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«A ti alabanza, a ti gloria, a ti acción de gracias por todos los siglos, oh Santísima Trinidad» (BR, Fiesta de la Trinidad).

1.— El hombre con su sola, razón es absolutamente incapaz de vislumbrar el misterio trinitario y no puede alegar derecho a conocerlo; este misterio le rebasa del modo más absoluto. El hecho de que Dios se lo haya revelado está descubriendo la intención divina de admitirlo a la intimidad de su familia como hijo y amigo.

«No os llamo ya siervos —dice Jesús—, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15). Este «todo» revelado por Cristo comprende hasta el misterio más profundo y personal de Dios, el misterio trinitario. Como un amigo guarda para su amigo los secretos más caros e íntimos, y a él solo se los revela en un gesto de amistad, así el Verbo hecho carne, Dios igual al Padre y al Espíritu Santo, en un gesto de amor

confidencial, ha revelado a los hombres el misterio de la Santísima Trinidad que sólo él ha contemplado y contempla continuamente en el seno del Padre; y solamente después de esta manifestación les llama amigos.

Cristo confía a los discípulos «todo lo que» ha escuchado del Padre, todo lo que ellos pueden comprender de la vida íntima de Dios, y lo hace para que también puedan gozar de ella con él: «Os he dicho esto para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (ib 11). El goza infinitamente de su Padre, de serle Hijo, de ser su imagen perfecta y sustancial, goza de amarlo y de ser amado con la potencia infinita del Amor increado, goza del Amor recíproco que procede de él y del Padre y que es a su vez una Persona divina, el Espíritu Santo. Este su gozo quiere participarlo a los hombres, para que también ellos gocen del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Pero el fin último por el que Cristo manifiesta este misterio es la gloria de Dios, para que Dios sea glorificado por los hombres, no sólo en la unidad de su naturaleza sino también en la Trinidad de sus Personas; para que también en la tierra se eleve incesantemente el cantó de alabanza: «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo».

2.— El Prefacio de la fiesta de la Trinidad enuncia así el misterio trinitario: «Padre santo, Dios omnipotente y eterno: con tu Hijo único y con el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor, no una sola Persona, sino tres Personas en una sola naturaleza» (MR).

El Padre es la fuente de toda la Trinidad. Desde siempre se conoce el Padre perfectamente a sí mismo, y, conociéndose, engendra a su Verbo, Palabra sustancial en la que se expresa y se contempla a sí mismo entera- mente, Hijo unigénito al que da toda su esencia, dvinidad y bondad infinitas, del que dice el evangelista: «En el principio la Palabra existía, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios» (Jn 1, 1). El Hijo es «el resplandor de la gloria y la impronta de la esencia» del Padre (Hb 1, 3); pero resplandor y esencia sustanciales, porque el Hijo tiene en sí la misma naturaleza y las mismas perfecciones que el Padre. Desde toda la eternidad el Padre y el Hijo se contemplan mutuamente y se aman infinitamente por la infinita indivisible perfección que ambos poseen; amándose, se atraen el uno al otro, y el uno al otro se entregan, derramando toda su naturaleza y esencia divina en una tercera Persona, el Espíritu Santo, que es el término, la prenda y el don sustancial de su mutuo amor. Así la misma naturaleza y la misma Vida divina circula del Padre al Hijo y del Padre y el Hijo se derrama en el Espíritu Santo, para luego refluir en el Padre. La Trinidad es el misterio de la vida íntima de Dios que rebosa de las operaciones perfectísimas de conocimiento y amor con que él mismo se conoce y se ama.

El misterio trinitario presenta a Dios en tres Personas iguales y distintas pero subsistentes en una única naturaleza, como dice muy bien el Símbolo pseudoatanasiano: Esta es la fe católica: veneramos un solo Dios en la Trinidad, y la Trinidad en la Unidad; sin confundir las Personas y sin dividir la sustancia. Porque una es la Persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del

Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen una misma divinidad, una gloria igual y una majestad coeterna». Y la liturgia le hace eco: «Al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna divinidad, adoramos tres Personas distintas, de única naturaleza e iguales en su dignidad» (Pret. de la Trinidad).

Señor y Dios mío, en ti creo, Padre, Hijo y Espíritu Santo... Fija la mirada de mi atención en esta regla de fe, te he buscado según mis fuerzas y en la medida que tú me hiciste poder, y anhelé ver con mi inteligencia lo que creía mi fe, y disputé y me afané en demasía. Señor y Dios mío, mi única esperanza, óyeme para que no sucumba al desaliento y deje de buscarte; ansíe siempre tu rostro con ardor. Dame fuerzas para la búsqueda, tú que hiciste te encontrara y me has dado esperanzas de un conocimiento más perfecto.

Ante ti está mi firmeza y mi debilidad: sane ésta, conserve aquélla. Ante ti está mi ciencia y mi ignorancia: si me abres, recibe al que entra; si me cierras el postigo, abre al que llama. Haz que me acuerde de ti, te comprenda y te ame. Acrecienta en mí estos dones hasta mi reforma completa...

Cuando arribemos a tu presencia, cesarán estas muchas cosas que ahora hablamos sin entenderlas, y tú permanecerás todo en todos, y entonces modularemos un cántico eterno, loándote a un tiempo unidos todos en ti. (S. AGUSTIN,De Trinitate, XV, 28, 51).

¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo! ¡Santo Dios, santo Fuerte, santo Inmortal, ten piedad de nosotros, sálvanos! ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!

¡A coro las maravillosas creaturas de Dios, ni de mañana ni de tarde enmudezcan! No enmudezcan los astros luminosos, ni las elevadas montañas, ni los abismos del mar, ni las fuentes de los ríos torrenciales, mientras nosotros cantamos con nuestros himnos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Todos los ángeles del cielo respondan: ¡Amén, Amén, Amén!

¡Poder, alabanza, honor y gloria eterna a nuestro Dios, único dador de toda gracia! ¡Amén, Amén, Amén! (Plegarias de los primeros cristianos, 98).