Proof-of-the-Concept Application: Banking Demo This chapter consists of a case study that illustrates the basic mechanisms used to design,
8.4 Future work
de époque, traducido del alemán por Eliane Kaufholz-Messmer, Petite
Bibliothéque Rivages, 1 990, pp. 1 6 4 -1 6 5 . Cfr. igualm ente Beim Wor
genommen (Kósel-Verlag, Múnich, 1974): “La nueva ciencia del alma hi
osado escupir en el misterio del genio. Si las cosas no quedan, en lo qu¿ concierne a Kleist y Lenau, ahí, entonces montaré guardia ante la puer ta; a esta doctrina la gustaría estrechar la personalidad, después de haber extendido la irresponsabilidad. Mientras el asunto sea una práctica pr.- vada, que los interesados se defiendan com o puedan. Pero ¡retiremos ¿ Kleist y Lenau de la consulta!” (p. 242).
prensión, hay una verdadera inconmensurabilidad entre lo que se trata de explicar y los medios explicativos de los que dispone una teoría como la de la evolución. Por razones de este tipo, pensaba seguramente que el psicoanálisis no tenía la “multiplicidad requerida” para explicar las producciones de nivel superior a las que se dedica, como cuando emplea al arte y la literatura como material psicoanalítico de tipo ordinario. Hay, también en este caso, una suerte de confu sión de “órdenes” y una diferencia que puede percibirse inme diatamente entre la clase de presunta explicación y la del fenómeno que pretende explicarse. Y la situación no es, evi dentemente, muy diferente cuando lo que se trata de expli car es de naturaleza ética o religiosa.
Wittgenstein, al margen de la cuestión del puritanismo, católico o de otro tipo, sospechaba en un preciso sentido de que Freud no comprendía gran cosa de la moral y de la reli gión. Si hubiese leído El porvenir de una ilusión habría reac cionado probablemente como lo hizo ante las explicaciones que daba Frazer de las creencias mágicas o religiosas de los primitivos, y habría objetado que este tipo de cosas no pue den nunca ser tratadas como un mero error o una ilusión que un mejor conocimiento (en este caso el conocimiento científico) terminaría por establecer como tales. En efecto Freud pensaba que “los métodos de examen comparativo han revelado la fatal semejanza que existe entre las ideas reli giosas que nosotros reverenciamos y las creaciones intelec tuales de las edades y los pueblos primitivos”20. Pero esta semejanza sólo puede ser considerada fatal si se conciben las mencionadas creaciones intelectuales de la manera en que lo hace, aproximadamente, Frazer. En una nota de 1919 escri be Wittgenstein: “Podemos, es verdad, comparar una creen cia sólidamente implantada con una superstición, pero tam bién se puede decir que siempre se tiene que llegar a un terreno firme, aunque sea una imagen, y que por tanto una imagen que está en el fondo de todo nuestro pensar debe ser
20 L’ avenir d ’ m e illusion, traducido del alemán por Marie Bonapar- te, PUF, París, 1971, p. 55 (El porvenir de una ilusión, OC, Alianza, Madrid, 1977).
respetada y no se la debe tratar como superstición” (Culture
and Valué, p. 83 -traducción castellana, p. 150-). Hay por
lo tanto creencias que son demasiado fundamentales para que podamos pretender quitárnoslas de encima o desacre ditarlas invocando el hecho de que no tienen ningún fun dam ento sólido. Probablemente por esta simple razón es imposible tratar a las religiones como meros delirios colecti vos gracias a los cuales “los seres humanos se esfuerzan con juntamente y en gran número para asegurar bienestar y pro tección contra el sufrimiento en medio de una deformación quimérica de la realidad”21.
Porque no considera la religión como consistiendo en pri mera instancia en un sistema de representaciones (del que podríamos proponemos demostrar su falsedad o su carácter quimérico) y no cree en absoluto en la importancia real de las razones y los “argumentos” que son propuestos en favor de las doctrinas religiosas, Wittgenstein considera comple tamente ingenua la idea de que la humanidad en su conjunto podría terminar admitiendo, por influencia del modo cien tífico de pensar, que aquéllas son del todo insuficientes o inexistentes y extraer las consecuencias que así se imponen. Pero, sobre este punto, Freud no es ciertamente más inge nuo que él. Considera su propia empresa “como inocente y sin peligro” (ibíd., p. 51). “No hay, admite, ningún peligre en que un devoto, abrumado por mis argumentos, se deje arrancar su fe” (ibíd.). El punto importante estriba, más bien, en que proponiendo una explicación psicológica - o psico- logista- del origen de las creencias religiosas (algo que, er. este caso, constituiría un intento de explicación “científica" Freud comete, también él, el error típico de los “modernis tas” (poco importa que sean creyentes o libre pensadores los cuales, según Wittgenstein se equivocan completamen te sobre la naturaleza (es decir, el uso) del simbolismo res- gioso y del simbolismo en general.
Puede señalarse igualmente que Freud llama “ilusión" ¿. una creencia en cuya motivación la realización de un d e ^ :
21 S. Freud, Malcáse dans la civilisation, traducido del alemán por y j. Odier, PUF, París, 1971, p. 27. (Cfr Obras Completas, Alianza, Macnz
se sobrepone, al punto de suplantarla completamente, sobre la exigencia de una confrontación con lo real y una confir mación por la realidad (cfr. ibíd., p. 45). Ahora bien, Witt- genstein no considera que en el caso de las creencias religio sas pueda estar en cuestión algo así como una confrontación con la realidad, y esto por razones que tienen que ver más con su “lógica” (en el sentido wittgensteiniano del término) que con factores psicológicos. En una nota de 1947 escribe:
Me parece que una creencia religiosa podría ser algo así como el apasionado decidirse por un sistema de refe rencias. Como si además de ser una creencia, fuese una forma de vida o una forma de juzgar la vida. Una apre hensión apasionada de esta concepción. Y la instruc ción en una creencia religiosa debería ser, pues, la expo sición, la descripción de ese sistema de referencias y a la vez una llamada a la conciencia. Y al final ambos debe rían tener el efecto de que el instruido mismo, por sí, apresara apasionadamente ese sistema de referencias. Es como si, por una parte, alguien me dejara ver mi situa ción desesperada y, por la otra, pusiera ante mí el ins trumento de salvación, hasta que yo, por mí mismo, o en todo caso no llevado por la mano del instructor, me lanzara sobre ello y lo apresara (Culture and Valué, p. 64, -traducción castellana, p. 122).
A una teoría de la creencia religiosa del tipo de la de Freud podría, así, objetársele que un sistema de referencia que se decida adoptar para juzgar la realidad no puede ser él mismo evaluado en función de su correspondencia o ausencia de correspondencia con la realidad. Sucede que la adopción del sistema en cuestión se asemeja, en este caso, a un asunto de pasión mucho más que a algo sólo racional. Y es a esto a lo que se parece, desde el punto de vista de Wittgenstein, una opción en favor de una concepción del mundo y un modo de vida religioso. Si reemplazar la pasión por la reflexión y el conocimiento quiere decir exigir, antes de consentir en su adopción, que el sistema de referencia sea justificado por la realidad, eso es algo imposible, y lo es por razones que no tienen nada que ver con lo que llama ríamos, en el caso de la adhesión a una teoría o a una pro
posición propiamente dicha, la credulidad, la ceguera o la precipitación. La imposibilidad de juzgar del modo que se ha señalado lo que en nuestro pensam iento y en nuestra vida funciona como un sistema de referencia constituye, como es sabido, uno de los temas centrales de la filosofía de W ittgenstein. La tentación de tratar esa imposibilidad como una deficiencia inaceptable para un espíritu racional es ya la prueba de una incomprensión fundamental sobre la índole de lo que se está tratando. En conjunto de lo que podría acusarse a Freud no es de sobrestimar al intelecto (un riesgo que en su caso es poco probable), sino, más bien, sobrestimar la im portancia y la pertinencia de un acerca miento psicológico y una indagación de la “verdad” psico lógica de situaciones de ese tipo.
En un célebre pasaje de la Psicopatología de la vida coti
diana Freud recurre a la analogía de la paranoia para explicar
el carácter irracional de las concepciones del mundo que se expresan en la mitología, la religión y la filosofía misma:
Pienso efectivamente que una buena parte de la con cepción mitológica del mundo, que se extiende amplia mente hasta las religiones más modernas, no es sino algo
psíquico proyectado en el mundo exterior. El conocimiento
oscuro (por así decir: la percepción endopsíquica) de factores y estados de cosas psíquicos de carácter incons ciente se refleja - e s difícil decir las cosas de otra mane ra, es preciso, así, ayudarse de la analogía- con la para noia en la construcción de una realidad suprasensible, la cual tiene que ser retransformada por la ciencia er. psicología del inconsciente. Podrían, de este modo, ana lizarse los mitos del paraíso y del pecado original, de. bien y del mal, de la inmortalidad y de otros de este tipo conviniendo así la metafísica en metapsicología22. Naturalmente no hay nada que pudiese escandalizar a Wittgenstein en el hecho de comparar, como hace Freud, la filosofía con cosas como el animismo primitivo, la paranoia