CHAPTER 4: STUDY ONE: FACE-TO-FACE INTERVIEWS
4.5 Results
4.5.9 Theme Five | Agency
Recibir al amor en nuestra casa: eso es la oración. Visitar al amor en un lugar donde él se ha citado con todos sus amigos: eso es la ceremonia religiosa. Conversar con el amor: en esto consiste la confesión. Sin embargo, este amor del que hablo apenas significará nada si no ocurre también en nuestra relación con los demás.
Actualmente, se ha perdido bastante el sentido sagrado de la convivencia humana. Las personas pasan unas junto a otras como quien circula por una estación de autobuses o de ferrocarril. En realidad, nuestras relaciones con el prójimo son un modo de relacionarnos con Dios, un encuentro más con el amor.
De este modo, si nuestra vida espiritual no desemboca en los demás, es porque no ha llegado a ningún lugar. Esto lo saben las principales religiones, que subrayan la importancia de la humanidad entera como destino y vocación de cada ser humano. Y lo más curioso es que también nos-otros lo sabemos en nuestro interior: nuestro amor busca amor en otras personas. Y esta constante búsqueda de ternura para nuestra propia ternura nos dice que hemos sido creados para amar.
En este sentido adquiere particular importancia otro ser humano que nos está destinado y con quien vamos a construir un templo en común. Me refiero al matrimonio, la revelación del amor de Dios en el cariño que une a dos personas. Podemos decir que casarse consiste en orar dando la mano al otro. Consiste en ir a misa mirando a ese otro. Consiste en confesarnos ante nuestra pareja, aunque solo sea a través del embelesamiento de nuestro silencio.
Sé perfectamente que el matrimonio está muy desprestigiado en la sociedad occidental. Y ello se debe, en parte, al hecho de que en las generaciones anteriores las parejas se apoyaban en la convención y no en la esencia de lo que los unía. Los más jóvenes han crecido viendo, con esa mirada sumamente lúcida de los niños, el pragmatismo ateo de sus progenitores, cristianos solo de nombre. Ha sido así como los padres han hecho que los hijos no vean con buenos ojos el matrimonio.
Al no casarse, muchos jóvenes tratan de evitar la mascarada de la boda de sus mayores. No quieren hacer de su vida sentimental una función de títeres. Obviamente, la
disminución del número de matrimonios revela también la crisis de la espiritualidad cristiana en Occidente y un cierto egoísmo por parte de la juventud. Pero, ¡ojo!: una gran parte de esa crisis se debe a que las parejas solo eran creyentes en apariencia.
Creo haber dicho en alguna ocasión una de esas máximas presuntuosas capaces de animar una conversación; y aunque la mayoría de ese tipo de afirmaciones sirvan de poco, voy a referir la frase en cuestión: «el mayor enemigo del matrimonio cristiano es el vestido de novia». De hecho, la unión divina de dos personas se ha visto falsificada por tanto maquillaje social. Y el traje nupcial constituye un buen ejemplo de hasta qué punto una prenda de vestir puede desteñir el alma en un momento tan importante de nuestra vida. Cásese la gente con lo que siente, no con lo que viste.
Lo más hermoso del amor entre dos personas no es tan solo el cariño y la ternura en que ambas se funden, sino la emoción más profunda de sentirse amadas por el universo entero. Es bueno el amor del otro, y es bueno también el impulso amante que me une a ese otro; pero todo ello vive envuelto en un inmenso amor que está por todas partes, rodeando a cada matrimonio. Y cuando alguien se casa por la Iglesia, dice simplemente «gracias» a esa ternura infinita de la que es reflejo el cariño compartido por la pareja.
Quien se casa en virtud de una convención social manifiesta su agradecimiento a las personas equivocadas: escribe al mundo de los humanos una carta que solo al amor, solo a Dios, debía ser remitida. Y este desacierto inicial tiende a prolongarse en más errores a lo largo de la relación, hasta que esta se transforma en el absurdo de sí misma. Si, por el contrario, alguien se casa sabiendo el papel que un amor mayor desempeña en el cariño que el hombre siente por la mujer, y viceversa, ve cómo la ternura de la pareja de que forma parte se robustece con el tiempo.
Por lo demás, la pareja que se ha constituido se convierte, ella misma, en una pequeña iglesia de tantos afectos: un lugar donde el amor ocurre cada día como una misa privada. No es forzoso que toda la sociedad haya de seguir este modelo de encuentro con el otro, que es también encuentro con el absoluto. Sin embargo, conviene que sepan acerca de la felicidad que proporciona esta vivencia, mil veces mayor que la del consumismo erótico.
Y conviene además que en esa pareja la única norma realmente vigente sea la de amarse. Vuelvo a repetirlo: no permitan que su matrimonio se rija por convenciones
sociales. Únanse en el amor por causa del amor, y que las únicas leyes de ese amarse sean las que se derivan del hecho de vivir amando. Y en todo momento, finalmente, consideren que es el propio amor el que los mantiene unidos: jamás debe una pareja cristiana creer que su vida de relación se basa en su propia virtud.
Es el amor, en efecto, y no nosotros, el que mantiene nuestro amor[12]. Y esta
vivencia del encuentro con el otro y con un cosmos amoroso, en el matrimonio, constituye también una herramienta espiritual, porque la pareja que formamos da vida a nuestra alma. Quien ha encontrado a la persona que será como una caracola en la que podrá escuchar toda la música del amor es alguien que tiene a Dios viviendo en su casa.
Son igualmente importantes las relaciones entre padres e hijos. De hecho, y hablando en términos espirituales, no podemos huir del diálogo con quien nos ha creado, aun cuando ahí exista tan solo un vacío por resolver. Según nos comportemos con nuestros progenitores, así nos comportaremos con el amor. Por eso es por lo que la convivencia familiar se revela fundamental: en efecto, abrazándonos a quienes llamamos «padres», aprenderemos a abrazarnos a Dios.
Y por eso, quien no ha resuelto aún los problemas que haya podido tener con su padre o con su madre, trate de solucionarlos cuanto antes, pues solo tendremos sosiego cuando se cierren todas las cicatrices de una familia que no ha funcionado debidamente. Jesús llamaba «Padre» a Dios; pero para poder decir nosotros que el amor es nuestra figura paterna tendremos que conseguir que esa misma energía amorosa impere en nuestro modo de relacionarnos con nuestros padres terrenos.
Todos solemos tener al menos tres oportunidades de dar con la salida de ese laberinto que significan a veces las relaciones entre progenitores y descendientes. La primera es cuando somos hijos; la segunda, cuando nos convertimos en padres; la tercera, cuando nuestros hijos nos convierten en abuelos. A quien no ha conseguido ser un buen hijo ni ha ejercido debidamente su paternidad le queda todavía la oportunidad de ser un excelente abuelo. De hecho, hay personas que solo en la «tercera edad» consiguen resolver sus problemas con el amor familiar.
Sea como fuere, si no tomamos en brazos a nuestros hijos, no percibiremos hasta qué punto estamos en brazos de Dios; y si desconocemos el regazo de nuestra madre,
nos resultará complicado entender las caricias que Dios nos dispensa cada día. Vivir plenamente nuestra vida familiar nos enseña a comprender el movimiento del cosmos.
No obstante, yo no defiendo el valor espiritual de esa red de intereses y complicidades que constituye una familia ampliada, una de esas familias «a la portuguesa» formadas por una multitud de tíos, primos y toda clase de misteriosos grados de parentesco. En realidad, más allá de la persona que nos ha sido destinada y con la que nos casamos, más allá de nuestros padres y de nuestros hijos, tan solo tenemos un destino social, que es la humanidad entera.
De este modo, las relaciones con los hermanos sirven para adiestrarnos en el ejercicio de nuestra fraternidad con todo el mundo. Y esa maravillosa amistad que tenemos con los primos debe ser la misma que dedicamos a muchas de las personas con las que nos cruzamos. De este modo, la bondad vivida con nuestro cónyuge, con nuestros hijos y con nuestros padres, la ternura que mostramos en el encuentro con los demás, será una herramienta espiritual más, porque estos amores humanos permiten a nuestra alma amante elevarse hacia el gran amor de Dios.
Vive, pues, tus relaciones como si fueran plegarias, como si fueran misas, porque funcionan como un complemento fundamental de tu vida espiritual. El abrazo que damos a nuestro cónyuge todos los días antes de ir a trabajar nos reviste de una armadura que completa las oraciones cotidianas. Y un beso de nuestra hija o de nuestro hijo pone en nuestra cabeza un yelmo absolutamente indestructible.
Notas
[1] Las obras de Teresa de Jesús en las que me he inspirado para la sinopsis que presento a continuación son el Libro de la vida y el Castillo interior o Las moradas.
[2] Ziauddin SARDAR, Em que acreditam os Muçulmanos, Publicações D. Quixote, Lisboa 2007, pp. 98-
100.
[3] Gonçalo PORTOCARRERODE ALMADA, entrevistado por Zita SEABRA, As palavras da Palavra: Dicas sobre
as parábolas de Jesus, Alètheia, Lisboa 2013, p. 217.
[4] IGNACIO DE LOYOLA, Ejercicios espirituales, ed. de Cándido de Dalmases, Sal Terrae, Santander 1990,
pp. 167-174.
[5] TERESA DE JESÚS, Castillo interior o Las Moradas, ed. de José Vicente Rodríguez, Editorial de
Espiritualidad, Madrid 1999, p. 24. Se trata del punto 10 del capítulo 3 de la parte dedicada a las «séptimas moradas».
[6] Francisco Javier SANCHO, Las páginas más bellas de Edith Stein, Editorial Monte Carmelo, Burgos
1998, p. 58.
[7] Cybelle SHAT T UCK, op. cit., pp. 70-71.
[8] Jacques LE GOFF, entrevistado por Jean-Maurice DE MONT REMY, Em Busca da Idade Média, Teorema,
Lisboa 2004, p. 63.
[9] Renzo ALLEGRI, Padre Pio: um santo entre nós, Paulinas, Lisboa 1999, p. 471-472.
[10] Marcos 10,17-27.
[11] Juan 4,5-42.
Cuarta parte: