Todos sabemos que lo que moviliza a las personas no son las ideas, por claritas y conceptuales que éstas puedan parecer, sino más bien los afectos. En última instancia, todos acabamos obrando de acuerdo a lo que „sentimos‟. De ahí que, para evangelizar, haya que tocar las fibras últimas de las personas: los símbolos que nutren el imaginario de cada una y „afectan‟ sus decisiones centrales. No se produce realmente un cambio de convicciones hasta que no se transforma el imaginario simbólico de la persona.
Anunciar la fe de otra manera
Tampoco es posible hacer catequesis, homilías o teología a base de ideas, por prolijas y concatenadas que éstas se presenten a los destinatarios de nuestro esfuerzo. Si éstas no se decantan como fruto de una experiencia previamente „sentida‟, si no conllevan una „afectación‟ interna, no movilizarán lo más decisivo de los destinatarios: no convertirán realmente sus vidas, y a nosotros nos habrá parecido haber desperdiciado el tiempo. Un intento de comunicación de la fe que parta de la doctrina tendrá muy pocas chances de ser verdaderamente eficaz. Más aún, para que no se malinterpreten y en cambio se internalicen
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correctamente, los conceptos doctrinales tendrán que ser más bien lo último del proceso, y no lo primero.
Lo primero es la experiencia de vida: cómo la percibimos, reconocemos, leemos, interpretamos, valoramos y orientamos. Lo vivido es un „tesoro escondido‟: allí existe un mensaje latente de Dios, a veces encriptado, aguardando a ser descifrado por el propio interesado. Y no solo las experiencias cumbre, lo que nos ha parecido gratificante e inolvidable, como a primera vista parecería; sino sobre todo las experiencias límite, aquellas que quisiéramos olvidar o, mejor aún, no haber directamente vivido. La formación en la fe nos debe ayudar a reconocer el sentido teologal profundo de esta variada gama de experiencias, que tanto en sus vertientes positivas o negativas conllevan emociones y sentimientos, y acaban configurando un imaginario personal.
¿En qué sentido lo vivido toca la fe? O mejor dicho, ¿en qué sentido la fe toca lo vivido? ¿Qué convergencia real existe entre ambas experiencias? Aquí es donde comienza el proceso de conceptualización doctrinal, que posibilita la emergencia de nuestras auténticas y vitales convicciones rectoras. Porque lo profundamente humano tiene que ver decisivamente con lo teologal, lo que más nos conmueve, los mayores interrogantes de la vida claman, casi inevitablemente, por una respuesta profundamente religiosa y creyente.
Transformando el imaginario simbólico
De ahí que al momento de procurar la comunicación de la fe, sobre todo en la catequesis, debamos movilizar los afectos, o captar los afectos ya movilizados. Las mediaciones artístico-culturales en boga, afines a la
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vida y edad de los destinatarios, o aquellas que han sido verdaderamente significativas en el pasado reciente y nutren el imaginario colectivo en un determinado contexto, tienen un gran poder movilizador. Aunque no sólo, hoy hay que destacar de un modo especial el cine y la música. Como antes acontecía con la novela y la poesía respectivamente, ahora son de preferencia estos géneros los que cuentan historias y „dicen‟ sentimientos profundamente humanos. Posibilitan lo que el teatro griego denominaba katarsis, o lo que los psicólogos llaman „proyección-identificación‟: en los personajes e historias de ficción „vivimos nosotros‟, o algo que acaba siendo „profundamente nuestro‟.
Intentemos poner nombre a expresiones artísticas que verdaderamente movilicen nuestro entorno… Constataremos que tampoco en nosotros generan sentimientos neutros, sino que evocan en casi todos experiencias profundas, significativas. ¿Cuál es el plan de Dios para ese tipo de experiencias evocadas? ¿En qué sentido la fe puede iluminarlas y esperanzarlas? ¿En qué sentido la Palabra de Dios y la oración pueden contribuir a que hagamos una lectura progresiva y creativa de esas experiencias evocadas, para que no nos encandilen
presuntuosamente [=el „paraíso ya‟] ni nos desencanten
desesperadamente [=el „paraíso nunca‟]?
Las experiencias humanas más decisivas y primarias son las que concentran mayor interés al respecto, porque nos remiten a la infancia: ¿qué significa una actitud de envidia o una ambición desmedida? ¿Qué hay detrás de un repentino enamoramiento? ¿Qué es lo que se esconde detrás de un desánimo? ¿Qué perseguimos cuando afloran en nosotros expectativas desmedidas, posiblemente ilusorias? ¿Por qué nos sentimos aburridos o desalentados? ¿Por qué algo nos produce fastidio, e incluso bronca? ¿Por qué una actividad nos apasiona, y en cambio una nueva situación nos hace temer? ¿Por qué hay personas que suscitan en
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nosotros profunda antipatía y rechazo? Estas pasiones fundamentales, reflexionadas debidamente y confrontadas maduramente a la luz de la fe, son capaces de desplegar y afianzar en nosotros lo mejor: el núcleo teologal de nuestra existencia como hijo/as de Dios.
La formación en la fe tiene que contribuir a la iluminación de esta „materia prima‟ vital. Las expresiones artísticas son excelentes mediaciones entre nuestro mundo inconsciente [=impulsado] y el plano creyente-moral [=responsable]. Por sus connotaciones simbólicas, encierran posibilidades evocativo-sacramentales, capaces de movilizar y contribuir a la transfiguración de nuestra afectividad-creyente. Me animaría a decir que si en algún momento preocupaba sobre todo la
ordo-doxia [=decir correctamente la fe], y algunas teologías setentistas
hablaban de orto-praxis [=obrar consecuentemente], hoy habría que dar prioridad y preferencia a la orto-pathía [=sentir adecuadamente].
Algunas consideraciones pedagógicas
En función de este tipo de comunicación del Evangelio, es preciso adquirir algunas habilidades: 1) conocimiento suficiente y sapiencial de la fe cristiana; 2) cierto hábito y capacidad de introspección psicológica; 3) familiarizarse con variadas y significativas expresiones artístico- culturales; 4) capacidad pedagógica de diálogo y construcción empática del discurso: dicho en criollo ser „payadores‟ de la fe, hábiles para intuir al vuelo el „sentimiento‟ hegemónico de la copla y „enlazarlo‟, anudándolo con cierto dejo de humor y pericia, sin dejarlo escapar, como haría un hombre de campo con un potro indómito atándolo al palenque. La consigna es la siguiente: a partir de todo se puede evangelizar, y se catequiza cuando se reflexiona ordenada y sistemáticamente el itinerario
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que se recorre, el cual inicialmente suele tener algo de „pampa cimarrona‟.
Si en el ambiente percibimos que algo no genera interés, no hay que insistir, sino buscar creativamente con sintonía empática por medio de expresiones que recuperen el hilo afectivo. Esto no quiere decir „manipular‟: manipular sería utilizar el proceso regresivamente, en función de los propios intereses, inhibiendo la experiencia y pensamiento sapiencial. Evangelizar es conducir el encuentro progresivamente, hacia la experiencia de valores evangélicos autotrascendentes, saboreándolos en su íntima vinculación con lo (ya) vivido, para luego ponerle nombre al trayecto y ordenar lo recorrido [=catequesis].
Así entendidas, la lectura de la Palabra, una homilía, la catequesis, o incluso la misma teología, son procesos „mistagógicos‟, que remiten, inician y profundizan el conocimiento experiencial y celebrativo de la fe cristiana. Esto se emparenta con una mirada „icónica‟ de las personas, acontecimientos y cosas. Lo contrario, la manipulación ideológica, tiene connotaciones „idolátricas‟, ya que remite a un mundo e ideas sin trascendencia, donde la existencia es autorreferencial, opaca y narcisista. Mientras que en el primer caso, por los misterios de la Encarnación y la Pascua, la fe acaba descubriéndonos que las realidades „no son sólo‟, en este segundo caso el discurso ideológico cerrado en sí mismo nos induce a pensar que „no son sino‟.
Bajo esa perspectiva, la mistagogía cristiana „abre‟ siempre a „más‟. La experiencia vivida o la mediación artístico-cultural son ocasiones propicias para realizar este itinerario de crecimiento, profundización o reexpresión de la fe, emparentado con la transformación del imaginario simbólico, de prevalentemente regresivo en progresivo, de idolátrico en icónico, de escéptico en esperante, de narcisista y autorreferenciado en
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teologalmente autotrascendente. De modo que la conversión intelectual [=ortodoxia] y moral [=ortopraxis] de la vida sean consecuencia directa de la conversión afectiva y cordial [=ortopathía].
Cabe aclarar que, por lo dicho, es evidente que no existen recetas. Cada evangelizador debe encontrar su estilo, de acuerdo a los talentos recibidos y habilidades adquiridas. En lo personal, me resulta muy útil el diálogo directo, tratando de incluir en la profundización del discurso de fe cada intervención u observación de los miembros del grupo o auditorio. No necesariamente hay que mirar siempre una película o escuchar una canción: lo más importante es que estas expresiones artísticas, o mejor aún, las experiencias emblemáticas y significativas de la vida, sean adecuadamente evocadas y profundizadas: desde una perspicaz y propositiva sabiduría creyente.
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