4.2 Monthly Analysis on Rainfall and Wind
4.2.2 Analysis of Station Dataset
odemos afirmar que Jesús experimentó muchas de las alegrías humanas. Admiraba la alegría del segador y del sembrador; la alegría de aquel hombre que encuentra el tesoro escondido; la alegría del pastor que encuentra la oveja perdida; la alegría de las bodas; la alegría del padre que recibe y acoge al hijo pródigo; la alegría de la mujer que da a luz; la alegría del contacto con los niños que se acercaban a Él; la alegría del encuentro con el joven rico que quería ser perfecto; la alegría de la compañía de los amigos que le abren las puertas de su casa. Estas alegrías eran signo de las alegrías espirituales del Reino que Cristo anunciaba.
Saboreemos, sin más, algunas referencias a la alegría en el Nuevo Testamento:
«El reino de Dios es semejante a un tesoro escondido en el campo. El que lo encuentra lo esconde y, lleno de
alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo» (Mt 13,44).
«Ellas se alejaron a toda prisa del sepulcro, y con miedo y gran alegría corrieron a llevar la noticia a los discípulos. De pronto Jesús salió a su encuentro y les dijo: “Dios os guarde”» (Mt 28,8-9).
«Pero no os alegréis de que los espíritus os estén sometidos; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo» (Lc 10,20).
«En aquel momento, lleno de gozo bajo la acción del Espíritu Santo, dijo: “Yo te alabo, Padre, señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los hombres sabios y a los entendidos, y se las has manifestado a los sencillos. Sí, Padre, porque así has querido”» (Lc 10,21).
«Y al decir esto, todos sus adversarios quedaron avergonzados, mientras que la gente se regocijaba por los milagros que él hacía» (Lc 13,17).
«Cuando la encuentra, se la echa sobre sus hombros lleno de alegría, y, al llegar a casa, llama a los amigos y vecinos y les dice: “¡Alegraos conmigo, porque he encontrado mi oveja perdida!”. Pues bien, os digo que habrá más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse» (Lc 15,5-7).
«Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas y les dice: “Alegraos conmigo, porque he encontrado la moneda que había perdido”. Os digo que así se alegrarán los ángeles de Dios por un pecador que se
arrepiente» (Lc 15,9-10).
«El padre le respondió: “¡Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo! En cambio, tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado. Convenía celebrar una fiesta y
alegrarse”» (Lc 15,31-32).
«Cuando Jesús llegó al lugar, levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”. Bajó en seguida y lo recibió lleno de alegría» (Lc 19,5-6).
«Al acercarse a la bajada del monte de los Olivos, todos los que iban con él, llenos de alegría, comenzaron a
alabar a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto, diciendo: “¡Bendito el que viene, el
rey, en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo! ¡Viva Dios altísimo!”» (Lc 19,37-38).
“¿Tenéis algo de comer?”» (Lc 24,40-41).
«Levantó las manos y los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos y subió al cielo. Ellos lo adoraron y se volvieron a Jerusalén llenos de alegría» (Lc 24,51-52).
«La esposa pertenece al esposo. Pero el amigo del esposo, el que está a su lado y lo oye, se alegra mucho al
oír la voz del esposo. Así que mi gozo es completo» (Jn 3,29).
«El segador cobra el salario y recoge el fruto para la vida eterna. Así se alegra tanto el que siega como el que siembra» (Jn 4,36).
«Ya sabéis lo que os he dicho: Me voy, pero volveré a estar con vosotros. Si me amáis, os alegraréis de que
me vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo» (Jn 14,28).
«Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté dentro de vosotros y vuestra alegría sea completa. Este es mi mandamiento: amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,11-12).
«Os aseguro que vosotros lloraréis y gemiréis, pero el mundo gozará; vosotros os entristeceréis, pero vuestra
tristeza se cambiará en alegría. [...] Así también vosotros estáis ahora tristes; pero yo os veré otra vez, y
vuestro corazón se alegrará y nadie os quitará ya vuestra alegría» (Jn 16,20.22).
«Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas cuando todavía estoy en el mundo para que tengan la plenitud de mi
alegría» (Jn 17,13).
«... Llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: “¡La paz esté con vosotros!”. Y les enseñó las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor» (Jn 20,19-20).
«Todos los días acudían juntos al templo, partían el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo» (He 2,46-47).
«Ellos salieron del tribunal llenos de alegría por haber sido dignos de ser ultrajados por tal nombre» (He 5,41). «De muchos posesos salían los espíritus impuros dando grandes voces, y muchos paralíticos y cojos
quedaban curados. La ciudad se llenó de alegría» (He 8,7-8).
«Y los discípulos estaban llenos de alegría y del Espíritu Santo» (He 13,52).
«Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran» (Rom 12,15).
«Que el Dios de la esperanza llene de alegría y paz vuestra fe, y que la fuerza del Espíritu Santo os colme de esperanza» (Rom 15,13).
«Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo» (Rom 14,17).
«No os echéis atrás en el trabajo, tened buen ánimo, servid al Señor; alegres en la esperanza, pacientes en los sufrimientos, constantes en la oración; socorred las necesidades de los creyentes, practicad la hospitalidad» (Rom 12,11-13).
«Que cada uno dé lo que le dicte la conciencia; no de mala gana o por compromiso, pues Dios ama a quien da
con alegría» (2Cor 9,7).
«Por el contrario, los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, generosidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia; contra estas cosas no hay ley» (Gál 5,22-23).
«Y aunque tuviera que derramar mi sangre como libación sobre el sacrificio y la ofrenda de vuestra fe, me gozo y congratulo con todos vosotros. Alegraos también vosotros de esto mismo y congratulaos conmigo» (Flp 2,17-18).
«Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca» (Flp 4,4-5).
«Hermanos míos, tened como suprema alegría las diversas pruebas a que podéis ser sometidos, sabiendo que la fe probada produce la constancia» (Sant 1,2-3).
«... Al que amáis y en el que creéis sin haberlo visto, por el que os alegráis con un gozo inenarrable y
radiante, seguros de alcanzar la salvación objeto de vuestra fe» (1Pe 1,8-9).
«Al contrario, alegraos de participar en los sufrimientos de Cristo, para que, asimismo, os podáis alegrar gozosos el día en que se manifieste su gloria» (1Pe 4,13).
«Gocémonos y alegrémonos, y démosle gloria; porque han llegado las bodas del cordero, su esposa está ya