1967, p. 276 (traducción modificada).
o la locura (Wittgenstein mismo ha empleado o sugerido en ocasiones comparaciones de este género). El problema, más bien, es que no cree en la posibilidad de retraducir las cons trucciones metafísicas (sean las de la filosofía o las de la mito logía y la religión) en el discurso de una ciencia psicológica o una metapsicología, ni tampoco en ninguna clase de cien cia. La ciencia que se plantea como algo que permite esta retranscripción metapsicológica de las sistematizaciones y especulaciones de índole paranoico de la filosofía, presen tándola en términos de oposiciones y de conflictos que tie nen su sede en el inconsciente, es, de hecho, una nueva mito logía que se ignora a sí misma. La psicología del inconsciente, considerada como la teoría de un dominio nuevo que el psi coanálisis ha abierto a la investigación científica, no es sino una construcción especulativa del mismo tipo y que utiliza los mismos procedimientos que todo aquello respecto a lo que pretende revelar su verdadera índole y carácter ilusorio e infantil. La terapéutica de enfermedades filosóficas debe, pues, renunciar al consuelo de poder apoyarse sobre algún fundamento científico. No hay ciencia que dé cuenta de las ilusiones de las que es víctima la filosofía y tampoco técnica científicamente fundada que permita liberar al entendimiento filosófico de analogías obsesivas y engañosas que están en el origen de problemas insolubles con los que se topa, en otros términos, no hay un método comparable ni de cerca ni de lejos con lo que pretende el método psicoanalítico, trans formar el sin sentido latente en un sin sentido manifiesto. W ittgenstein estaba convencido, al comienzo de los años treinta, de haber encontrado un método que permitiría tra tar en adelante todos los problemas filosóficos con la profe- sionalidad y la eficacia que son de rigor en una época como la nuestra. Pero no creía en absoluto que pudiese tratarse de un método científico.
Freud ha tenido, es verdad, la prudencia de reconocer una cosa que sus discípulos han solido olvidar después, a saber, el hecho de que: “El psicoanálisis puede [...] revelar la moti vación subjetiva e individual de las doctrinas filosóficas que son pretendidamente el fruto de un trabajo lógico desintere sado, y mostrar a la propia crítica los puntos débiles del sis tema. Pero desarrollar ella misma esta crítica no es asunto del
psicoanálisis, porque, como es comprensible, el carácter psi cológicamente determinado (die psychobgische Determinierung) de una doctrina no excluye de ninguna manera su corrección científica”23. Pero la idea de una posible retranscripción de la metafísica en metapsicología está evidentemente muy ale jada de este tipo de modestia y de neutralidad benévola. La nueva ciencia psicológica se consideraba capaz de demostrar que los sistemas metañsicos en su conjunto están condena dos por sus orígenes a no ser sino construcciones quiméri cas, desprovistas de toda especie de validez objetiva. Freud tenía, también él, en mente, un ambicioso programa de eli minación de la metafísica en favor de una concepción “cien tífica” del mundo. Y sabemos lo que Wittgenstein pensaba de la ingenuidad de todos los programas de este género y de la idea según la cual lo crucial respecto a los sistemas filosó ficos sería su “corrección científica”.
Como he sugerido anteriormente, hablando de una “ambi valencia” de sus reacciones a propósito de Freud, las reser vas que Wittgenstein manifiesta sobre ciertos aspectos del talento de éste se explican probablemente en parte por el hecho de que se consideraba dotado de cualidades compa rables (en particular, una imaginación rica y un arte para inven tar y explotar analogías) y estaba, así, expuesto a tentaciones, facilidades y riesgos del mismo tipo. En particular temía, tam bién él, ser por momentos demasiado ingenioso, y no sufi cientemente profundo ni lo bastante sabio. Como le dijo a Bouwsma “[...] ¿Por qué debería enseñar? De qué le servirá a X escucharme. Sólo alguien que piensa puede extraer algún provecho de eso”. El hacía una excepción con algunos estu diantes que tenían una cierta obsesión y eran serios. “Pero la mayor pane de ellos viene a mí porque soy ingenioso (cíever). y lo soy, pero no es eso lo que importa. Ellos quieren única mente ser ingeniosos. [...] El funámbulo es, también él, inge nioso” (Conversations 1949-1951, pp. 9-10). Las calificacio nes como “dever” o “geistreich”, que Wittgenstein ha utilizado a propósito de Freud tienen, de hecho, en su boca y bajo su
23 “Das Interesse an der Psychoanalyse” (1913), en Darstellungen de
pluma, un elemento de crítica implícita. Por otro lado, como lo subraya McGuinness, “es una crítica bastante habitual que Wittgenstein ha formulado contra sí mismo, la de estar exce sivamente atado a esa cualidad” (Freud and Wittgenstein, p. 30). En una carta a Paul Engelmann de 1925 se encuentra la siguiente confesión: “Sé que tener ingenio (Geistreichtum) no representa sin más el bien, y sin embargo querría poder morir en un momento de ingenio (in eniem geistreichen Augenblick)"24. Es probablemente en función de notas como las que acaban de citarse que debe intentar comprender la naturaleza del reproche ético que Wittgenstein dirige implícitamente a Freud, cuando él deplora su exceso de ingenio y su carencia de sages-
se.
Cuando Wittgenstein califica de “seductoras” las expli caciones de Freud, no creo que sea preciso deducir que ha experimentado él mismo particulares dificultades a la hora de resistirse o liberarse de su encanto. En otros términos, no sé hasta qué punto se incluye realmente a sí mismo en el “nosotros”, cuando dice que nos hará falta tiempo para triun far sobre la obsequiosidad con la cual las tratamos. No hay, es cierto, ninguna medida común entre la intensidad de la lucha que ha llevado a lo largo de toda su vida por resolver los problemas filosóficos que le atenazaban realmente el cora zón y la explicación que ha tenido con las ideas de Freud. Considera bastante arbitraria o por lo menos exagerada una presentación de la situación como la que hace Assoun: “Ha sido sin ilusión como Wittgenstein ha realizado su ‘emanci pación respecto al dominio freudiano. Su crítica marca sim plemente un m om ento de reflexión sobre las causas y las modalidades de este dominio. Es precisamente porque, a sus ojos, no puede ser un “discípulo de Freud” o un “secuaz de Freud” por lo que hay que entender el principio de seduc ción que hace posible esta subyugación -lo que hace posi ble quizás al final, desbaratar los efectos oscurantistas uni dos a ese dominio” (Freudy Wittgenstein, p. 15). Es verdad que esta idea de un dominio freudiano al que Wittgenstein
24 Paul Engelmann, Lettersjrom Ludwig Wittgenstein, W ith a Memoir, B. Blackwell, Oxford, 1967, pp. 55-56.
habría intentado sustraerse y del que no estuvo seguro, inclu so en la época de Conversations sur Freud (de las que, de pa sada, es preciso recordar que no se trata sino de eso, de conversaciones), de lograr algún día es el tipo de suposición que debe hacerse si lo que se pretende es justificar el tipo de confrontación que intenta Assoun, y extraer muchas cosas de un número de textos tan reducido (que es preciso em plear en su totalidad)25. Sin esto nos arriesgamos en gran medida a recaer en la índole “doxográfica” de todos los estu dios que hasta aquí han sido publicados sobre las relaciones de Wittgenstein y Freud, sabiendo que en este tipo de tra bajos “el psicoanálisis funciona como un tema de la crítica wittgensteiniana, y Freud como un espíritu desafiante” (ibíd.). Y es sin duda, a primera vista al menos, que las cosas pare cen suceder de este modo en el propio Wittgenstein. Freud no ha sido para él, probablemente, sino un asunto de enfren tamiento. Que tenga que ser considerado un interlocutor pri vilegiado y el psicoanálisis como algo más que un tema de la critica wittgensteiniana (entre muchos otros, donde algu nos son manifiestamente mucho más importantes) es algo que, a mi entender, está totalmente por demostrar.
25 Es cierto que la sobreinterpretación, que es una segunda naturale