4.2 Monthly Analysis on Rainfall and Wind
4.2.1 Analysis of Gridded Dataset
ios tiene que ser alguien muy feliz y alegre, pues es así como se revela, desencadenando una alegría interior difícil de definir. Los salmos muestran cómo el encuentro con el Señor es causa de gozo. Él es un Dios festivo (Salmos 13, 43, 47, 100, 122, 149). Dios no es una especie de aguafiestas de la existencia humana, ni hay verdadera religiosidad sin alegría.
Hablar de Dios es más complicado que hablar con Dios. Estamos mucho más dispuestos a hablar de Dios y de sus cosas, que a dialogar con Él en una relación de amor y de amistad. Como no lo vemos ni lo oímos a través de los sentidos, nuestra tentación consiste en decir unas cuantas frases hechas que nos enseñaron hace muchos años.
Sin embargo, Jesucristo lo llamaba «Abba», una forma derivada del arameo «ab», que significa «papá». Esta expresión que emplea su propio Hijo vuelve la figura omnipotente y misteriosa de Dios mucho más próxima. Jesús quiso decirnos que somos una familia y que Dios es el padre, y también la madre, y que vive con nosotros la aventura de la vida y nos invita, como hijos, a su casa, que es también la nuestra.
La imagen que aún tenemos de Dios está llena de polvo, de telarañas y de moho. El mundo ha evolucionado mucho y los cambios han sido tan grandes y tan acelerados, que es una pena que sigamos amarrados a frases hechas e ideas preconcebidas sobre Dios y, peor aún, que sigamos pensando que su sitio está en la iglesia, que tiene poco que ver con los problemas de la actualidad y que solo pertenece al ámbito de lo privado y de la conciencia.
Creo que es urgente que consideremos la fe, que ha de estar encarnada en las circunstancias actuales, con mayor sentido del humor, porque Dios tiene un finísimo sentido del humor. ¿Qué diría Dios hoy, aquí y ahora, ante tantas realidades que son necesariamente distintas y diferentes de las de hace unos siglos? Creo que en la Biblia se encuentra todo lo que Dios quiere seguir diciéndonos hoy, pues la Palabra de Dios es siempre nueva y actual; hay que pensar la vida más y mejor en clave divina, con más realismo y menos abstracciones.
Todo lo que hemos dicho de Dios estará siempre mucho «más acá» de lo que Dios mismo es. Lo que podemos decir estará siempre en un lenguaje humano, impregnado de nociones, conceptos y maneras de pensar humanas; pero Dios, por su propia naturaleza, trasciende nuestra humanidad. Si comprendiéramos a Dios, entonces dejaría de ser Dios, pues su sabiduría y su lógica no son como nuestra sabiduría y nuestra lógica.
A lo largo del tiempo hemos deformado mucho la imagen de Dios. Se ha escrito, predicado, enseñado, pintado mucho sobre Él. En su nombre se han cometido muchos crímenes. A causa de interpretaciones más o menos fanáticas, se ha prohibido y se ha castigado, porque Él es –se pensaba– «el absolutamente trascendente». Y sin embargo, Jesús, que vivía en una sociedad en la que no se podía nombrar a Dios, nos enseñó a llamarle «papá» y a amarnos sin límite...
humanidad con un optimismo indescriptible. Tal vez Dios tendría que sentirse decepcionado, pesimista; tal vez tendría que estar deprimido, pues el hombre, creado a su imagen y semejanza, se aparta una y otra vez de su amor.
Dios no envió a su Hijo para condenar el mundo, sino para salvarlo (Jn 3,17). Y quiere que todos los hombres se salven (1Tim 2,4). Nos brinda su gracia para que afrontemos las dificultades con optimismo (Rom 4,18).
Dios tiene que reírse un montón de las barbaridades que hacemos y decimos, porque creemos que eso es lo que quiere que hagamos y digamos. Tiene que lamentar profundamente que hayamos complicado las cosas de la religión, cuando Él mismo es la sencillez más perfecta.
Tiene que esbozar una sonrisa cuando nos equivocamos en las formas de agradarle y de ser buenecitos. Tal vez tenga razón José Luis Cortés, el dibujante, al hablar de un Dios «hogareño» y representarlo en ropa de andar por casa y en zapatillas, pues el Cielo es su casa, la casa del «papá» de Jesús, que también es, para nosotros, un verdadero hogar.
Pablo VI, en su carta Gaudete in Domino, sobre «la alegría cristiana»[11]
, afirma: «Sería también necesario un esfuerzo paciente para aprender a gustar simplemente las múltiples alegrías humanas que el Creador pone en nuestro camino: la alegría exultante de la existencia y de la vida; la alegría del amor honesto y santificado; la alegría tranquilizadora de la naturaleza y del silencio; la alegría a veces austera del trabajo esmerado; la alegría y satisfacción del deber cumplido; la alegría transparente de la pureza, del servicio, del saber compartir; la alegría exigente del sacrificio. El cristiano podrá purificarlas, completarlas, sublimarlas: no puede despreciarlas. La alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales».
Dios desea ardientemente que nuestra alegría sea completa, quiere nuestra auténtica felicidad y realización, quiere caminar a nuestro lado como compañero de viaje y quiere llorar y reír, pues Él es un Dios que es camino, verdad y vida. Aun sabiendo que la vida es muchas veces cruel, trágica y triste y aun cuando no nos apetezca en absoluto sonreír ante innumerables adversidades, Él solo pide que no tiremos la toalla, que no claudiquemos, pues siempre está con nosotros.