CHAPTER 4: STUDY ONE: FACE-TO-FACE INTERVIEWS
4.5 Results
4.5.7 Theme Three | Work
Como ya hemos dicho, la práctica de la oración no es exclusiva del cristianismo. Las técnicas de meditación del hinduismo y del budismo se asemejan a nuestras plegarias occidentales. Por consiguiente, esta primera herramienta del alma a que estamos refiriéndonos fue descubierta por diversas culturas en diversos puntos de la Tierra y en diversas épocas de la historia. Existen incluso personas que rezan inconscientemente: a través de la convivencia con la belleza, que conmueve a nuestro espíritu, o a través del sabor de la bondad, que revela la presencia del amor en un simple gesto.
Del mismo modo que son diversas las religiones que conocen la oración, así también son muchas las que realizan actos de culto público. Se trata de ceremonias que tienen lugar en las mezquitas, en las sinagogas, en las iglesias cristianas o en los templos hindúes. También ellas constituyen una importante herramienta espiritual que, sin embargo, debemos aprender a usar correctamente. En efecto, acudir a una iglesia en actitud «ausente» y por mera convención social es casi peor que no poner los pies en ella.
Estas celebraciones colectivas sirven, ante todo, para que nuestra vida espiritual no se transforme en una forma de egoísmo como cualquier otra. Es decir, el encuentro con el amor que se produce en la oración íntima se alarga y se profundiza festejando esa misma presencia amorosa en compañía de nuestro prójimo. Quien vive su relación con el amor en una especie de seco aislamiento no llega a amar verdaderamente.
Hay muchas personas que, cerrándose en la intimidad de sus prácticas espirituales, permanecen en ellas como en un exilio. La vida del alma no puede ser un destierro, sino que ha de ser un encuentro. Los actos públicos de culto constituyen, precisamente, un modo de socializar el amor que sentimos, dándole un mayor espesor. No obstante, tanto en nuestras oraciones individuales como en un templo lleno de gente debemos sentir la presencia de Dios en nosotros: la alegría y el esplendor que esa compañía íntima provoca.
Por lo demás, en una iglesia podemos contar con varias ayudas de las que no disponemos en nuestra oración privada. Hablemos, en primer lugar, de los sacerdotes.
Ellos son maestros, especialistas en la geografía del Espíritu. Y aun cuando una cierta arrogancia, una cierta megalomanía de nuestra alma pueda inducirnos a pensar que sabemos más que ellos, la verdad es que los sacerdotes poseen, por lo general, una riquísima experiencia del amor divino, Ellos son quienes traducen la ternura divina al lenguaje cotidiano. Y esta experiencia, debidamente transmitida, enriquece nuestra aventura interior.
Pero, además de los sacerdotes, debemos tener también en cuenta los propios templos, que son el lugar en la Tierra donde se refleja el cielo de felicidad que andamos buscando. A veces, esas proyecciones de lo divino que son los templos adoptan formas arquitectónicas que inundan de belleza nuestra alma. Pensemos, por ejemplo, en las pequeñas iglesias románicas, que son como la oración de un niño, o en las grandes y espectaculares catedrales góticas. Recordemos también la Sagrada Familia de Barcelona, un edificio que ha atraído esa oración de los no creyentes que es la visita turística a un espacio sagrado: oración inconsciente, oración que no sabe de sí misma, pero de la que sí sabe Dios. Finalmente, siempre estará esa iglesia que, sin tener nada de especial, constituye para nosotros una referencia por la razón que sea, por cualquier acontecimiento acaecido en nuestra vida.
Las celebraciones de los templos, como ya hemos dicho, ponen nuestra vida espiritual en contacto con los demás, sin lo cual no pasaremos de ser una simple planta en una maceta. Solo el abrazo dado al prójimo nos transforma absolutamente en jardín. Por otro lado, el lugar sagrado es, en sí mismo, una antecámara de la felicidad, una puerta que da acceso a todos los misterios. Y, además, en él tiene lugar el diálogo con los sacerdotes. Todo ello hace de las ceremonias religiosas un complemento esencial de la oración privada.
Sin embargo, y aun siendo fundamentales todos esos encuentros, lo más importante que debe acaecer en los templos consiste en que profundicemos el abrazo que damos al amor. Resulta crucial insistir en esto, porque en las actuales Eucaristías católicas el sacerdote ocupa en exceso el centro del diálogo con lo divino, hasta el punto de que hay quienes oyen al cura y aprecian su retórica, pero no se acuerdan de escuchar al Dios amoroso que les habla a través de dicho sacerdote. De hecho, en la misa es el Señor quien viene a estar con nosotros, y es su amor lo que debemos sentir. El sacerdote equivale a un altavoz a la hora de escuchar música.
Resumiendo: durante la oración privada, es Dios quien nos visita en nuestra casa, mientras que en las ceremonias religiosas somos nosotros quienes acudimos a visitarlo a Él en su morada. Este intercambio de cortesías funciona como un sistema de gentilezas espirituales. Por consiguiente, ir a misa es un modo de manifestar nuestro cariño por Aquel a quien tanto y tanto gustamos.
Al entrar en un templo, damos siempre un paso más al frente en el misterio del amor. Los actos de culto varían según las religiones. Los hindúes no conocen lo que los católicos llamamos «misa», sino que cada cual se dirige a un santuario, donde realiza sus gestos o sus plegarias de acuerdo con su situación anímica. No obstante, el creyente hindú acude a los lugares sagrados con el objetivo de gozar de una intensa sensación de la presencia divina[7]. En este sentido, su gesto es muy semejante al nuestro: Dios se le
hace presente en el templo, del mismo modo que a los católicos se nos hace presente lo divino en la Eucaristía.
Es una lástima, sin embargo, que muchos cristianos asistan a la misa en un estado de somnolencia, sin percibir siquiera que toda su alma debería despertar a lo largo de la ceremonia. La Eucaristía católica, después del saludo de entrada, comienza con la asunción de nuestras culpas. Se trata de un momento muy hermoso: pronunciando las palabras de arrepentimiento, todo lo que nos constituye se purifica. Se produce una especie de nuevo bautismo en este momento inicial de la celebración. Después, en los días festivos, agradecemos a Dios el hecho de encontrarnos allí recitando o cantando el «Gloria», que es una serie de promesas de amor que hacemos a quien nos ama.
Sigue a continuación la respuesta de Dios a nuestras palabras, a través de las lecturas, que son las cartas de amor de las que hablábamos en el capítulo anterior. Una vez que hemos expresado nuestra ternura, Dios nos expresa la suya propia, y luego, mediante la homilía, el sacerdote prosigue y profundiza este diálogo amoroso. En los días de fiesta, todo ello desemboca en el gran río del «Credo», con el que reafirmamos nuestra Fe.
Llegamos ahora al gran momento. En el altar, que recuerda la mesa de la cena pascual, va a suceder de nuevo lo que ya ocurrió hace cerca de dos mil años: Jesús vendrá a estar con nosotros dentro de unos instantes. Él, que es a la vez divino y humano, nos hará compañía. Aunque no lo veamos, sentiremos sus caricias y su ternura,
que se derramarán en nuestros corazones y en la levedad de nuestros gestos. Dios va a hacerse presente: Dios va a hacerse presente a nosotros, y nosotros a Él.
Todos los creyentes, aun los más somnolientos, sienten el prodigio de este instante, que tiene lugar durante la consagración. Y en el momento en que comulgamos, el milagro que se ha producido queda grabado en nuestra alma, esculpido en lo que somos. Y cada participante es como un espejo en el que puede percibirse un destello divino. Si asistimos a la Eucaristía con regularidad, la luz que nos habita no deja de crecer. Como si fuéramos una vela que arde cada vez más y mejor.
Quien asiste a misa por mera convención social, tal vez sería mejor que no asistiera. Porque es por amor, y sólo por amor y más amor, por lo que debemos frecuentar la iglesia. Sin embargo, puede que en determinados momentos de la vida la Eucaristía produzca en nosotros un efecto más tenue. No nos preocupemos cuando nuestra llama vacila: echemos mano de la paciencia para protegerla, y acabará recobrando su vivacidad.
¿Cómo comparar la oración personal y la asistencia a los servicios religiosos? Tal vez podríamos decir que rezar en casa es sentir cómo pasa la luz de Dios a través de la cortina de nuestra vida cotidiana, produciendo en nosotros un estado anímico semejante al de quien observa una vidriera en el interior de una iglesia. Asistir a una Eucaristía, en cambio, es como descorrer esa cortina, abrir una ventana y vislumbrar los bellos y serenos paisajes de la luz de Dios.
En ocasiones, la religión complica el culto. Hemos de tener cuidado con esto, porque podemos sentir la tentación de pensar que una ceremonia religiosa escrupulosamente realizada nos justifica, salva nuestra vida. En realidad, lo que importa es lo que hagamos al salir de la iglesia. Lo fundamental de la misa es ser capaces de proseguir esa misma misa fuera de dicha iglesia. El principal templo de Dios es el mundo, el universo entero.