«Concédeme, Padre, conocer el amor de Cristo, que excede todo conocimiento» (Ef 3, 19).
1.—Junto con el apóstol Juan, puede S. Pablo ser considerado el primer teólogo del misterio escondido en el corazón de Cristo. En la carta a los Efesios no duda en declarar que ha recibido la misión de anunciar a todos los hombres indistintamente «la inescrutable riqueza de Cristo y esclarecer cómo se ha dispensado el misterio de la salvación de la humanidad, actuado «en Cristo Jesús, Señor nuestro» (ib 11), que manifiesta «la bondad de Dios para con nosotros» (Ef 2, 7). Profundamente impresionado por la inmensa grande- za de ese misterio y sintiéndose impotente para comunicar a los demás su inteligencia, Pablo dirige a Dios una súplica ardiente: «Por eso doblo mis rodillas ante el Padre..., para que os conceda... podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento» (ib 3, 14. 18-19). Se nombran todas las dimensiones para expresar de algún modo lo que es imposible decir con palabras humanas. El misterio del amor de Dios del que brota el plan de salvación, el misterio de este plan realizado por medio del Verbo hecho carne (Jn 1, 14), el misterio de la caridad de Cristo que ha amado a los hombres y se ha entregado a sí mismo por ellos (GI 2, 20) son realidades inefables que exceden los límites de todo conocimiento humano. Ningún hombre, por santo y docto que sea, podrá darlo a entender a los otros; sólo Dios podría hacerlo, y es lo que Pablo pide a Dios para todos los creyentes. El que no sabe intuir el misterio de la caridad de Dios y de Cristo, no puede captar la íntima esencia del cristianismo que nace justamente de esa caridad. Por eso el Apóstol pide al Padre que los fieles sean «fortalecidos por la acción de su Espíritu..: que Cristo habite por la fe en (... sus) corazones y sean arraigados y cimentados en el amor» (Ef 3, 16-18). Sólo el Espíritu Santo, el Amor sustancial, que hace renacer a los fieles en Cristo y derrama en sus corazones la caridad (Jn 3, 5; Rm 5, 5), puede ponerles en situación de intuir «las dimensiones inimaginables de la caridad de Cristo». Intuición que es más fruto del amor que de la inteligencia.
2.— «El Hijo de Dios marchó por los caminos de la verdadera encarnación para hacer a los hombres partícipes de la naturaleza divina... Asumió la entera naturaleza humana cual se encuentra entre nosotros, miserables y
pobres, pero sin pecado» (AG 3). Los Apóstoles que conocieron a Cristo y vivieron con él, testifican la verdad de esta afirmación. Juan, hablando como en nombre de todos, escribe: «Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de la vida..., lo que hemos visto y oído os lo anunciamos» (1 Jn 1, 1.3). A través de la vida, la doctrina y las obras de Cristo, Juan ha captado la esencia de su misterio: la caridad; y esta caridad nos la anuncia a todos nosotros, para que «estemos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo» (ib). El Apóstol traza brevemente la historia de la caridad de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4, 9). Y con el acento conmovido de quien ha sido testigo ocular, añade: «Y nosotros hemos visto y damos testimonio dé que el Padre envió a su Hijo, para ser salvador del mundo» (ib 14). Juan ha vivido y tratado íntimamente con el Hijo de Dios hecho hijo del hombre: ha recibido sus confidencias, ha observado sus gestos y acciones, ha cambiado con él sus miradas, ha percibido los sentimientos de su corazón, y así concluye: «Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor» (ib 16). El trato íntimo con Cristo le ha permitido intuir la naturaleza profunda de Dios: la caridad. Dios es caridad, Cristo es caridad; el cristianismo es caridad. «Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros... Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (ib 11.16). La inteligencia del misterio de Dios-amor no puede quedarse en pura abstracción, sino que debe hacerse vida. Sólo así serán introducidos los fieles en el misterio de Cristo y con él en el misterio de la Trinidad, para que se vayan llenando «hasta la total Plenitud de Dios» (Ef 3, 19).
Dios mío, no puedo hacer otra cosa que caer de rodillas junto con el revelador del misterio de la gracia, suplicándote, Padre mío, aumentes mediante tu Espíritu Santo mis capacidades espirituales, la fe y la caridad, para que pueda contemplar la anchura y la longitud, la altura y la profundidad de la caridad de Cristo, y darme cuenta de que supera toda inteligencia y que debo dejarme invadir por la efusión de la vida divina...
Oh Padre, viva en mí Jesús y por medio suyo tendré parte en tu amor... Yo no soy puro, pero la sangre de tu Hijo me purifica; estoy alejado de ti, en tinieblas, en mentira y en muerte, pero él es el Camino, la Verdad y la Vida. Enséñame a dejarme a mí mismo, a negarme, a despojarme, a morir; y cuando Cristo haya llegado a ser la sola vida mía, tú, oh Padre, te complacerás amorosamente en mí...
Oh, mi Señor Jesús, estás en medio de nosotros y no te conocemos; eres el Cordero de Dios que borra los pecados del mundo y no te reconocemos. (D. MERCIER,La vida interior).
Oh Cristo, las voces venerables de los profetas que anunciaron el plan liberador de tu venida bendita..., son débiles imágenes y pálidas figuras... frente a la revelación de tu buena noticia y de la redención por medio de tu cruz.
En todos los lugares en efecto, has erigido el tabernáculo... de la alianza en tu Sangre, que proclama siempre... la victoria de los beneficios de tu combate, la dulce e inmortal vida de, tus gracias: el bautismo, la resurrección, la renovación, la familiaridad contigo, la unión con tu Espíritu Santo, la expiación, la libertad, la iluminación, la pureza eterna, la verdadera felicidad... Y lo que casi no osamos decir: el misterio de nuestra divinización por la elección de la gracia, y de nuestra unión a ti, oh Creador, por la comunión en tu Cuerpo, oh Señor...
Tú, oh Redentor, has venido con las riquezas de tu Padre; has satisfecho y colmado la larga espera, que sigue viva hacia ti de manera indefectible, ¡oh tú que expías por todos! A ti sea la gloria con tu Padre por la alabanza de bendición del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. (S. GREGORIO DE NAREK,El libro de las plegarias).