«Oh luz eterna, Unidad y Trinidad bienaventurada, infunde amor en nuestros corazones» (BR, Fiesta Trin.).
1.— Ya a nuestros primeros padres quiso Dios ofrecerse no sólo como Creador sino como Trinidad; pero el pecado interrumpió esta comunicación íntima de amistad con la que Dios quería tratar al hombre como hijo y amigo a quien descubrir el misterio de su vida íntima para asociarlo a ella. Todo esto
sería dado de nuevo al hombre por la encarnación del Verbo, por Cristo, el Hombre-Dios Mediador entre Dios y la humanidad. Rescatando al hombre del pecado, Jesús le devolvió la capacidad de recibir el don divino: la gracia santificante, y por ende el amor, que lo hace partícipe de la naturaleza y de la vida divina. Y así en virtud de la redención obrada por él, puede Jesús hacer la gran promesa: «Si alguno me ama..., mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14, 23). La Santísima Trinidad se complace en hacer morada en el que ama, o sea, en el fiel que vive en la gracia y el amor, porque, como dice S. Juan: «Dios es amor, y quien permanece en amor, permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Dios mismo infunde en el hombre el amor, participación creada de su ser y de su naturaleza infinita; lo infunde el Padre que es su manantial, el Hijo que lo merece y el Espíritu Santo que lo comunica. El don es gratuito y totalmente inmerecido, porque Dios «nos ha amado el primero» (ib 19), pero compete al hombre abrirse a la efusión de este don y no oponerle obstáculo ni resistencia. Cuanto mejor sepa acoger el amor divino y vivir en él, tanto más se complacerá la Trinidad en hacer morada en él, como el amigo se complace en estar con su amigo, tratando con él en dulce intimidad. «Mira —dice el Señor— que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). ¿Cuál será nuestra res puesta?
2.— Si vivimos en el amor. Dios no sólo mora en nosotros, sino que, siendo el Dios vivo, vive en nosotros: vive su vida íntima y trinitaria. Vive en nosotros el Padre, que de continuo engendra al Hijo, y vive el Padre y el Hijo de los cuales incesantemente procede el Espíritu Santo. Nuestra alma es el pequeño cielo en el que se expande esta sublime vida divina, la vida de la Santísima Trinidad. Mas ¿para qué vive en el hombre la Trinidad sino para invitarle a su vida? El Padre engendra en él al Hijo, y se lo da pera hacerle hijo suyo. El Padre y el Hijo expiran en él al Espíritu Santo y se lo dan, para que él que es el término y el vínculo de su amor y de su unión, sea también el vínculo del amor y unión del hombre con la Trinidad.
Las Personas divinas están en el creyente que las acoge y se asocia a su vida por medio de la fe y de la caridad. Mediante la fe cree en ellas, mediante la caridad se une a ellas. Se une al Padre, que lo recibe en su abrazo paterno, lo sostiene con su fuerza omnipotente y lo arrastra consigo a la contemplación y amor del Hijo, según lo que el mismo Hijo ha revelado: «nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no le atrae» (Jn 6, 44). Se une al Hijo, que lo inunda con su resplandor, lo penetra con su luz infinita, le da a conocer al Padre, verificándose así su palabra: «nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Se, une al Espíritu Santo, que derrama sobre él la gracia de adopción como hijo de Dios, vierte en su alma una participación cada vez más plena de la vida divina y lo estrecha Consigo en una comunión cada vez más íntima con el Padre y con el Hijo, para que su unión con Dios sea perfecta.
«¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis?» —grita San Juan de la Cruz— (C 39, 7). La Santísima Trinidad quiere asociarnos a su vida divina ¿y nosotros volvere- mos los ojos a otra parte?
Santa e individua Trinidad, bondad indefectible, escucha mis súplicas. Como me has hecho partícipe de tus sacramentos sin mérito alguno mío, sino por sola tu bondad gratuita, haz también que persevere hasta mi última hora en la fe, en la esperanza, y en la caridad...
Dios trino y uno, acepta las oraciones de tu humilde siervo. Dame, Señor, diligencia con que te busque, sabiduría con que te encuentre, un alma que te conozca, unos ojos que te vean, una conversación que te agrade, perseverancia hasta el fin, un final feliz y el premio eterno...
A ti, Señor, te descubro los secretos de ml corazón, a ti te confiese todos mis pecados... Dispón todas mis acciones según tu beneplácito, para que progrese de día en día, avance de virtud en virtud. Delante de ti, oh Señor, derramo mi plegaria suplicante, delante de ti el llanto de mi corazón...
Oh Trinidad, luz bienaventurada, aumenta en mí la fe, aumenta la esperanza, aumenta la caridad, líbrame, sálvame, justifícame...
Ven, oh piadoso Señor, y mora en medio de nosotros, para que experimentemos tu presencia en nuestros corazones. (S. ANSELMO, Oratio- nes, 1).
Oh Trinidad santa, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que tu divina omnipotencia me dirija y me confirme, tu divina sabiduría me instruya e ilumine, tu divina bondad ayude y perfeccione mi fe, para que pueda devolvértela en la hora de mi muerte íntegra y sin mancilla, enriquecida confeti logro abundante de todas las virtudes. Padre celestial, Rey de reyes, dígnate preparar en mí la fiesta nupcial para el Rey tu Hijo. Jesucristo, Hijo del Dios vivo, haz que mi corazón se una a ti, porque tú eres al mismo tiempo mi rey y mi Dios. Espíritu Santo, Paráclito, une perpetuamente mi corazón a Jesús con el mismo vínculo de amor con que unes al Padre y al Hijo. (STA. GERTRUDIS,Ejercicios).
227. VENDREMOS A EL
«Trinidad santa, haz que viviendo en tu amor more yo en ti y tú en mí» (1 Jn 4, 16).
1.— Desde el momento del Bautismo la Santísima Trinidad ha hecho su morada en el cristiano; sin embargo, la Iglesia en el «Veni, Sancte Spiritus» enseña a invocar constantemente la venida del Espíritu Santo y por ende de toda la Santísima Trinidad, porque, por su indivisible unidad, donde hay una Persona no pueden faltar las otras. Pero si la Trinidad está ya en el creyente, ¿cómo puede venir de nuevo? Basta que él se encuentre en estado de gracia para que Dios, presente en él como creador, se le haga presente como amigo
y le invite a vivir en su intimidad. Pero esta intimidad tiene grados, y se hará cada vez más estrecha y amigable a medida que el fiel, creciendo en gracia y amor, sea capaz de entrar en relaciones más íntimas con la Trinidad. Algo así como sucede entre dos personas que, por motivo de amistad, viven en la misma casa: creciendo su afecto, su amistad se hace más intensa; por eso, aunque estaban ya presentes la una a la otra, su presencia recíproca adquiere un aspecto nuevo, el aspecto que tiene la presencia de un amigo queridísimo. Aunque la Trinidad more ya en el creyente, puede hacerse cada vez más presente en él bajo el aspecto de una amistad más íntima, es decir, las Personas divinas pueden entrar con él en relaciones amistosas más profundas, como sucede en realidad a medida que, progresando en la caridad, participe más de la gracia. Y como estas nuevas efusiones de la Trinidad tienen aspectos y producen efectos siempre nuevos, es justo hablar de ellas como de nuevas venidas o nuevas visitas de las Personas divinas. Pero en realidad las Personas divinas están ya presentes en el alma y sus visitas no vienen del exterior, sino de dentro del alma misma donde moran y donde se le entregan y también, al menos hasta cierto punto, se le revelan, según la palabra de Jesús: «El que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14, 21). Es una manifestación interior basada en el amor y reservada al que ama; por medio del amor se da a conocer la Trinidad al hombre del modo más íntimo y personal, y le infunde el sentimiento de su presencia.
2.— La primera visita o efusión de la Trinidad al creyente tuvo lugar el día del bautismo: el Padre le envió al Hijo, el Padre y el Hijo le enviaron al Espíritu Santo y, por la indisoluble unidad de los Tres, el Padre vino sin ser enviado. Esta visita se renueva luego siempre que, al recibir un sacramento o progresar en el amor, crece el cristiano en gracia y caridad. La promesa de Jesús: «vendremos a él» (Jn 14, 23) nunca se agota, es siempre nueva, siempre capaz de nuevas realizaciones, cuantas veces renueva el hombre la condición, o sea, cuantas veces ama con amor más intenso. Este don divino que se le ofrece con tanta largueza, debe moverlo a generosidad y constante progreso en el amor, porque sólo así podrá gozarlo en plenitud. Si no pone obstáculo al desarrollo de la caridad y de la gracia en su alma, la Santísima Trinidad no pondrá límites a sus efusiones.
La Trinidad vive en el bautizado y se da a él para que viva en ella. Para eso ha revelado Jesús el misterio trinitario, ha redimido al hombre y le ha hecho partícipe de la gloria de su filiación divina, y para eso antes de ir a la Pasión oró: «Como tú, Padre, en mi y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros» (Jn 17, 21). Como Cristo vive en el Padre en la unidad del Espíritu Santo, así el cristiano debe vivir en la Trinidad que mora en él. El lazo de unión con las tres Personas divinas es siempre Cristo Señor nuestro. El es la puerta: «Yo soy la puerta» (Jn 10, 9), y él es el camino: «Yo soy el camino» (Jn 14, 6), por el que es preciso pasar. Por Cristo, con Cristo y en Cristo, somos admitidos a vivir en comunión con los «Tres» vivientes en nosotros; a
nosotros nos toca aceptar la invitación y realizar esa espléndida vida divina mediante las virtudes teologales y particularmente la fe y la caridad. Mientras por la fe creemos y adoramos a la Trinidad presente en nosotros, por la cari- dad entramos en el círculo de su vida, porque —vale la pena repetirlo—.Dios es amor, y quien permanece en amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16).
¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mí para establecerme inmutable y plácidamente en ti como si mi alma viviera ya en la eternidad. Que nada pueda alterar mi paz, ni apartarme de ti, oh mi inmutable, sino que, cada momento de mi vida, me sumerja más profundamente en tu divino Misterio. Pacificad mi alma. Estableced en ella vuestro cielo, vuestra morada predilecta, vuestro lugar de descanso. Que nunca os deje solo, sino que, vivificada por la fe, permanezca con todo mi ser en tu compañía, en completa adoración y entregada sin reservas a vuestra acción creadora.
¡Oh mi Cristo adorado, crucificado por amor! Quiero ser una esposa para tu corazón. Quisiera glorificarte y amarte... hasta morir de amor. Pero reconozco mi impotencia. Por eso te pido que me revistas de ti mismo, que identifiques mi alma con todos los sentimientos de tu alma, que me sumerjas en ti y que me invadas; que tu ser sustituya mi ser, para que mi vida sea solamente una irradiación de tu propia vida. Ven a mí como adorador, como reparador y como salvador. ¡Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios! Quiero pasar mi vida escuchándote. Quiero permanecer atenta a tus inspiraciones para que seas mi único maestro. Quiero vivir siempre en tu presencia y morar bajo tu luz infinita , a través de todas las noches, vacíos y fragilidades. ¡Oh mi Astro querido! Humílla- me con tu resplandor fulgurante de tal modo que ya no pueda apartarme de tu divina irradiación.
¡Oh fuego abrasador, Espíritu de amor! Desciende a mí para que se realice en mi alma como una encarnación del Verbo. Que yo sea para él una humanidad suplementaria donde renueve su misterio. Y Vos, ¡oh Padre!, proteged vuestra pobre y débil criatura. Cubridla con vuestra sombra. Contemplad solamente en ella a vuestro Hijo muy amado en quien habéis puesto vuestras complacencias.
¡Oh mis Tres, mi todo, mi bienaventuranza, soledad infinita, inmensidad donde desaparezco! Me entrego a Vos como victima. Sumergíos en mí, para que yo quede inmersa en Vos, en espera de ir a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas. (ISABEL DE LA TRINIDAD, Elevación).