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Appendix: A partial primal-dual gradient algorithm

Comparto algunas impresiones socio-cultural-pastorales respecto de la actual situación brasileña, elaboradas a partir de tres significativas experiencias personales de residencia en el vecino país97. Estas instancias me pusieron en contacto, a lo largo del tiempo, con personas provenientes de variadas regiones de su inmenso territorio; representativas tanto de algunos pequeños pueblos del interior como de sus más significativos e interminables centros urbanos. Esto resultó muy interesante, dado que es en los aglomerados de las grandes ciudades donde de un modo particular la inmigración interna engendra, a modo de crisol, nuevos estilos de vida y cultura en muchas de nuestras naciones latinoamericanas; y donde gracias a estas multiformes procedencias puede conocerse un poco más el interior de los respectivos países sin demasiados desplazamientos. Después de México, Sâo Paulo es la segunda megápolis en tamaño de nuestro subcontinente; y Río de Janeiro la cuarta, después de Buenos Aires.

La integración cultural de lo diverso…

Lo que más me llamó la atención en todas estas oportunidades fue la capacidad que tienen lo/as brasileño/as de valorar e integrar lo diverso

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(1) La más larga, en 1997, en Sâo Paulo, donde hice un curso de cuatro meses con religioso/as en su mayoría brasileño/as. (2) Unos años antes (1991), pasé quince días en algunos pueblos del Estado de Paraná cercanos a Umuarama, observando experiencias pastorales y conviviendo con una familia. (3) Recientemente (enero de 2011), participé durante un mes en Belo Horizonte (Minas Gerais) de la vida de una parroquia y casa de formación, visitando algunos institutos teológicos, comunidades eclesiales y familias, conversando mucho con los padres Antonio Scarpa, Mauro Ulrich de Oliveira y Paulo Cesar Pinto. A esto añado los dos años de convivencia a tiempo parcial en nuestro noviciado latinoamericano de Adrogué (Buenos Aires) con una mayoría „avasallante‟ de formandos brasileños (2009-2010).

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sin perder el propio talante cultural. Donde uno subrayaría distinciones o avizoraría amenazas, ello/as advierten providenciales coincidencias y oportunidades. Puede observarse esta capacidad de integración tanto en los rasgos físicos de las personas, en las que se manifiestan todas las combinaciones tipológicas imaginables, como también en las construcciones y diagramación de pueblos y ciudades, en la forma de vestir o en los modos de proceder: está tudo bem, tudo joia; todo es posible e integrable, y además, con optimismo creativo.

A no ser por lo que sugiere la comunidad, no se perciben significativas normas hegemónicas en ningún aspecto de la vida personal

o social que configuren el ethos brasileño con un jeito o estilo de vida

definido apriorísticamente, como sí podría acontecer, por ejemplo, en la gran mayoría de los países europeos, dominados por una férrea tradición que los encorseta. La informal practicidad brasileña está puesta al servicio de un estilo de vida que privilegia la subjetividad interpersonal y el encuentro, evitando las excentricidades y el aislamiento individualista. En todo caso, un sano sentido del humor invita a corregir las actitudes que puedan no contribuir al bien común por anclarse excesivamente en lo privado.

Esta amplitud y flexibilidad cultural se traduce en panoramas urbanos coloridos, en ómnibus con gente en los que se conversa sin conocimiento previo de los interlocutores, en disponibilidad para ayudar pacientemente al que está en apuros, en un sentido de la hospitalidad que sorprende. También en modos de ser y conductas relativamente espontáneas, en variados cultos religiosos coexistiendo a pocos metros de distancia en la misma calle, en personas con tonalidades de piel diferente que se vinculan y conviven amistosa y confiadamente, en la permanente disposición a poner “al mal tiempo buena cara”: sobre todo, en los sectores sociales más carenciados.

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…A partir de un emotivo optimismo

Efectivamente, no es que no existan dificultades. Si bien Brasil progresó significativamente en los últimos años, la calidad y alcance de la educación todavía no impide la existencia de 15 millones de analfabetos, o que sólo el 10% tenga formación universitaria completa. También los niveles de inseguridad son altos, y muchas viviendas están dotadas de alarmas, cables electrificados, rejas y alambres de púa. Muchas otras están construidas en lugares poco seguros, lo que se pone de manifiesto en los periódicos aludes de tierra que generan un significativo, si bien decreciente, número de víctimas. Aunque en los últimos años mejoró decididamente la cobertura y atención sanitaria, todavía resulta escasa y limitada. También está instalado en los barrios de las ciudades el comercio y consumo de drogas y alcohol, incluso de adolescentes...

Sin embargo, la gente parece no detenerse demasiado en los aspectos negativos, y más bien „tira para adelante‟ con optimismo. Al respecto, el ex presidente Lula, a causa incluso de su historia personal, fue todo un símbolo. Intuyo que el secreto de este radical optimismo reside en esa emotividad fuerte y fogosa que caracteriza e impregna el ethos cultural brasileño, confiriéndole posiblemente su característica más representativa: el ser integralmente apasionado, dejándose llevar más por las intuiciones del corazón que por el dictamen de las ideas.

Por otra parte, el clima prevalentemente tropical y la confluencia de razas (causa y consecuencia de lo que afirmo), le confirió un tono naturalmente sensual al estilo cotidiano de vida: no se le tiene miedo al cuerpo ni a las expresiones afectivas, por ejemplo, al momento de saludarse, vestirse o manifestarse. El cuerpo tiene incluso una vertiente ecológica, participando de algún modo en la explosiva fecundidad de la

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naturaleza. En ocasiones, esto puede exacerbarse, como acontece en el Carnaval, y asociarse a la violencia, como sucede particularmente en contextos marginales. Esto queda de relieve en el contenido de la música funky, análoga a nuestra cumbia villera, popular especialmente en las favelas.

Un poco de historia social

Hay quien explica el apasionamiento brasileño a partir del particular modo de mestizaje entre el portugués y las aborígenes, que según sostiene un reconocido antropólogo, experimentaron recíproca atracción desde el comienzo98. Esto dio lugar a núcleos familiares amplios, que posibilitaron la progresiva ocupación de un amplio territorio. A los mismos se incorporó posteriormente el negro, con ocasión de las plantaciones de caña y café, dando origen a nuevos mestizajes en el marco del patriarcalismo fazendeiro. Sin embargo, en el sustrato brasileño, lo indígena está mucho más presente que lo africano, y por supuesto, que lo europeo. Éste último núcleo sólo se potenció a finales del siglo XIX y principios del XX, con una aluvial inmigración asociada a políticas de blanqueamiento.

Si bien existen otros lugares del mundo en los que podría descubrirse la coexistencia de una gran diversidad cultural y religiosa, lo propio de Brasil es el entroçamento: una confluencia amalgamada,

gustosa y con mínimos prejuicios, de lo diverso. Tal vez pecando de

romanticismo irenista, podría decirse que el aborigen aportó prevalentemente su sabiduría, el europeo su ambición y conducción, el negro su capacidad de trabajo, roles todos que hoy tienden a ser cada

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vez más intercambiables. Esto dio una pujanza característica a la vida de todos los días, lo cual se manifiesta colectivamente en el despunte económico y el mayor desarrollo social del país en estos últimos años. Por supuesto, no debería ignorarse la persistencia de cierto racismo encubierto: basta observar la tonalidad facial preponderante de quienes realizan tareas serviles o no gratas.

Culturalmente, la figura de la mujer fue y es sumamente significativa. La estructura familiar tiene, como en otras partes de América Latina, matriz preferentemente matriarcal. La presencia de la madre es muy importante, e históricamente, la figura de la „nana‟, una madre de leche negra y bien dotada, ocupa un lugar destacado: de hecho, el icono mariano por excelencia, Nossa Senhora Aparecida, es negra. A esta presencia femenina familiar y cuasi-divina se asocia el sentido de gratitud, gratuidad e integración comunitaria en los sectores más sencillos de la población: la madre es la que alimenta.

Pero también, cuando se anula el horizonte de trascendencia, la mujer puede convertirse en el refugio de un fatalismo predominante, a modo de contracara, entre quienes más sufren. Esto acontece cuando lo femenino adquiere connotaciones carnavalescas: y entonces la mujer queda reducida a objeto dionisíaco, y de la mano de la cachaça y/o las drogas, la „negra‟ (históricamente) acabó iniciando o gratificando al „macho‟.

Esperanzadas perspectivas de crecimiento

Volviendo a la temática de la integración, el amplio nivel de valoración y aceptación de lo diverso, fundado en el tal vez más emblemático crisol de razas del mundo actual, confiere a las personas y