Se acoge y hospeda de muchas maneras, pero por sobre todo, dejando entrar al otro/a en la propia vida, abriendo el corazón, y buscando entrar en la de los demás. Jesús nos hospeda comunicándonos su vida, que es la vida del Padre, la misma vida trinitaria: en Él estaba la vida (cf. Jn 1,4), porque el Padre y Yo somos uno (cf. Jn 17,22). Es así que el discípulo amado estará en el seno de Jesús (cf. Jn 13,23), como Jesús está en el seno del Padre (cf. Jn 1,18). A la pregunta de los inminentes primeros discípulos: “¿Dónde moras / habitas / permaneces? [=méneis]”, Jesús responde con un: “Vengan y lo verán” (Jn 1,38-39). La razón de la respuesta es evidente: descubrir al otro/a (también al Señor), acoger y hospedar en la propia vida toma tiempo y desinstala, no se pueden esperar resultados o réditos inmediatos. Por eso “se quedaron con él toda la jornada [=toda la vida]”, y solo así pudieron experimentar un gran hallazgo... Podemos preguntarnos: ¿Cuál es mi disposición inicial para acoger y hospedar al otro/a, a Jesús?
Para acoger, hospedar y habitar en los otros/os, para descubrir finalmente ámbitos de presencia íntima, hay que comenzar por ponerse en el pellejo de los demás, asumiendo una actitud de servicio, como Jesús: “¿Dónde lo pusieron (a Lázaro)?”. También Él escuchará una respuesta que nos es familiar: “Ven y lo verás” (Jn 11,34). Aunque en su
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divinidad Jesús sepa muy bien qué es lo que hay “en el interior del hombre sin que se lo digan” (2,25), también a Él le tomará tiempo conocernos por experiencia humana, establecer ámbitos de empatía (“Viéndola llorar así, Jesús se conmovió... Lloró”, vv.33.35). Sólo el tiempo perseverantemente compartido permite que se acabe morando en lo/as otro/as y se permita a los demás morar en uno/a: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones” (14,2). La experiencia se va tornando cada vez más fecunda y gozosa: “No los llamo siervos, sino amigos”. “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” (15,14). “Si permanecen en mí, darán mucho fruto, mi gozo estará en ustedes y ese gozo será perfecto [=pleróze]” (Jn 15,11). Por lo dicho, Jesús tendrá que hacer experiencia del lugar dónde mora Lázaro, acercándose y entrando a su casa (Jn 12,1), pero también en el sepulcro (Jn 19,42), para que aquél a quien Jesús ama (“Jesús amaba a Marta, a María y a su hermano Lázaro”, Jn 11,5) salga escatológicamente del sepulcro (Jn 11,43-44) y more glorioso en Dios. Jesús tendrá que experimentar el mal olor del cuarto día de Lázaro para que su casa se llene del buen olor a perfume (Jn 12,4) al tercero. Podemos preguntarnos: ¿Qué actitudes tendría que asumir para acoger y habitar en el/la hermano/a que el Señor pone a mi lado o en mi camino?
Cuando Jesús vaya a cenar a Betania, invitado por Marta y María, y con la presencia de Lázaro (Jn 12,2ss.), experimentará una doble manera de ser acogido: mediante el servicio activo (de Marta) y la gratuidad afectiva (de María), que derramará perfume en exceso sobre su cuerpo, como la esposa en Ct 1,12, o como Nicodemo en Jn 19,39. De modo semejante, también en 11,20 Marta se expresaba saliendo, mediante la palabra y la profesión de fe (como Pedro, en Jn 6,68-69), y María lo hacía quedándose adentro, mediante gestos (como el discípulo amado en 13,23, sin anticiparse, cf. 20,5): en este caso, postrándose y llorando.
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Ambas actitudes se repiten en Lc 10,38ss.: Marta realiza el servicio de la casa (dando de comer, concretando el abc de la justa promoción humana, cf. CV 27) y María está a la escucha como discípula (garantizando la dimensión vocacional del discipulado, cf. CV 18). Jesús sintoniza de algún modo con ambas, que a decir de Teresa de Ávila, “van siempre unidas”.
En la escena de Betania, se da un paralelismo con el pasaje de Simón, Jesús y la pecadora de Lc 7,36ss.: a) comida / b) mujer / c) perfume, donde la actitud gratuita de la mujer va mucho más allá de la invitación dosificada y formal de Simón el fariseo. También en Betania, la gratuidad desbordante de María contrasta con la hostilidad mezquina de Judas, que calcula el bien que hipotéticamente podría haberse hecho a los pobres en general con ese dinero (siendo que “a los pobres siempre los tendrán con ustedes”, para ocuparse…). También en Jn 13,29 Judas queda vinculado a la bolsa y a una presumible tarea que podría haber hecho con los pobres pero que obviamente no realizará (v.30). Por su parte y a su modo, en Jn 6 los discípulos también habían hecho un pequeño cálculo: el costo de alimentar a una multitud hambrienta (cf. v.7). Pero en ambos contextos se impone el don, el exceso: en el segundo caso, a partir incluso de la ingenua gratuidad del niño que presenta sus ¿insignificantes? cinco panes y dos pescados (en v.9, siete en total, signo de plenitud). Según la referida encíclica de Benedicto XVI, tampoco los problemas del desarrollo en la era global se solucionan solamente con recetas “técnicas”, sino sobre todo entrando en la lógica del don y la gratuidad; siendo esto válido incluso para la economía de mercado (CV 39-41). Podemos pregutarnos: al momento de acoger / hospedar y sin oponerlos, ¿qué prevalece en mí: la eficiencia, el cálculo o la gratuidad?
Acoger / hospedar es pasar de la lógica del cálculo a la lógica de la gratuidad. Cuando lo hacemos, nos tornamos vulnerables en todo
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sentido. Por eso no se hace entrar a casa a cualquiera, por eso también todos nuestros temores actuales: a la inseguridad personal, a los perjuicios económicos, juicios laborales o riesgos penales.
Acoger / hospedar es pasar de la lógica de los mandamientos (estipulados y casi contractuales) a la del don (incierta y expuesta). Tres cuadros lucanos nos hablan de la incorporación actitudinal de este plus: el joven rico (Lc 18,18ss.), el buen samaritano (Lc 10,29ss.) y el padre misericordioso (Lc 15,11ss.). Todos estos relatos siguen una lógica semejante: a) Joven rico “¿Qué debo hacer para tener vida eterna?” Cumple los manda- mientos. “¿Qué más me falta?”
“Vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, luego
sígueme” b) Buen Samari- tano “¿Cuál es el primero de los manda- mientos?” Ama a Dios… y al prójimo como a ti mismo. “¿Quién es mi prójimo?”
Buen samaritano que se acerca, cura con aceite y
vino, lleva al hombre apaliado y se preocupa por
volver.
c) Padre miseri- cordioso
“¿Qué es lo que hay que hacer para agradar a mi padre?”. Trabaja como el hijo mayor. ¿Por qué, entonces, Jesús come con publicanos y pecadores?
Padre misericordioso que sale a su encuentro del hijo
menor, vestido – anillo – sandalias, mata el ternero
cebado y hace una fiesta (gratuidad, exceso).
En todos los casos se está llamado a acoger / hospedar (a) al pobre, b) al apaliado, c) al hijo menor) pasando de la lógica de los mandamientos (lo que en justicia corresponde) a la del don (lo que
gratuitamente se ofrece): a) generosidad, b) servicio y c) perdón. En los
tres casos hay vulnerabilidad y riesgo: a) quedarse sin nada, b) ser acusado como malhechor, c) perder el prestigio de padre. Además, también en los tres casos hay quienes se niegan a hospedar: a) el joven
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rico (porque tenía muchos bienes), b) el sacerdote y el levita (que dan un rodeo, realmente no sabemos por qué), c) el hijo mayor (porque había trabajado “como esclavo” [=duleuo], sin sentirse en familia). Podríamos preguntarnos: ¿Con cuál de estos personajes y con cuál de sus actitudes me identifico más? ¿Por qué?
La gratuidad tiene su recompensa. Dame de comer (cf. Jn 4,31; 6,5; 21,5) / Dame de beber (Jn 4,7; cf. 19,28): el Señor pide, pero, ¿quién da finalmente de comer y de beber un mejor alimento y una bebida más plena? Jesús da el pan de vida (también el pescado en el lago, porque tiene un alimento inédito que “ustedes no conocen”) y el agua que brota para la vida eterna (como nuevo templo y de su costado). ¿Quién manifiesta, entonces, mayor gratuidad? Ya teníamos el ejemplo anticipatorio de Elías (cf. 1 Re 17,14): la harina y el aceite de la viuda al final no se acabaron; pero también el de Abraham en Mambré (cf. Gn 18,1), hospedando a los tres forasteros y recibiendo a cambio el hijo de la promesa... En el tercer evangelio, esto se percibe claramente con Zaqueo (Lc 19,1ss.): “Tengo que hospedarme [=meinai] en tu casa”. Surge una primera actitud de gratuidad: “Repartiré la mitad de mis bienes entre los pobres y si perjudiqué a alguien le daré cuatro veces más”. Pero en seguida aparece la sobre abundancia: “Hoy ha entrado la alegría en esta casa” (¡Gratuidad mayor!). También acá la casa se llena con el perfume de la alegría. Como el perfume de María en Betania, la alegría también es indicio escatológico de plenitud: perfume y alegría remiten al jardín, al amado, al gozo de lo definitivo (Ct 4,16; Jn 19,39), a la “morada de Dios entre los hombres”, donde “Él habitará con ellos”, donde nos hospedará para siempre (Ap 21,3). Podemos preguntarnos: ¿Cuál es el mayor don con que Jesús me hospedó y acogió en su casa a lo largo de mi vida?
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