor que deseaba evitar a toda costa se ensaña con él con mayor violencia aún.

Lo mismo puede decirse de tantos jóvenes que, educados en una suave permisividad y una molicie constante, son incapaces de abandonar el reino encantado de su niñez y, cuando crecen, permanecen en una luna infantil totalmente alejada del mundo real, con lo que la vida no llega a acontecerles. El rechazo del dolor acaba significando la incapacidad de alcanzar la felicidad de todo lo que podrían llegar a ser. Y no hablo solo de los jóvenes contemporáneos. El gran poeta Mário de Sá-Carneiro, nacido en 1890, representa un terrible ejemplo de lo que venimos diciendo: negándose por completo a

salir del cuento de hadas de su infancia, que en su caso derivó hacia la magia de la literatura, acabó teniendo que refugiarse en el suicidio.

Como resulta evidente que huir de todo dolor en absoluto desemboca tan solo en más dolor aún, muchos buscan otra salida, otra solución: sufrir lo menos posible, sufrir tan solo lo indispensable, tratando de consumir el máximo de gozos que la vida pueda ofrecer. Podemos afirmar que en la historia occidental la mayoría de las personas viven basándose en este principio, en esta gestión racionalizada del placer. Consiguientemente, parten de una infancia y una adolescencia principescas, a las que sucede una juventud aristocrática. Posteriormente, tratan de conseguir un trabajo lucrativo y disfrutar al máximo las fiestas y los fines de semana. Para lo cual evitan compromisos humanos más profundos: van pasando por las personas que pasan cerca de ellas. Y a partir de un punto determinado, ya piensan únicamente en una reforma que será un enorme orgasmo de ociosidad.

Sin embargo, transcurren los años, y su vida –que puede muy bien ser la nuestra– no llega a acontecer verdaderamente. No ocurre nada serio, concreto y profundo en una existencia que tan solo ha disfrutado de sí misma. Y llega la vejez, como una mancha de sombra que va transformándose en una noche definitiva. El cuerpo se convierte en una colección de problemas. Y el sufrimiento del que pretendíamos huir nos envuelve para siempre. Cuando morimos, no pasamos de ser un paquete que no ha sido depositado en el correo de la vida que tenía para vivir.

En el fondo, lo que en el tóxicodependiente se produce rápidamente, porque el placer se devora a toda velocidad, en la persona «normal» acontece lentamente; pero, en esencia, el proceso es muy similar. Ambos se narcotizan con deleites que, en el drogadicto, surgen «en catarata», mientras que en el caso del ciudadano común se disfrutan con la mesura propia de quien tiene que gestionar su cuenta corriente. De todos modos, unos y otros acaban siendo deglutidos por el dolor que tanto pretendían evitar.

Es debido a este tipo de actitudes, ferozmente predadoras de placer, por lo que nuestra sociedad contemporánea presenta las tres siguientes características:

En primer lugar, la práctica del disfrute sustituye a la vida espiritual. La juerga o el viaje del fin de semana aparecen en lugar de cualquier hábito de carácter religioso.

Por otro lado, las personas que militan en esta cultura del deleite imprimen a la vida social un segundo atributo: un egoísmo silencioso que llena la realidad de todo tipo de ineficiencias.

Pero como, con el paso de los años, el oasis de delicias en que existimos nada puede contra el dolor, se manifiesta entonces la tercera característica: una blanda melancolía, una sonámbula tristeza que deriva en una honda desesperación.

Bien pensado, tanto el tóxicodependiente como la persona «normal» tratan de mantenerse más acá del sufrimiento, sin recorrer los territorios de dolor, o pasando por ellos lo menos posible. Y ese es precisamente el error: quien huye del dolor acaba siendo perseguido, capturado y devorado por él. ¿Cuál es, entonces, la solución? Simplemente, hacerle frente, caminar por sus senderos hasta conseguir pasar al lado de allá.

Desde niños, a todos nosotros nos han enseñado que de este modo las cosas funcionan mejor. Atravesar el dolor –el dolor de estudiar, el dolor de los exámenes, el dolor de las responsabilidades...– nos permite llegar a un país de pura paz. Y el engaño de los hedonistas contemporáneos consiste en que intentan frenéticamente permanecer en el más acá del sufrimiento de vivir, cuando la verdadera solución consiste en pasar al otro lado del sufrimiento, llegando así a un más allá que habrá de proporcionarnos, de hecho, una límpida felicidad.

Así es el dolor: como un perro que ladra. Si huimos de él, nos perseguirá y acabará mordiéndonos la vida entera. Si, por el contrario, le hacemos frente, pasaremos al otro lado, abandonando el mundo de sus ladridos y descubriendo una vía de paz por la que podrá transcurrir nuestra vida. ¡Dichoso aquel que consiga atravesar sus sufrimientos, porque alcanzará la libertad! ¡Y ay de aquel que no les haga frente!

En este modo de ver las cosas, que es el modo cristiano de considerarlas, el sufrimiento ya no constituye un puro absurdo, como sucede con la banal visión de la persona en nuestros días. Al contrario: el dolor sirve para perfeccionarnos, pues nos abre el acceso a lo mejor que había en nuestro destino. Y todo ello con la garantía de que nuestro sufrir será transitorio: de que el dolor se produce en determinados momentos, pero es la alegría la que reina en la eternidad.

Si sabemos que los contratiempos son puramente episódicos, ¿cuál es el problema de vivir esos instantes, conscientes como somos de que el temple de nuestra alma se verá

robustecido en tales ocasiones? Jesús habló con frecuencia del dolor, que Él llamaba «cruz»[6], aludiendo a su propia muerte: el mensaje de Cristo contiene casi siempre la

idea de que las horas de sufrimiento y tristeza son el trampolín para la alegría total de la vida eterna[7].

Ahora bien, eso no significa que vayamos a ser adictos al sufrimiento (porque también existen los tóxicodependientes de la penitencia). Lo que quiero decir es que, como sabemos que el dolor puede ser positivo, porque después de él viene la felicidad, sería posible que nos aficionáramos al sufrimiento, incrementando su intensidad. Se produciría así lo que podríamos llamar un «masoquismo espiritual» que es completamente ajeno a la práctica de Jesús. Él aceptaba el ayuno, por ejemplo, pero siempre fue extremadamente suave y moderado en relación con el sufrimiento. No se presenta en absoluto como un capitalista de penas y pesares. Si muere en la Cruz, es para darnos la vida eterna, demostrando así que el dolor es pasajero.

Tal vez podamos sintetizarlo diciendo que el sufrimiento se produce en la vida como un apoyo a nuestra evolución, siendo siempre transitorio y conduciendo siempre a la felicidad. Pero, ¡ojo!, no es exclusiva del cristianismo la idea de la importancia de un dolor transitorio para la alegría del mundo. A la misma conclusión llegó, por ejemplo, el hinduismo cuando definió el sacrificio como motor que permite avanzar a la Creación[8]. E incluso los profetas de las «tierras prometidas» de la izquierda hablaban

de una revolución previa, no exenta de sacrificios.

En el fondo, el sufrimiento constituye el modo en que se revela lo que somos para obtener lo mejor de nosotros mismos. Cuando escuchamos a una orquesta, ¿cuánto esfuerzo no hay detrás de esa armonía? Cuando leemos una obra maestra, ¿acaso no somos conscientes del trabajo que el autor tuvo que realizar para producir esa maravilla? ¿No se debe la belleza de nuestra infancia a la abnegación de nuestros padres? ¿Acaso todo cuanto es bello no nace de un momento de dolor que se convierte en una eternidad de alegría? ¿Por qué tenemos miedo, entonces?

Esta aceptación del dolor y del papel que este desempeña como camino hacia la plenitud es el único modo de resolver el fastidio de que nuestro destino de felicidad deba pasar por el sufrimiento. Obviamente, podríamos desear una existencia hecha tan solo de delicias; pero eso, tal vez, no sería más que un modo de corrompernos en vida, como

ocurre con las personas que, pretendiendo corregir el universo, crean para sí mismas una existencia llena de gozo y de disfrute.

Sea como fuere, ya vemos que el camino de nuestra libertad no es nada fácil: por un lado, exige esfuerzo, constancia para liberarnos de las esposas, tanto exteriores como interiores, a las que antes nos referíamos. Por otro lado, tampoco los senderos del sufrimiento se recorren con demasiada facilidad. Quien emprende la ruta de su alegría, de su liberación, de su felicidad, necesita equiparse para el viaje.

Tanto más cuanto que a la persona que cree le esperan dos tipos de sufrimiento: por un lado, los propios de la condición humana –obstáculos como la enfermedad, las dificultades materiales, la propia muerte...–; por otro, los problemas derivados del ejercicio de su libertad. Porque quien recorre los caminos del amor se mueve al borde del abismo. Y aunque no caiga, dado que algo le sostiene siempre, no deja de sentir vértigo.

En un determinado momento de su andadura, Jesús se encontró con una multitud que quería seguir el camino del amor. Debían de ser personas arrastradas por un exceso de sufrimiento. Y ante aquella gente desesperada Jesús pronunció uno de sus más bellos discursos[9], el de las bienaventuranzas: dichosos los que lloran, los pobres, los que

están exhaustos, los que tienen hambre y sed de justicia, los que perdonan y construyen la paz... Y lo que Jesús habrá querido decir es que la ruta hacia la alegría más absoluta tiene un relativo componente de sufrimiento. Nos dirigimos hacia la felicidad a través de una misteriosa senda de dificultades.

Obviamente, hay en todo esto un enigma. Nuestra pobre mente se pregunta: ¿por qué no podemos alcanzar la alegría partiendo de la alegría y pasando por la alegría? Todos desearíamos ser niños mimados de Dios. Pero, entonces, tal vez no creceríamos, no llegaríamos a lo mejor de nosotros mismos, sino que seríamos como pájaros que no han aprendido a volar. Más aún: ni siquiera naceríamos verdaderamente[10].

Por lo demás, el propio Jesús asumió todo nuestro sufrimiento: murió en la Cruz, esa Cruz de la que tanto había hablado; y fue en ella donde abrió sus brazos y alzó el vuelo. Porque, de hecho, cuando murió violentamente y más tarde resucitó, nos confirmó de una vez por todas esas dos verdades de las que venimos hablando: que el sufrimiento es transitorio y que, si sabemos vivir nuestro dolor, él será la puerta de

acceso a la felicidad. Y esa alegría final, ese puro y definitivo júbilo, no se verán ensombrecidos en modo alguno.

Dicho de otro modo: para ser capaces de hacer realidad todos nuestros sueños hemos de ser también capaces de soportar el sufrimiento que conllevan. No hay en la vida sueños que sean tan solo lo que uno sueña para sí mismo. La felicidad se realiza sudando, sufriendo, trabajando... Pero debemos estar tranquilos: quien nos ama nos ama más aún en nuestro dolor. Por consiguiente, cuando llegue el sufrimiento, solo tendremos que soportarlo y, a continuación, seremos más felices de lo que éramos. Sin embargo, para conseguir afrontar ese dolor, para tener el coraje de asumir la libertad a que nos invita quien nos ama, necesitamos ayuda. Vamos a hablar, entonces, de esos apoyos con que contamos en el camino hacia la felicidad.

Notas

[1] Mateo 5,45. Al citar el Nuevo Testamento, nos referiremos tan solo a un evangelista, aun cuando la frase o el pasaje en cuestión aparezca en más de un evangelio.

[2] Hebreos 12,6-7. [3] Mateo 28,20. [4] Lucas 12,22-34. [5] Lucas 6,37. [6] Marcos 8,34 [7] Juan 12,23-28.

[8] Cybelle SHAT T UCK, Hinduísmo, Edições 70, Lisboa 2008, pp. 24-26.

[9] Mateo 5-7.

Tercera parte: